Súplica responsable

“Recuerdo mi niñez, cuando yo era una anciana”. Alejandra Pizarnik (poeta argentina).

Constancia en pedir que se escuche a los niños –con especial énfasis en los más pequeños y con menor repertorio lingüístico-. Que les prestemos atención, que los acojamos, que les demos tanto amor como crédito, que los cuidemos y respetemos, y seamos sensibles a sus ritmos, tamaños, necesidades, malestares, derechos, sueños.

Constancia en recordarnos sobre la credibilidad de los niños, su tendencia a callar o minimizar eventos más que a exagerarlos, especialmente cuando se trata de experiencias disruptivas, conflictivas, difíciles de comprender (o siquiera nombrar) como el abuso sexual, el incesto.

Pocos niños prescolares saben que existe, o qué significa “abuso” (o “democracia”… hay nombres difíciles, traigan o no una emoción asociada). Pocos niños, algo más grandes, usarían la noción “abuso sexual infantil” (ASI). Quizás algún adolescente, y sólo quizás.

Antes de juzgar los testimonios de los niños, especialmente los más pequeños, escuchemos, conozcamos un poco más.

Si los niños callan, si su voz no llega a ser tomada en cuenta como es preciso, si llegara a haber confusión o error inclusive, generalmente es debido a acciones de los adultos: la forma de escucharlos, de recoger una historia, de responder nosotros.

La responsabilidad es nuestra, siempre de los adultos: de los propios padres y madres, de profesionales y cómo hacen su trabajo, de la justicia, de los medios, del país donde vivimos y que construimos (o dejamos decaer) entre todos. Aunque no tengamos vínculos con la autoridad o el gobierno o el hacer público, todos votamos, somos ciudadanos, convivimos unos con otros, estamos atentos o distraídos. Como sea, para bien y para mal, estamos juntos en esto.

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Para quienes juzgan falsedad en lo que dicen los niños o creyeron sus familias, pausa por favor.

En el ASI, algunos niños develarán lo vivido desde la urgencia de auxilio, el miedo y la desesperación. Otros, si han sido escuchados y cuentan con herramientas entregadas por sus padres, quizás recurran espontáneamente a ellos, o sus hermanos, para compartir una experiencias. Muchos niños podrían, sin intención de hablar, hacerlo casi de modo casual, al pasar: señalando algo a sus padres, o a un hermano mayor, o a sus cuidadoras, apenas un evento o una frase que puede ser la primera seña de un relato que no podemos predecir si se completará en corto tiempo, o en meses, a veces años.

Los niños pequeños pueden desplegar una inocencia sobrecogedora al describir eventos y actos que a nosotros los adultos pueden dejarnos temblando, pero que ellos –los niños- no sabrían definir como “abuso sexual” o siquiera como “mal trato”, o algo incómodo, no debido, “que hace sentir mal” (ni eso podrían decir). Sus sistemas nerviosos y su escasa madurez no permiten decodificar la experiencia en esos términos, y menos reconocer intenciones subyacentes a acciones con un pulso sexual adulto

Por ejemplo,  alguien puede poner crema o talco a un niño en su zona genital o anal solamente para prevenir o sanar una cocedura, y alguien más pudo haberlo hecho con dolo y la velada intención de lograr una satisfacción sexual…  una mayoría de los niños tendrá dificultades para reconocer la diferencia entre situaciones (si han sido en un contexto no intimidante) y bien podría darse que el relato de eventos no difiriera demasiado en tono: tanto para un acto inofensivo como para un acto abusivo. Las distinciones dependerán de los adultos.

Poder realizar distinciones y precisiones a fin de lograr un diagnóstico acabado, requiere de una serie de datos y observación de síntomas acompañantes que permitirán, en conjunto, reconocer y calificar una situación como ASI o limítrofe (de riesgo), o descartarla (ojalá fuera siempre el caso). Esta tarea es de los especialistas, no de la familia y ni siquiera de los educadores en relación cotidiana con los niños, aunque familias y docentes sí tienen responsabilidad en el cuidado, la atención y la prevención. Pero ante la necesidad de verificar o descartar el abuso, se necesita una distancia que ayude a mirar hondo. Se necesita hacerlo bien, y esto toma tiempo. ¿Cómo no vamos a querer saber con exactitud?

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Los niños pequeños hablan y relatan sus historias sin “intención”, sólo son, y los adultos debemos escuchar y situar en contexto. Si fallamos en evaluar la experiencia, podemos fallar también al concurrir en guía o en auxilio. Y asimismo comprometemos la posibilidad de que exista justicia.

Antes de suponer mentiras (y por ende, intención), recordemos que los niños pequeños hacen un relato desde lo que han vivido (sin signo ni juicio): desde la experiencia directa, o desde lo que los adultos que lo rodean, asumen y/o han resignificado de la experiencia del niño. No hay dolo en los niños pequeños.

Si en un relato infantil fuera comprobada una discrepancia o un  “falso testimonio” (puede ser en niños de más edad, rara vez un prescolar), preguntémonos  ¿qué pudo causarlo, qué pudo haber ocurrido, qué adultos acompañaron a ese niño?

