Fue un embarazo imprevisto, precoz. Para ella, como futura abuela involuntaria, difícil desde la tradición, sus expectativas para el hijo menor y favorito, la nuera que hubiese preferido (no de izquierda, no hippie, no agnóstica), las explicaciones que tendría que dar en su círculo. Todo sumamente inconveniente.
Las familias tensionadas, los futuros padres adolescentes muy asustados, un matrimonio organizado a presión y todas las predicciones nefastas en el aire. Su expresión de suegra desencantada en las fotografías de la ceremonia civil, no fue tan distinta de la cara de su nuera que sólo accedió al compromiso por el argumento del “hijo ilegítimo”. La hija, sería. La nieta.
No fue al hospital, no escribió tarjetas, no envió ajuares. Con su hijo, padre de la pequeña, apenas se hablaban. Con su nuera, nada. Persona non grata. La niña crece, la mamá piensa que las mujeres de su árbol no pueden faltar y un buen día decide llamar. Miente (quizás la mentira más blanca y justificada de toda su vida). Inventa una cita al médico en el mismo barrio en que vive su suegra.
Sé que no hemos hablado desde hace mucho pero ¿cree usted que podría cuidarla hoy una media hora, o una hora? Y la aprovecha de conocer. No tengo con quién más dejarla.
Va con su guagua a la universidad, a todos lados, la suegra sabe, le han contado. Pero no pregunta más y accede. “Sí claro, una hora puedo”. La mamá deja a su niña, y querría sentirse menos insegura de lo que hace, pero con la intuición que la mueve por ahora tiene que bastar. Se queda esperando a media cuadra, sentada en una banca de la calle. Deja pasar algo más de una hora y regresa. La suegra la recibe muy seria pero con un brillo hermoso que la traiciona. Miran a la niña, las dos, con igual ternura. “Puedes traerla de nuevo, si necesitas. Cualquier día menos los jueves que voy a la peluquería (sagradamente)”. Una semana después del reencuentro, una abuela, con voluntad y esmero de abuela, llama a la nuera y le da las gracias por haber cruzado los muros que ella no habría podido vencer.
Fue el comienzo de un vínculo férreo, de afectos muy leales, y cuidado. La misma niña, indivisible el amor, los esfuerzos de abuela y madre, sus complicidades y confabulaciones también. ¿Qué querrá para el cumpleaños, o navidad? ¿Cómo la ayudamos con las tablas de multiplicar? ¿Qué consejos o consuelos pueden ayudar en este primer amor?
La nieta tenía un año cuando sus padres se separaron. La única que escuchó a su mamá y le creyó, fue la suegra, o ex. El divorcio fue de la pareja, no de los abuelos. Los lazos siguen intactos en años de cuidado de la niña, y más adelante, en visitas, llamados, cartas de uno a otro lado del Ecuador, videos, grabaciones, dibujos. La madre le cuenta a la hija historias de principios de siglo, de cada década, acompaña a las generaciones y ayuda a explicar posturas de la abuela cuando su nieta podría reprochar algo, o no entender (otras personas, siempre interrumpiendo con sus juicios). Esa relación se cuida, sin pausa, sin distancias, cada día. No habrá lecciones de tejido ni cocina, pero sí cientos de conversaciones de poesía, de literatura, de humanidad.
Poco a poco será su propio esmero, autónomo: la nieta es ya una adolescente, una mujer joven. Los años pasan tibios y llenos de sorpresas. Mi abuela es poeta, mi abuela quería estudiar leyes -y estudia sola y sabe mucho, aunque nadie tenga idea-, no la dejaron “en esos tiempos”. Mi abuela habla de pasiones, de amor, de deseo, de misterios no resueltos, de su cuerpo que baila, que quiere reír, tocar, atreverse. No me gusta su postura política pero jamás ha justificado una atrocidad ni una guerra. Ella me anima a pensar en voz alta, con ustedes no fue así, en dictadura tenía miedo, yo la entiendo. Pero a mí me apoya en mis sueños, mis activismos, mis historias y penas de amor. “Yo la apoyo a ella también, en todo lo que pueda. Somos mujeres las dos”.
Desde un lugar más distante, atestiguo el albedrío, el lazo inviolable. Un amor que podría disipar toda niebla resentida, toda palabra aterrada u odiosa en este mundo. Menos una. Alzheimer.
Cuando el diagnóstico fue definitivo, no hubo cómo forzar la esperanza. En el tiempo que siguió no aparecería la cura mágica o capaz de revertir lo ya doblegado en la memoria. La abuela pide a la nieta no ausentarse, ayudarla a recordar todo lo que pueda. La nieta no falta. No habrá duelos más suaves que otros, ni impotencia menos bestial, pero se afirma de su dulzura y de decenas de fotografías, escritos, todo lo que pueda servirle para robar días al olvido.
La pregunta esencial de una vida, desde el cuidado, la resolvieron ambas mujeres con simpleza, sin complicaciones. Nunca hubo un cambio en la dignidad, en el respeto a los derechos, la integridad de una mujer que cuando iba olvidando quiénes eran todos, todavía podía decir “no” o “prefiero” en relación a algunas cotidianeidades que la nieta defendió como si en ello se jugara la supervivencia del planeta. Derecho a cuidar, a ser cuidada. Derecho a ser en paz, hasta la última vez de atarse los zapatos, la última de pedir los aros azules. El último aliento.
“No sabe quién soy, pero cuando me toca el huesito de la nariz igual al suyo, sabe que soy alguien familiar, al menos”, cuenta la nieta con amor, con regocijo que sí, es posible, en medio de la inclemencia del olvido. Mientras la peina, la ayuda a vestirse (así fuera con una camisa de dormir, solamente), sigue contándole mil veces y cada vez que puede la historia de quién es ella, Eliana, cómo era de niña, de joven, qué países visitó, cómo se enamoró del abuelo, cómo se convirtió ella en abuela, o “Catita”, qué travesuras hicieron sus hijos que luego replicaron sus nietos y bisnietos. La película famosa sobre el tema, de la pareja que le cuenta su vida a su señora enferma, se me hace hasta pequeña viendo a estas dos mujeres.
Cuando ya no podía controlar esfínteres, ni alimentarse, ni hablar más que con un puñado de palabras muy cortas, la nieta consiguió libros de poesía y todavía, al leer ella en voz alta, algo podía sentirse a salvo frente a un mundo evaporado, en lo más profundo de la abuela. Un libro que la hacía reaccionar especialmente –una frescura en los ojos, un amago de sonrisa, las cejas más altas- fue la antología de Cecilia Casanova (QEPD) de Adriana Valdés (qué ganas de agradecerles a ambas). Podrían haber gozado ese libro una eternidad.
Pero se va apagando el tiempo, y con él las opciones, los colores, los santos (por si acaso) a quienes suplicar. La pérdida se instala, titubea, pero no deja de expropiar conforme a un itinerario decretado por los médicos desde el inicio. Nadie imaginó, pese a todas las advertencias, cuán doloroso sería cada dos, tres meses, escuchar “ahora sí hay que prepararse para decir adiós”, “es lo mejor para ella”. Proponen muchas veces delegar su cuidado, llevarla a “un lugar especializado”. El abuelo y la nieta insisten en el propio hogar, la vida todavía en su espacio conocido. Todo se va vendiendo y destinando al cuidado de la abuela. ¿Cómo lo hacen otras familias? Al sistema no le importa. Ni el enfermo, ni su humanidad, ni sus seres queridos. Nada. (Me rondan los “méritos”, lo que cada uno merecería, meritocracia, ¿en serio?, váyanse a la mierda y perdón por el francés).
Algo se quema en todos lados: una hoja seca, arboledas completas, las casas y vecinos, toda la ciudad. El corazón de la nieta pasa por estas brasas muchas más veces, creo, de las que puede resistir en buena salud un cuerpo humano por joven que sea. My darling, hija mía, cómo aliviar este pulmón a la vista que eres; tu ahogo día por medio, la agonía de tu abuela. Qué daría por evitarte todo esto, y por otro lado, cuánto agradezco y te admiro y respeto, mi pleno respeto, porque no hagas nada para eximirte. El duelo se vive, el adiós, con todo amor, ni una pizca menos. Y qué amor, el tuyo. La mujer que eres y refulge (no sólo en la última noche, de acompañar la partida).
Siempre dijo tu abuela que fuiste la hija que no pudo tener. Seguirás siendo.
Trato de pensar en estos días, recordar otras palabras para la muerte, tu consuelo mi niña, la inmortalidad del afecto. Las metáforas todas en algún escondrijo; la música y sus silencios, sus llaves soleadas. No quieren arriesgarse, auxiliarnos. Serán de carne y hueso, quizás; o saben que hay lágrimas que luego no será fácil detener. No puedo culparlas. Pero me faltan voces, algún idioma. Ninguno de los que conozco me ayuda a expresar mis condolencias, mi luto, la mezcla de reverencia y angustia que siento cuando veo cómo dos mujeres crecidas hasta donde el horizonte no alcanza, casi cien años ella, y treinta contigo, enfrentan este tiempo indefenso, desvanecido ahora sí, casi en todo, pero jamás en su amor. Ni en el mío por ustedes. En esta vida y todas.
Para Eliana (QEPD) y para Diamela, y para todas las nietas, nietos, hijas e hijos que han vivido estas despedidas.
Un niño es forzado a desnudarse. Le ordenan quedarse quieto sobre una cama, en posición de Cristo crucificado. Está a merced de sus abusadores que lo fotografían, y luego guardan esas imágenes, las coleccionan. Las comparten con otros. Quizás qué más habrán hecho con esos retratos. Quizás qué preguntas habrán consumido a ese niño. Al hombre en que se convirtió. Qué recuerda su cuerpo del frío y terror sobre esas sábanas (y puede haber sudarios horribles, sin sangre).
Este relato es parte del reporte más completo sobre abusos sexuales en la Iglesia Católica de EEUU, liberado muy recientemente en el estado de Pennsylvania. Son 884 páginas, seis diócesis investigadas, más de mil víctimas y 301 sacerdotes abusadores denunciados de los cuales sólo 2 pueden ser llevados a la justicia. En la mayoría de los casos, la prescripción es el impedimento y esto en un estado donde los plazos permiten a las personas iniciar acciones penales hasta los 50 años de edad, y civiles hasta los 30.
Francisco I, desde Irlanda, y podría ser cualquier lugar del mundo, pide perdón en nombre de la iglesia y habla de penitencia (mas no de justicia). No será el último acto de contrición, seguramente. Pero habría que preguntarle a cada niña y niño, sólo a ellos, si pueden perdonar. Si su frío. Su terror.
Hoy, como antes otros reportes lo fueron, el de Pennsylvania es devastador. Las medidas recomendadas, muy pocas y muy rotundas: fin de toda prescripción para crímenes sexuales contra niños y adolescentes; regla retroactiva que permita acceso a justicia a todos los sobrevivientes; aumento drástico de sanciones y penas de cárcel a quienes encubran o fallen en denunciar oportunamente. Se habla de reparación, restitución, prevención; de transformaciones radicales, y muy humanas, en la ley y la justicia. Quizás después, podamos hablar de perdón. Pero sin saltarnos pasos, ni voces.
Es una marea que ya no se detiene. Faltan miles de voces todavía, pero cada una que cuenta lo vivido, ayuda a otras a bracear y llegar a puerto. A la deriva, cada día más, el silencio. Sin saber qué hacer. Flaquea. Se va hundiendo. Habría que hacer más para asegurar su total naufragio. Y más, mucho más, para que las víctimas que todavía no pueden hablar, lleguen a hacerlo. Seguirán siendo, aun en timbre adulto, voces de niños, de niñas, y necesitamos escucharlas todas.
“Este es el mar que se despierta como el llanto de un niño/ El mar abriendo los ojos y buscando el sol con sus pequeñas manos temblorosas/ El mar empujando las olas/ Sus olas que barajan los destinos”. Vicente Huidobro
Sabemos de cientos de miles de abusos sexuales de niños amparados y encubiertos por instituciones religiosas –de todas las denominaciones-, sus autoridades y representantes. No se eximen instituciones educativas, deportivas; los sistemas de protección de los estados. Sabemos también que la inmensa mayoría de los abusos, del orden del 90%, ocurre en el entorno familiar, pero no porque en los contextos institucionales sea “un porcentaje menor” o “apenas un dígito” –argumentos que escuchamos una y otra vez como si fuera posible atenuar horrores-, cambia en algo su gravedad, sus despojos. Nuestra ausencia, todavía, en la prevención.
Una forma de prevenir a la que no podemos y sería irresponsable renunciar es la eliminación de todo límite de tiempo para la denuncia y acceso a justicia de los sobrevivientes de abuso sexual infantil (ASI). La imprescriptibilidad es hace mucho, un imperativo. Una rectificación justa (ojalá amorosa, vital), congruente con el cuidado ético, y el autocuidado. Los plazos han sido arbitrarios y lesivos para las víctimas, y negligentes, o autodestructivos directamente, para nuestras sociedades. Desde la sanidad, el desacato.
Si realmente estamos de acuerdo en que a los niños no se los abusa ni se los viola, y en que debemos detener estas transgresiones antes de que sea demasiado tarde (en violencia infantil, el ASI se asocia a la tasa de suicidalidad más alta), no podemos seguir caminando a tientas e inmersos en la impunidad, sin saber qué personas han sido responsables de abusar de niños, y quiénes han encubierto estos abusos, obstruyendo la justicia y nuestros esfuerzos de protección, siempre incompletos si no contamos con el relato de las víctimas. Todas ellas.
En la actualidad, en Chile, cada día viven abusos 50 niños y niñas. Esas son las denuncias, pero muchos casos se sobreseen, las penas son remitidas “por irreprochable conducta anterior” (daría para otra columna comentar esto), el registro de ofensores sexuales no está actualizado, y una inmensa mayoría de abusos sexuales -seis de cada siete- serán develados en la adultez (debido a tiempos del trauma) y encontrarán ahí el muro de la prescripción. Ese círculo vicioso donde la prescripción inhabilita a los sobrevivientes, pero habilita a los abusadores, nos ha inmovilizado y fragilizado por demasiado tiempo, y debe terminar.
“Creí que ya habíamos comprendido —gracias a sobrados ejemplos— que las huellas de la humillación y del trauma no tienen fecha de vencimiento. Y que no se habla cuando se quiere: se habla cuando se puede. A veces, incluso, no se puede nunca”. Leila Guerriero
Víctimas y sobrevivientes de ASI jamás renunciaron al derecho a denunciar. Nunca hubo elección de nada. Siendo niños o adolescentes –secuestrados en la dinámica perversa del abuso sexual y la dependencia inexorable del mundo adulto- sencillamente no tenían cómo comprenderse en tanto víctimas de un crimen encima perpetrado por personas que debían cuidarlos, no vejarlos.
Para poder comprender, procesar, verbalizar lo vivido se necesita tiempo. En muchos países democráticos se ha escuchado la voz de los sobrevivientes y valorado la evidencia científica –médica, neurobiológica, psicológica- que explica lo imprescindible de ese tiempo en experiencias que quizás todavía no podemos dimensionar completamente.
El tiempo sometido, devorado por el abuso: niños y niñas de 8 años que desde los 4 han sido abusados, la mitad de sus vidas. O durante infancias y adolescencias completas, hasta poder escapar de la tutela del abusador. Otras víctimas murieron o se suicidaron luego de una violación (y decir “una, uno” es decir todo). No hay métrica, no hay calendarios exactos aquí. Sobre todo, porque la historia de abuso sexual nunca comienza con la primera vulneración, ni termina con la última. Su tiempo es difícil de definir con exactitud (y dolorosamente infinito para los niños); siempre más largo que la suma de transgresiones y/o períodos durante los cuales el daño gobierna el cotidiano de las víctimas.
El silencio, la intimidación, sociedades ausentes, la prescripción. El perpetrador siempre ha contado con tiempo. Afila su energía, la voluntad de daño. Para los niños, mucho antes, el paisaje se tiñe de una carga vulneradora, confusa. El peligro establece su presencia, se abstiene, agita, espera. Todo ese tiempo ya le pertenece al abuso que ha comenzado a robarse la vida. Sin un final exacto. Sin que las víctimas, por años, puedan dictaminar con certeza que el último evento abusivo haya sido en efecto “el último”. La última violación. Pero ningún “último” aquí, sirve.
El trauma del ASI tiene otros ciclos; el dolor no tiene vencimiento, se ha repetido hasta el cansancio. Durante meses, años, incluso décadas, mujeres y hombres sobrevivientes reportan vivir con la sensación de que no pueden “cantar victoria”; ni desprenderse de un sentimiento de sombra, temor, de asalto posible (siempre más profundo en la impunidad de sus abusadores, y hasta su permanencia en redes cercanas). Para muchas víctimas, nunca llega a existir un “a salvo”, y “a merced de” siempre serán las tres palabras más tristes del mundo.
Derecho al tiempo nunca fue, nunca será demasiado pedir. Tampoco que ese derecho sea igual para todos los sobrevivientes de ASI, sin dejar a nadie fuera. No podemos prolongar tanto sufrimiento. Y seguir negando pleno acceso a justicia es negar también la posibilidad de reparación íntegra. Revictimizar. Agravar el estupor cuando al daño del abusador, se suma el daño o el abandono desde la democracia, las leyes, los sistemas y procesos de justicia que siguen actuando en desmedro de las víctimas.
El tiempo es el tiempo. Cancelar sus límites –por justicia, por humanidad- debe ser hacia adelante y hacia atrás. Ésta ha sido la demanda de sobrevivientes de ASI, legisladores, fiscales y la sociedad civil en diversos estados de los EEUU, desde antes del reporte de Pennsylvania, y ahora, con mayor ímpetu y apoyo de autoridades y ciudadanos; con mayor impulso amoroso, sobre todo (y la indignación también viene del amor, no la turba). Al movimiento civil por la reforma del SOL (plazos de prescripción), a quienes lo han liderado en cada estado, a CHILD USA, a Marci Hamilton, todas las gracias del mundo.
