Óró, sé do bheatha ‘bhaile (canto irlandés)*

“El abuso es una traición atroz del amor. Mi corazón está con las víctimas de esta injusticia terrible”.     Mary McAleese, presidenta de Irlanda (1997-2011)

En 2009, la presidenta de Irlanda expresó su solidaridad con las víctimas de abuso sexual infantil, “la traición más atroz del amor”, dijo. “Agravada por los sufrimientos que en silencio debieron soportar”, por el más largo de los tiempos.

Sus palabras acompañaron la entrega del reporte de la Comisión de Investigación de Abuso infantil (CICA, Commission to Inquire into Child Abuse), constituida por el Estado Irlandés en 1999. El reporte final, luego de nueve años, fue definido por algunos como un recuento de inhumanidades que pueden sólo entenderse como una versión irlandesa del holocausto. Habrá quienes lo consideren una exageración, tal vez, pero más de treinta mil niños y niñas que pasaron por “residential institutions” – noción que en CICA alude a hospitales, orfanatos, centros de “protección”, reformatorios, escuelas industriales, operadas en su mayoría por la Iglesia Católica y financiadas por el departamento de educación-, fueron tratados como prisioneros, esclavos, y sometidos a los tratos más crueles y violentos.

Abusos y explotación sexual, abusos corporales, psicológicos. Algunos sobrevivientes reportaron no haber conocido siquiera sus nombres ni procedencias durante años pues muchos llegaron ahí simplemente por decisión de familias que querían evitar la “humillación” de hijos o nietos ilegítimos (y el sistema se hizo cómplice en el ocultamiento de sus identidades). Otros niños llegaron por el “delito” de haber robado por hambre, o de no haber cumplido con un deber escolar. Existen reportes de ensayos médicos y experimentación de vacunas en niños y niñas. No eran infrecuentes las golpizas públicas –“ejemplarizadoras”- de niños desnudos, muchos de ellos por haber resistido acosos sexuales. Otros fueron atormentados, colgando de ganchos en las paredes, para “corregir” su conducta indócil. Las niñas eran violadas con habitualidad por uno o más hombres en las residencias, o llevadas a otros lugares (sacristías, centros de retiro espiritual, casas de “padrinos”).  En una escuela industrial del reporte (Goldenbridge), se describe cómo niñas de apenas siete años eran forzadas a trabajar hilando 600 cuentas de rosario (para vender) cada día de la semana, y 900 en sábados y domingos.

Son 2,600 páginas de infierno y sólo infierno; historias de niños y niñas que recién en la adultez –50 a 80 años de edad al momento de compartir sus testimonios con la comisión, en distintas modalidades- pudieron sentirse escuchados, dignos de credibilidad (y de alguna reparación que el Estado asumiría, en términos económicos), para que luego les negaran, completamente, la posibilidad de acceso a justicia.

En 1999, el Primer Ministro Irlandés Bertie Ahern fue uno de los primeros líderes de Estado en pedir disculpas públicas a los sobrevivientes: “ el gobierno presenta sus disculpas sinceras y por mucho tiempo adeudadas, a las víctimas de abuso infantil, por nuestro fracaso colectivo en interceder, en detectar su sufrimiento, y en concurrir en su auxilio”. Nada pudo prevenir la decepción y dolor que vivirían esas mismas víctimas cuando en 2003, la jueza a cargo de la investigacion, Mary Eleanor Laffoy -a quien sucedió el juez Sean Ryan-, presentó su renuncia acusando obstáculos y falta de apoyos a un trabajo que ya anticipaba no poder garantizar su efectividad ni independencia.

En Chile, donde sigue siendo nuestra aspiración contar con una comisión similar, necesitamos aprender y tomar nota de las experiencias en otros países, estableciendo límites muy claros que nos protejan de la intervención de la Iglesia, y eviten restricciones en la verdad. En el caso de CICA, sus tareas se vieron desde el inicio entorpecidas por congregaciones católicas y por el propio Departamento de educación irlandés. Pero el mayor desgaste lo impuso una querella de Christian Brothers cuyo objetivo -como el de otras órdenes, en otros países donde el lobby católico influencia decisiones de estado- era lograr un compromiso de impunidad: la omisión de los nombres de los abusadores en el reporte, con excepción de aquellos que ya hubiesen sido juzgados y condenados anteriormente.