Estudios en diversos países señalan que los índices de “falsos positivos” en ASI están entre el 1-4% (y no, no da igual cuando se juega la inocencia y la vida de personas).  Una reconocida investigación de la Universidad de Cincinnati afirmaba que el testimonio de un niño es mucho más confiable que el examen físico (generalmente realizado de forma extemporánea).

Se compararon los relatos infantiles con las confesiones de 31 pedófilos condenados (es decir, culpables del abuso sistemático de niñ@s y/o adolescentes; no se consideran el incesto o abuso sexual intrafamiliar sin el componente de la compulsión y de la conducta ininterrumpida de acoso/agresión sexual del adulto hacia el niño/a). 101 delitos en total.

El índice de coincidencia exacto de los relatos (de niños y condenados) fue de un 68%. Exacto, reitero. A esta cifra se suma un 26% de coincidencia casi exacta y vamos en 94%. Si la coincidencia en este tramo no fue exacta, según lo informado por los investigadores, se debió única y exclusivamente debido a la no admisión de penetración genital/anal de parte de los ofensores quienes declinaron confirmarla por cuanto habrían aumentado significativamente sus condenas y años de cárcel.

El estudio señalado es sólo un marcador que puede servir para guiarnos en un territorio que casi siempre se siente en penumbra; que por décadas no ha querido ser visto, y que aún hoy en día genera conflicto, dolor, pudores y contradicciones en muchas personas. Estigma. Los adultos que develan abusos sexuales vividos en la niñez han vivido esa sensación de muralla ciega, sorda y muda. Los niños abusados y sus familias, también, aun en este siglo y milenio.

¿Para qué repetir, si es claro que no me creen? Esa lógica inexorable de los niños: los adultos nos quedamos sin nada. Nada que justifique la crueldad de repetir hasta des-creer, hasta que la víctima se agota, se rinde, enmudece, no quiere saber más.

A los cuatro años de edad, los niños deberían estar jugando. Los adultos deberían recoger su voz e historia, y hacerlo bien, desde el niño, “en cuclillas”, modulando y separando nuestras propias creencias, posiciones, intenciones y/o emociones.

Es nuestro fracaso que un niño o niña que ha develado ASI, no sea protegido. Es nuestra derrota y complicidad si ese niño/a se rinde por tener que que responder  cuatro, seis, nueve veces, las mismas preguntas, desde el mismo cuerpo, las mismas terminaciones nerviosas donde fueron registradas agresiones que ahora vuelven a doler y asustar como si ocurrieran en tiempo presente, una vez más.

Asimismo, es nuestra responsabilidad si niños que NO vivieron abusos son involucrados en un proceso judicial, desde la prisa y la insuficiencia de tiempo o de antecedentes con que respaldar una querella. Esos niños también serán víctimas.

Y es nuestra también la tragedia de los niños que no llegarán a hablar porque observando al mundo adulto, no sienten confianza en que podremos concurrir y protegerlos, no sólo del abuso, sino de la revictimización judicial, de la exhibición en los medios, de todo lo que es exceso, menos en la empatía y responsabilidad para con los más pequeños.

Por último, aunque parezca más lejano (y no lo es) compartimos el fracaso colectivo que significa la demora en nuestro país, luego de 24 años de democracia, el que los niños no cuenten con una ley de protección integral. Esta no ha sido, ni es todavía una nación buena y justa con sus niños. Las buenas intenciones y titulares con mensajes genéricos no bastan. Leyes y recursos, acciones desde la educación, voluntad encarnada: eso sí hace falta.

Si se pierde la oportunidad de hacer justicia en el abuso sexual infantil, o si se encarcela a personas inocentes, no es resorte de los niños. Son los adultos. Somos. Todos.

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Vuelvo a los niños. A la credibilidad con ellos, que no es condicionada. No tengo elenlace a mano pero nunca olvido un estudio vasto en UK donde se observaba remisión del 50% de los síntomas de estrés post traumático en niños abusados sexualmente, sin terapia alguna (no todavía en ese momento), a 6 meses de ocurridos los siguientes 3 hechos: el niño/a pudo hablar de lo que estaba viviendo, al menos una persona escuchó y le creyó, y el abusador fue separado inmediatamente de la vida de ese niño/a.

“Yo te quiero, yo te escucho, te creo”. Escuchar, acoger es siempre,  aun cuando el relato infantil parezca confuso, o bien, todo lo contrario: aun cuando parezca altamente estructurado y cargado de palabras o nociones que son improbables en los niños, pero sí probables en los adultos. Entonces la pregunta es si  ese niño/a habla desde su sola experiencia y su más íntima voz, o desde los mensajes que ha asimilado de su entorno.