El reporte de Pennsylvania ha despertado a muchos en la resolución de garantizar (siempre puede haber una forma) la justicia antes denegada a los sobrevivientes –en la prosecución de las acciones penales y/o civiles que correspondan-, sin exclusión de casos ya prescritos. Es justo y es cuerdo que abusadores asuman la responsabilidad por sus crímenes. Y es justo que los sobrevivientes no sigan llevando la carga completa y el costo de todos los daños sufridos. En lo penal, lo civil, en toda forma posible, la justicia debe abrirse y acoger a todas las víctimas. Pero además las sociedades necesitamos conocer sus denuncias y la información crítica que pueden aportar a las policías, autoridades, instituciones que trabajan con niños, la ciudadanía, para saber quiénes han sido abusadores, cómplices y encubridores. No podemos prescindir de ningún apoyo en el ejercicio del cuidado y el autocuidado social.
(Dónde preferimos vivir: el abismo o un hogar, bajo desperdicios y cenizas o en la aldea de todos).
“No gracias señores de la Onemi, no queremos saber que se avecina un terremoto ni un tsunami ni la erupción de un volcán, aunque nuestra ignorancia nos cueste la vida”. Impedir la denuncia del ASI mediante la prescripción ha sido el equivalente a un “no gracias, no queremos saber de abusos ni víctimas ni de agresores sexuales de niños que viven entre nosotros, porque en realidad no tenemos mucho interés en proteger a nadie”. Suena descabellado, pero no encuentro otra manera de traducir la disonancia. La borrasca del corazón, del instinto mamífero. De la racionalidad. Racional habría sido protegernos antes. Racional es no perder más tiempo para que leyes protectoras completen su trámite y entren en vigencia.
En Chile, vivimos un momento histórico. La ley de #derechoaltiempo, apoyada por el gobierno y aprobada en lo general y por unanimidad en el Senado de la República el pasado mes de julio, se encuentra en la fase de revisión de indicaciones durante septiembre, muy cerca de completar su paso por el congreso y ser promulgada.
La imprescriptibilidad ya fue reconocida como un valor y una urgencia. Necesita ahora expresarse de forma íntegra, sin restricciones o sujeciones perversas (como hace algunos años, en el estado de Ohio, en EEUU, donde se intentó condicionar la acción civil a los resultados de la acción penal, y el rechazo social fue unánime). Las respuestas a las preguntas y puntos pendientes deberían ser sencillas si ya se ha establecido lo fundamental. Si ya hemos tomado posición como país en favor de las víctimas y sobrevivientes, y no del abuso. En favor del cuidado de las nuevas generaciones, no de su desprotección (y una vez más, por favor: plan nacional de cuidado y prevención ASI en todas las comunidades educativas. Podemos hacerlo pero concertadamente, familias más escuelas más barrios más instituciones….y así).
¿Qué nos cuida más, qué nos descuida? Que esas distinciones lúcidas guíen las voluntades de nuestros legisladores en este tramo final para poder contar con la mejor ley de #derechoaltiempo. Otros países han demostrado que es posible (recordemos las ventanas penales y civiles de retroactividad para casos de ASI, en EEUU). Las leyes pueden respirar, crecer. Pueden transformarse para no disociar más el ejercicio de derechos humanos, del cuidado ético. O del amor, el deseo profundo por una existencia vivible, buena. Cualquiera su definición, es con esa energía que llegamos hasta aquí. Con ella, capaz de dar alas a las rocas y hacer que les brillen los ojos: los pasos que nos quedan. El tiempo de la vida. Y la vida entera.
“He ahí el mar/ El mar abierto de par en par/ He ahí el mar quebrado de repente/ Para que el ojo vea el comienzo del mundo/ He ahí el mar/De una ola a la otra hay el tiempo de la vida”. Vicente Huidobro.
Hace unos años conocí a una joven en cuyo instituto de educación superior pasaban lista como cuando éramos chicos: el profesor leía cada nombre y apellido, y los estudiantes respondían, uno por uno, “presente”. Ese acto, para muchos insignificante, era el gatillo de las peores sensaciones: nauseas, taquicardia, niebla mental. Desde niña, ese sonido empecinado, cruel; y un apellido del que sólo quería desertar.
Algunas veces se cubría los oídos, con y sin disimulo dependiendo de su desesperación. “Es una niña extraña, insolente”, decían de ella. Nadie entendía en su escuela. Nadie secaba sus lágrimas. Años de incesto y abusos sexuales durante la niñez y adolescencia. De poco sirvió crecer. Vivía sola en la capital por sus estudios y juró jamás regresar a su pueblo, pero daba igual donde estuviera. Bordeando la adultez, la memoria era forzada, ahora en otra aula, a escuchar un apellido infame y su vínculo tétrico, pesado, tan pesado, con el padre-violador. “No soy su hija”. “Hija significa nada”. “Mis hijos, si llego a tenerlos, no pueden llevar su apellido” (conozco ese juramento también). Si iba en segundo o vigésimo lugar, no le importaba, sólo necesitaba podarlo, sacarlo de raíz. Lo que a ella la definía y le daba identidad era su determinación de escribir otra historia, ahora en sus términos, con un cuerpo propio, y un nombre también.
En tanto pudiera tramitar legalmente el cambio, su preferencia era usar el apellido de su madre. Realizó esa solicitud al instituto, y fue rechazada sólo en virtud de argumentos burocráticos. No hubo de nadie voluntad de acoger, de entender. Recordaba, mientras me contaba su historia, que en algún momento se había discutido en el congreso de Chile, un proyecto de ley que permitiría el cambio de apellido a víctimas de incesto. Quedó en el olvido hasta ahora (la moción se incluye en el proyecto de aumento de penas para ofensores sexuales). Una indemnización magra.
En otra historia, la misma muralla inclemente. Una niñita de siete años en proceso de adopción por su padrastro, quería ser nombrada con su apellido en presente, no cuando el proceso finalizara. Por más que la madre solicitó al colegio que al menos ella pudiera escribir ese apellido del afecto en trabajos o pruebas –sin alterar actas, certificados de notas, ni documentos oficiales- no hubo caso. Tampoco sirvió la apelación de psicólogo, pediatra, ni de otros apoderados solidarios. La burocracia, nuevamente por encima de la humanidad.
Nadie mira a la niña, nadie soba su corazón. Cada comienzo de día, cuando las profesoras abren el libro de clases, ella se angustia. Quiere faltar a clases, o llegar tarde sólo para saltarse la lista. Simula dolores de estómago, y en muchas ocasiones sí le duele y mucho, y rompe en lágrimas intentando explicar una historia compleja, además de privada, a algún compañero de curso. Ya los niños iban notando la discrepancia de apellidos entre la niña y el papá que todos reconocían como suyo; una discrepancia que no cabía en retratos familiares, en la certeza de nido, o cada vez que la pequeña llegaba o salía del colegio con una mano tomada de su mamá, y la otra de su padrastro. Ojalá hubiera una palabra para describir esa sensación de las manos que se acurrucan, “conversan”, juegan, expresan afectos, nervios, o temor, que descansan y se serenan una en la otra. Ese hilo intraducible, quedaba interrumpido, “como si nos soltaran de las manos por las malas”, decía la niña. El colegio no quiso escuchar.
He recordado estas historias de ausencias deliberadas y negaciones de cuidado, a propósito de la discusión de la ley de identidad de género en Chile y el cambio de nombre y sexo registral para niños y niñas transgénero menores de 14 años. Los argumentos en contra cuestionan la capacidad infantil de deliberar y decidir. Pero ser pequeño no equivale a no sentir o no saber. Concedamos que “me duele” o “esto me hace sufrir” no admite margen para interpretaciones. No si estamos escuchando, radical, profundamente, la voz de los niños. O de cualquier persona qué sabe quién es y espera ser respetada en su identidad, su derecho a ser en paz.
La RAE define identidad como la “conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás”. Haz de luz que no se detiene ante la grieta ni el escombro ni la roca ni el corazón de hielo. No entiendo cómo se puede negar ese derecho humano a una niña de 7 años o a una joven universitaria que, por distintos motivos, necesitaban hacer coincidir su nombre con sus genealogías: una para sentirse parte, y la otra para dejar atrás y levantar un nuevo árbol, sólo suyo. Las dos, sobre todo, querían preservar un vínculo primordial con quiénes ellas sentían y sabían que eran (y no eran).
Alineación de cuerpo, sentimiento, lugar en el mundo, y el nombre que los refleja, sin disociaciones; sin tener que subordinar la propia historia a asignaciones de identidad que hagan doler, desdoblarse. Las historias con que inicio este escrito, y tantas otras, me han ayudado a comprender el imperativo de cuidado para niños, niñas y adolescentes trans que necesitan también el pleno reconocimiento de su ser, su nombre, su identidad. Antes de los 14 años, o después. Cuando sea necesario. Derecho a ese tiempo. Como todos. Tiempo para construirnos, para reconocernos cada uno, consigo, desde el nombre y hasta nuestros límites humanos más hondos. Mirarnos con y sin velos, con o sin espejos; pasar por ventanas y charcos de lluvia y agradecer por igual el reflejo lleno de vida de nuestro ser.
El nombre importa, importa tanto. Cada uno recibe uno al nacer, aunque no sepamos cuál es, ni qué significa ser niño o niña, o persona, y nada en realidad. Sin embargo, la identidad comienza a construirse y expresarse muy temprano, de maneras distintas y únicas, mediante experiencias cotidianas, simples, complejas, maravillosas, misteriosas, en presencia del amor, el cuidado (y también entre carencias y sombras). No hay una sola forma de ser niño o niña. No hay una regla, una forma seriada, previsible, para las identidades humanas.
Las convenciones de DDHH reconocen el derecho a la identidad y no obstante como sociedad, aún en este siglo, limitamos su ejercicio. Por cierto ha habido avances en relación al uso del nombre social para las personas transgénero en la educación superior y también en las escuelas (aunque no tendrían que ser necesarios tantos reglamentos escritos para cuidar de todas las infancias). Sin desconocer nuestros progresos como país, por insuficientes que sean todavía, o por ilógica que nos resulte, por ejemplo, la entrega de protocolos y documentos para guiar la relación con la niñez trans cuando carecemos de un suelo en la educación para la sexualidad, afectividad, relaciones humanas, cuidado ético y prevención de abusos, lo fundamental es que sí estamos dando pasos. Por eso más cuesta entender que demoremos frente a necesidades que podrían resolverse de manera expedita y sencilla, cuidando y previniendo heridas provocadas, por ejemplo, por la obcecación y el abuso de poder que se expresa en “sé mejor que tú lo que necesitas, lo que DEBES necesitar, lo que debes ser”. Es violento.
Aun con todo lo que no sabemos en relación a la identidad transgénero y su vivencia en distintas etapas de la vida, al menos sí sabemos que lo primero es el respeto; y que el no-apoyo y el rechazo y la soledad en seres humanos niños pueden tener consecuencias devastadoras (los índices de suicidio en adolescentes trans son por todos conocidos). Un piso mínimo de confirmación es poder contar con un nombre y sus coincidencias obvias y cuerdas en el sexo registral.
Mi hija mayor, adulta, me sorprendió hace un año, quizás dos, marcando en un formulario “otro”, en la consulta por su sexo. Pudo haber puesto un ticket en “femenino”, simplemente. “Pero me rebela todo esto”, la falta de corazón, de sentido común. Ella se define como cisgénero y punto, y lo dice con una naturalidad que admiro. El prefijo cis significa “de este lado” o “del mismo lado”, y cisgénero alude a la coincidencia (o conformidad) entre la identidad de género y el sexo de nacimiento. Trans, entraña un tránsito, significa “del otro lado”. Quizás quienes leen ya saben, pero no está de más dedicar unas líneas a estos conceptos que muchos aprendemos junto a las nuevas generaciones. En ellas no vemos nuestras trabas y demoras; y las distinciones no se registran como motivo de separación o diferencia en derechos de ningún orden. Personas distintas, igual dignidad, sólo eso. Ver “con ojos de niños”.
Como otros niños de su edad, mi hija menor leyó el libro de Jazz Jennings (nacida niño, Jaron era su nombre) y cree que podrían ser las mejores amigas porque “a las dos nos gustan las sirenas”. Ella no ve en ser transgénero una distinción que cambie nada de lo esencial: la infancia es un tiempo de amparo, amor, juegos, sueños, para todas las niñas, niños, o niñes (otra palabra que admito me ha costado incorporar). También así lo conciben, afortunadamente, docentes, familias y comunidades educativas que se comprometen emprendiendo hermosos procesos de transformación en escuelas donde no cabe la pregunta de por qué cambiar un uniforme deportivo, o los baños, o las formas de hacer muchas cosas, solo por un niño o una niña cuyo bienestar está en juego.
Entendemos lo vitales que resultan estos respaldos cuando sabemos de niñas que han cortado su pelo o su ropa como una forma de conminar al mundo adulto a tratarlas como el niño que se sienten y son, o a niñitos que han herido su pene como una súplica para ser reconocidos con su nombre, pronombres, presencias de niña. ¿No han sido suficientes congojas? Podríamos garantizar reconocimiento, trato digno y amoroso, como el colectivo humano y civilizado que se supone somos, así se tratara de un solo niño o niña entre 3 mil de un colegio, o entre cientos de miles en una ciudad, o millones de un país. “Los niños primero” es TODAS las infancias. La niñez trans, también. Algunos pensarán que hay urgencias mayores que un nombre, pero con mayor razón, si está a nuestro alcance poder resolver pronto un pedido de cuidado como éste y otros que entraña la ley de identidad de género, por qué no hacerlo a la brevedad posible, con todo el afecto posible.
Muchos de nosotros no llegamos a tener que preguntarnos qué trazas dejan nuestros nombres al decirlos, escribirlos, o cuando los escuchamos, o leemos. Pero podríamos estar de acuerdo en que algo como un nombre debería estar libre de temores, pesadumbres. Escribir “Emilia, masculino”, “Vicente, femenino”, no me lo imagino, y no sé lo que es vivir una trayectoria con mis hijas donde deba luchar por algo que me parece tan elemental como su identidad, pero otras madres y padres sí saben. Viven con sus hijos e hijas transiciones que ya exigen suficiente de ellos -y cuánto camino han abierto para toda la niñez- como para encima agregar esperas donde algo justo se trata como si fuera una concesión, un favor, y no como un derecho. Nos ha costado comprender.
El rol de los padres y madres es el más importante (por favor leer esta maravillosa reflexión y carta de Matias Carrasco, y el reportaje Infancia en Tránsito) , pero solos no se puede. Se necesita de todos, todo un pueblo, nuestras instituciones, nuestras leyes. It takes a village, mil veces. La ley de identidad de género no completa su trámite en el Congreso Nacional. Queda revisar indicaciones o precisiones que no siempre nos resultan sencillas de entender (recomiendo leer a la abogada Constanza Valdés), y quizás son muchas más las preguntas que se abren, conforme reflexionamos sobre este tema. Existen organizaciones orientadoras a las cuales siempre es posible recurrir, cada uno o en familia o como escuelas (OTD Chile ha publicado recientemente una edición especial, e imperdible, de su revista Le Trans dedicada a la niñez). La activista Alessia Injoque, de quien mucho hemos aprendido también, acoge en sus escritos, con humanidad e inteligencia, muchas de nuestras inquietudes (y las dudas sean siempre bienvenidas, no el prejuicio, no el encono). Como nunca antes tenemos acceso a información, pero si aun así sentimos que apoyar o interceder nos cuesta, recordemos qué se siente recorrer territorios no siempre transparentes o inequívocos mientras acompañamos el crecimiento de nuestros hijos, y cómo, cuando las circunstancias nos sobrepasan, cuando el desconcierto o el agobio nos paralizan, volvemos a la confianza mayor del amor para desde ahí buscar respuestas. En esa sola disposición de búsqueda, ya hay un acto rotundo de cuidado.
Desconozco el calendario exacto en lo que sigue. Pero el viernes recién pasado tuve la suerte de escuchar a la jueza y mamá Luisa Hernández, y salí de la biblioteca de Santiago llena de esperanza en este tiempo de cambios, repitiéndome, cuadra tras cuadra, ¿Y si fuera mi hija, mi hijo?, ¿qué desearía, qué pediría a nuestros legisladores en toda ley que involucre a la niñez? Que respondan a esa misma pregunta que vuelve sobre los hijos de todos, antes de tomar las decisiones indispensables hoy, y las únicas que creo caben aquí: decisiones de amor.
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Imágenes:
“Ma vie en Rose”, film belga, 1997, que nos acerca de la forma más gentil y accesible, a la comprensión y reflexión sobre experiencias de reconocimiento de la propia identidad, desde la no conformidad con el sexo de nacimiento. En lo personal, me ha ayudado muchísimo con mis hijas, y también en comunidades educativas. Vale la pena verla.
“Jacob’s new dress”, by Sarah Hoffman, Albert Whitman Company, 2014
Realidades alternativas, cyber espacio, sociedad digital. Hogares, escuelas, la tierra. El cuerpo. Tan real.
Sentir el cuerpo, tocarlo, afirmar los pies contra el suelo. Recordar que somos, crecemos, envejecemos y morimos en un cuerpo que es nuestro hogar primario en el hogar mayor que es nuestro mundo. Palpable, maravilloso. Frágil también.
Nuestras experiencias humanas son reales. Las muertes de niños, niñas y adolescentes lo son. Muchas de estas muertes –y sus agonías a veces de años- son debidas a ejercicios de violencia como el bullying y cyber bullying.
En Chile, el primer estudio de acoso escolar (psicológico y físico) realizado por la Superintendencia de Educación de Mineduc –establecimientos públicos y privados- revela que los lugares donde éste ocurre mayormente son el aula y el patio; que el nivel con mayores denuncias es de niños de 8 y 9 años, tercero básico (corresponden a un 21% del total de casos) y que el promedio aproximado del resto de los cursos es de un 12%.
