La cruzada de Vinka y James

Un niño o adolescente que ha sufrido abuso sexual puede demorarse 20 años en elaborar lo vivido y sacar la voz para contarlo. Recién ahí, con suerte, pensará en denunciar. Pero para la justicia ya es muy tarde: en Chile estos delitos tienen un plazo de prescripción de 10 años desde que la víctima es mayor de edad. “La ley hoy protege al abusador”, dicen James Hamilton y Vinka Jackson, ambos sobrevivientes de abuso, y quienes están jugándosela para que la legislación cambie y estos delitos sean considerados imprescriptibles. Aquí, sus argumentos.

El departamento de Vinka Jackson (48), ubicado en un edificio en Providencia, tiene muchos dibujos de niños y un balcón lleno de libros y juguetes donde ella y James Hamilton (50) se explayan sobre la cruzada que han emprendido juntos: sensibilizar a las autoridades y a la ciudadanía sobre la importancia de un cambio legal para que el abuso sexual infantil tenga carácter de imprescriptible.

–Es lo que nos toca. No voy a luchar por un cambio en la ley de pesca que es algo que desconozco. Pero del abuso sexual sí sé, igual que Vinka. Por eso tenemos mérito para hablarlo y desde ahí contribuir– dice Hamilton tomando un vaso de bebida y encendiendo un cigarro.

James Hamilton es el cirujano que puso de cabeza a la Iglesia Católica chilena al denunciar al sacerdote Fernando Karadima por abuso sexual, primero en un proceso eclesiástico y, luego ante la justicia civil, junto al periodista Juan Carlos Cruz y al filósofo José Andrés Murillo. Tras ese duro periplo, que incluyó revelar en televisión su impactante testimonio en el programa Informe Especial, la justicia dictaminó que los hechos denunciados sí habían ocurrido, pero que estaban prescritos.

Vinka Jackson es la sicóloga que, en 2007, publicó Agua fresca en los espejos, un conmovedor testimonio en que relata el incesto y abusos sexuales vividos y su esfuerzo por sanar. No llegó a hacer una denuncia ante la justicia, porque su padre alcohólico murió antes de que ella pudiera siquiera plantéarselo: se suicidó cuando Vinka tenía 18 años. La experiencia vivida ha determinado los caminos que ha elegido: estudiar Sicología, vivir por varios años en Estados Unidos, trabajar en prevención y tratamiento del abuso sexual y, en el último tiempo, ya en Chile, centrarse en difundir la ética del cuidado. De hecho publicó Mi cuerpo es un regalo, un libro ilustrado para que las madres y las educadoras enseñen a los preescolares prácticas sobre buenos tratos y la prevención del abuso infantil.

Este viernes ambos visten muy elegantes. Ella con un vestido negro y tacos. Él con terno azul y corbata. Vienen de La Moneda donde se reunieron con el ministro secretario general de la presidencia, Nicolás Eyzaguirre, a quien le entregaron la carta ciudadana, a la que han adherido siete mil personas, en la que explican por qué la actual legislación, por los plazos tan acotados de prescripción que establece, les niega la justicia a las víctimas de estos delitos.

El objetivo al que apuntan sus empeños es que se ponga urgencia al proyecto de ley de imprescriptibilidad, presentado el 2010 y actualmente en manos de la Comisión de Constitución de la Cámara de Diputados cuyos integrantes decidirán si se aprueba o no la idea de legislar sobre esta materia. El proyecto fue desarchivado en julio recién pasado cuando la atleta Érika Olivera, a sus 40 años, relató en una entrevista que fue violada de manera reiterada durante su infancia por su padrastro, a quien denunció en paralelo ante la justicia; hechos que probablemente también se consideren prescritos.

¿Cómo les ha ido en esas reuniones?
Vinka: Entregamos una carta de apoyo ciudadano con casi 7 mil firmas a representantes de los tres poderes del Estado: Legislativo, Ejecutivo y Judicial. Con el diputado Guillermo Ceroni, el ministro Eyzaguirre y con el presidente de la Corte Suprema, Hugo Dolmestch, tuvimos una buena recepción y vemos que existe voluntad para analizar el tema.
James: La entrevista con Hugo Domestch fue una muy buena reunión, nos recibió más de una hora. Fue extremadamente respetuoso, cariñoso, atento. Fue también un proceso reparador. Nos ofreció su ayuda y la disposición a armar un equipo de trabajo para avanzar en el tema.