Más de una vez, lamentablemente, un relato de abuso podría contaminarse y hasta construirse a partir de preguntas, proposiciones o sugestiones de los adultos. No obstante la mejor intención, el peligro está en mellar para siempre la posibilidad de conocer la verdad sobre si un pequeño vivió o no una experiencia de abuso sexual (o quién fue el verdadero responsable), y en la posibilidad, asimismo dolorosa, de dejar un registro incierto en la memoria del niño: la duda o la convicción sobre un trauma que no fue, pero que de todos modos pasará a formar parte y herida de la biografía de ese ser humano, hasta el fin de sus días

Si hay confusión, si hay error, si hay contaminación en los relatos infantiles, esto se origina en una intervención adulta. A veces, nos juegan en contra la desmesura, la imprecisión, el impulso.

Si un proceso judicial termina arrojando luz o no, siendo justo o injusto o no concluyente, la responsabilidad no es sólo del “sistema”: también será resultado del rigor o desprolijidad de actores adultos determinantes. Siempre adultos. No los niños

Las faltas pueden ser cometidas desde el amor y la angustia sincera, o desde la furia, la desprolijidad, el ego, el exceso de soberbia o la demora, la indiferencia, la trampa (los “resquicios” de la ley). Pero seamos claros: son todas faltas de la adultez.

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Volvamos a la develación, al diagnóstico, a cómo se dio y a cómo se recibió el primer relato de un niño o niña. Los actos de los adultos: todo comienza en el diagnóstico.

La evaluación del ASI es de la mayor importancia y exige que los parámetros para examinar la experiencia posible, y para realizar preguntas a los niños, sean definidos y utilizados con extrema delicadeza y rigurosidad, ojalá desde un solo profesional, un criterio coherente y estable.

Generalmente los niños se expresan con mayor facilidad en espacios adecuados a sus necesidades de contención y seguridad para cada edad,  y ojalá en presencia de personas queridas (en EEUU incluso se ha considerado que puedan dar testimonio en brazos de su mamá, siempre y cuando ella no sea parte del sistema que permitió el abuso). Para una mayoría de niños y niñas será una situación nueva conversar con un psicólogo (o un médico, o un abogado); es sólo esperable que tome tiempo establecer un vínculo y atmósfera que permita la confianza y expresión (hablando, dibujando, jugando).

Habrá casos donde tal vez baste una o dos instancias para lograr definir lo que ocurre con un niño. Sin embargo, es muy frecuente que sean necesarias varias sesiones (4-6) para acopiar información suficiente – del niño, familia u otros cuidadores que puedan aportar antecedentes- antes de poder entregar un diagnóstico concluyente de ASI o de su inexistencia (ojalá). En un gran número de casos habrá diagnósticos no concluyentes y/o revaluaciones necesarias luego de un período.

Stephen Ceci, psicólogo norteamericano que se ha especializado en investigar el testimonio, la entrevista forense, y la sugestionabilidad de los niños, ha señalado que los relatos más veraces y completos suelen ocurrir desde el pedido de auxilio inmediato y urgente (ante una situación inequívocamente amenazante para ellos) o bien meses después de la primera develación y/o evaluación.

En ambos escenarios, la mayoría de estos recuentos de todos modos incluirán elementos fantásticos, en conjunto con los eventos reales descritos. Asimismo, Ceci ha sido claro –como muchos otros expertos en pericia psicológica y entrevista forense- en requerir de los entrevistadores y/o profesionales cercanos a procesos de denuncia por abuso, máxima precaución en evitar inducción de respuestas infantiles y contaminación de los relatos (hablados o gráficos).

Los niños perciben su mundo mucho más de lo que pueden “traducir”: sienten las expectativas y/o ansiedad de los adultos (en su voz, tono, gestualidad) e instintivamente –porque se les juega el cuidado y supervivencia en la aceptación y acogida del mundo adulto- tenderán a “complacernos” o a “protegernos”.

Lo anterior puede implicar que algún niño termine admitiendo un abuso que no ha ocurrido –si las preguntas de los padres o un interrogador señalizan los hechos como ciertos y a un “culpable” de antemano- , o negando un abuso que sí haya sido real (al darse cuenta del nivel de conflicto y dolor que la admisión del abuso pueda traer en el hogar o su colegio). Por otro lado, la sugestión podría también actuar si a un niño se le dice que otros pequeños cercanos a él –por ejemplo primos o compañeros- han vivido una determinada situación. No podemos olvidar el elemento instintivo de no querer ser excluido de experiencias grupales, así estas sean dolorosas (y es probable que los niños no vean signo negativo en la experiencia).

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Hemos insistido, pedido, advertido, casi rogado, que padres, parientes, educadores, cuidadoras y otras personas vinculadas a los niños, no intenten realizar por su cuenta, diagnósticos de ASI -o aportar a un caso queriendo ahondar en conversaciones con el niño/a-. Se puede hacer más daño que nada. Dejemos la tarea a quienes cuentan con los conocimientos y las horas de vuelo, la formación y la ética de cuidado necesaria para conducir el proceso criteriosamente, velando por nuestros hijos y por sus familias y escuelas también.

Los niños que sufren experiencias sexualmente abusivas son víctimas, pero asimismo sufren, o son co-víctimas quienes los cuidan, los quieren, y las comunidades educativas (jardines, escuelas) a las cuales pertenecen: espacios donde habitan más niños, niñas y adolescentes a quienes tomar en cuenta. Ell@s se conduelen por su compañero/a, y también, por ver que su escuela es tratada como cámara de tortura, poco menos, por medios de prensa y/o profesionales vinculados a las investigaciones judiciales de ASI.