En cuanto al cyberbullying, un estudio liberado en Mayo pasado (ver documento), señala que un 39% de los Chilenos conoce al menos a un niño, niña o adolescente menor de edad que lo ha sufrido (sobre 80% vía RRSS y 59% vía teléfono celular) y un 85% de las personas consultadas señala que es un fenómeno nuevo frente al que se requiere atención mayor y muchos apoyos.
¿Y si fuera mi hijo, mi hija, la víctima del acoso de sus pares? ¿Y si fuera mi hijo, mi hija, quien acosa? En ambas preguntas -por impensables que nos resulten, una o la otra- hay un pedido de cuidado, examen y responsabilidad, insoslayable para cada uno de nosotros.
El abuso mental y emocional que involucra el cyberbullying desdibuja los límites entre mundos virtual y real con enorme facilidad, y en esa confusión, los adultos continuamos sin entender la gravedad del problema ni el sufrimiento y desesperación que provoca en seres humanos niños.
Cuántas vidas destrozadas por un arsenal que es de fácil acceso, y que ininterrumpidamente puede ensombrecer días, semanas, años enteros de niños acosados.
El mundo digital ha habilitado la posibilidad de atormentar sin feriados, sin fines de semana, sin separación entre día y noche siquiera. De madrugada pueden aparecer mensajes; en medio de un almuerzo familiar; o partiendo al colegio cualquier día, encontrarse con que fotos o videos humillantes han sido difundidos con la intención –porque es intencional- de causar daño.
Para quienes somos de generaciones más antiguas, el acoso entre niños y adolescentes podía al menos tener tardes de descanso (lejos de la escuela, la plaza, los lugares donde se daba el acoso). Un respiro –insuficiente, pero respiro al fin- y un momento en que las víctimas podían sentirse a alguna distancia segura de sus acosadores, reponer energía, o jurarse a sí mismas que “la próxima vez” sería distinto, o que pedirían ayuda finalmente.
Hoy pedir ayuda, saboteando toda cordura, se entiende por una mayoría de niños y muchos adultos como una forma de riesgo y casi una “debilidad”. Enseñarles a nuestros hijos a verbalizar malos tratos de sus compañeros/as, o bien a interceder para que otro niño o niña no sea acosado, también es difícil. “Después se van a desquitar conmigo, me voy a quedar sin jugar, fuera, etc”., escuchamos, y reconocemos un temor muy humano, más en edades en que el sentimiento de conexión o pertenencia con los pares es vital para niños y adolescentes.
Son múltiples los factores que pueden explicar dificultades para concurrir, pero mientras demoramos, el acoso escolar y cyberbullying continúan rampantes, resguardándose en miedos de los más pequeños, y de los grandes también. Tantos papás y mamás que dudan sobre cómo intervenir por no exponer a sus niños a más penas ni represalias de sus pares que los hostilizan, o a conflictos con otras familias, o con el colegio. Punto para la violencia.
Tal como en otros abusos, los silencios nos desprotegen. Por más que algunos niños, niñas y adolescentes confíen en sus padres o en un docente, o amiga/o, es frecuente que adviertan que “no quieren hablarlo mucho”, que no buscan que castiguen a quien los acosa, que no quieren más problemas, siempre disculpándose un poco, o incluso justificando a quienes los hacen sufrir. A cuántos niños pequeños –o a sus padres y madres de buena voluntad- hemos escuchado tratando de disculpar el bullying que padecen: “es que mi compañero/a es así porque la pasa mal, porque sus papás se separaron, etc.”.
Esfuerzos por explicar y exculpar, con humanidad, con compasión. Y es encomiable que niños y adultos queramos ser empáticos y pacientes, comprensivos con el niño o niña que acosa (y preguntarse qué lo lleva a actuar así), mientras intentamos lidiar con nuestras propias inseguridades sobre cómo conducirnos frente a fenómenos que nos duelen y nos quedan enormes (especialmente frente a lo que significa el mundo digital), sin respuestas a firme para las preguntas más urgentes: ¿Còmo detenemos y prevenimos esta violencia? y ¿Quién protege a las víctimas, y cómo?
Reaccionamos frente a tragedias que llegan a la prensa. Las condolencias colectivas, luego el olvido, la conformidad. Pero el acoso no termina con la muerte, y continuará de otras formas, con otros niños y niñas, en edades cada vez más tempranas, con efectos cada vez más perniciosos, y sin respuestas adecuadas a nivel nacional.
En otros países la desazón y dolor han llevado a sobrevivientes, familias, comunidades y expertos a demandar respuestas judiciales cada vez más severas –aun reconociendo que las más efectivas son la educación y prevención– y penas de cárcel mayores para adolescentes que resulten responsables o corresponsables de los acosos, la coparticipación, encubrimiento, y negligencia en detenerlos. Legislaciones como Grace 2.0 (EEUU, Maryland, entrará en vigencia a fines de 2018) considera como base el “estrés emocional” causado y la asunción de “intención”, de modo inapelable. Porque no hay nada de accidental -ni nada, absolutamente nada que lo justifique- en atormentar a otro, ridiculizarlo, o exponerlo a miles y millones de extraños vía internet. O a contemplar la muerte y el suicidio.
Si extremar los recursos judiciales es el último resorte –desesperado- para responder al bullying y cyberbullying, es porque los casos aumentan y a la par, el suicidio infantojuvenil. En EEUU entre 2007-2015 se duplicó el suicidio de niñas como resultado de acosos infligidos por otras niñas (casi 40% según datos NCHS, Centro Nacional de Estadísticas de Salud).
¿Qué esta pasando en Chile en las escuelas, en los hogares, que el bullying se ha convertido en la pandemia que es entre adolescentes y hasta niños pequeños? ¿Qué ocurre, específicamente, en relación a nuestras niñas y adolescentes mujeres? ¿Cómo hilamos los relatos de la reciente ola feminista, con lo que reportan vivir alumnas de distintas edades en relación a sus compañeras mujeres que las hostilizan (sobre el 80% del ciberacoso es entre niñas, datos Mineduc)? ¿Cómo estamos enseñando de solidaridad, toda solidaridad, entre generaciones, de género, o simplemente humana, desde la educación inicial? ¿Cómo hablamos de autocuidado, de intercesión, de corresponsabilidad? Pido perdón por estas preguntas pero no puedo acallarlas en semanas recientes.
Violencia de adultos hacia los niños, y entre los propios niños. ¿Qué estamos mostrando con nuestros ejemplos en el trato, el respeto, nuestra actitud frente a cualquier violencia? ¿Por qué familias y escuelas no somos, no todavía, los aliados que necesitamos ser?
La escuela debería prodigar un espacio seguro y libre de acosos, donde poder ser en paz, conocerse, descubrir talentos. Si el uso de internet también se aprende ahí -en conjunto con el hogar- cómo vamos a prevenir errores dolorosos y daños. Me lo pregunto. Si en muchos colegios los alumnos pueden usar el teléfono para apoyar aprendizajes en el aula, pero también en el recreo y a toda hora ¿qué límites y estándares de cuidado se han considerado? ¿Existen expertos a cargo de estos temas en cada escuela?
Internet no da tregua. Los teléfonos celulares. Tablets, computadores son entregados desde pequeños sin conversaciones en torno a reglas de uso, precauciones, límites y condiciones. Mismo caso el de las redes sociales a las que niños y adolescentes acceden muy tempranamente no obstante sus creadores recomiendan edades de uso casi nunca respetadas (mayores de 14). Juegos de video hieren o matan (a animales, personas) sin que adultos conversen y refuercen en los niños distinciones mínimas entre virtualidad o fantasía, y realidad. “Deberia ser obvio” podríamos pensar. Pero no lo es, y EL ACOMPAÑAMIENTO, LA PRESENCIA ADULTA y los diálogos en torno a internet, TIC, videojuegos (así como la revisión de expertos, orientaciones de usuarios, y el ajuste a criterios de edad) siguen siendo indispensables como factor protector.
No es el afán demonizar o prohibir la tecnología que puede tener maravillosos usos, pero sí hacernos las preguntas necesarias. Cuidar, pararnos desde nuestra cordura; desde distinciones clarísimas, radicales, entre lo que protege y lo que no.
Tal cual no llegamos y dejamos un sencillo martillo en manos de niños pequeños, o un taladro eléctrico, al crecer, ni les confiaríamos un helicóptero al llegar la pubertad, de la misma forma podríamos detenernos como sociedad a pensar con mucho cuidado y sensatez de qué maneras, y a qué edades, podemos acompañar el acercamiento de niños y niñas a tecnologías y al mundo de internet que es un planeta casi independiente en lo que a derechos y deberes se refiere, sin importar cuántos protocolos y legislaciones intenten velar por nuestra seguridad.
En el mundo virtual, cualquiera puede operar desde el anonimato, por distintos motivos, algunos por timidez, tal vez ; otros por cobardía; y para ejercer violencias, predar y acosar sin ser reconocibles, otros tantos.
No existen consecuencias para muchos daños u ofensas que se despliegan en las redes, pero que sí serían sancionados en otros entornos y tendrían costos personales, académicos, laborales, etc. La exigencia de responsabilidad es un problema y un desafío enorme. Y las herramientas de autocuidado, el ejercicio de criterios protectores, requiere de tiempos, progresiones, constantes recordatorios durante infancia y adolescencia.
En casa, al menos podemos partir desde muy chicos, por enseñar de derechos en esta era digital. Es un pequeño pero decisivo punto de partida que debe darse paralelamente en familias y comunidades educativas:
También necesitamos saber -tal cual en el abuso sexual infantil y cualquier violencia contra los niños, así quienes la ejerzan sean otros niños- cómo responder a las develaciones de bullying, y los pedidos de ayuda.
Si un niño o niña nos cuenta que vive acosos (humillaciones, golpes, via RRSS) necesitamos escuchar-dar crédito y proteger e intervenir a la brevedad, sin dilaciones: ” El adulto/a debe intervenir cuando crea que un niño o niña padece una situación de acoso a través de TIC, de abuso, de desamparo; debe propiciar su confianza, escucharlo, ayudarlo a hablar del tema y hacer que se sienta orgulloso de haberlo hecho. Hablar de lo que le sucede, para ese niño o niña, es una manera de comenzar a defenderse. El adulto no debe cuestionar la veracidad de los hechos relatados; cuando los niños refieren acoso o abuso, casi nunca mienten. Se debe desculpabilizar al niño o niña y decirle que no es responsable de lo que le pasó o le pasa; sí lo es el agresor/a”. (Manual Por un uso seguro y responsable de las TIC, 2010, Unicef)
Lamentablemente, se repiten testimonios sobre la indiferencia que prima en muchas comunidades educativas. Una excusa común, y muy opinable, se refiere a los límites para sancionar lo que hacen los estudiantes fuera del colegio. Pero recuerdo años en que vecinos que reconocían los uniformes, podían informar a un colegio de estudiantes peleando a combos en la plaza cercana, y se tomaba acción.
Hoy por hoy, es frustrante la desidia cuando se reportan situaciones de acoso presencial o cyberbullying a algunos establecimientos, y abisman las respuestas que dan, muchas del estilo de “vamos a averiguar”, “trabajaremos más en habilidades sociales”, “no hay que darle tanta importancia, no hay que hacer caso al que molesta”, “son cosas de niños/adolescentes, lo van a superar, dejemos que desarrollen repertorios propios”. ¿Qué tienen en el corazón estas personas?
A los 8, 12, 15 años de edad, ¿cómo justificamos ante un ser humano que parte de su “educación” es desarrollar respuestas para sobrellevar el tormento deliberado y que esta violencia puede caber en la categoría de “cosas de niños”? Escribo y me duele y da rabia lo descabellado de todo esto.
Creo que tenemos que rebelarnos contra excusas y sugerencias que son parches inútiles, por no decir idiotas (perdón la dureza, pero ya BASTA). Si en realidad el objetivo fuera cuidar a los estudiantes y que se fortalezcan repertorios virtuosos, sería necesario otro tipo de intervenciones con mirada sistémica y sistemática, además, donde las comunidades se involucren completas: administradores, docentes, familias, y los propios estudiantes que necesitan ser protagónicos -en cada ciclo- en definir qué funciona y qué no en materia de autocuidado y cuidado mutuo, y de recursos para detener el bullying y reprocharlo categóricamente.
Estoy cansada, angustiada –no hay aquí nada profesional, soy sólo humana en mi invocación- de escuchar razonamientos crueles, francamente: “por algo le hacían bullying, quizás tenía perfil de víctima esa niña, niño, habría que llevarlo al psicólogo para evaluar por qué lo acosan”, etc. NO. Categóricamente no: basta de endosarle a las víctimas responsabilidad en la violencia que sufren, y peor si son niños, niñas y adolescentes.Escuchemos a las víctimas adultas de acoso laboral, moral o sexual. Y ahora imaginemos esas angustias y temores cotidianos, pero vividos en cuerpos pequeños, psiquis en proceso de maduración, identidades que se están construyendo. ¿Dónde pueden encontrar fuerza? ¿Dónde estamos nosotros?
Las respuestas–de escuelas o familias- a situaciones puntuales de maltrato entre niños no sirven de mucho sin estrategias integrales de prevención, detección temprana, respuesta y auxilio oportuno. Y para sanar heridas que sí deja el acoso y que pueden ser tan profundas que llevan a niños y adolescentes al suicidio.
No nos escondamos tras la excusa de “algún otro problema tenía, ¿cómo se va a haber suicidado por bullying?” para no hacernos cargo de que hubo sufrimientos que pudieron ser evitables y no lo fueron porque no actuamos y así perdimos a otro niño, niña, que tenía toda su vida por delante.
Se siente, como sociedad, una resignación de ruleta rusa. “Ojalá a nuestros hijos no les toque”, decimos, pero esas plegarias ligeras y al paso eso no rescatan, no transforman, no evitan muertes. Intercedamos por favor. ¿Cómo? Hablemos con nuestros hijos, empoderemos en el buen trato, y unámonos con otras familias, pidamos consejo a profesionales, solicitemos a colegios buenos protocolos (que hagan exigible a TODA la comunidad reportar acosos, interceder, y colaborar en soluciones).
Las historias llegan a nuestros hogares y más de una vez, si no nos afectan directamente, no decimos nada, o bien tememos hacerlo, incluso si se trata de nuestros hijos, por evitarles más pesares o porque es muy difícil llegar a tomar la decisión de cambiar de escuela -por su actuación pasiva y no protectora- porque sobre todo, se siente como una injusticia para el niño/a ya victimizado , mientras sus pares agresores permanecen en el colegio, igualmente desprotegidos porque aprenderán que no existen consecuencias, ni tendrán contención o guía en cuestiones en que seguramente las necesitan y están solos, ni tendrán la posibilidad de reforzar distinciones entre lo que cuida y lo daña (a ellos, a otros), o seguirán creciendo en la ilusión de que es posible actuar de una forma frente a profesores y otros adultos, y de otra, lesiva, con los niños o niñas que son víctimas de su acoso. ¿Cómo se conducirán quienes acosan, a futuro, con otros seres humanos? No son imposibles los cambios, pero sin mayor apoyo, las posibilidades sobrecogen.
Actuemos en favor de cualquier niño, niña que sea acosado. Ser testigos pasivos nos convierte en cómplices de alguna forma. No nos censuremos por “exagerados”, o “problemáticos”. Y es preferible eso, a ser corresponsables de más daños y más pérdidas de vidas.
Compartamos ánimo e información. Que ningún estudiante ni familia se sientan solos, que no duden en pedir ayuda y reportar, o en recurrrir a la Superintendencia de Educación. Cuestionemos consejos tales como “mejor no crear conflicto”, “mejor veánlo directamente entre afectados, no se hagan mala sangre ni mala fama, van a a salir perdiendo”, pues sólo perpetúan el problema. Punto para la intimidación. Y para el acoso.
No más miedos. Lo cuerdo es abogar por la no violencia, la convivencia respetuosa, y combatir el silenciamiento. Supe de un colegio donde a los niños les dieron un hashtag para que todos se animen a reportar de inmediato malos tratos y acosos a compañeros de cualquier curso, sean presenciales o detectados en redes: #elbullyingnoessecreto. Y claro que no debe ser. Tiene que saberse, necesitamos ser vocales, conversar, apoyarnos, tomar posición frente a cada acoso, de cada niño o niña. Es la única forma en que se entienda que no es condonable y que se necesita actuar de inmediato. No callemos más.
¿Cómo van a denunciar o pedir ayuda las víctimas niños, niñas y adolescentes, si los adultos guardamos silencio? ¿Qué enseñamos sobre la indiferencia ante el tormento de otro?
Yo no quiero vivir con esa carga en mi consciencia, y creo que ningún papá o mamá querría. Aunque no sea nuestra hija o hijo, es importante reflexionar en familia, y dedicar 10 o 15 minutos y escribir al colegio al menos expresando “sabemos que esto ha ocurrido, ¿qué acciones piensan tomar, qué podemos hacer?”. Que nuestra omisión o espera a que alguien más haga algo, no sea parte ni en un 0.00000001 % del abandono, soledad o dolor de algún niño o niña que está viviendo estas situaciones.
Tenemos una voz, una presencia que pueden hacer toda la diferencia aunque demore todavía nuestra sociedad, ministerio de educación, escuelas y colegios, centros de padres, etc., en reaccionar. Insistamos. Busquemos, compartamos información para poder actuar antes de, a tiempo, de manera efectiva. Enfrentemos la posibilidad realista de que estos malos destinos podemos aplastarlos mucho antes de que tomen cuerpo. A puro cuidado.
Hemos leído, escuchado, compartido suficientes historias difíciles, y otras horribles e irreparables. Sobran cartas desgarradoras dejadas a las familias, mensajes en redes sociales, videos de youtube, explicando el abismo que vivieron antes de sus muertes, muchos niños, niñas y adolescentes en distintos lugares del mundo. Y en Chile.