En esos encuentros, ¿les exponen sus experiencias personales?
Vinka: No. Hacemos una argumentación global, hablamos sobre experiencias compartidas por miles de personas. Pero si nos preguntan, damos algún ejemplo autobiográfico.
James: Este no es un proceso en el que nos vayamos a ver beneficiados, no. Tampoco nos presentamos como víctimas. Damos argumentos sólidos para tratar de modernizar la justicia chilena con el objetivo de prevenir el abuso sexual, porque hay que recordar que el abusador es reiterativo. Si abusó de alguien que no pudo denunciar, o no fue capaz de hacerlo, sigue abusando de otras personas.

¿Cuáles son las ideas que están tratando de instalar?
Vinka: He trabajado como sicóloga este tema con niños y con adultos sobrevivientes. Y negar de entrada la oportunidad a alguien de decidir recurrir a la justicia es un impedimento para la reparación. En Estados Unidos y otros países del Hemisferio Norte, como Canadá, se han revisado y hasta eliminado plazos de prescripción porque efectivamente se trata de crímenes diferentes, por la edad de las víctimas. Empujar esta causa tiene que ver con la reivindicación de un derecho humano al tiempo.

¿Qué quiere decir el derecho al tiempo?
Vinka: Estos son crímenes donde las víctimas no tienen cómo comprender las vivencias en las que se han visto involucradas. Los niños entienden la ternura, pero no tienen cómo leer lo sexual-adulto ni cómo defenderse ante esa confusión, y aun para adolescentes, si el terror de ese sufrimiento está instalado, la parálisis será similar. Si no existen las condiciones para comprender que se trató de un crimen, no se puede elaborar un relato, y sin relato no hay denuncia. Las víctimas necesitan tiempo para elaborar una denuncia. Negarles eso es negar el derecho a justicia.
James: Además, hay dos factores críticos que son terribles. Uno, ese niño o niña no tiene adónde ir, adónde escapar. Depende muchas veces del adulto que lo abusa: tiene con él una dependencia material, educacional, de vivienda, de alimentos, de todo. Entonces vive en una cárcel perpetua. Y dos, no se reconoce como víctima, no logra identificar que lo vivido es un delito y quien lo cometió es un victimario. Eso, demora mucho tiempo.

¿De cuánto tiempo estamos hablando?
Vinka: Pueden ser décadas. Hasta entrada la adultez, pero hay personas que mueren sin contar. En mi caso la decisión de ir a terapia se la debo al nacimiento de mi hija, y el proceso fue lento, 12 años. Llegar a ser capaz de articular un relato frente a personas cercanas, sin desarmarse, fue cerca de los 40 años. Tenía 38 cuando publiqué Agua fresca en los espejos, alentada por Mario Pacheco, mi terapeuta, porque podía servirles a otros. Y es cierto, a mí me ayudó, por ejemplo, la voz de María José y Ángela Prieto cuando contaron que habían sufrido abuso de niñas. Pensé: si ellas fueron tan generosas y valientes de compartir su historia y mostrar que el abuso es transversal en la sociedad chilena, debía haber muchos casos silenciados y había que ir dando espacio a todas esas voces.

“La ley no puede ser tan ciega y los legisladores tan ignorantes de no darse cuenta de que el pedófilo es insaciable. No tiene reparación. A este tipo cuando se le escapa una víctima, busca otra”, dice James Hamilton.

James

TERAPIA Y AMOR
James, ¿cuánto tiempo te tomó a ti elaborar y entender lo que había sucedido y ser capaz de hablarlo?
James: Desde el primer evento de abuso, a los 17, sentí el dolor, la incomprensión, la desestructuración. De súbito una persona que es el garante del bien adapta la moralidad y la ética para su beneficio, y uno cae, y tantos otros adolescentes, porque el abusador prepara el terreno. Arma una red. Aunque tengas el instinto de escapar, es como una araña que te atrapa. En este proceso, como el otro representa la imagen del bien, vas focalizando el mal en ti; es algo muy autodestructivo. Recién cuando sales de eso, inicias el proceso de entender lo sucedido.