En 2005, ante el estupor de sobrevivientes y ciudadanos, se formalizó la prohibición de compartir quiénes eran los victimarios identificados por las víctimas en CICA, anulando toda posibilidad de perseguir acciones penales, y de ejercer el derecho de autocuidado como sociedad. Más de 800 abusadores, de más de 200 congregaciones, jamás enfrentarían sanciones de la justicia ni de la iglesia. Consistente con un patrón de conducta histórico, en la perpetración de abusos como en el encubrimiento y obstrucción, el Vaticano adoptaría una actitud distante, “lamentando” vagamente, sin asumir mayor responsabilidad.

Hace unos meses, James Carroll, periodista del Boston Globe (y uno de los protagonistas de la historia documentada en el film Spotlight), escribió una columna magistral –Abolish the Priesthood, vía The Atlantic- en la cual concluye que la Iglesia hasta hoy continúa fracasando en comprender la gravedad de las atrocidades cometidas bajo su alero. Un ejemplo es el encuentro de obispos “La protección de los menores en la Iglesia”, convocado por Francisco I en febrero recién pasado, del cual Carroll comentó: “Es como designar a los líderes del crimen organizado, como responsables de una comisión de justicia”.

No entienden, o bien hacen como que no entienden. En Irlanda, una vez conocido el Reporte Ryan, no pasó desapercibida la expresión casi simultánea de disculpas de diversas órdenes católicas y sus líderes, todos en clave monocorde y desafectada. La más alta autoridad eclesiástica, el Cardenal Sean Brady, declaró: “Tengo esperanza en que la publicación de este informe ayudará a sanar heridas de las víctimas y abordar los errores del pasado” (NYT, mayo 2009). Nada más.

Cataplasma de relaciones públicas en reemplazo de la verdad, de la justicia. “Demos esto por reparado o en vías de, y miremos hacia adelante”, para que así, deberíamos traducir, podamos olvidar a quienes viven con las secuelas imborrables del trauma, y a quienes no sobrevivieron, y de paso a los perpetradores, encubridores y cómplices.

Amnesia general, eso querrían. Amnistía ojalá, me imagino siempre mascullando a la impunidad. Hasta que la memoria sale a su paso y saca la voz como puede: con valentía, temblando, desbordada de angustia y furia, como sea, pero la saca. La voz de los vivos, de los muertos.

El holocausto irlandés no terminaría de conocer la historia de sus niños, niñas, mujeres. En 2017 se descubren 800 cadáveres de bebés –quizás cuántos más fueron rutinariamente desechados- en fosas y pozos sépticos del Hogar Bon Secours (conocido también como Hogar St Mary para Madres y Bebés, que operó entre 1925-1961). Mujeres embarazadas eran enviadas ahí para dar a luz y luego ser separadas de sus niños por la fuerza (la adopción ilegal fue en Irlanda y hacia otros países, entre ellos EEUU). Muchos de los niños que no fueron adoptados y no podían continuar en el hogar en razón de su edad o por ser “problemáticos” para las religiosas, terminaron en reformatorios y escuelas industriales donde con toda seguridad estuvieron expuestos a los abusos descritos en el Reporte Ryan. El destino de sus madres no fue mejor.

Las mujeres “penitentes”, luego de trabajar gratis para las monjas de St. Mary (en “retribución” por recibirlas embarazadas y robarles sus guaguas), si no mostraban signos de “redención”, eran derivadas a las Magdalene Laundries donde podían permanecer meses o la vida entera generando utilidades para los conventos y sufriendo toda clase de abusos. La red de tráfico y explotación laboral operó durante los siglos 19 y 20, y sólo en 1996 se cerró la última lavandería. Todavía hay víctimas entregando sus testimonios, y todavía, en 2018, la Iglesia negaba conocimiento de las crueldades cometidas: muertes de mujeres, infanticidios. Hablar de “monstruosidad” se hace poco.

Francisco I, en su visita a Irlanda del año pasado -gallardas e inolvidables esas calles semivacías-, se comprometió a estudiar un memorándum sobre el hogar de St Mary entregado por la ministra de Infancia, en tanto se declaraba ignorante de los hechos reportados. Pudo mentir, o no. Pero sigue siendo responsable.

Nunca, desde el inicio de su período, he conferido credibilidad al sr Bergoglio, y todavía no encuentro las palabras ni el estómago para explicar lo que sentí escuchándolo hablar de “cuidar el corazón de los niños” en un viral de agosto pasado. Pero en relación a St. Mary, y llevando el beneficio de la duda a un extremo casi lesivo, podría uno llegar a contemplar la falta de información, y aun así, sería igualmente inexcusable la desconexión y negligencia de la máxima autoridad de la Iglesia y de un Estado de la UE, frente a crímenes cuyas denuncias suman décadas. 