Al año 2020 enfrentaremos un suicidio diario de niño, niña o adolescente. Las advertencias no ceden desde 2010, pero ¿qué ha cambiado? ¿No debería ser ésta una prioridad nacional? Cuántos pedidos van a ministerios de educación de gobiernos recientes para que temas del cuidado y la erradicación de la violencia infantil fueran prioritarios, y continuamos sin contar con planes nacionales para prevención de bullying, abuso sexual infantil, suicidio, en todo establecimiento (¿abordará esto la mesa por la educación constituida recientemente? DEBERIA) . Las familias tenemos una responsabilidad primordial, pero solos, sin la escuela, sin toda la sociedad, no se puede.
No hay más tiempo que perder ni hay excusa, la indolencia se alimenta de excusas, a ella solamente le sirven, pero no al amor, no al cuidado, no a las vidas de niños y niñas que hoy sufren ciberacoso.
Para cambiar radicalmente esta realidad, aprendamos y enseñemos a nuestros hijos de seguridad digital, autocuidado y cuidado mutuo, de responsabilidad, de no consentimiento con el daño. Es urgente hoy tomar las riendas hasta que del mismo modo que ocurrió con el abuso sexual infantil –recordemos cuánto costaba, hace apenas 10 años, incluirlo en nuestros diálogos-, nos encontremos una mayoría despiertos, muy unidos, y muy activos frente a esta violencia. No podemos perdernos en lo “virtual” de sus manifestaciones. No son virtuales sus daños ni sus muertes.
TED talk “Los jóvenes tienen la respuesta”, expone Andrea Henriquez, estudiante chilena. Ojalá puedan verlo y compartirlo en todo establecimiento educativo.
Después de participar de una actividad en una plaza, al atardecer (con luz de verano todavía), una familia llega a un restaurant. Desde la recepción se deja sentir una disposición amigable para con los niños, y al momento de tomar la orden, una joven escucha atenta –y paciente- las preferencias de una niña que más que pizza, describe una versión gigante de pan con queso (sin salsa de tomates, ni orégano, ni ajo, ni albahaca, etc.).
Mientras esperan, la niña, de unos 9, 10 años, pide permiso a sus padres para ir al mesón desde el cual es posible observar cómo se prepara la pizza. La cocina abierta está a unos 3 metros de donde se encuentra la familia, y la niña quiere ir sola. “Pero ustedes me miran desde aquí”, dice, y parte feliz.
Conversa con el chef quien le advierte, de manera amable y didáctica, que debe guardar prudente distancia del mesón para evitar quemarse. La niña mira a sus padres en distintos momentos, le sonríen de ida y vuelta, y al volver a su mesa pregunta si después de comer puede repetir el ejercicio, “cuidando las manos, eso sí”.
En la segunda oportunidad, no alcanza a detenerse frente al mesón cuando un comensal (de unos cuarenta años) que parece dirigirse al baño, se detiene y le habla a la niña, muy cerca de su cara. Su cuerpo macizo y muy alto no permite verla. Los padres alzan la cabeza, cuerpos de ciervo, oídos (recuerdo un estudio reciente que leí en NatGeo donde mamás ciervas respondían a señales de estrés no sólo de sus crías, sino de muchos otros cachorros, incluidos bebés humanos), listos para dejar sus sillas. Las dejan.
El hombre era parte de un grupo de turistas, todos adultos, se veían afables. No se escuchaba bien en qué idioma hablaban, pero no era español (luego alguien contaría que venían de Brasil). A la niña el hombre le habla en inglés, y el intercambio impuesto –de segundos, un minuto o dos cuando mucho- desencadena una secuencia de pedidos y concurrencias desde el cuidado: la mirada de auxilio que cruza la hija con su madre y ésta con el padre cuya mejor ubicación le permite llegar en 4 pasos al mesón.
Cualquiera pudo haber pensado que el adulto reiteraba la advertencia en relación al mesón caliente, quizás de forma demasiado severa, o intimidante. El turista –que no advierte el avance de los padres-, agrava la situación tratando de tomar el brazo de la niña con una de sus manos enormes, mientras la otra se desliza sobre su cabellera, muy larga. De inmediato ella muestra su incomodidad, zafa su brazo, aleja su cabeza y todo su cuerpo, y susurra algo con expresión siempre asustada en tanto el padre ya está ahí, hablando con el tipo que se deshace en disculpas con él, y luego con la madre, con las palabras arrastradas por efecto del alcohol.
Una oscuridad adelgaza todo, lenta primero, brusca y atropellada con el paso de los minutos.
Los padres reciben las disculpas del extraño –“I meant no harm, I swear”- asumiendo todavía que los eventos giraban en torno a la prevención de quemaduras. Pero no dejaron de expresar que como familia propiciaban el respeto a los límites corporales, que el autocuidado, que los niños no se tocan, que estuvo mal lo que él hizo y que lo tuviera presente a futuro, con TODO niño, para que nunca más. Desahogarse, mover un florero de lugar, ¿cambiará algo? ¿Qué puede extinguirse, y qué levantarse de otra forma en la relación adultos-infancia?
El hombre no deja de repetir “I’m sorry, so sorry” con lengua traposa. La reiteración ebria de sus excusas tensiona el ambiente y al instinto primario de acudir y proteger se va sumando una expresión de angustia y enojo de los padres. La niña, abrazada a su mamá, no dice nada hasta que el grupo de turistas se retira. Sólo entonces, salen todas las palabras. Con alivio. Con urgencia. Nunca fue el esmero, cuidar; nunca, la advertencia para no quemarse.
El adulto se acercó a ella y sólo repetía que era hermosa, tan hermosa, que no se imaginaba, que su pelo “ginger”, que a futuro… da igual: es mi hija. Mi hija. Y somos nosotros, mi familia, y soy yo, y no puedo asimilar bien lo que estoy escuchando (ni dejar de recriminarme, ni de recordar) mientras me repito en silencio que ahora sólo debo estar disponible para mi niña. Nada más.
Sin entrar en mayores detalles de la conversación que sostuvimos como familia, sé que para mi hija generalmente es un desafío la estadía en nuestro país porque aún debe enfrentar, en la interacción adultos-niños, gestos invasivos y demasiado comunes todavía –desde guagüitas e inclusive antes de nacer, cada vez que un total desconocido/a toca la panza de las madres al tiempo que pregunta “para cuándo es”.
Gestos que no son parte de su experiencia en su segundo hogar. Ni una sola vez, hasta aquí al menos. Comentarios, saludos afectuosos, felicitaciones, advertencias protectoras, sí, todo sí, pero sin contacto corporal no autorizado. ¿Puedo darte un abrazo?, no gracias: ésa es la mayor aproximación a la que puede verse expuesta. Y su “no, gracias” es recibido sin cuestionamientos por su hosquedad o “rareza”, y sin reproches velados a nuestras competencias como padres, o a nuestro eventual carácter huraño, paranoide o antisocial, o “sobreprotector” (todas esas cosas que frecuentemente una escucha en Chile cuando mamás o papás son asertivos en establecer límites de cuidado en relación a sus hijos). Nada. Solo un “ok”, está bien, y todo continúa fluidamente. Respeto. Eso se deja sentir.
Por supuesto, no me engaño ni creo que sea tan espléndido un país como EEUU cuando existen peligros horribles como el tema de las armas, no necesito decirlo. Sin embargo, en este aspecto puntual de la convivencia cotidiana entre chicos y grandes –el respeto de los cuerpos y su espacio-, existen formas de interacción hace mucho consensuadas y exigibles. Tanto así que una situación como la ocurrida, y otras en espacios públicos (acoso, gritos desde alguna construcción, etc.) se espera sean reportadas a cualquier policía cercano quien podría –según la falta- amonestar, realizar una citación inmediata al juzgado, extender una multa o proceder al arresto. ¿Excesivo? No lo creo.
Nada puede ser considerado “excesivo” en relación a gestos físicos o palabras que irrumpen y acosan a seres humanos adultos y niños. Niños. Niñas. Durante el mes de febrero pasado, sin ir más lejos, caminando por una calle cercana a Av. Colón en Santiago, nos gritaron algo irrepetible aquí, “a la mamá y la hija”: mi hija de sólo nueve años, que parece de nueve, que piensa y siente y juega como de nueve. Luego a las mujeres nos dicen hipersensibles, radicales. Nunca lo suficiente. No si todavía debemos pensar la protección de nuestra integridad cómo debemos hacerlo; no, si la justicia se viste todavía de negro y hielo y más veces que menos es una pura orfandad; NO, mil veces no, si todavía debemos preparar a nuestras hijas e hijos para protegerse de acosos, abusos, violaciones, mientras continuamos conociendo historias como las que denuncian los movimientos #niunamenos, #Metoo, #yotambien, #standup.
Blasfemar internamente contra la violencia sexual o la perversión del patriarcado (o la relación mil veces advertida pero insuficientemente denunciada entre consumo de alcohol e incesto y abuso sexual infantil), no me absuelve de mi propio reproche y sentimiento de culpa. Rara vez salimos de noche en Santiago y una ocasión que pudo ser sólo grata, termina siendo abducida por esperpentos nuevos y antiguos. Qué impotencia. Qué ganas de salir a perseguir al turista, y darme permiso para esta furia que ni sé cómo podría llegar a expresar, o estallar (porque mi cuerpo sabe exactamente cuántas veces he debido explicar a adultos que no pueden o no quieren ver, que quienes abusan no llevan un letrero ni un disfraz maléfico, y pueden ser simpáticos, generosos, y tener doctorados y laureles, voluntariar en buenas causas, y verse igual que todo el mundo, pero dañar más que nadie).
Primero está mi hija. Primero. Primero. Primero.
La conversación que continúa. El presente. El pasado no existe ahora; no debería. Hay una historia de su familia que mi niña desconoce (e igual que con mi hija mayor, quiero cuidar la los tiempos, y faltan años), aunque algo hemos hablado ya del tema de las adicciones/enfermedades y muy puntualmente del alcohol y algunas drogas (y de cómo pueden afectar la conducta humana). Es importante, e insoslayable además, cuando en su corta vida ha asistido –como muchos niños- a suficientes asados de 18 y otras actividades diurnas donde los adultos beben como si estuviesen solos con sus pares, olvidando que cambios de conducta derivados de una ingesta moderada inclusive, son percibidos por los niños: “los papás hablan más fuerte, las mamás se ríen más, los grandes cuentan chistes ‘de sexo’, terminan peleando, etc.”.
En un colegio, un apoderado me contaba la primera semana de marzo, que decidió no asistir este año a paseos familiares donde a media tarde sólo un grupo pequeño de padres o madres (no más de cinco) están sobrios y cuidando de los niños (de un total de 30 familias). Una historia conocida. Una reflexión pendiente.
Me ha tocado escuchar, por mi trabajo, que niños ya en segundo básico hablan de unos cigarros “más hediondos que los otros” que los papás y mamás o hermanos mayores arman en la casa y fuman con amigos, mientras a los más chicos se les envía a otra área. Otros niños dicen directamente “es marihuana” y más de un adolescente cuenta del cultivo en su hogar “con permiso”. Los relatos en su mayoría aluden a un uso recreativo (hasta aquí sólo uno me ha tocado en la esfera medicinal, de una niña cuya mamá tuvo cáncer) y aunque la prerrogativa y responsabilidad fundamental en la crianza y educación es de las familias, la pregunta del cuidado y las deliberaciones que resultan de su ejercicio siguen siendo necesarias y responsables en relación a nuestros hijos y a su derecho a un tiempo para terminar de crecer, vivir sus etapas, y poder recorrer una trayectoria con nosotros en la cual, también, merece la mayor atención el cómo se abordan temas como el consumo de sustancias.
En cualquier espacio, alguien drogado o ebrio podría desinhibirse al punto de imponer su energía (acosadora, indiferente a límites, en clave sexual, sexual-adulta, tan descomunalmente distinta a lo infantil) y desviar de órbita la experiencia de una niña, niño, adolescente. Hace 4 años supe de una celebración vespertina, relajada, que terminó con todos los asistentes siendo llamados como testigos en un juicio posterior por abuso. El responsable, ebrio y “volado”, frente a todos los asistentes (que se conocían de años), acosó y trató de forzar un beso en la boca a una niña, hija de un papá separado quien por no restarse del festejo para su hermana, llevó a sus niños que estaban con él ese fin de semana. Cómo no rebelarse, cómo no re-pensarnos, ante estas situaciones….
Vuelvo a la historia que inspiró este posteo: Antes de irnos, y mientras esperábamos la cuenta, propuse que pasarámos al baño. Nadie más lo necesita así es que voy sola pero decido aguantarme y aprovechar ese tiempo para conversar con el chef a quien vi, durante el incidente con el turista, en actitud de intercesión. Me cuenta que notó la expresión aterrada de mi hija y sus gestos de zafar, y decido compartir el relato desde la mirada de mi niña. El joven guarda silencio. Luego me dice “lo siento tanto” (en un tono tan profundamente humano, sincero, que jamás podría reproducir con palabras), y me pide considerar una idea: que mi hija participara –con las debidas medidas de seguridad y sanitarias- de un pequeño tour por la cocina. “Porque al partir, ella debe llevarse un mejor recuerdo, el mejor posible”. Tuve que contener las lágrimas. La sensibilidad de este hombre, años luz. La fineza de su cuidado, de su empeño por restituir equilibrios. Ser capaz de contemplar la memoria como un haber a cuidar en todo ser humano y sobre todo en los más chicos. (It takes a village).
Perdón que tome tiempo en estos detalles, pero son reveladores de una danza posible, de otra historia en cada espacio, otra libertad en el aire (la que permite saber que protegemos a los cachorros, sean o no los propios). Poder recordar, más seguido, qué sentíamos de niños al estar “a merced de” la voluntad de cuidado (o de daño) del mundo adulto, o simplemente, qué se sentía ser más bajo, más pequeño y no tener derecho ni a un aviso -menos a una pregunta en torno a formas de acercarse, o de guardar distancia- antes de que personas grandes nos besaran, hicieran cosquillas, os levantaran en vilo (para “volar”). ¿Qué comunicamos ahora, acerca del cuerpo, del respeto, del futuro consentimiento, del autocuidado, cuando forzamos formas de interactuar con los niños, cuando no los respetamos, no intercedemos por ellos?
Paso a paso se aprende todo. Los términos de cercanía, de interacción. El afecto. Las expresiones de simpatía, afinidad, cariño. Hay niños que, por ejemplo, pueden querer abrazar -a papás, abuelas, amiguitos-, y otros menos, y otros nada; y también puede un niño cambiar sus preferencias en relación a una o más personas (no porque “le hicieron algo” o porque es “temperamental”, sino simplemente porque alguien llevaba perfume de más o tenía unos aros o bigostes que clavaban, o porque al niño o la niña simplemente les dolía la guatita) y/o dependiendo del día, semana, o etapa. Nosotros, ya grandes, también podemos preferir y cambiar preferencias, aunque muchas veces todavía no nos reconozcamos siquiera el derecho a decir con tranquilo aplomo “no, gracias”, o “así, sí”.
Derechos. Límites. Preferencias. Las semillas de un ejercicio de la libertad, de la responsabilidad, del autogobierno, que necesitan tiempo para ir desarollándose. Desde la infancia temprana: igual que todo lo demás.
Derecho al tiempo, respeto por el tiempo. ¿Es tanto pedir?
La interacción del chef es a pulso de respeto: primero se agachó para preguntarle a mi hija en qué idioma prefería que le hablara, y luego se presentó. Nombre, oficio, país de origen, y con las manos traza un mapa de otros lugares donde había trabajado. Ella le cuenta de su vida de niña estudiante, ciudadana de norte-sur del continente. Todo es sereno, vivaz.
Antes de ingresar a la cocina, el joven le explica el porqué de la malla para el pelo, la higiene de las manos, el delantal impecable. Lista, con su atuendo especial, extiende la mano al chef –y qué distinto es cuando los niños se sienten seguros- y ahora la secuencia del cuidado es tan diferente: él me mira, yo asiento, y parten los dos tomados de la mano (la quietud es deliciosa, desde donde los contemplo). Recorren el área del refrigerador, los hornos, la mesa gigante donde amasan. Dos asistentes de cocina, malabaristas avezados, hacen girar con sus dedos dos pizzas gigantes y la sonrisa de mi hija, para mí, es la más radiante del planeta a esa hora. Y nuestra gratitud. Oda al cuidado.
“El mejor recuerdo” fue la huella perdurable. Una vez en casa, mi hija no demoró en caer dormida, todavía encantada con su visita a la cocina. Yo dormí poco en el desvelo de un orden necesario, impostergable, entre recuerdos viejos y antiguos desplazados de su lugar habitual, y persuadidos de volver a su descanso gracias a una calma no forzada, una confianza posible en las presencias y el portento de experiencias que no necesitamos sostener solos –padres ni madres, ni nadie- porque siempre habrá otros dispuestos a ser parte del círculo de cuidado. No hay número insignificante en esto. Una persona puede hacer toda la diferencia.
Un joven chef encarna a “la aldea”, la canción y los ritos vitales en torno a los cachorros que vienen llegando. La protección de su memoria no es un asunto menor porque no da igual contra qué fondo de recuerdos vayan sumando experiencias los niños. Todas ellas: y sin duda las habrá de adversidad, de toma de consciencia del sufrimiento, de urgencias de la tierra y sus seres, pero junto a muchas otras que están al servicio de aprender, de maravillarse, de descubrir y descubrirse: un gran “trabajo” y primordial de los años de niñez, creo (si alguna esperanza tenemos como especie de detener o revertir daños en nuestro planeta, y de cansarnos de ir en sentido contrario a la abundancia de la vida). Cerca del amanecer, pensaba en que los milagros son ocurrencias menos mágicas, y mucho más humanas.
Al día siguiente, cuando mi niña compartió lo sucedido con su hermana mayor, el resumen no estuvo centrado en lo más ingrato, sino en que había ido a un restaurant estupendo para niños (con tour a la cocina y todo), y también –“también”, no “pero”- hubo un turista borracho que trató de tomarle el brazo y el pelo. Pero ella se soltó, los papás lo retaron y la defendieron, y todo salió bien. Contó su historia a una profesora del colegio en la misma secuencia, unos días después.