¿Cuándo pasó eso?
James: Me pasó de viejo. Tenía 38, 39 años. La gente dice: “pero este gallo ya estaba grande”. La gente no entiende nada, no sabe lo que pasa. Un factor fundamental fue descubrir que había más víctimas. Y ahí hay otro tema importante: la ley no puede ser tan ciega y los legisladores tan ignorantes de no darse cuenta de que el pedófilo es insaciable. No tiene reparación. Cuando se le escapa una víctima, busca otra.

¿Cómo hiciste el clic para entender que no había sido tu culpa, que tú eras la víctima?
James: Con la terapia, con Gracia García. Hice 12 años de terapia, tres veces a la semana. Necesitaba descubrir qué me había pasado y que alguien, ultra calificado, contrarrestara mi narración, que hasta ese momento era que eso había pasado por mi culpa. Ella me ayudó a reestructurarme internamente porque hay toda una estructura mental que tienes que reordenar, reconectar miles de neuronas que te vayan mostrando el mundo de manera más adecuada.

¿La reparación se la deben a la terapia?
James: Y al amor. Porque lo primero, en la raíz de todo esto, está el verme querido por alguien. Descubrirme como una persona que tenía derecho a ser querida. Eso se lo debo a mi mujer: Valerie. Cuando me veo en los ojos de ella, veo su amor, descubro que puedo ser querido. Ahora, el amor solo, no sé si logra reestructurarlo a uno internamente. Por eso hoy, en mi experiencia, creo que la terapia es un derecho.
Vinka: Es como dice Jimmy. Hay un verso que lo resume, de Gabriela Mistral: “si tú me miras, yo me vuelvo hermosa”. En los ojos amorosos de otro, y también los propios, poder verse distinto. A mí la mirada amorosa me la dio maternidad, mis hijas Diamela y Emilia. Y la terapia, que fue una tremenda ayuda. Por eso creo tiene que ser un derecho. Hoy tiene un valor prohibitivo para muchas familias y el sistema público no da respuesta; los programas de reparación tienen listas de espera casi equivalentes a los pacientes que están atendiendo, y en la salud privada, no existe cobertura para una terapia así de larga. Sin política de salud mental en el país, siquiera, ¿cómo vas a reparar un trauma tan grave que afecta a miles de niños, familias, sobrevivientes adultos? Esa es otra deuda ética del Estado de Chile.

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“Es terrible, porque cuando llegas a la justicia te das cuenta de que está llena de obstáculos. Y ahí hay otro punto: la gente que ha sido abusada se siente sola y eso te impide luchar. Por eso hoy la justicia es un camino casi imposible de recorrer para un niño abusado. Eso lo tenemos que mejorar”, dice James Hamilton.

¿Por qué afirmas que el Estado tiene una deuda ética?
Vinka: Son 26 años de democracia y el trato a los niños, veamos lo del Sename solamente, es desde el desdén, no desde el aprecio por sus vidas. En abuso sexual, el problema no es individual o de una familia, sino de la sociedad. A Chile se le ha pedido más de una vez, la última en 2015, que estos delitos sean penalizados efectivamente, que la justicia no revictimice a los niños y que se establezca la no-prescripción. Y seguimos esperando.

James, tú y los otros demandantes del caso Karadima tomaron el camino judicial. Aunque lograron que se reconocieran los hechos no hubo pena, porque estaban prescritos. ¿Qué lectura hiciste de eso?
James: Fue muy terrible porque cuando llegas a la justicia te das cuenta de que te encuentras con un nuevo obstáculo. Nuestro recorrido fue súper largo. Tuvimos un investigador excepcional y dedicado como fue el fiscal Xavier Armendáriz pero que fue rápidamente removido por el fiscal nacional. Luego esto pasó a uno de los últimos tribunales de la justicia antigua donde fue sobreseído por probable prescripción. O sea, nos fuimos encontrando con que el Estado no solo no nos ayudaba y protegía, sino que nos ponía trabas que parecían insalvables. Gracias al empeño de Juan Carlos, José Andrés y en particular de nuestro abogado Juan Pablo Hermosilla, fuimos empujando esto a veces sin esperanza de que la justicia llegara. Hubo que generar remezones públicos, en entrevistas como la de Tolerancia Cero o en opiniones muy duras a veces contra la Corte Suprema, para que la misma corte en un momento decidiera nombrar a un juez en visita.