Existen registros de vulneraciones ya en los años cuarenta, tanto en documentos de estado como de la iglesia. Pero cerca del fin de siglo, nadie hablaba de ello, no públicamente. Hasta que Sinead O’Connor dio un grito, un primer bramido desde la herida profunda que atravesaba a Irlanda. En otros países, tampoco sabíamos de abusos todavía, ni quisimos escuchar.

Nos quedamos en el reproche de la forma, a tal nivel, que el fondo ni siquiera llegó a ser tema. Cuando la cantante, en un programa estadounidense rasgó en 8 pedazos la fotografía del Papa Juan Pablo II, las reacciones se centraron en el irrespeto a la autoridad, a los católicos del mundo, o en la inestabilidad emocional o extremismo político de la artista. No hubo la pregunta antes de qué pudo empujar a una persona a realizar un acto que entrañaba riesgos para la propia integridad, la propia carrera (justo en la cima). Qué consciencia insobornable, qué desesperación, qué urgencia podía movilizarla. La turba impidió reflexionar. Pero no impidió escuchar el silencio de tantos, que dolió.

En aquellos años, no conocía a sobrevivientes de mi edad. Tampoco tenía con quién conversar mucho de temas que ni siquiera yo estaba segura de querer enfrentar todavía. Pero recuerdo mi tristeza frente a las omisiones de lo esencial, y también recuerdo mi certeza; el cuerpo entero avisando el reconocimiento instántaneo de una semejante, una hermana de experiencia, tenía que ser, aunque no la viera, aunque viviera en otro continente, había un universo, un incendio común, una cantidad de cenizas inconcebible para los restos de niñas que nos quedaron dentro. Años después conversaríamos de esas intuiciones con otras sobrevivientes, haber reconocido en Sinead O’Connor, Tori Amos, Dolores O’Riorden, un detalle o dos, un enjambre, un susurro, una forma de puntuar, de informar entre semejantes una rotura que compartíamos, indecible todavía.

No era tiempo, no entonces. En los noventa, la mayor conmiseración en mi círculo cercano llegó a contemplar de O’Connor “quizás qué cuadro, qué crisis atraviesa, pero nada excusa esa actuación”. Confieso haber callado por cobardía, por no herir a amigas y amigos cristianos –que más que enojo, sentían confusión-, y cuando mucho haber comenzado una frase y luego atenuado a niveles inaudibles la defensa que no era de la artista que me encantaba, sino mucho más, porque lo que yo necesitaba vocalizar era una pregunta que podría haber sido válida para cientos de mujeres y hombres, niños, niñas, tantas personas. ¿Te imaginas qué devastación puede haber vivido ella, o alguien amado por ella, o miles de sus prójimos, para responder así?

A la luz de todo lo que sabemos hoy de Irlanda, no de Sinead O’Connor (y no: nada, ni su salud mental, ni su conversión religiosa, la invalidan como persona y menos deslegitiman su advertencia desgarradora sobre el abuso sexual de niños y niñas), no sé cómo definir o situarme ante la rasgadura de la fotografía de un hombre, o de miles (si así hubiese sido), representantes de una institución cómplice de la tortura de niños y mujeres; de crímenes de lesa humanidad.

Por más esfuerzos que haga, no puedo sentir que una rasgadura justifique desviar un milímetro de atención frente a las presencias de decenas de seres humanos de todas las edades –cientos ya, tal vez- que he conocido o acompañado en sus procesos de reparación. Desde ahí, desde ese espacio sagrado, desde la cordura, desde mi cuerpo madre de dos hijas mujeres, o mi cuerpo de mujer de medio siglo, simplemente, no me puedo separar de esas presencias. Son lo único que importa.

No sé si mi amor, si su rabia, serían capaces alguna vez de romper algo, o todo a mi paso, pero sí sé que me gustaría y querría recordar por siempre, a la Sinead O’Connor de ese 3 de octubre de 1992. Como un ejercicio de cuidado, de autocuidado. Para evitar traiciones atroces del amor. Deslealtades. Revictimizaciones, y todo lo que en el fondo endosan o excusan: la continuidad insoportable del abuso sexual de niños y niñas. 

Todavía es cotidiana en el mundo, y también en Chile, la revictimización de sobrevivientes, en tanto las sociedades no terminan de hacer todo lo necesario para asegurar su acceso a justicia y salud; el fin de la impunidad. Sobre todo, para garantizar el cuidado de nuevas generaciones, en sus propias familias, y en toda institución.

