Develación ASI y recepción del relato: algunas claves

La voz tiende el puente entre nuestro interior y el mundo que habitamos; nos confirma existentes, autores de nuestra propia historia. Sin ese puente, quedamos aislados; ateridos ante experiencias como el abuso sexual infantil. Como si tuviéramos por delante un enorme precipicio que quisiéramos, pero resulta imposible de cruzar en tanto no se cuente con voz, con un cuerpo capaz de escucharse a sí mismo contar lo vivido, con prójimos dispuestos a dar crédito y responder a ese relato.

Del otro lado de ese abismo, después del relato, de la resignificación de lo vivido, se vislumbra la posibilidad de una vida preferida, de una autoría al fin propia sobre el propio devenir. Pero sólo después de esa primera vez; ese salto desde lo indecible (sin importar la duración del silencio, siempre demasiado largo).

Para un niño, una niña -o para los adultos que una vez lo fueron- comprenderse en tanto víctimas de un crimen atroz, a manos de alguien querido o cercano –el “victimario” que únicamente, como cualquier adulto, debió ser “cuidador”-, y poder elaborar el daño y trasgresión que exceden por lejos las vejaciones sexuales (la herida es masiva, no exonera esfera vital alguna), es un proceso descomunal y como tal, requiere de una variedad de pilares: recursos personales, hitos del desarrollo, capacidades cognitivas, resiliencias, madurez biopsicosocial, una distancia protectora en relación al abusador, un entorno a salvo con alguien digno de confianza que ayude a verbalizar el trauma, o que sea al menos alguien capaz de sólo escuchar incondicionalmente la historia. Esa historia que fue arrebatada -en el mandato de secreto, en la profecía de “nadie va a creerte”, o en la indiferencia y desprotección de los alrededores- junto a todo lo demás que el abuso sexual roba de vida.

La evidencia existente en relación al ASI –aunque se desoiga o se la ignore deliberadamente- ha establecido que por cada víctima que devela durante su infancia (o cuyo abuso es detectado e interrumpido por la intercesión de un tercero, aun sin haber contado con su relato), otras seis a siete no hablarán de lo vivido sino hasta mucho después, entrada la adultez. Quizás, cerca de la ancianidad, o la muerte. Quizás nunca.

Que cada vez sean más los niños, niñas, adolescentes que puedan pedir ayuda y contar su historia, depende de diversas condiciones y presencias (que asimismo serán de ayuda para sobrevivientes adultos que constatando entornos más propicios, quizás puedan abrir su relato por fin): familias incondicionales, figuras de apego seguro, o bien docentes bien dispuestos y prístinos en su rol de cuidadores (indivisible del  rol de educadores), y servicios de salud donde existe el espacio para que los niños sean escuchados –y no sean sólo los adultos acompañantes quienes  respondan por ellos-, y donde se realicen las preguntas que permitan relatos sobre toda posible adversidad de la niñez.

También son importantes las actitudes de los medios –y las palabras y forma en que tratan temáticas de vulneración de la niñez-, el comportamiento y sensibilidad de la autoridad y líderes políticos, los diálogos cotidianos y los que abren las artes (libros, películas, etc) en torno al abuso de poder y la vulneración de la niñez, y de cada uno, cómo se expresa nuestra atención y buen trato hacia los niños en nuestro barrio, en los medios de transporte, las plazas, las salas de espera de hospitales, oficinas públicas, etc. Todo puede convertirse en signo de cuidado y de disposición a acoger, o bien, de intemperie y  soledad en cuyos confines (o confinamiento) se perpetúa el  silencio. En la dependencia vital, y en la inexorable asimetría de poder y desventaja de los niños en relación al mundo adulto (aun en la familia más amorosa, la escuela más respetuosa, la sociedad más protectora de la dignidad de sus ciudadanos menores de edad), necesitamos explicitar una y otra vez que estamos disponibles, despiertos, presentes en la trayectoria, con actos y palabras, con escucha incondicional, cuidando.

Hemos compartido información sobre las dificultades de los niños y niñas víctimas para poder develar (ver “Denuncia y actos de cuidado“) y de esta forma, poder propiciar entre todos, una mayor empatía y entendimiento de la experiencia infantil del abuso en la restricción de la voz. Pero si contra todo obstáculo e indiferencia, con miedo y confusión, sin contar siquiera con todas las palabras necesarias, un niño o niña logra expresar de alguna forma el abuso que están viviendo, es importante que nosotros podamos responder de la mejor manera posible a ese testimonio: escuchando, dando crédito, comprometiéndonos a hacer lo que esté a nuestro alcance (sin imprecisiones ni exageraciones ni promesas que no podamos cumplir) para proteger a ese niño o niña.