No olvidemos nunca que todo entorno del niño participa de la reparación del trauma. El abuso no se supera en soledad, ni es resorte exclusivo del terapeuta o de una familia: es con los otros, en humana comunidad. Si se daña a la familia o la escuela de un niño/a, se le daña a él/ella también. Hay que tenerlo presente.

Mucho se insiste en que los profesionales responsables de atestiguar, dar cuenta y/o evaluar el ASI deben ser personas que tengan el interés superior del niño como absoluta prioridad. Esto involucra ser capaces de defender el tiempo y clima necesario para contener al niño (sin apurarlo ni presionarlo) y poder “escuchar” su voz, lo que dice su cuerpo, sus silencios también. Esto involucra, asimismo, contener y orientar a los padres, familias, adultos cercanos al niño, para que acompañen el proceso al ritmo del niño. Es entendible que la incertidumbre sea un dolor enorme para los padres, pero mayor dolor será la duda sobre si el diagnóstico de ASI es o no preciso sólo porque no pudo ser conducido con calma y competencia.

Pausa para observar, para escuchar claves verbales y no verbales, seleccionar las propias palabras para permitir al niños expresarse en sus términos, no a los nuestros. Cuidar también el silencio y serenidad profesional para poder mirar.

La sintomatología en el ASI -a no ser que el niño/a presente lesiones físicas inequívocas y/o que exista una narrativa clara sobre abusos infligidos-, puede ser vasta y diversa. Los síntomas observados –emocionales, de alteración de rutinas, de desempeños escolares, de relación con lo corporal, etc- articulan una suerte de “voz” que desacata al silencio y compensa por la escasez de palabras de los niños. Pero esa voz profunda, orgánica, tanto puede estar dejando ver una amenaza latente de trasgresión o una vulneración ya ocurrida, como también podría expresar un reclamo o malestar por otros eventos estresantes para el niño/a.

Discernir voces y constelaciones de signos sobre lo que han vivido los más pequeños, es un trabajo para el que se requiere preparación y neutralidad (de una forma que es imposible para uno, como mamá o papá, en situaciones que nos comprometen vitalmente porque se trata de nuestros hijos).

Adicionalmente, tal cual las familias o personas cercanas al niño no deben sentirse responsables de realizar diagnósticos psicológicos ni médicos, tampoco deberían sentirse responsables de intervenir como entrevistadores forenses y realizar interrogatorios que no solamente podrían contaminar testimonios de forma irreparable (para efectos de una demanda judicial, por ejemplo), sino que también exponen a los niños a experiencias de victimización, por inexperiencia e ignorancia en cómo presentarles las preguntas.

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Quienes somos madres y padres sabemos que preguntar a nuestros niños pequeños simplemente por su día en el jardín puede ser un ejercicio no exento de imprecisiones.

Preguntar en una sola secuencia, si lo pasaron bien, se “portaron bien”, o se comieron la comida y el postre, puede ser confuso (con ellos hay que ir de lo muy genérico a lo particular, primero si están contentos, luego otros puntos y por separado: primero preguntamos por la comida principal, luego preguntamos por el postre, o el vaso de leche, la siesta, o si jugaron con tal o cual compañero).

En numerosas ocasiones, nuestros pequeños revolverán personajes y/o eventos de distintos días y semanas, u olvidarán compartir información que para nosotros podría ser preocupante (un compañero los mordió o les pegó mientras jugaban, y están los dientes marcados o los moretones para probarlo) y no así para ellos. Muchos padres recabamos mayores antedentes gracias a la libreta diaria, correos con el jardín, o preguntando directamente a las educadoras/es sobre situaciones específicas.

Cualquiera sea la situación (más, si es de riesgo o traumática), no es llegar e interrogar a un niño. Ahora, si un niño quiere hablar con un adulto en quien confíe, es importante crear un clima para acogerlo y agradecer su confianza, siendo cálidos y serenos, sensibles a sus ritmos y a su capacidad de interés y atención/concentración (por ejemplo en niños de 3 años esta llega a 15 minutos máximo, de 4-5 años a unos 20-25 minutos, y 6 a 10 años, 30 a 45 minutos), permitirles expresarse (las preguntas abiertas y genéricas ayudan), y también darles posibilidad de cansarse y retirarse, decir “hasta aquí” (de otro modo, un niño puede terminar respondiendo lo que sea, o lo que él piensa que queremos que responda, con tal de dar por terminado el interrogatorio).

También se deben conocer bien las restricciones y posibilidades del lenguaje a cada edad ya que los niños, además de estar aprendiendo, muchas veces usan las palabras de forma distinta a la nuestra (por ejemplo, es sabido que verbos imprecisos y abarcadores como “tocar” deben ser evitados. En Chile, se usan con demasiada frecuencia. ). Otras consideraciones pertinentes dicen relación con  el estado emocional y físico de cada niño en particular (a veces el sueño o un dolor de guatita basta para interferir la comunicación).