Era como para darse por vencido.
James: Sí. Te sientes desamparado. Además, que hay otro punto: la gente que ha sido abusada se siente sola. El gran factor que a nosotros nos ayudó fue entender que habíamos sufrido el mismo proceso; que había muchas víctimas. Eso te da fuerza. Pero cuando estás solo, esa soledad, la falta de energía, el dolor te impide tener la capacidad de ir a enfrentar y luchar por justicia. Entonces hoy en día es un camino casi imposible de recorrer para una niña o niño abusado y eso es lo que nosotros tenemos que mejorar.

“He escuchado tantas historias de víctimas y sobrevivientes, y es inevitable el juramento interno: que nadie más lo viva, que esto se extinga y que seamos los últimos de esta tribu”, dice Vinka Jackson.

PRÓTESIS PARA EL ALMA
¿Por qué decidieron llevar la bandera de impulsar el cambio a la prescripción, si este no los beneficiará?
James: En mi caso esto es full vivencial. Porque yo viví tortura. Cuando se afirma que los abusos sexuales a menores son crímenes de lesa humanidad, como ha señalado un informe de Naciones Unidas, lo entiendo con el corazón, con el alma, con todo.

Empatizas con los niños que están en esa situación.
James: Cuando uno ve que un niño del Sename se suicidó, no es solo por problemas familiares o de pobreza. Es por el desamparo y la soledad porque, puedo asegurar, ese niño o niña ha sido abusado. Agregado a esto hoy tienes un Estado que no te protege. No te ayuda. No te escucha del punto de vista legal. Entonces es una doble tortura. Mi motivación tiene que ver con la empatía con el otro que sufre. Y también con la protección de mis hijos. Porque seguir así es aprobar esta especie de protección cultural del abuso.
Vinka: La prescripción al único que le sirve es al abusador. Perpetúa la dinámica de sometimiento y ese es el mensaje que las víctimas reciben: ¿quién va a creerme?

Y en tu caso Vinka, ¿qué te motiva a implicarte en esta causa?
Vinka: El amor por la vida, la rebelión desde ahí, porque veo a los niños, a mis hijas. Ningún ser humano que llega al mundo y está creciendo debería sufrir ni ser desprotegido. He escuchado tantas historias de víctimas y sobrevivientes, y es inevitable el juramento interno: que nadie más lo viva, que esto se extinga y que seamos los últimos de esta tribu ojalá, que de una vez cuidemos a los más indefensos, que nos cuidemos todos.

Por qué usas el termino sobreviviente de abuso, ¿Esa es la sensación? ¿Cómo si hubieras sobrevivido a una guerra?
Vinka: Sobreviviente es la palabra universal. Pero sí, también se siente como una guerra. De niña vi un reportaje sobre Hiroshima y mostraba la imagen de una mujer y un caballo desollados; nunca lo voy a olvidar. Yo tenía unos 8 años, y así me sentía.
James: El abuso se vive como un ataque inexplicable. Es como una explosión que te ocurre dentro. Una explosión interna. Un desgarramiento.
Vinka: Hay niñas y niños que terminan muertos por el abuso sexual. Estamos viendo hoy mismo cómo la violencia sexual cobra vidas. Pero cuando las víctimas sobreviven, siempre existe la posibilidad de sanar. Se necesita tiempo sí, y verdad. Y un círculo de cuidado, con gente amada y todo el colectivo, para poder reescribir la historia, “recuperar los derechos de autor” sobre la propia vida, un término que se usa mucho en terapia.
James: Ahora, yo creo que ser sobreviviente sí equivale a ser feliz. No significa que quedaste mutilado a perpetuidad. Puedes ponerte prótesis en el alma para poder caminar. Ser sobreviviente significa que, a pesar de la destrucción interna, los seres humanos a base de amor y justicia tenemos la capacidad de sanarnos los unos a los otros. Solo no se puede. Nadie sobrevive a un desgarro así, solo.

Fuente: Entrevista en Revista Paula 05/11/2016