Hace dos semanas, nos conmovió profundamente la historia de dos niñas de 10 años quienes, luego de varios intentos, filmaron el abuso del padre de una de ellas como na forma de denunciarlo y evitar que no les creyeran. El fiscal a cargo del caso en Uruguay, dijo “deberíamos avergonzarnos todos” y en ese “todos”, no habita sólo la sociedad de un país, sino todos los adultos, de distintas latitudes, que todavía no reflejan una disposición de apertura y acogida incondicionales a las vivencias de los niños; y muy específicamente, a sus sufrimientos en el abuso sexual. ¿No dejaremos más alternativa a los niños que la de defenderse solos, exponiéndose a más peligros y heridas con tal de probar ellos mismos la violencia a la que son sometidos? Podemos hacerlo de otra forma.

Es difícil resumir en unos pocos párrafos, la complejidad y detalle de procesos tan delicados como la develación del abuso sexual. Hoy es más accesible la información y muchos de nosotros nos estamos actualizando constantemente en temáticas relativas al cuidado y la evitación de daños evitables –como el ASI- a nuestros hijos. Sin embargo, sabemos que es una tarea mucho más inclusiva, de resorte colectivo, y necesitamos a muchas personas en el círculo de cuidado. Para expandirlo, y para contar con muchas más presencias cuidadoras –considerando incluso al Estado, en nuestras interpelaciones y activismos también- es importante compartir todos los conocimientos y herramientas posibles, ojalá de manera expedita, con nuestras familias, compañeros de trabajo, diversas redes y comunidades de las cuales formamos parte y a las que querríamos sentir en sintonía, muy cerca nuestro, en el cometido de cuidar y prevenir abusos.

Un rol protagónico, además de las figuras de cuidado más cercanas a quienes los niños puedan recurrir –mamás, abuelas, papás, hermanos mayores, etc.-, es el que tienen los/las docentes y en diversos ciclos educativos. Esto, tanto en la detección (sobre todo con los más pequeños) como en la recepción de relatos, de manera creciente, a partir de la pubertad (11, 12 años) y de forma coincidente, muchas veces, con el aumento de conocimientos y acceso a información sobre sexualidad humana y/o la oportunidad de dialogar al respecto de éste y otros temas afines –en clases de biología, educación sexual, o en actividades de orientación y consejo de curso, entre otras. Las carreras de pedagogía han demorado en incorporar este tema, no existe capacitación obligatoria al respecto en un enorme número de escuelas, y la política pública va muy demorada en materia de prevención e intervención ASI, quedando todavía a criterio de cada establecimiento –o sujeto a las posibilidades e iniciativa personal de cada docente- el cómo se verifica la respuesta ante el abuso sexual infantil, más allá de contar con protocolos de denuncia mandatarios por ley.

La mayor esperanza está, no obstante, en la motivación que he percibido en diversas comunidades educativas -profesores y familias- y también centros de alumnos y estudiantes de pedagogía –de manera independiente y muchas veces solitaria, en relación a sus casas de estudio-, y en cuerpos docentes de jardines infantiles y colegios (en distintas regiones) quienes por su cuenta organizan actividades formativas o de perfeccionamiento, tanto para su gremio como para familias y comunidades a quienes puedan comprometer en el cuidado de sus alumnos, quienes hoy por hoy, pasan mucho más tiempo en sus escuelas que en sus propios hogares (por las jornadas escolares extendidas), con la cercanía que ello implica en el vínculo con sus maestros.

Quedan aquí para descarga, tres recursos que espero sean de utilidad: dos de ellos informativos, en lo general,  sobre el proceso de develación y la respuesta siempre necesaria –ESCUCHAR, CREER, PROTEGER- para ayudar a ese proceso y lo que siga, y adicionalmente, un listado más específico de claves para la recepción del relato de abuso (que cada uno podrá adecuar a la situación y contexto, y sobre todo,  de forma sensible en relación a la edad, estado físico y emocional, capacidad de comprensión, vivencia, etc de cada niño al momento de contar su historia). Muchas gracias, como siempre, por estar juntos en esto.

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