Si los sentidos toman tiempo para formarse (la vista, por ejemplo, no termina de desarrollarse hasta los 9 años), si los niños no antes de los 5-6 años pueden comenzar a comprender la pregunta “¿cuándo?” y a establecer un sentido de orden temporal (en días de semana, y en mañana-noche, o “antes de- después de”) o de espacialidad (y es común que se mezclen hogares y otros lugares, en el relato de un evento), o si en el período prescolar, aun cuando exista recolección y memoria, es difícil el acceso a ella, no podemos pretender que los peques respondan a series de preguntas, o francamente interrogatorios  conducidos sin preparación y, a veces, más determinados por nuestro criterio adulto, que por consideraciones pertinentes al nivel de madurez y características únicas de cada niño/a.

La comunicación y atención para con nuestros niños es cotidiana, y cuando estamos en sintonía con ellos, todo va sumando y aporta a nuestra percepción sobre su bienestar o incomodidad: los más sutiles giros en la frecuencia de sus sonrisas, en el disfrute de un alimento favorito, en silencios luego de ir a jugar a la plaza.

Si notamos que están inquietos, asustados, tristes, ausentes, por los motivos que sean (y no solo sospecha de ASI, por favor), trataremos de explorar por qué, y contemos con ayuda si la situación escapa a nuestra capacidad de llegar a conclusiones inequívocas sobre qué sucede y qué cursos de acción tomar.

Si tenemos la sabiduría, generosidad (pensando en nuestros hijos) y modestia de reconocer la necesidad de guía o apoyo de terceros, tratemos de ir con calma también al elegir a nuestros compañeros de camino –médicos, psicólogos, abogados, psicopedagogos, etc-. Estas elecciones pueden sumar o restar al cuidado que queremos prodigar. Son determinantes.

Pensemos en los niños y en su interés superior, su dignidad, observando el cuidado que los profesionales profesan de modo consistente, por cada niño y niña (únicos), y por su presente y futuro. Si no nos sentimos confiados, si no observamos máximo decoro y delicadeza por nuestros niños, entonces no es el profesional indicado.

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En procesos de evaluación y justicia vinculados al ASI, cada paso fortalece o debilita el siguiente, y todo tiene una incidencia en la posibilidad de reparación presente y futura. Cada acción, cada interacción, es una intervención que favorece (o mengua) ese camino.

El cuidado ético es primero para el niño o niña que vivió el abuso, pero también debe alcanzar a sus familias, y al tejido íntimo de la experiencia (un abuso o sospecha de este, es algo inmensamente complejo y frágil). La seguridad, la privacidad –no el secreto, pero sí la intimidad nuevamente- es indispensable para vivir procesos de duelo, reparación, justicia y el regreso a equilibrios necesarios para continuar la vida, y sobre todo, para que la niñez vuelva a su cauce después de una experiencia de abuso sexual.

No basta con hablar de “alumna de equis jardín o escuela” o usar iniciales de los nombres de las víctimas: nada ni nadie debería exponer su identidad, menos utilizar  a los medios como apoyo a una causa sin considerar las repercusiones que podría tener para un niño/a o su familia, o para procesos judiciales y de reparación terapéutica.

No es eludible la pregunta ética sobre el proceder de los profesionales que están supuestamente para ayudar y orientar a las víctimas. Tampoco, la pregunta acerca de las consecuencia que puedan tener entrevistas de adultos (mamás, parientes, abogados del caso) o la información que comparten a los medios, o que éstos, por su cuenta, deciden compartir, sin medir daños (a veces, expedientes completos), . Procesos traumáticos no deberían ser expuestos a la prensa, como tampoco los procesos de justicia y búsqueda de reparación. Estos son hilados de experiencia que merecen el mayor cuidado.

Luego están nuestras expectativas o posiciones personales como adultos. Los propios padres y madres cuentan que profesionales acompañantes, con la mayor pasión por la justicia (no sólo abogados, sino psicólogos),  los han apresurado en la denuncia, o han recurrido a argumentos como que se debe apresar al abusador a como dé lugar (aun a costa de mayores penas del niño, o de exceso de pericias), o se dice a los niños que el destino del abusador depende de ellos (los propios niños) y que si no hablan “entonces no habrá castigo y más niños podrían ser abusados”. Esto,  a fin de contener y “preparar” a un niño para jucios orales.

Como si el abuso sexual no hubiese sido suficiente, como si ver a su entorno malherido no lo fuera, o tener que pasar por múltiples instancias de indagación, y terapia de contención. Por si todo lo anterior no bastara, el golpe de gracia lo pone sobre la espalda de los niños, alguien que se supone debía velar por ellos.  Alguien que debía saber que “preparar” a un niño no es un proceso argumentativo o de inducción de respuestas según las propias creencias u objetivos.