Me quedo en su narrativa, su calma y el timbre firme incluso al declarar “me asustó”: tan distinta esa sensación cuando va acompañada de una solución, de un amparo y socorro posibles, versus haber seguido a merced del miedo o del daño sin mayor esperanza de que alguien ayudara a detenerlos. Esas inflexiones en la voz del temor (tan humano, millones de años con nosotros) pueden hacer toda la diferencia: no quiero dejar de prestar atención.
En madres de niños que han vivido abusos, otras inflexiones: hablar sin “yo” (“uno” haría, uno pensaría, tú creerías que, etc.) hasta que aparecen personas que apoyan, que dan crédito a lo vivido, que se ponen a disposición para evitar sufrimientos evitables (familiares, vecinos, profesores, psicólogos, abogados, etc.). Entonces, tímidamente primero, y luego en toda frase, la conjugación se transforma, y las cuerdas vocales, y el cuerpo entero, en presencia del cuidado, y aparece la primera persona (“yo” creo, “yo” quiero, “yo” estoy haciendo, yo sé, yo recuerdo, etc). Inflexiones. Ser junto a otros. Otra voz. Inmensa.
En la memoria, “el mejor recuerdo” que decretó el joven chef de la pizzería, es también para nosotros. A pesar de saber –siempre, como casi todos los padres- que no está bajo nuestro control el poder evitar, o atenuar siquiera, todo sufrimiento o momento gris de nuestros hijos, todo infortunio (o abuso, y es duro admitirlo cuando uno trabaja en prevención), sí es posible contar con más presencias que sólo las nuestras, para cuidar a los hijos de todos. Podríamos. Mil veces, podríamos.
La evidencia es abundante en estudios que concluyen de modo categórico, por ejemplo, que no existe forma efectiva ni exitosa de prevenir abusos sexuales infantiles ni violencias contra los niños, si ésta no depende fundamental e irrecusablemente, del mundo adulto. Podemos entonces, prevenir, si queremos. Y sin pecar de ingenuidad, claro que se puede: cada vez de mirar hacia la comunidad, los otros, y descubrir un círculo protector, contenedor. Tan f***ing poderoso si está disponible como antídoto, como bálsamo y gasa, sobre todo, como infusión de vitalidad, de reverencia.
Szymborska dijo en algún verso que el mundo no estaba preparado para recibir a un solo niño, pero también que para ellos (y nosotros) lo que sí servía, la necesidad, a lo que tenían derecho, era a “finales felices”. En pequeños pasos, o grandes ojalá (cuando todo un país concurre, por ejemplo), sí: esos son, esos finales queremos. Todos los que se puedan. Esos son.
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(Photo: FB, Outstanding in the Field, an organization that holds dinners on farms and other landscapes. Their goal: “to get folks out to the places where the food comes from and honor the people whose good work brings nourishment to the table”.)
Intermitentemente, esa sensación de que ahora sí es tiempo, y luego no. La estridencia, luego el silencio. La diligencia aparente, y la capitulación después. La tragedia seguida del remordimiento colectivo. Las buenas intenciones versus la ausencia. ¿Y sí sostenemos el corazón a firme en otra posibilidad de presente, de futuro?
No se detienen las nuevas generaciones, mis hijas crecen, los suyos, los nuestros. Los vemos dormir mientras sabemos que no tan lejos de nosotros sufren niñas y niños que también son hijos e hijas. ¿Qué palabras pueden resumir la pérdida de una niña, un niño, miles de ellos ya? ¿Cómo evitamos más sufrimientos, o muertes, y construimos lo que sí deseamos para niños, niñas, y jóvenes que viven en nuestro país?
Vuelta avalancha, la fragilidad: solos. Solos los niños, o solos nosotros: nada. Juntos, sí podríamos. Los pactos de solidaridad –no de caridad-, la determinación, la obcecación vital en el cuidado mutuo, pueden hacernos mucho más fuertes. No me atrevo a decir invencibles, pero sí más fuertes.
Basta un adulto sensible, lúcido, estimulante para cambiar completamente el destino de un niño o una niña. No es únicamente en la adversidad, el dolor o el desamparo que nos volvemos más resilientes. Es en el cuidado, la comunidad, la compañía de otros. El respeto incondicional. El afecto diáfano, gentil. Sin violencia. CERO.
A merced de. Al cuidado de. La distancia entre uno y otro lugar. La pendiente borrascosa del primero. La bocanada de vida, de amor posible, sólo en el cuidado.
Me cuesta escribir, pero la voz toma su lugar a empellones inevitables. El lápiz atravesado en la cabeza. Una flecha de grafito que hace doler y que podría partir en dos para que se calle, pero no. No hay tiempo que ceder.
Hemos vivido un inicio de 2018 marcado por historias de abuso sexual. Otro año más.
Casi un 9% de todas las niñas, niños y adolescentes en Chile, viven abusos sexuales. Todavía, cada día, un niño o niña sufre abusos sexuales cada 33 minutos. Seis de cada siete no podrán develar hasta entrada la adultez. Algunos morirán a manos de sus victimarios y jamás podrán contar lo vivido.
De las víctimas de delitos sexuales total país, casi un 80% son menores de edad. Los números son generaciones completas atravesadas por estos crímenes que organismos internacionales han sido categóricos en definir como violaciones de DDHH.
El comité de derechos del niño y de la tortura de ONU han exigido al Estado de Chile –por convenciones suscritas que tienen valor de ley- que junto a las políticas de prevención, el ASI sea efectivamente sancionado por ley y declarado imprescriptible. ¿Cuándo responderá el Estado a estas exigencias? Casi 28 años de democracia. No quiero repetir lo dicho ya cientos de veces.
Crímenes contra los más indefensos de todos. El derecho comparado nos muestra que esto es posible en muchos países civilizados. Para quienes no somos expertos en derecho, se hace difícil entender demoras y objeciones cuando un sentido de humanidad nos basta como motivo. Los niños dependen inexorablemente del mundo adulto, de sus disposiciones, sus actos. Ojalá fueran de amor y cuidado, de regocijo, de puro aprender. Pero la historia de miles, es de violencia sexual. ¿Qué posibilidades podrían tener infantes, niños pequeños, inclusive adolescentes, de sortear la descomunal confusión entre cuidador-abusador para develar, pedir auxilio? ¿Qué oportunidad de protegerse a sí mismos?
Qué recursos podría tener un niño, o un joven inclusive, para acudir –o renunciar-a la justicia cuando ni siquiera es posible entender los abusos sexuales como crímenes, o entenderse a sí mismos no como hijo o hija de, nieto, alumna, discípulo de, sino como “víctimas de”.
En el abuso sexual, siendo niños, no es posible entender, ni escapar, ni elegir ni renunciar a nada. Se necesita tiempo –décadas- para poder elaborar, verbalizar el trauma, y tal vez, recién ahí, iniciar el camino de la justicia y reparación. Para una mayoría no será posible porque los tiempos de la ley, en Chile, no coinciden con los tiempos humanos.
Uno pensaría que en un Estado garante de derechos importa asegurar el igual acceso a justicia de todos, y de toda víctima, sin distinciones. En Chile no es así para los sobrevivientes de abuso sexual infantil que cruzaron el umbral de la mayoría de edad, y que como adultos enfrentan la prescripción como una valla insalvable sin importar importa cuántos de sus derechos hayan sido vulnerados; o cuántos daños deban sobrellevar a lo largo de la vida.
Crimen perdurable, permanente: el abuso sexual infantil.
Para muchas víctimas las secuelas de los abusos serán ininterrumpidas. La reparación es posible, pero en la negación de justicia, también recibe un golpe. “Lo siento: esto ha prescrito”. “No denunciaron a tiempo” dice la ley, como si hubiese habido alguna posibilidad de ejercer control sobre ese tiempo.
Cuesta entender que existan países donde todavía, de manera “legal” se cometan trasgresiones como las descritas. Cuesta entender que un argumento sea “la prescripción no se toca, no se altera, no se cuestiona siquiera”. Uno no puede evitar pensar ¿y qué es “la prescripción”: tiene cuerpo, órganos, sentimientos, guarda huellas de violaciones, sufre, vive, lucha? ¿Cómo puede ser más importante la defensa de un principio o plazo legal, que seres humanos de carne y hueso?
En una sociedad democrática no es posible que se extinga la posibilidad de justicia para víctimas que nunca renunciaron a su derecho a denuncia ni a prosecución de acciones legales. Simplemente no podían: eran niños, niñas, adolescentes.
La denuncia se sustenta en un relato, y la acción de la justicia comienza en la denuncia. Pero cuando muchas víctimas por fin sienten que pueden realizar ese relato en un contexto seguro y protegido (alejado del abusador), ya ha operado la prescripción. Frente a esta realidad, las personas no sólo deberán procesar el impedimento de justicia, sino que además, arriesgan ahondar ese sentimiento de culpa (que no debe ser, pero es frecuente, doy fe) por no haber logrado ayudar a proteger, mediante su denuncia, a otras potenciales víctimas de sus abusadores.
A ciudadanos comunes y corrientes nos es difícil –y hasta violento- intentar comprender la lógica distante de la justicia frente al mínimo ético –porque es un mínimo- como el respeto al tiempo del trauma. Sabemos cuán pocos abusadores sexuales y violadores llegan realmente a ser juzgados y sancionados; y cuántos simplemente esperan a que se cumplan los plazos de prescripción (fuera de Chile, o dentro, imposibles de localizar) para evitar asumir sus responsabilidades.
El tiempo transcurrido es un blindaje aberrante, un aval de la violencia sexual, al fin y al cabo. Esta violencia que no es esporádica ni atípica ni un “asunto de interés privado de cada víctima, no de interés público” como dijo alguna vez un penalista. Y uno entiende por qué, incluso dentro de los míseros plazos existentes, muchas víctimas temen acudir a la justicia, mucho más si no es posible reconocerla como una herramienta de cuidado y no como un dispositivo de poder abusivo (o de habilitación de la impunidad); y necesitamos reconocer en abogados, jueces, el sistema judicial, un lugar de verdad y restitución posibles, sin riesgo de mayores daños y profundización del trauma.
Pienso en el abogado que llevó los casos de los denunciantes de la iglesia en Boston (encarnado magistralmente por Stanley Tucci en Spotlight), y en quienes actúan así en Chile. Cada día son más, como asimismo van siendo más los profesores, médicos y profesionales de la salud que ya recién egresados o titulados se involucran en la esfera de prevención, detección temprana y reparación en abuso sexual infantil.
Cuidado ético, inseparable de la justicia. Cordura. Sentido común.
JAMAS será justo ni cuerdo que alguien que viole a un niño, sea exonerado en razón del tiempo transcurrido; ni que como sociedad abandonemos a otros niños y jóvenes que pueden terminar siendo vulnerados, o muertos, por agresores reincidentes amparados por la prescripción.
¿Cómo podemos prevenir abusos o validarnos como un mundo adulto confiable y que cuida, si en nuestro país la señal es que hay sufrimientos de los niños que no importan? Y esto es igual para todo sufrimiento evitable que pueda experimentar la infancia que hayamos fallado en evitar o socorrer. Años rogando por un plan nacional mandatario de prevención de abusos, erradicación de la violencia, y cuidado ético para el consentimiento. Años pidiendo , proponiendo, apelando, poniendo recursos a disposición del estado -muchos colegas- para un plan nacional de educación sexual integral (prek a educ superior) entendiendo que es un factor de prevención mayor, y sobre todo, un pilar para el desarrollo humano en algo vital como la sexualidad.
A pesar de todo, si nos detenemos y hacemos memoria, en relación a muchos temas, podemos ver que hemos crecido en consciencia y solidaridad (no hablo de caridad, sino de empatía, apoyo, cuidado y acompañamiento entre prójimos), y que hemos podido, entre todos, desde distintos lugares y regiones, lograr metas inimaginables, conversaciones que no podrían haber llegado ni a musitarse en el Chile de hace veinte o diez años.
En relación a la ley #derechoaltiempo, el respaldo ciudadano ha sido tremendo; en cada ciudad hay personas trabajando con amor y ahínco, y nos sentimos infinitamente agradecidos y esperanzados.
Son más de doce mil apoyos en la carta ciudadana (www.abusosexualimprescriptible.cl); y ciudades como Concepción y Punta Arenas han liderado importantes campañas de difusión, reflexión y suma de adhesiones. Hay partidos y movimientos cuyos integrantes han querido aprender de prevención ASI, de adversidades en la infancia y ética del cuidado; colegios profesionales apoyan la ley desde sus comisiones de infancia, DDHH. Los materiales que hemos compartido durante esta travesía, han sido recogidos por líderes comunitarios, dirigentes vecinales, y por toda persona que quiera y pueda liderar la conversación y apoyo a la ley desde sus espacios; de ésta y otras leyes por la niñez. De cambios que son mucho más vastos en la relación de este país, de nuestro Estado, con los niños.
Nos necesitamos atentos, unidos, para proteger, para sanar, y para evitar a las nuevas generaciones heridas horribles como las que inflige el abuso. “Para criar a un niño, se necesita de toda una aldea, todo un pueblo”. Cada acción de cuidado, cada persona, cada comunidad. No nos rindamos ante “esto no sirve, no es crucial, no es radical, ¿qué diferencia podría hacer?”. Para el amor, la hace.
Lo pequeño, lo tímido inclusive, y hasta lo intermitente: nada se pierde: el mundo, la tierra, siguen queriendo sernos familiares, fraternales, que lo seamos entre nosotros, también. Lo más tenue y amable refulge en la maravilla. Que en la pena o desastre no pasen desapercibidos; que nos aligeren, así sea por un instante (como la escena en Three billboards outside Ebbing, Missouri, donde Mildred usa sus zapatillas de descanso, rosadas y peludas, como si fueran títeres; una inflexión en el ahogo dolorido, omnipresente, pero distinto por unos segundos), para poder seguir amando, cuidando
A cuatro días de finalizar el período 2014-2018, el Ejecutivo confirió suma urgencia al Proyecto de ley por la imprescriptibilidad de los delitos sexuales contra menores de edad (#derechoaltiempo), que ya fuera aprobado en su primer trámite, el 21 de marzo de 2017 en el Senado (y qué alegría radiante fue).
En la suma urgencia otorgada por el gobierno saliente y en su ratificación –ojalá- por el gobierno que recién asume, se abre una GRAN oportunidad que no podemos dejar pasar, para que #derechoaltiempo se convierta en ley de la república y gracias a un esmero de todos (qué bien nos haría): dos presidentes, parlamentarios antiguos y nuevos, ciudadanos sobrevivientes ASI y de todas las avenidas de la vida. Países hermanos lo han logrado, y Chile también puede. Es tiempo. Por favor que ya lo sea.
En clave mamífera, humana, protectora, dispuesta a prevenir y detener daños, a reconocer vulnerabilidades, es casi imposible no notar el aire enrarecido en estos días.
A cierta edad tenemos la capacidad de distinguir entre claridades –seguridad, riesgo, buen trato, maltrato, amor, no amor- que nos ayudan a orientarnos, a decidir cómo querríamos vivir, y cómo no querríamos.
A cierta edad, también, podríamos tener la capacidad de distinguir entre heridas accidentales y deliberadas. La indiferencia, la negligencia, la omisión de otros que sufren, son formas de herir y son deliberadas.
Desde que se anunció la visita del máximo líder del Estado Vaticano –entre confusiones acerca del carácter político o pastoral del evento- el malestar ha mutado semana a semana. Ciudadanos, felibreses, pacientes, sobrevivientes. Tanto sufrimiento que ha sido ignorado deliberadamente. Barrido bajo la alfombra que recibirá a Francisco I. Corresponsable de abusos sexuales.
Evitar sufrimientos que sí sean evitables. ¿Es acaso tan difícil situarse desde esa disposición, tan sacrificado pensar en las víctimas de abuso sexual?
Aunque desconocemos las cifras completas de abuso infantil –sexual, psicológico, moral– a nivel mundial y por denominación religiosa (ni monjes budistas ni hindúes se eximen, y la propia Madre Teresa jamás intuyó los abusos cometidos por su consejero espiritual, el sacerdote Donald McGuire), sobrecoge y escandaliza su alcance en la Iglesia Católica, así como la feroz indiferencia que ésta ha demostrado. ¿Cómo puede hablar del amor de Cristo, o de nadie? Aquí no. Quizás en otras esferas. Pero aquí NO
No quiero volver a lo que ya sabemos: las estadísticas inasimilables de cientos de miles de niños, niñas y jóvenes abusados sexualmente por miles de religiosas y sacerdotes (en Australia, durante 2017 se compartió un informe que cubre 90 años de abusos y señala, por ejemplo, que las víctimas demoran un promedio de 33 años para poder verbalizar lo vivido, y que uno de cada catorce religiosas/os ha cometido abusos).
Tampoco debería hacer falta repasar las incontables y vergonzosas estrategias de silenciamiento y ocultamiento de información en las que han incurrido integrantes de diversas diócesis y de las más altas autoridades eclesiales (en Bélgica, el 2010l, la policía llegó al extremo, muy desesperado, de buscar documentos en tumbas y ataúdes de obispos). Los datos –aunque incompletos- ya están disponibles hace mucho, han sido validados, reconocidos hasta por el propio Vaticano ante las Naciones Unidas, y a contrapelo, por autoridades locales también.
Pocos podrían decir que no saben. Es una manada de elefantes en medio de toda habitación. Nos aplastan.
Si algo he aprendido del trabajo de dos décadas ya en la esfera del abuso sexual infantil, es que la distracción, el desconocimiento, son una desventaja tanto en nuestra experiencia reverente ante la vida, como en nuestra capacidad de respuesta ante el horror. No querer ver, no poder ver, desistir de ver, “hacer la vista gorda”, invalidar lo visto: conjuguemos de mil formas las ausencias pero al final del día, no olvidemos que siempre habrán sido ellas las responsables de tanta salvaje y triste herida en cuerpos inocentes.