No bastan leyes y protocolos si no hay formación ciudadana, trabajo permanente y colectivo, amparados por una política pública de prevención en jardines,escuelas e instituciones de la educación superior. No termina la indefensión, y nada evoluciona sin garantías máximas (no mínimas) para niños en sistemas de protección donde se violan sistemáticamente sus derechos humanos. El mundo del deporte, de las artes, del escultismo: no hay entorno humano donde no se estén abriendo historias y denuncias que conminan a cambios radicales en las relaciones de poder, y en las relaciones de cuidado ético entre adultos y la infancia. De las instituciones religiosas, aunque en todas se han cometido abusos, sigue siendo la iglesia católica la que más ha entorpecido la justicia, protegido a abusadores, y demorado la implementación de cambios que permitan alguna confianza reducida, y se sostengan en el tiempo (sin más excusas; sin comisiones inútiles ni convenios distractores, en tanto desactivan a sobrevivientes y movimientos sociales en vez de volcarse a la reparación de las víctimas). Basta.

Frente a engaños y disociaciones, es sólo humana la impotencia, el cansancio de años de sortear silencios y pesadillas. Pero a pulso de agua, de gotas diminutas de agua, es posible horadar piedras (dice el sabio refrán), así lleve siglos, como en Irlanda. Siglos para desenterrar, para nombrar un holocausto que quizás sólo usando esa palabra nos permita entender tanto desgarro, y al prójimo, al propio corazón, o a una mujer como Sinead O’Connor en su duelo por el abuso de todos, por el suyo (físico y sexual, con su madre como victimaria). Por la historia que fue escribiéndose a partir de ese 3 de octubre de 1992.

Una querida amiga, también sobreviviente de ASI por años, me manda hoy un mensaje “It’s been 7 hours and 27 years, since we took our love away”, junto al video de Nothing Compares 2U, una canción  que se quedó como hoja seca marcadora de página, en el diario de vida de la juventud y de nuestros primeros años de adultez.

Me deja pensando en las gratitudes que no fueron a tiempo, el perdón que deberíamos declarar. O en que ni siquiera fue lo más doloroso para Sinead O’Connor, el linchamiento público posterior a su performance en Saturday Night Live, sino el abandono de años, que se fue instalando poco a poco. La soledad que quizás agudizó los daños, o llevó a la voz a buscar refugio en otras otras lenguas para cantar (este tema es hermoso) u orar; para rearmarse una y otra vez, no darse por vencida. No lo sé. Pero sí he conocido de cerca cómo la soledad se vuelve castigo y cerco para más de una víctima mujer u hombre –y para sus hijas e hijos- luego de juzgarlos por sus actuaciones consideradas excesivas –contar su verdad inesperadamente en una reunión familiar, o detener la mano artrítica de un tío o un abuelo que fue el violador, y que a duras penas se levanta de su silla para saludar con sobajeos invasivos de espalda y caderas, a niñitas y adolescentes que resisten el acoso con expresión temerosa y el cuerpo tensionado. Antes de ver coraje, o cuidado, se elige el lente del ajuste, de la adecuación, para dictaminar a más de una víctima, interdicta. Marginable.

Qué distinto sería si antes del dictamen de los excesos y desvaríos, existiera una pregunta. ¿Qué pudo haber vivido? En voz baja o alta; una pregunta con ánimo humano, de entender, de esperar al menos, unos segundos, antes de la condena, del juicio moral o psiquiátrico (igual de duro). ¿Qué puede estar viviendo ahora? Una pregunta que puede articularse de distintas formas, en torno a un dolor que no conocemos y podría necesitar ni siquiera compasión, sino ser considerado posible, nada más. ¿Y si se tratara de un abuso?

Una pregunta puede evitar injusticias, o el frío. Dar tiempo de un respiro, una duda acogedora. Servir a una voz: para que hable, o pierda algo de miedo. Tal vez ganar un poco de firmeza para más adelante: una pregunta podría servir tanto. ¿Cómo despierta cada día con una vivencia así en el cuerpo, cómo se inscribe el silencio pasado, presente, en relación a lo que es todavía inenarrable?

Cambiar la mirada, un poco más de pupila, sin encandilar, sin llanto, sin homenaje, solo cambiar el ángulo. Una pregunta podría disminuir el ahogo, en adultos, en niños, niñas, en quien quiera esté viviendo y sobreviviendo años en espera de auxilio, de un trino, una historia desobediente, con otro final. Una pregunta podría salvar vidas.

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*Horo, welcome home (traduccion del galés irlandés). 

Imagen: Sinead O’Connor cuando niña, via Angeline Squirrelson (wordpress)

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