“Preparar” es habilitar aplomos y resiliencias, ayudar a restaurar cuidados, a sentirse mejor, más fuerte en general, más confiado en que se es tomado en cuenta en los propios ritmos y necesidades, y es también abrir caminos para que el cuerpo recobre algo del gobierno arrebatado por el abuso. Podría seguir. Pero vuelvo al cuidado, una y otra vez. No hay brújula más honesta que esa.

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Cuidar en todo momento. Cuidar al observar, al escuchar, al conversar con nuestros niños, al acoger sus verdades. Cuidar cuando elegimos quienes los ayudarán. Velar porque denuncias, procesos judiciales, reparación terapeútica, cada centímetro de recorrido, respete el principio de que el amparo y bienestar de los más pequeños es prioridad.

Cuidarlos también de nosotros, de nuestro ahogo, nuestra tristeza, nuestra desesperación. Protegerlos desde el amor y la ternura, no desde el arrebato o el pánico (y es difícil, pero somos los grandes). Protegerlos del arrebato de otros adultos, de la precipitación en sumar víctimas, antes de dilucidar responsable y completamente las experiencias y los hechos.

Cuidar la infancia, los tiempos de juego (que deben seguir existiendo en toda situación), de risa y danza, de aprender cosas nuevas, de lectura de cuentos, de prodigar cariños. Caminar paso a paso y con calma, sin apuros, pero con tenacidad, al son cotidiano de la niñez, para que pueda retomar su camino. Y tener también compasión y cuidado para con los adultos cercanos al niño/a. No hay contención ni reparación viable si los adultos no están en condiciones de acompañar a sus niños de forma sólida y vital.

Por los niños, es indispensable que los adultos que los aman y cuidan, también sean tratados éticamente, con respeto a su integridad y con sensibilidad para alentar -y no pulverizar- recursos parentales, de pareja, individuales, todos los que se puedan.

Para movilizarnos y comprometernos en un recorrido difícil junto a nuestros niños (por ejemplo, una denuncia por sospecha de abuso o maltrato), no necesitamos que nos demuelan, aterroricen o amenacen. Se necesita templanza, mesura, exactitud en los pasos que damos. Y si durante el proceso nos sentimos desorientados, confundidos o cometemos errores, no podemos pensarnos “cómplices del mal” o casi criminales, como se ha acusado a familias o a comunidades educativas en nuestro país, de un modo insensible e irresponsable, por parte de ciertos voceros, organizaciones o activistas.

Los padres y madres somos humanos que aun falibles, igual nos levantamos y nos exigimos más, y más. Y todavía otro poco más, cuando se trata de proteger y estar presentes para nuestros hijos.

El compromiso con el abuso sexual infantil y la capacidad de respuesta para prevenirlo, detenerlo, repararlo, y devolver así a un niño al curso digno de su infancia, pasa por estar muy conscientes de las consecuencias de las elecciones y actos que desencadenamos como adultos: si sirven impecable y claramente al propósito de proteger a niñas y niños, qué bueno.

Si otras motivaciones o sentimientos tiñen nuestro accionar –nuestra propia herida, nuestro instinto de revancha más que de castigo en justicia, nuestra impaciencia e impulsividad, nuestras agendas personales o políticas-, ojalá podamos sincerarlo cada uno conisgo, y enmendar rumbo a tiempo. Aquí se trata de los niños, no de nosotros o nuestros itinerarios… o del oportunismo, y esa dañina turba del alma.

La turba no lleva en su esencia más que ira y nuevos saqueos sobre otros escombros. Ella no tiene piel suficiente para ser constructiva, o contenedora; todo lo contrario. No querría a mi hija, ni a ningún niño, observando o recibiendo esa energía excedida y muchas veces violenta –en gestos, palabras, acciones- que se deja sentir del mundo adulto cuando se habla de abusos. ¿Qué bien podría hacerles, qué regalo o fuerza podría venir de ahí para sus vidas…? ¿qué coherencia puede haber en condenar la violencia a los niños, usando el mismo arsenal (la violencia que sea: física, moral, verbal)?

Confieso que el campo minado es personal, y me asustan (un miedo profundo y anciano, recordatorio de tiempos indecibles) las acciones de la prisa y la furia, de las palabras incendiarias, o del mesianismo. Aunque vengan con la mejor intención de salvar al mundo.

La energía de la violencia es hebra también en el abuso sexual, y pavoriza, venga en nombre de quien sea y de la causa que sea. Y como escribía no hace mucho en un ensayo que no se publica todavía, antes me clavaría yo misma al incesto nuevamente, que permitirme a causa de éste, más violencias o crueldades, o injusticias sobre otros

No hablo solo desde mi voz. Conozco a estas alturas de mi vida a suficientes padres, madres, víctimas y sobrevivientes de abuso sexual infantil, como para poder expresar que la energía que moviliza, sana y permite la reparación de un niño (y de su entorno), es la templanza y el amor, el paso preciso y no atropellado.