“No saber” ya no es el problema, sino qué hacer con lo sabido. La claridad no es sólo una secuela del abuso sexual (luego de años de aprender a distinguir qué, quién cuida, y quién abusa). La claridad es asimismo una secuela cuando escuchamos –a otro, a nosotros mismos- y nos abrimos a verdades cruciales, transformadoras. No quedamos intactos. Podríamos auto engañarnos después, elegir conscientemente negar aquello conocido, escuchado, pero intactos: ya no.
¿Cómo respondemos en presencia de esas verdades? ¿Damos crédito y apoyo a quienes han rendido testimonio? ¿Solidarizamos? ¿Seguimos como si nada? ¿Qué nos está pasando? No se entiende. Quizás no quiero entender
Los estragos insoportables, el consenso en torno a violaciones de derechos humanos graves, como el abuso sexual infantil: ¿qué insumisión y qué amor por la vida desentrañan en medio de tanta mentira y confusión con que se intenta desdibujar estos delitos? ¿Qué contradicciones maravillosas, y hasta dolorosas, movilizan nuestros cuerpos en defensa de lo cuerdo, lo vital?
No basta condenar esporádicamente los hechos y luego dejar la carne ciega, la piel, el alma vendada. Fugarse, y más tarde condonar nuestras ausencias. Veo los afiches por la ciudad “mi paz les doy” y no puedo mirar hacia el lado ni permanecer indiferente. No es un estímulo neutro. No son palabras ligeras. ¿De qué paz me hablan?
No hay paz cuando un país festeja haciendo “como si” desaparecieran víctimas, abusadores y cómplices (en su mayoría libres). Tantas consecuencias de un daño no asumido todavía, y que por momentos pareciera flotar en el espacio –como si sus agentes fueran fuerzas sobrenaturales, o habitantes de otra dimensión-, ajeno a la Iglesia y las manos que lo perpetraron.
Francisco habla de coherencia, pero puede desdoblarse, negar abusos, decir una cosa y hacer otra, velar u homenajear a perpetradores y encubridores de crímenes, mientras abandona o desprecia a las víctimas. Es confuso. Es demasiada disociación. Hace mal.
Nos confunden, como en tantas historias de violencia y perversión psicológica donde se termina convenciendo a las víctimas de ser “culpables de algo”. Algo que las hizo “merecer” uno o más vejámenes por los que “reclaman” injustamente, “majaderas, quejosas, inestables”. Por estos días no faltan quienes acusan resentimientos, actitudes profanas o desquiciadas en sobrevivientes de ASI eclesiástico y ciudadanos -católicos también- que se resisten a participar acríticamente de la visita papal; que no pueden dejar de resonar con el espanto que sigue develándose.
En Chile estamos recién conociendo los testimonios de víctimas de los maristas. Francisco I insultó a feligreses de Osorno –mil veces gracias por no sucumbir, por insistir- quienes desde un comienzo rechazaron el nombramiento de un obispo involucrado en abusos. El Papa defendió su inocencia y hoy sabemos -gracias a una carta filtrada por la prensa- que estaba en pleno conocimiento de sus faltas (ver nota).
Los acontecimientos se van tomando las calles (que sigo añorando vacías y llenas de cercos blancos sin propósito), las ciudades, la prensa, el ánimo de una parte importante del colectivo. Mientras todo esto acontece, mujeres, hombres, jóvenes, sufren y recuerdan lo que padecieron de niños y adolescentes a manos de “representantes de Dios”, o de cualquier abusador/a.
Alguien me dijo hace unas semanas “ustedes –víctimas y profesionales de la esfera del abuso- están arruinando el momento, despertando odiosidades, por último si la gente no quiere ver es su prerrogativa”. Pero la resistencia no es caprichosa ni malintencionada, ni es contra un papa, una religión o una visita de Estado simplemente.
La resistencia es contra el abuso sexual infantil crónico, organizado, avalado por instituciones (y podrían ser religiosas, políticas, del Estado, como el caso de Sename) que siguen ignorando y descuidando a quienes ya vulneraron, mientras sí protegen a sus abusadores. Participar de esa energía, así fuera por una hora, me parece no menos que colusión, que endoso. No podría. Y duele ver que todavía tanta disociación sea posible en nuestro país.
Un país que cuida necesitaría considerar –para evitar- las posibles heridas que la negación de justicia inflige a sus ciudadanos. Un país que quiere actuar justamente, debería considerar las necesidades y demandas del cuidado como un asunto central de su vida y de su democracia. No hay justicia, trato justo, sin cuidado.
“Que los niños vengan a mí”, pero no para abusarlos. Esas palabras que vuelven y vuelven
Me sirve mirar con ojos de cotidiano, casi domésticos, para cuidar, para no perderme. Si supiéramos de un vecino que ha sido responsable, cómplice o encubridor de abusos sexuales a niños y jóvenes, ¿lo invitaríamos a comer a nuestro hogar, con nuestros hijos?, ¿le permitiríamos salir con ellos sin nosotros, medio día, o media hora? NO. Sería descabellado.
Tampoco incurriríamos en gastos millonarios para un festejo equis, si tenemos otras deudas, o imperativos como gastos médicos de nuestros hijos, de padres ancianos, en nuestras familias. El desembolso para la visita papal pudo venir del Estado (laico) o sólo depender de aportes de privados. Cualquiera su procedencia, el hecho es que se han destinado miles de millones de pesos a la realización de una sola actividad, sin segundas consideraciones frente a necesidades vitales que tenemos como país: la situación infernal en Sename, la salud de la niñez, el suicidio infantil, la pobreza y hacinamiento en la infancia temprana. No sería insensato haber esperado que el propio Francisco I, ejemplarmente, nos hubiese propuesto, o emplazado como país, a destinar lo que cuesta su visita en favor de los más pequeños o los más necesitados.
Aunque sean excesivos, los costos materiales siguen siendo muy inferiores a los costos morales de esta visita. Ahí no hay cómo realizar estimaciones (y es inconcebible que no haya cruzado por la mente de ninguno de los creativos que organizaron esta actividad). ¿Importa?
Sigo preguntándome, como muchos, si era la visita del Papa algo constructivo a propiciar, lo más saludable cívicamente. ¿Una necesidad nacional?. La presidenta señala que es un honor para ella presentar a Francisco un Chile más justo e inclusivo. ¿Es que olvida a Sename? ¿A las víctimas de ASI eclesiástico? ¿A los 53 niños y niñas que diariamente viven abusos sexuales en nuestro país, todavía? Tanto el Estado Vaticano como CHile suscribieron -el mismo año- la Convención Internacional de derechos del niño. Ambos son imputables, de ambos es exigible el cumplimiento de compromisos de justicia y cuidado, indivisiblemente.
Mientras más envejezco, más respeto me provocan las palabras, más asombro, más pudor en mis intentos por valerme de su ayuda. No entiendo de qué “honor” hablan nuestras autoridades, menos cuando muchas de ellas han construido sus trayectorias políticas y de vida en torno a “la defensa de los DDHH”. ¿Dónde está aquí esa defensa?, ¿su consistencia?
Nada en relación al abuso sexual da para celebraciones en un país donde una y otra vez hay que sobreponerse a la frustración de que los mayores dolores infantiles sean tratados con una negligencia que se ha ido volviendo patéticamente esperable.
Sumando tensiones a nuestro sentido común, se ha publicado esta semana un registro nacional de 80 sacerdotes, religiosas/os (no más “hermanas”, “hermanos”, por favor) y diáconos denunciados por abusos sexuales (ver aquí la nómina y las fotografías). No están todos los nombres, pero nos debería permitir dimensionar –así sea en una mínima parte- la magnitud de los daños, y de nuestras omisiones, todavía (de otro modo nadie estaría en ánimo de festejo).
Espero que como cualquier registro de ofensores sexuales, el de la Bishop Accountability permita a tantas víctimas que aún no pueden hablar, reconocer a sus abusadores en la lista y encontrar la fortaleza y el apoyo para realizar sus denuncias. Espero, asimismo, que no sigamos leyendo equívocamente estas trasgresiones como “debilidad” sino como delitos resultantes de patrones de conducta que se han perpetuado en la Iglesia Católica. Espero, sobre todo, que nosotros adultos pongamos grabemos esos rostros y protejamos a nuestros niños y niñas con la mayor atención. ¿Qué ha dicho el Estado de Chile ahora que esta nómina es nuevamente pública? Nada.
El aire enrarecido del que hablaba al comienzo, es más que la soledad de muchos en el país que nos vio nacer: es la constancia sofocante de tanta impunidad en relación al abuso sexual infantil. Esta impunidad en tiempo pasado y presente que parece ser siempre menos importante que otras que sí se declaman “intolerables”. ¿Cuánto ha demorado, cuántas objeciones insidiosas ha enfrentado el proyecto de ley #derechoaltiempo, por ejemplo? Los plazos de prescripción del ASI sólo benefician a los abusadores y su impunidad.
La impunidad es la segunda pluma con que se escriben innumerables historias de abuso sexual infantil (la pluma principal es el horror). Miles recordamos años de años siendo testigos del afecto, admiración y confianza ciega que se prodigaba a nuestros abusadores: “qué buen padre/madre, qué abuelo/a más tierno, qué excelente marido, qué apoderado más colaborador, qué profesor más destacado, qué sacerdote más bondadoso”. Desde un código intraducible, intentábamos dar señas de una historia distinta de la oficial; desenmascarar la contradicción espeluznante: esa capacidad de lastimar, tan desmedida, de personas de quienes dependíamos y que contaban con nuestro afecto (más allá de cuán sórdidas y crueles se hubiesen revelado ante nosotros).
“No es quién ustedes creen”, “no es cómo ustedes dicen”. Esa rebelión íntima, cinco palabras repetidas al infinito, en tantos lugares y situaciones (silentes, pero a todo volumen en lo más profundo del cuerpo), son las mismas palabras que podrían describir una sensación visceral, abrumadora, que se reactiva viendo cómo se despliegan homenajes o agasajos a personas o grupos que han ocasionado daños inenarrables.
Aferrarse a la cordura a como dé lugar. Entender que esto no tiene nada que ver con “el amor al prójimo”. Nada.
Una paciente, muchos años atrás, enfrentó uno de sus más graves relapsos traumáticos con ocasión de la muerte de su abusador y de la concurrencia de toda la familia a su funeral. Y sí: todos sabían de los abusos. Traición del amor, del cuidado. Ni de niña ni de adulta hubo solidaridad. Ella fue la única que se restó de la despedida. El abusador, jamás pasó un día en la cárcel, o en tribunales siquiera. Después de la develación, nadie lo encaró, nadie le quitó el saludo ni dejaron de invitarlo o de permitir que otros niños pasaran tiempo con él. Nadie…nada. A la víctima, en cambio, le reprocharon su “falta de perdón”, su “quedarse pegada” en el tiempo. Después del funeral, ella rompió con su familia extendida. “Puedo perdonar, pero no puedo seguir con ellos”. Cómo no entenderla.
Una puede abrirse al perdón no como sinónimo de exoneración, olvido, o reconciliación, sino como una forma de liberación. Pero una cosa es la reflexión sobre lo inexpiable, o el perdón a nuestra condición humana inescapable, o la contemplación de diversas versiones de una persona (quien para algunos fue verdugo, para otros fue “ser querido”, capaz de “buenas obras” inclusive), y otra muy distinta es la renuncia a la consciencia personal, al autocuidado.
Si alguien sufrió de cáncer, no va de paseo a Chernobyl. Y Si alguien sobrevivió un terrible accidente automovilístico, no le regalamos entradas para ver carreras de fórmula uno o cuatro o mil (soy una ignorante en materia de autos). El sentido común nos ayuda a protegernos, a prevenir daños, a mitigar secuelas con afán de repararnos, de ayudar a restablecer equilibrios, lograr justicia, no olvidar a otros.
Conozco a una señora en EEUU que tenía una foto de Juan Pablo II autografiada (lo conoció en persona) en la entrada de su casa. Cuando Francisco I visitó el país, me contó que el retrato estaba en bodega. “Son demasiadas las víctimas”, demasiada la ignominia. Gesto pacífico de reproche, de cuidado ético.
Luego de los abusos que comenzaron a develarse desde fines de la década de los ochenta, en EEUU se han cerrado capillas, colegios, el diezmo se redujo a niveles siderales y se dejó sentir la mengua en la feligresía así como el reproche ciudadano a una Iglesia que todavía parece más empeñada en ocultar y negar sus patrones de conducta más destructivos (ver “El abuso nuestro de cada día”). Quizás no le importa, o no lo suficiente, que la continuemos asociando con “abuso sexual”, “redes de pedofilia”, “perversión”, y “peligro”. Porque es un peligro convivir con instituciones que habilitan abusos y a abusadores (que mayoritariamente siguen en el sacerdocio o bien gozando de prolongados períodos de “retiro espiritual”).
¿Qué consecuencias ha enfrentado la iglesia Chilena, los abusadores, sus encubridores? ¿Qué cambios radicales ha vivido en su ética del cuidado para con las nuevas generaciones? Todavía no existe obligación de denunciar los abusos definidos como “debilidad”, “pecado o acto impuro” y no como el crimen y vulneración de DDHH infantiles que son.
No es toda la Iglesia, por cierto. Pero aunque reconozcamos un trabajo que sí refleja los valores de la compasión, el auxilio, el amor al prójimo, y valoremos a comunidades de personas justas y lúcidas –sacerdotes y religiosas también-, todas ellas no alcanzan para revertir los daños ni para devolver la confianza, o para impedir nuevos abusos. No alcanzan.
“Se necesita de toda una aldea, todo un pueblo, para criar a un niño”. Para abusarlo también: inolvidable el refrán africano y las líneas del film Spotlight. Podríamos agregar, todo el tiempo, “para hacer justicia, para ayudar a reparar, también se necesita de todo un pueblo”.
Lucha sorda entre las heridas y el peligro, estos días. Las células vivas, la vida, su compañía infatigable. La rebelión, el disenso, la desobediencia con una realidad imposiblemente festiva: no es amargura, no es resentimiento, sino todo lo contrario. Se lo he dicho a varios pacientes y sobrevivientes con quienes hemos conversado estas semanas: el ruido interno es una invocación de amor a la vida, a la vida vivible, a la restauración del orden después del daño. Al autocuidado.
La reparación pasa por restituir un sentido de eficacia o agencia personal, de poder (autogobierno, autocuidado, una vida preferida), de seguridad consigo y en relación a los otros y al entorno. Un principio o cometido ineludible de las intervenciones terapéuticas en violencia sexual es que el cuerpo pueda aprender que el peligro ha pasado y vivir en la realidad presente, sin la constante sensación de indefensión, de “a merced de”, o de que el abuso sexual poco y nada importa. Ni sus heridas.
La herida moral del abuso sexual y otros traumas no necesita ser escarbada ni puede ser borrada a punta de papel lija o ácido. No por su carácter “moral” o “psicológico” se puede descuidar: rasmillarla, pasarla a llevar, se siente en todo el cuerpo (que codifica el ataque, ineludiblemente, en clave física). Ahí la memoria.
Un neurobiólogo escribió “recordar no es menos que re-encarnar”. Para sobrevivientes de trauma severo, las señales de peligro –que para otros hasta pasarían desapercibidas o pueden ser irrelevantes- pueden desencadenar estrés tóxico, irrupciones dolorosas de la memoria, sin que la señal necesite ser semejante o comparable a algún dato o detalle de la propia historia: basta que algo se sienta amenazante para la integridad (rota muchas veces, reconstruida otras tantas).
El sufrimiento psicológico activado -una vez más- no cederá hasta que el riesgo de desintegración desaparezca; hasta que un sentimiento de seguridad pueda ser recobrado de alguna manera. ¿Necesitamos explicar más?
Seis mil millones de palabras dicen que existen en el mundo y todavía faltan tantas (para el amor, la belleza, el tormento, las pérdidas). No habrá jamás cómo explicar todo; cómo anticiparnos o contener todo. Nunca contaremos con relatos realmente completos del abuso sexual. Nadie quiere escucharse, ni en el fondo de su alma, detallando todo lo vivido, y las versiones, de alguna forma, siempre rasarán lo telegráfico (en comparación al volumen real de la experiencia). No hay un idioma para traducir el cuerpo violado. No hay cómo describir lo que es vivir en ese cuerpo algunos días.
Me cuesta escribir, decir. Son días rasantes en la alexitimia, el silencio, el desconcierto de una memoria que rechaza procesar la imagen y presencia de un pontífice, obispos, tantos otros que acompañarán sin mayor contrición. Podrían encarnar a todas, todos los abusadores en esta hora.
Querría equivocarme, sorprenderme, y alegrarnos juntas en unos días por la noticia de algún gesto verosímil -y con soporte en actos concretos- que comience a dar cuenta de una sensibilidad y voluntad por fin diferentes e ininterrumpidas, de parte de la Iglesia en relación al abuso sexual. La esperanza es cauta. Escasa. Pero si no hay gestos de la Iglesia o de su líder, entonces sueño que ojalá seamos nosotros los que contribuyamos a escribir un guión más conectado con la realidad, sin disociaciones, sin negaciones, durante estos días.
Las presencias, los gestos, los actos de apoyo a las y los sobrevivientes -no creamos que nada es pequeño o demasiado modesto-, una palabra, todo suma. Todo puede ayudar a sanar, a reescribir este tiempo, a desacatar tanto daño, con ojos claros, con amor a firme.
Soy pésima para recordar autores (desde joven), pero no olvido versos, frases radicales, capaces de cambiar un momento o la vida de ahí en adelante. Alguien dijo, una mujer estoy casi segura, que si bien no podíamos “causar” la luz, al menos podíamos tratar de situarnos en la trayectoria de su haz. La rebeldía estos días, es cuidar ese lugar: en medio de la luz…en medio de nuestra cordura
(inconcluso)
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Lecturas complementarias, abuso sexual infantil e iglesia
1. La mala espera , 2014 (patrones de conducta y dinámica ASI eclesiástico)
2. Guiar pero en serio, 2015 (crítica a protocolos de denuncia de abuso sexual, iglesia de Chile)
Gracias archivo elpostCL, Olvidos fatales, originalmente publicado en 2010
Perplejos, enmudecidos, conocemos las historias de niños y niñas que cayeron a piscinas, se quemaron en sus casas o agonizaron encerrados en un auto, como el pequeño de un jardín infantil en Huechuraba, en Chile.