No es que no exista el dolor, ni que lo neguemos por un instante. Es tremendo: para el niño y para su familia y entorno. Conocer del abuso de un niño o niña es devastador. Para su mundo completo: profesores, escuelas, y sobre todo para sus familias. Madres, padres, ahí detona una bomba y sí: hay desgarro, confusión, rabia, impotencia, sentimientos demoledores, pero es tan urgente, tan inmediata la necesidad de actuar y responder y proteger al niño/a que ha sufrido, que de verdad una gran mayoría de los padres/madres y adultos cuidadores no gastarían ni un gramo de fuerza vital en propagar odios, jurar cruzadas ni declamar arengas (o dar entrevistas). Toda su fuerza la necesitan para acompañar amorosamente a su hijo o hija.

No hay olvido de la justicia (ni por un momento), y por supuesto que es un norte la separación y sanción del responsable de los abusos, pero no a costa de la negligencia o el descuido del corazón de los niños, de su vulnerabilidad.

Reparar es devolverlos a su salud e integridad, a su confianza en una comunidad adulta que cuida, en una vida que puede ser buena. La atención es en todo momento, en la gran gesta, y en los pequeños detalles. En lo que decimos y hacemos. Cada acto y palabra. Las palabras cuidan, aportan a la reparación. O pueden posponerla y corromper su curso benigno.

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En un seminario del cual participé hace algunas semanas, escuché a un abogado muy lúcido compartir el relato de una situación de denuncia de abuso en regiones, en un curso de un colegio determinado.

En menos de una semana, por un efecto de irrefrenable miedo colectivo (humano, entendible, pero que no puede ser abandonado a su suerte y fragilidad), había más de 35 denuncias –o informaciones de sospecha o posible abuso- lo que es estadísticamente impensable a no ser que nadie, absolutamente nadie, hubiese supervisado o siquiera existido en la superficie de ese colegio. Ese miedo, primigenio, parental, no es “histeria” como se dice casi peyorativamente. Es miedo. Y sin necesidad de negarlo o sofocarlo por la fuerza, sí necesita guía y cauce.

El abogado nos advertía sobre el riesgo -entendible, pero necesario de prevenir- en la sugestión y la prisa de muchos adultos –apoderados, educadores, profesionales- por obtener información de los niños y verificar, como fuera, si estos habían sido vulnerados o no. La espiral, como un tornado, del dolor (la pérdida). El resultado: todos sentían –niños y padres- que bien podían haber  vivido abusos o “algo cercano” y emergieron relatos de todo tipo asociados a esa sensación. Y junto a los relatos, la victimización posible: la experiencia difusa o inexistente, enraizada como recuerdo e historia de vida, o como duda del cuerpo y del alma (“¿y si…?”) a perpetuidad.

Otra niña a quien una compañera (ambas de 7 años) le hizo una broma señalando y nombrando su zona vaginal como “chichi”, le dijo a su madre que eso era ilegal y un abuso y una “violación” (así se lo informaron en su colegio, profesionales que trabajan en prevención). Otro pequeño rasguñó y agredió fuertemente a un compañero (ambos prescolares) porque accidentalmente tocó sus “partes privadas”, y la instrucción de su padre había sido responder atacando a cualquier situación de esta naturaleza.

Otros niños y niñas oyen que se está “a la caza de pederastas” y hacen crisis –interfiriendo con su reparación- porque aun no siendo “pederastas” (lo que implica la presencia de una parafilia), sienten que esas persecuciones podrían ser desatadas contra sus padres o abuelos que cometieron incesto (otro fenómeno dentro de la temática del abuso sexual infantil, sumamente complejo por su vinculación con afectos que no es llegar y congelar). No es de extrañar que los niños se retracten de sus testimonios, o que pequeños que podrían estar desesperados por pedir auxilio, no lo hagan debido a lo que escuchan (o leen).

Me preocupa escuchar, una y otra vez, cómo todo llega a los medios, se expone a los niños, las propias familias, a las comunidades educativas -con más estudiantes, profesores, familias- y es imposible respirar así, consolar, avanzar un paso. Antes de que trabaje la justicia, se aventuran sentencias, se condena a sospechosos, imputados e inclusive a quienes piden calma en estos procesos, por el bien de los niños.

La sospecha muta en realidad, y de una denuncia por posible abuso en menos de tres días -sin investigación mediante- ya los titulares dicen “van tantos niños violados en escuela ….”. La generalización, las frases heroicas, y tanta palabra vacía y estridente.

Se hermanan categorías, sinónimos absolutos, el mundo agrietado (“estás con las víctimas, o contra ellas”) y todo es violación, todo es pedofilia, daño y sólo daño (sin dejar aire para futuros procesos de reparación).

La mayor inmisericordia es para con los niños víctimas (expuestos sus cuerpos, sus historias), y también para sobrevivientes ya adultos de abuso sexual infantil que varios colegas estamos recibiendo en estado de crisis, cada vez que ciertas personas aparecen opinando o actualizando el estatus de denuncias de ASI en los medios, y arengando a la ciudadanía desde la furia que jamás será igual a la indignación ética. Esa sí debemos sentirla, es justa y tiene espacio en ella, también, para construir y transformar.

Son muchos los ejemplos de cómo se reacciona en tiempos de desconcierto y temor, y aunque podamos comprender la fuente de nuestros comportamientos (y a veces, errores), debemos como adultos preguntarnos sobre qué estamos creando o destruyendo con nuestros actos, y qué nuevas victimizaciones, de orden psicológico o emocional, corremos el riesgo de dejar como huella en quienes justamente más queremos proteger: nuestros niños.

Observemos qué clase de clima podríamos estar generando -o avalando- para nosotros mismos, y para otras personas necesarias y relevantes en las vidas de nuestros hijos. Este clima aporta en verdad a la reparación, los procesos de justicia, al regreso a la niñez de los pequeños y jóvenes que han sido víctimas de ASI?

Escuchemos atentamente, detengámonos en las palabras y las arengas. ¿Qué dicen?, ¿ a quién le hablan?, ¿por quiénes hablan? ¿qué mundo proponen?

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Yo quiero que mi hija chiquita –que el próximo año debería comenzar el colegio- sepa que los adultos la cuidan y la respetan, que son capaces de permitirle ir encontrando su equilibrio entre distancias y cercanías, y formas de expresar también su respeto, afecto, afinidad.

Pero esta forma de convivencia entre pequeños y grandes y el reconocimiento de los niños como sujetos de derechos, no requiere que el día de mañana, ningún profesor -o ninguna persona- quiera acoger, consolar o ayudar a levantarse a nuestros peques si se caen en el patio, por temor a “tocarlos” y ser acusados de abuso sexual sin mayores pruebas, o simplemente enfrentar la sospecha de una conducta impropia donde en la cuenta final, toda inocencia habrá sido perdida antes de concluir investigaciones y comprobarse el delito (como podría ser en más de un caso).

Es un progreso que al fin se “vea” a los niños y no se llegue y los toque (sea un rascado de cabeza, o un “empujón” supuestamente “simpático” para acelerar la salida a recreo), y que debamos examinar nuestras formas de relación -física, emocional, social, online- con los estudiantes. Pero no es un progreso el terror y la tensión que puedan llevar a cuidar menos, o a no querer cuidar, y a disociar de modo cada vez más irreversible la inseparable díada del cuidado y la educación.

Los desafíos y exigencias de este período han sido inmensos, inimaginables. Quiero seguir creyendo que representan una oportunidad, si así la tomamos, para aprender, crecer, construir una ética del cuidado acorde a las necesidades de la infancia, y de toda etapa humana ojalá. No veo eso siendo posible desde el terror y la violencia, como tampoco lo veía siendo posible desde la indolencia y el silencio de décadas.

Hoy en día hemos dado pasos valiosos, y no da igual, e importa, y hablamos, conversamos de abuso sexual (y de otras vulneraciones de la niñez), y nos preguntamos y tenemos la humildad, muchos de nosotros, de reconocer que no contamos con todas las respuestas, pero que estamos abiertos con sensibilidad y coraje, a buscarlas y encontrarlas, a tomar posición, y a pedir y exigir de nuestras autoridades -y a nosotros mismos- la mayor responsabilidad y cuidado en la acción y prevención frente al abuso sexual infantil.

No más niños en tribunales, por favor; ley de protección integral; modernización del sistema de entrevista pericial a los niños (y limitación a una o las menos posibles, y con un/a profesional, un solo criterio, para evitar la victimización sin fin).

Si en verdad aspiramos a transformar nuestros mundos (hogares, escuelas, nuestro país), esto no será fácil de lograr en medio de la confusión y la congoja. De la furia. La turba del alma. El tono y el pedido es otro: un mundo adulto lúcido, bien aplomado, solidario, compasivo, protector, empático, determinadamente justo con sus niños. Actuar así no es capitulación ni cobardía ni complicidad con la injusticia. Es responsabilidad. El paso exacto, mesurado, no es debilidad. Todo lo contrario. Es el paso más imprescindible en este recorrido.

Creo firmemente en que la máxima fortaleza viene de otro lugar, y que el cuidado se despliega bien despiertos, cautelosos ante espejismos y estridencias, arrogancias, egoísmos (o megalomanías y mesianismos) donde no cabe, es imposible que quepa, la mirada sobre el prójimo más indefenso y esa pregunta irrecusable sobre qué necesitan las niñas y niños, para sentirse protegidos, seguros.

Me cuesta decir todo lo que querría decir, y se me ahoga algo dentro, entre sombras, polvo de huesos y navíos suspendidos que quieren avanzar lejos de ciertos lutos, con brisa y marea benignas. Pero en el horizonte de este presente en mi país, veo a veces una espada y no es siempre la espada lustrosa y honorable del samurái, sino aquella desatada y errática de las hordas bárbaras.

Por eso la súplica, el ruego desde el fondo del alma, de situarnos en este camino de otra forma, de mirar otras trazas de horizonte.

El abuso sexual infantil pide fuerza, determinación y responsabilidad en nuestras acciones; y lo mismo piden el cuidado y el amor. Desde ahí, tomemos la mano de nuestros niños, o tomemos las nuestras, formando un cerco contundente y sincero alrededor de los más pequeños. Con toda nuestra voluntad. Toda.


Fotograia del título: Dreams are bubbles – Handle with care