Algunos podríamos atrevernos a decir “eso jamás me pasaría a mí”. Y otra voz, asustada, muy bajita, desde lo profundo de nuestro ser, replica “pero ¿y si llegara a pasarme?”. Mejor ni pensar. No alcanzo a imaginar una pérdida de esa magnitud. Cómo poder sobrevivirla.
No conozco los números para Chile pero en Estados Unidos se reportan entre 25-37 niños (de 0 a 3 años de edad) fallecidos dentro de automóviles durante veranos (también en primavera y otoño, y hasta en invierno). Un número absurdo y horroroso en apenas 6 ó 7 meses de un año. Cada año.
Algunos expertos señalan que desde los cambios en la ley que puso a los pequeños en el asiento trasero para protegerlos, las muertes aumentaron. Es por ello que compañías como GMC, por ejemplo, desarrollaron e incorporaron dispositivos para recordar, antes de cerrar el auto, que en el asiento trasero va un niño. Muchos dirán que esto no tiene nada que ver; que no es posible que padres y madres sean capaces de decidir dejar a un niño solo y menos todavía, olvidar a sus hijos por horas, abandonándolos a una de las más muertes más trágicas imaginables. En EEUU, justamente, encontraron a una chiquita que arrancó su propio pelo y cuero cabelludo en la desesperación por el calor, la asfixia y, seguramente, la angustia de encontrarse sola mientras moría. Otros pequeños sufren “menos”, dicen; pero ese “menos” no hace diferencia alguna. En media hora, en un día caluroso, el calor al interior de un automóvil puede aumentar veinte grados, y en unas dos horas, doblar la temperatura del exterior. Para la soledad y angustia de ese encierro, no hay métrica disponible.
Este último verano en Atlanta, GA, la comunidad fue golpeada por la muerte de un pequeño, mientras su padre asistía a una fiesta con amigos. El hombre estacionó el automóvil frente a la casa, “con la ventana entreabierta” para dejar a su niño durmiendo solo, “confiado”, eso dijo, en que la frescura del atardecer no entrañaba mayor riesgo. Una asunción letal semejante atraviesa decisiones de padres y madres que, sin apoyos en el cuidado, excedidos por estreses, precariedades, condiciones traumáticas, debiendo responder en empleos o actividades obligatorias donde no siempre existe un espacio pensado para bebés o infantes, han dejado a sus hijos solos por “treinta minutos o una hora, eso era lo máximo”. Negligencia fatal. Igualmente en casos donde cuidadores se bajan del vehículo “a comprar algo rápido” y dejan a los niños solos, o donde padres/madres adictos, ebrios, los olvidan, y otros usan el encierro en el auto como “castigo” por hacer pataletas. En EEUU (donde se lleva un seguimiento), los abandonos intencionales -e ignorantes del peligro que corre el niño de morir por hipertemia- corresponden a un 17% de los casos (ver articulo). Otro 29% corresponde a niños que juegan sin supervisión adulta, y se encierran accidentalmente en los vehículos (incluido el portamaletas). La mayoría de estas muertes (54%) suelen ser responsabilidad de adultos comunes y corrientes donde se cuentan médicos, electricistas, soldados, educadores, dueñas de casa, psicólogos, transportistas, y hasta un genio de la NASA. Seres humanos que amaban a sus hijos, y que olvidaron del modo más horrífico e incomprensible. No uso la palabra “olvido” porque quiero. Es parte de un fenómeno que han explicado especialistas en el tema de la memoria.
Se trata del fenómeno de “piloto automático”: existen partes de nuestro cerebro que procesan cantidades de información relevante, mientras otras –menos sofisticadas si se quiere- se encargan de cumplir ciertos cometidos como por ejemplo trasladarnos de un punto A a un punto B, casi sin darnos cuenta. Frente a cambios de rutina o estreses de consideración, el “piloto automático” puede imponerse al extremo de que el cerebro anule la información más importante del mundo, la que no debería ser necesaria de “recordar”: ¿cómo va uno a olvidar que tiene un hijo o el de alguien más, bajo su cuidado? No es imposible. Nuestro programa humano no está libre de esta aberración (ni de muchas otras).
No se trata de exculpar, de justificar (ni un milímetro) muertes horribles de los más indefensos, pero es importante –y una advertencia a tomar seriamente- saber que en muchas de estas tragedias los responsables han sido, en muchos casos, personas comunes y corrientes que en un momento fatídico e inexplicable “olvidaron” a los niños bajo su cuidado, y los dejaron morir.
Me cuesta escribir sobre esto. Pero antes de demonizar precipitadamente, antes de sojuzgar a la distancia, me detengo en el cuidado como una conminación, una invocación. Un alarido que podríamos no escuchar en medio de un desierto donde el eco es solamente una voz de niño, sólo una, contra el silencio sofocante.
El año 2010, cuando murió el pequeño en el jardín infantil de Huechuraba –olvidado en el automóvil de una educadora que además transportaba niños- hubo apoderados/as que declararon haber utilizado el servicio sin conocer mayormente su forma de operar. Otros, sí sabían que muchas veces los niños viajaban en brazos de adultos, sin mayor protección. La pregunta más simple, más obvia, es cómo podría uno recurrir a servicios donde compromete la integridad de su propio hijo/a, sin conocimiento exhaustivo o garantías mínimas; sin haber verificado condiciones mecánicas del vehículo, seguro contra accidentes, antecedentes del conductor (incluido registro de ofensores sexuales). Información que al ser omitida, arriesga que el cuidado y el descuido, la responsabilidad e irresponsabilidad, los buenos y malos tratos a los niños, se intersecten y estallen.
Hay duelos que ninguna familia debería enfrentar. Desde aquí, apenas alcanza el cuerpo para ser testigo, ser persona, condolerse, repetir moralejas desesperadas (o juramentos de protección, que nuestros hijos nunca, nunca), y agachar la cabeza ante una falibilidad que es inseparable de nuestra condición humana.
Errores que pueden llegar a ser irreparables, mortales. Antes de que nos devoren, siempre antes: la vigilia. La atención.
Hay heridas y muertes 100% evitables. El autoexamen es un arañazo doloroso, pero siempre indispensable: sobre nuestra solvencia adulta para cuidar; sobre nuestra voluntad –y desprendimiento-, o la claridad de nuestros criterios y herramientas para proteger a nuestros hijos, y a todo niño. ¿Qué ética del cuidado nos guía, cuál es nuestra forma de abordar y decidir cómo cuidamos?
Niñas y niños solos en ascensores, caminando sin compañía en centros comerciales, cines, o atravesando estadios o canchas enteras para ir al baño. Cuántas historias de intersección con un abusador sexual en segundos. ¿Se pudo evitar? Claro que sí. Y no pienso solamente en posibles predadores sexuales, de hecho no es lo primero en que pienso porque mucha mayor probabilidad existe de un temblor fuerte que detenga ascensores, genere confusión, histeria colectiva, y un niño o niña termine siendo herido. ¿Para qué querríamos exponer a nuestros hijos a situaciones que contando con la presencia de un adulto, podrían ser no sólo más seguras, sino menos intimidantes?
Evitar sufrimientos, abusos, miedos que sí pueden ser evitables no es indulgencia ni sobreprotección sino una forma de fortalecer el cuidado –que es un factor de resiliencia- y una disposición, en nuestros propios hijos, a cuidar de sí, cada vez con más y mejores herramientas (y tal vez un día, convertidos en adultos, cuidar de otros niños también).
Otros ejemplos (perdón, pero no puedo evitarlo): niños colgando de motocicletas o bicicletas (y están también los ciclistas indolentes pasando a toda velocidad casi encima de mamás o papás con coches o de la mano de niños pequeños, en veredas o pasos peatonales), niños viajando en auto sin silla ni cinturón, guagüitas en brazos del copiloto, pequeños viajando en metro a quienes nadie cede el asiento, olvidando que son quienes más rápido podrían perder el equilibrio al frenar los carros. Podría continuar.
A los adolescentes también podemos perderlos en el punto ciego: hay que escuchar las historias de taxistas, administradores de lugares de recreación, centros de salud, para darnos cuenta de cuánta soledad y descuido asuelan. La distracción es consuetudinaria. Una forma de olvido también, de vulnerabilidad, de sopor en el que todos podemos caer y donde nos necesitamos alertas y asertivos, sin temor a expresar pedidos de cuidado para los niños, tantas veces como sea necesario, hasta que vayan quedándose, volviéndose estándar compartido.
Que los niños no tengan que pagar las consecuencias de nuestros agobios, historias rotas o desasosiegos. Que no corran nunca el riesgo de ser olvidados.
El olvido me da vueltas esta noche, quizás como a muchos, en colaciones que se me quedaron, comunicaciones que no firmé en la libreta, listas de útiles que se me perdieron, horarios traspapelados. No ha llegado a más, pero ha sido suficiente como para entender que el error va de la mano conmigo a diario, que el tráfago puede mordernos en cualquier momento, y que una pena o un mal rato pueden perturbar la precisión necesaria para cruzar una calle, o para tomar muchas otras decisiones en torno a qué cuida más o menos. Es mucho más difícil de lo que querría admitir, salir bien parada de las autoevaluaciones en esta esfera, y es más duro todavía si tomo en cuenta el lugar en que vivimos y del cual dependemos para poder ejercer bien nuestro rol como padres y madres.
Vale la pena plantearse una y otra vez la pregunta acerca del valor que la sociedad chilena confiere al cuidado, bienestar y felicidad de los niños/as, sus vidas. Nos damos cuenta de que hay una indiferencia y desafección que nos rondan hace mucho. El olvido, también. Apenas un puñado de ejemplos, pero de la mayor gravedad: todavía la pobreza infantil es una sombra siniestra en nuestro país, el acceso a la mejor salud disponible (un derecho humano inalienable) sigue condicionado al dinero, 53 niños viven abusos sexuales cada día (sin que represente una urgencia de salud pública ni para nuestros legisladores), y Sename, inenarrable. El Estado no ha demostrado ser garante, ni sensible ni competente (dos atributos imprescindibles del cuidado ético). No con los más desvalidos.
Padres y madres sabemos que no basta saber de derechos, desarrollo infantil, ni basta tener determinación y todo el amor del mundo para responder adecuadamente a las necesidades de cuidado de nuestros hijos. Dependemos de recursos personales y también colectivos. Solos no se puede.
La parentalidad es exigente, intensiva, a veces, angustiante (tan frágil ante la culpa), y hasta desmoralizante, todo al mismo tiempo en que resulta maravillosa y conmovedora. Y aunque existan instituciones y programas destinados a apoyar la actividad del cuidado, la realidad es que madres/padres e hijos estamos más solos que acompañados. Nuestra sociedad se ha vuelto muy indolente, y hasta absurda, y continúa esperando o simplemente da por descontado el aporte de adolescentes bien ajustados, adultos productivos, ciudadanos integrales, sin invertir todo lo que se requiere, material y moralmente, desde la infancia temprana y durante todo el tiempo que toma el desarrollo de un ser humano niño, niña.
Los primeros cuidados, a partir del nacimiento, son determinantes. Sin embargo el postnatal ya es un desafío. Y aunque fuera un logro haber llegado a seis meses (y falta todavía incluir a madres trabajadoras independientes, estudiantes, etc.), es sólo sensato convenir que un semestre de vida no es suficiente como para delegar a una guagüita al cuidado de terceros, por sensibles y competentes que estos puedan ser. En otros países existen postnatales de hasta dos años (en Alemania pueden llegar a ser tres). Son períodos obligatorios, inclusivos de madres y padres, que cubren un tiempo vital del desarrollo (recordemos que entre los 0-3 años se produce el mayor crecimiento cerebral y de la red neuronal). En Chile, pasados los 6 meses, el derecho a cuidar se vuelve cuesta arriba y la conciliación es, cotidianamente, una añoranza.
Programas de apoyo en infancia temprana y todo lo que se ha crecido en educación inicial (un logro a destacar y del cual sí sentirnos orgullosos como país) no serán suficientes si por ejemplo, al egresar del jardín, los cuerpos docentes en escuelas e instituciones de educación superior no cuentan con apoyos o no se perciben a sí mismos como responsables de la educación-cuidado de sus estudiantes como un imperativo (indivisible) de su profesión. Lo triste es que muchos apoderados atestiguan esa disociación y dudan no sólo cuando se trata de interceder por otros niños (por ejemplo en casos de bullying), sino por sus propios hijos.
Por otro lado, las redes familiares se han reducido, y otras redes -amistades, vecinos- pasan a ser todavía más necesarias. Sin embargo, en muchos edificios o barrios, no nos detenemos a conocernos y conversar, y no es extraño que pocos vecinos se pregunten o se inquieten si luego de 2, 3 días no se sabe nada de una persona anciana que vive sola, o si se escuchan llantos que no paran en departamentos o casas donde los más pequeños (que no hablan aún) están bajo el cuidado de terceros. La concurrencia de otros, un solo vecino/a que toca el timbre y se queda en la puerta preguntando simplemente “¿están bien?, está todo bien?”, entrega el mensaje de muchas presencias atentas. Un mensaje que nutre, amorosa, silenciosamente; que podría ser advertencia también, y en casos extremos, una posibilidad de auxilio “caído del cielo” para más de algún niño.
“Se necesita de toda una aldea, de todo un pueblo, para criar a un niño”…una y otra y otra vez.
Se necesita que seamos capaces no sólo de compromisos de protección, sino también de resistir disociaciones donde tragedias, distintas tragedias que viven los niños y niñas, lleguen a parecer como hechos desconectados de vínculos que debieron ser de cuidado, o de un contexto social donde las vidas y salvaguarda de la niñez –y de todas las personas- lejos de ser relevado es dificultado, muchas veces ignorado, sancionado, desincentivado, inclusive mirado en menos, pese a que cada día encontramos esperanza en la consciencia y lealtad de proteger a los más chicos que sí se deja sentir y crece desde muchas familias, comunidades y regiones del país.
Para poder cuidar necesitamos unos de otros, neceistamos a nuestras comunidades, a toda institución, empresas, gobiernos (cualquiera sea, no debería hacer la diferencia). Es muy alto el costo humano de abandonar esta actividad que dudo jamás haya sido imaginada por la naturaleza como algo solitario, a lo que responder individualmente, o entre dos personas cuando mucho.
Ser indiferentes, no apoyar socialmente, o menospreciar la actividad de cuidar, va sumando a la grieta, y restando en realidad. Basta observar la cotidianeidad para empatizar con padres y madres que corren el día entero, sujetos a horarios irracionales, dependientes de un sistema de transporte público brutal, preocupados por sus empleos, agobiados por demandas –racionales o no- sobre lo que deben hacer o tener para satisfacer las necesidades de sus familias. Los costos de la sobreexigencia y el estrés en la atención ya sabemos que pueden ser fatales. Pero para poner atención, para estar centrados, bien afinados, no sólo se requiere de cualidades o compromisos personales, sino también de algún grado de contención, de complicidad virtuosa con otros. De mutualidad en el cuidado.
“Se necesita de toda una aldea, de todo un pueblo, para criar a un niño”…
Sigue siendo una pregunta de la mayor importancia el cómo propiciar, desde cada entorno y desde la política pública, una parentalidad templada, atenta, bien informada, e inserta en comunidades –escuelas, barrios, gobiernos locales- donde podamos contar con más manos, más miradas, más intercesiones para cuidar a todos nuestros niños. ¿En qué puedo ayudar, cómo me hago parte? podría ser una disposición y un antídoto contra la soledad y el fracaso del cuidado; un punto de partida tal vez, siempre necesario, para prevenir negligencias, violencias, muertes de niños que resultan (y nuevamente: tratar de explicar no es exonerar) de la impotencia, de la fatiga. Y del olvido.
Muchos la reconocen como fundadora de Save the Children (ONG comprometida con los derechos de los niños y la superación de la pobreza, en más de 50 países) pero menos personas saben que ella es responsable de la primera Declaración de derechos de los Niños que, en sucesivas versiones, terminó gestando la Convención de Derechos del Niño que hoy conocemos (aprobada por Naciones Unidas en 1959, y convertida en ley internacional en 1989), y con la que nuestro país también está comprometido.
Es inspiradora la vida de Eglantyne. Nació en 1876 y murió 52 años después, vencida por una salud siempre débil (debido a problemas a la tiroides que no fueron diagnosticados sino hasta demasiado tarde). Se sentía continuamente cansada y se autocondenaba por “floja”. Pero su voluntad y resiliencia compensaron con creces sus restricciones, y jamás sintió impedimento para abrazar su vida y su causa con la mayor intensidad.
A Eglantyne le gustaba bailar, escalar, compartir con otros, crear. Escribió novelas de amor -que nunca fueron publicadas y que nacieron de varios desencantos- y otra serie de diarios y cartas donde hablaba de la búsqueda de intimidad en la adultez, de las contradicciones entre las demandas ordinarias y extraordinarias de las relaciones familiares, del deseo por tener un trabajo significativo. Jamás se casó y no tuvo hijos (y no constituyó un deseo incumplido para ella), pero apostó su vida adulta a la causa del cuidado y protección de los niños.
Venía de una familia excepcional, y no es de extrañar que el compromiso social y el servicio público la hayan capturado con la mayor pasión. Su madre fundó la Asociación de Home Arts and Industries, para promover oficios artesanos en jóvenes de áreas rurales; una de sus hermanas fue activista por las mujeres durante la Primera Guerra Mundial y otra abogó intensivamente por la no-demonización del pueblo alemán una vez terminada la guerra. Buenas personas, mujeres lúcidas. Las imagino caminando sobre escombros, heridas y fuegos (la cabellera roja de Eglantyne, uno más), íntegras y fraternales, imposibles de desesperanzar.
Gracias a la insistencia de una tía, Eglantyne pudo ir a la universidad. En Oxford estudió historia; luego se tituló como profesora básica. Ejerció poco tiempo, escribió un libro de preguntas sobre la pobreza y luego se dedicó al trabajo social. La guerra de los Balcanes la llevó como voluntaria a Macedonia desde donde regresó completamente descorazonada. Entonces decidió hacer algo. “Un bebé hambriento en una canasta, abandonado en nuestra manzana es el responsable”: responsable de que ella se volcara a repartir panfletos en Trafalgar Square, llamando la atención sobre las pérdidas, sufrimientos y muertes de niños a causa del hambre y las guerras.
La arrestaron, pero un juez pronto la absolvió de todo cargo y donó las primeras cinco libras para su causa. Cientos más responderían de inmediato a esta activista “persistente y encantadora”, capaz de lograr donaciones de ciudadanos, la realeza, las industrias, y hasta el Vaticano. Los fondos que iba sumando para “salvar a los niños” permitieron ayudar a huérfanos, refugiados, niños abatidos por el hambre y la tuberculosis en Europa, durante y siguiendo al término de la guerra. Eglantyne estableció que todo apoyo a los niños (y muchas familias) se daría sin distinciones de nacionalidad, o religión.
Junto a su hermana fundó Save the Children, UK, el año 1919 (en 1920 ya sería internacional). Y muy pronto, en 1923, Eglantyne redactó el primer documento sobre derechos del niño, convencida de que debían explicitarse y difundirse para facilitar su protección y fortalecimiento en un mundo donde todavía los más pequeños eran casi invisibles. Su escrito original estipulaba lo siguiente:
El niño debe ser provisto de los medios necesarios para su desarrollo normal, tanto material como espiritualmente.
El niño con hambre debe ser alimentado, el niño enfermo debe ser atendido, el niño que demora debe ser ayudado, el niño delincuente debe ser recobrado, y el huérfano, o abandonado (los niños de la calle), debe ser socorrido y provisto de refugio.
El niño debe ser el primero en recibir alivio en tiempos de aflicción.
El niño debe estar en condiciones de obtener su sustento, y debe ser protegido de toda forma de explotación
El niño debe crecer con consciencia de que sus talentos deben ser puestos al servicio de sus hermanos humanos.
La Convención actual de Derechos del Niño de la ONU, se articuló alrededor de cuatro principios esenciales que reflejan lealmente esa primera sencilla y clara declaración redactada por una mujer consciente. Estos principios son: de no-discriminación; devoción a los intereses del niño; derecho a la vida, la sobrevivencia y el desarrollo de los niños; y respeto por sus visiones.
Hasta su despedida, Eglantyne estuvo comprometida con el alivio y amparo de los niños. Cinco cirugías, y la extenuación y deterioro que la llevaron a la muerte, no bastaron para detenerla ni disminuir su voto de fe en un mundo capaz de erradicar abusos, hambre y pobrezas para los niños, sobre todo.
Una recuerda a personas como ella en momentos de desazón, de autoexamen, de contemplación del país, o los países en que vive, sus deliberaciones, las confianzas que se confieren a liderazgos que no siempre son los que priorizan el cuidado, ni una relación ética con la infancia.
Una recuerda a personas como Eglantyne, y las confusiones desaparecen, los espejismos que imperan, los “hechizos” de autoridades que cumplen con el mínimo ético apenas (priorizar el cuidado inicial, la infancia temprana, algo que el mundo desarrollado ha comprendido y relevado hace mucho), mientras omiten en discursos ante en foros nacionales o internacionales, su indefendible negligencia con la niñez más vulnerable y vulnerada. A pesar de todo, agradezco de los territorios del abuso cuando niña, y de todos los aprendizajes que siguieron en la adultez, haber agudizado los sentidos, el autocuidado, la vigilia para no perderme, no dejarme seducir y aun a riesgo de ser antipática, insistir en esa consistencia imprescindible entre lo que se dice y se hace, al menos, en lo que concierne a la niñez, su dignidad, los derechos que no por suscribirse en una convención aparte, deben ser malentendidos como un anexo a los declaración de derechos humanos universales.
El trabajo en derechos de la niñez, o en abuso infantil, lo he dicho en ocasiones anteriores, muchas veces se siente como estar sacando agüita con las manos de un bote en altamar. Una nave constantemente expuesta a marejadas e inundaciones, cansancios y dudas. La tentación de ceder nos ronda, muchas veces. Pero no podemos. Se han realizado incontables promesas (con globos y encuestas y actos en plazas y jardines, pero no nos perdamos por favor). Se han presentado proyectos de ley en pos de la niñez. Se declaran muchas cosas.
Sin embargo, terminando 2017, a 27 años del retorno democrático –liderado, en 5 de 6 periodos, por una sola coalición-, no contamos con garantías integrales, ni defensor del niño, ni la mínima certeza en la protección de los niños entregados (ya no puedo decir “confiados”) al Estado. Donde más espeluznante ha sido el abandono de ese “adulto superlativo” ha sido con los niños en Sename y es una gran paradoja que un gobierno donde la educación inicial sí ha recibido la atención que merece, por otro lado haya sido tan insensible con la niñez más vulnerada.
La violencia es un monstruo inmenso, los abusos de poder, pero casi más duele la indiferencia ante sufrimientos que pudieron y pueden todavía ser evitables. Suicidios, heridas, abusos sexuales, y la violencia mayor de la pobreza infantil siguen sin ser urgencia. Pedidos razonables, ajustados a exigencias y estándares internacionales en materia de justicia y protección de víctimas, son completamente desoídos en nuestro Estado que tanto declara su compromiso con los DDHH. No de los niños.
Voluntades aparte, el hecho es que solicitudes como la urgencia o una muestra de apoyo explícito del Ejecutivo a la discusión por el proyecto de ley de abuso sexual infantil imprescriptible, por ejemplo, terminan sintiéndose como una apelación a la caridad más que como una conminación republicana a resolver el conflicto de la discriminación y desprotección de las víctimas, y la imperdonable impunidad que se continúa alimentando.
Pero no, no es caridad: el problema es un Estado que se posiciona así frente a estas materias; el problema es que autoridades o partidos olvidan que no son los “dueños de casa”, que no nos hacen un favor, porque la casa es de todos y en ella vivimos seres humanos y no una masa informe y servil de la cual hay que recobrar memoria en períodos previos a elecciones. Al amparo de un optimismo contumaz –y lo cuido como fuente como resistencia, sabiendo que la desazón es lo más funcional que hay a la parálisis del sistema-, no puedo dejar de sentir indignación ante la arrogancia de una generación que detenta el poder (años ya), demasiadas veces más ocupada de sí, que del bien común y el cuidado del colectivo.
Chile es el único país latinoamericano que aún no cuenta con una Ley o Código de derechos del niño y adolescente; ni garantías integrales para sus DDHH. Hay avances, sí, lentos pero los hay. Sin embargo, no olvido que el Proyecto para una Ley de Protección Integral de la Niñez y Adolescencia, fue presentado por primera vez en noviembre de 2011, y desechado para adjudicar la responsabilidad de su redacción (segunda y prescrindible, si el PL en el congreso podía ser mejorado) a un consejo adhoc creado por la presidenta actual, al comenzar su gobierno en 2014. Muchas personas –en un país dado al olvido- celebraban la creación de Coninfancia porque “al fin” se redactaría esa ley para la infancia. Nada que agregar.
La amnesia, la disociación, el autoengaño, no sé qué macabra sombra nos nubla el entendimiento, pero el hecho es que dejamos pasar el destello y aquí estamos, casi 4 años después, con un proyecto de ley recién discutiéndose en el congreso, Sename en un naufragio todavía más profundo que al comienzo de este período, y nada hay que haga avizorar transformaciones de raíz en plazos que da para definir con palabras como “corto” o “mediano” cuando son urgentemente humanos y nada más.
Las elecciones presidenciales de este 2017 fueron inesperadas en sus resultados, en más de un sentido. Dos grandes mujeres -comprometidas con la niñez- nos sorprendieron con alegría y angustia: Beatriz Sanchez, y Carolina Goic (ninguna estará en segunda vuelta, lamentablemente). Ignoro si en la votación de segunda vuelta será tema la niñez en presente-futuro, más allá de sus necesidades o zozobras más apremiantes. Posiblemente no (aunque espero que las nuevas generaciones y presencias en el parlamento realmente se tomen en serio esta prioridad).
No me atrevería a anticipar tampoco, qué horizonte espera para después de marzo 2018. Sólo sé que por tentador y humano que sea no querer saber ni enfrentar esos espejos que nos muestran la cara más deplorable y triste de nuestra historia actual (en el trato a los niños), habrá que continuar atentos, sin rendirse, disolviendo olvidos y silencios. La sola voz, a veces, es una pequeña o gran revolución: podemos con ella pedir más que el mínimo (jamás limosna) e invocar, exigir también, con todo el deseo que nos devora, que nos mueve, el país incondicional y gentil en que nos gustaría que vivan nuestros niños. Recordemos a Eglantyne, su confianza insobornable en la generosidad de las personas comunes y corrientes, y aun en medio del tráfago, la imaginación sólo suspendida, esperando ponerse a disposición. Nada es imposible.
“The world is not ungenerous, but unimaginative and very busy”, 1920, Eglantyne Jebb (Profesora, Activista, Voluntaria, Fundadora de SAVE THE CHILDREN).
La voz tiende el puente entre nuestro interior y el mundo que habitamos; nos confirma existentes, autores de nuestra propia historia. Sin ese puente, quedamos aislados; ateridos ante experiencias como el abuso sexual infantil. Como si tuviéramos por delante un enorme precipicio que quisiéramos, pero resulta imposible de cruzar en tanto no se cuente con voz, con un cuerpo capaz de escucharse a sí mismo contar lo vivido, con prójimos dispuestos a dar crédito y responder a ese relato.
Del otro lado de ese abismo, después del relato, de la resignificación de lo vivido, se vislumbra la posibilidad de una vida preferida, de una autoría al fin propia sobre el propio devenir. Pero sólo después de esa primera vez; ese salto desde lo indecible (sin importar la duración del silencio, siempre demasiado largo).
Para un niño, una niña -o para los adultos que una vez lo fueron- comprenderse en tanto víctimas de un crimen atroz, a manos de alguien querido o cercano –el “victimario” que únicamente, como cualquier adulto, debió ser “cuidador”-, y poder elaborar el daño y trasgresión que exceden por lejos las vejaciones sexuales (la herida es masiva, no exonera esfera vital alguna), es un proceso descomunal y como tal, requiere de una variedad de pilares: recursos personales, hitos del desarrollo, capacidades cognitivas, resiliencias, madurez biopsicosocial, una distancia protectora en relación al abusador, un entorno a salvo con alguien digno de confianza que ayude a verbalizar el trauma, o que sea al menos alguien capaz de sólo escuchar incondicionalmente la historia. Esa historia que fue arrebatada -en el mandato de secreto, en la profecía de “nadie va a creerte”, o en la indiferencia y desprotección de los alrededores- junto a todo lo demás que el abuso sexual roba de vida.
La evidencia existente en relación al ASI –aunque se desoiga o se la ignore deliberadamente- ha establecido que por cada víctima que devela durante su infancia (o cuyo abuso es detectado e interrumpido por la intercesión de un tercero, aun sin haber contado con su relato), otras seis a siete no hablarán de lo vivido sino hasta mucho después, entrada la adultez. Quizás, cerca de la ancianidad, o la muerte. Quizás nunca.
Que cada vez sean más los niños, niñas, adolescentes que puedan pedir ayuda y contar su historia, depende de diversas condiciones y presencias (que asimismo serán de ayuda para sobrevivientes adultos que constatando entornos más propicios, quizás puedan abrir su relato por fin): familias incondicionales, figuras de apego seguro, o bien docentes bien dispuestos y prístinos en su rol de cuidadores (indivisible del rol de educadores), y servicios de salud donde existe el espacio para que los niños sean escuchados –y no sean sólo los adultos acompañantes quienes respondan por ellos-, y donde se realicen las preguntas que permitan relatos sobre toda posible adversidad de la niñez.
También son importantes las actitudes de los medios –y las palabras y forma en que tratan temáticas de vulneración de la niñez-, el comportamiento y sensibilidad de la autoridad y líderes políticos, los diálogos cotidianos y los que abren las artes (libros, películas, etc) en torno al abuso de poder y la vulneración de la niñez, y de cada uno, cómo se expresa nuestra atención y buen trato hacia los niños en nuestro barrio, en los medios de transporte, las plazas, las salas de espera de hospitales, oficinas públicas, etc. Todo puede convertirse en signo de cuidado y de disposición a acoger, o bien, de intemperie y soledad en cuyos confines (o confinamiento) se perpetúa el silencio. En la dependencia vital, y en la inexorable asimetría de poder y desventaja de los niños en relación al mundo adulto (aun en la familia más amorosa, la escuela más respetuosa, la sociedad más protectora de la dignidad de sus ciudadanos menores de edad), necesitamos explicitar una y otra vez que estamos disponibles, despiertos, presentes en la trayectoria, con actos y palabras, con escucha incondicional, cuidando.
Hemos compartido información sobre las dificultades de los niños y niñas víctimas para poder develar (ver “Denuncia y actos de cuidado“) y de esta forma, poder propiciar entre todos, una mayor empatía y entendimiento de la experiencia infantil del abuso en la restricción de la voz. Pero si contra todo obstáculo e indiferencia, con miedo y confusión, sin contar siquiera con todas las palabras necesarias, un niño o niña logra expresar de alguna forma el abuso que están viviendo, es importante que nosotros podamos responder de la mejor manera posible a ese testimonio: escuchando, dando crédito, comprometiéndonos a hacer lo que esté a nuestro alcance (sin imprecisiones ni exageraciones ni promesas que no podamos cumplir) para proteger a ese niño o niña.
Hace dos semanas, nos conmovió profundamente la historia de dos niñas de 10 años quienes, luego de varios intentos, filmaron el abuso del padre de una de ellas como na forma de denunciarlo y evitar que no les creyeran. El fiscal a cargo del caso en Uruguay, dijo “deberíamos avergonzarnos todos” y en ese “todos”, no habita sólo la sociedad de un país, sino todos los adultos, de distintas latitudes, que todavía no reflejan una disposición de apertura y acogida incondicionales a las vivencias de los niños; y muy específicamente, a sus sufrimientos en el abuso sexual. ¿No dejaremos más alternativa a los niños que la de defenderse solos, exponiéndose a más peligros y heridas con tal de probar ellos mismos la violencia a la que son sometidos? Podemos hacerlo de otra forma.
Es difícil resumir en unos pocos párrafos, la complejidad y detalle de procesos tan delicados como la develación del abuso sexual. Hoy es más accesible la información y muchos de nosotros nos estamos actualizando constantemente en temáticas relativas al cuidado y la evitación de daños evitables –como el ASI- a nuestros hijos. Sin embargo, sabemos que es una tarea mucho más inclusiva, de resorte colectivo, y necesitamos a muchas personas en el círculo de cuidado. Para expandirlo, y para contar con muchas más presencias cuidadoras –considerando incluso al Estado, en nuestras interpelaciones y activismos también- es importante compartir todos los conocimientos y herramientas posibles, ojalá de manera expedita, con nuestras familias, compañeros de trabajo, diversas redes y comunidades de las cuales formamos parte y a las que querríamos sentir en sintonía, muy cerca nuestro, en el cometido de cuidar y prevenir abusos.
Un rol protagónico, además de las figuras de cuidado más cercanas a quienes los niños puedan recurrir –mamás, abuelas, papás, hermanos mayores, etc.-, es el que tienen los/las docentes y en diversos ciclos educativos. Esto, tanto en la detección (sobre todo con los más pequeños) como en la recepción de relatos, de manera creciente, a partir de la pubertad (11, 12 años) y de forma coincidente, muchas veces, con el aumento de conocimientos y acceso a información sobre sexualidad humana y/o la oportunidad de dialogar al respecto de éste y otros temas afines –en clases de biología, educación sexual, o en actividades de orientación y consejo de curso, entre otras. Las carreras de pedagogía han demorado en incorporar este tema, no existe capacitación obligatoria al respecto en un enorme número de escuelas, y la política pública va muy demorada en materia de prevención e intervención ASI, quedando todavía a criterio de cada establecimiento –o sujeto a las posibilidades e iniciativa personal de cada docente- el cómo se verifica la respuesta ante el abuso sexual infantil, más allá de contar con protocolos de denuncia mandatarios por ley.
La mayor esperanza está, no obstante, en la motivación que he percibido en diversas comunidades educativas -profesores y familias- y también centros de alumnos y estudiantes de pedagogía –de manera independiente y muchas veces solitaria, en relación a sus casas de estudio-, y en cuerpos docentes de jardines infantiles y colegios (en distintas regiones) quienes por su cuenta organizan actividades formativas o de perfeccionamiento, tanto para su gremio como para familias y comunidades a quienes puedan comprometer en el cuidado de sus alumnos, quienes hoy por hoy, pasan mucho más tiempo en sus escuelas que en sus propios hogares (por las jornadas escolares extendidas), con la cercanía que ello implica en el vínculo con sus maestros.
Quedan aquí para descarga, tres recursos que espero sean de utilidad: dos de ellos informativos, en lo general, sobre el proceso de develación y la respuesta siempre necesaria –ESCUCHAR, CREER, PROTEGER- para ayudar a ese proceso y lo que siga, y adicionalmente, un listado más específico de claves para la recepción del relato de abuso (que cada uno podrá adecuar a la situación y contexto, y sobre todo, de forma sensible en relación a la edad, estado físico y emocional, capacidad de comprensión, vivencia, etc de cada niño al momento de contar su historia). Muchas gracias, como siempre, por estar juntos en esto.