Pretty Baby

Cuando mi hija mayor tenía 10 años, estaban de moda las Spice Girls. Un familiar, durante un viaje a Chile, le regaló un par de zapatos con plataformas gigantes y tacos aguja, al estilo de las jóvenes de su banda favorita. Cuento resumido: prohibido el uso de los cuasi zancos (con excepción de instancias teatrales, y si es que); protestas van y vienen; pruebas empíricas -catálogo real de zapatos para niñitas de su edad, donde no había nada similar- y la promesa, aunque ella no pudiera comprender bien, de que esta restricción era un gesto de cuidado.

Algunos dirían que era una exageración sobreprotectora, pero la precaución tenía que ver con el respeto a su ser niña y el riesgo -ante una vorágine de estímulos para hacerse “grande” velozmente- de que ella renunciara a un tiempo precioso de su infancia y al derecho que tenía a vivirla según su edad.

Siendo niña, recuerdo haber oído debates adultos sobre “agrandar” a las niñas, a propósito del film Pretty Baby (1978). Nunca llegué a verla, pero la pelicula cuenta la historia sobre el antiguo distrito rojo en New Orleans (1900), y Brooke Shields interpretaba a una prostituta de 11 años cuya virginidad era ofertada al mejor postor. Hasta hoy persisten las controversias en torno a la utilización de la actriz en algo a lo menos cercano a la pornografía infantil, pero la crítica omitió cuestionamientos y destacó la obra de Luis Malle sobre “una época triste” en EEUU, donde las niñas podían vivir en burdeles y ser explotadas por sus familias. Ni tan lejana la época, cuando la propia madre de Brooke Shields, vendió además los derechos para retratar desnuda a su hija de 10 años, repito de 10 años, por una cifra cercana a 2 millones de dólares de hoy. ¿Concebimos esto como explotación, o algo semejante, a lo menos?

Han pasado más de treinta años desde Pretty Baby y existen protocolos internacionales firmados por una mayoría de países -incluido Chile- para proteger a la infancia. Sin embargo, todavía las redes de pederastia se multiplican, el tráfico y explotación sexual de niños son una realidad, y no logramos erradicar los abusos sexuales que en su mayoría ocurren dentro del hogar, a manos de personas que debían cuidar. Recientemente hemos sabido de la investigación por abusos sexuales ocurridos al alero de una discoteque para niños en la comuna de San Bernardo. Y aun sin llegar al extremo de la comisión de crímenes, nos encontramos continuamente con situaciones en las que se tensionan o trasgreden los límites de respeto al mundo infantil y su tiempo de niñez.

Qué significa ser niño, niña; cuántos años necesita la construcción de un cachorro humano, cuerpo, psiquis, identidad, hasta llegar a la adultez (la neurobiología establece 25 años). En familias, escuelas, observamos ya distintas prisas y presiones para aprender, rendir. Desde las pruebas estandarizadas, hasta los medios, el cine, la música, la moda, la publicidad, etc. nos hablan de un modelo, o en otras palabras, un arreglo social donde el respeto al tiempo de la niñez se omite demasiadas veces.

El mercado no espera a nadie, no adhiere a éticas de cuidado que contemplen las vulnerabilidades humanas; las utilidades están antes que las personas, que el medio ambiente, que todo. Es ingenuo esperar que se autorregule o reflexione sobre la protección o el daño que puede entrañar la participación infantil en la industria fílmica, los medios, o la publicidad donde todavía humanos niños y niñas son adultizados, estereotipados, y en un extremo -del mismo modo en que por décadas se viene haciendo con las mujeres- reducidos a objetos sexuales.

Llego a preguntarme si una parte inmensa del mundo adulto -incluidos padres y madres-, de tanto asociar la sexualización a la oferta de lo que sea (desde autos a lechugas), ni siquiera llega a notar diferencias descomunales de tamaños, o que los cuerpos que desprotegen y exhiben como un producto más, son cuerpos de niños y niñas. Aquí es donde se necesita la acción de los Estados y autoridades de infancia, alguien que asuma un rol formativo, protector, fiscalizador, que desincentive y termine de una vez con esta forma de abuso, también, de la infancia.

Hay agentes que señalan que la firma de contratos se asume con sorprendente ligereza y excesos de confianza de parte de los adultos que son guardianes legales de niños, niñas y adolescentes menores de edad. La excusa es muy socorrida por el mercado que se lava las manos: la responsabilidad principal estaría en las familias y si padres y madres autorizan a sus hijos a emprender “carreras” tempranas en ciertos mundos, entonces ellos deberían cautelar por las condiciones en que se verifican esas participaciones infantiles. Por su lado, las familias explican sus decisiones en función de talentos e intereses de sus hijas e hijos, a quienes han tratado de apoyar.

¿Cómo lo haría cada uno de nosotros, en esa situación? Me parece una pregunta imprescindible, y tengo algunas ideas, pero me cuesta dar con una sola respuesta, pienso en niñas con el talento de una Dakota Fanning, y también con los quiebres amargos que vivido una Britney Spears. Guiar a una hija, un hijo, en su autoconocimiento, en el desarrollo de sus pasiones y dones, sin quitarles aliento ni envergadura de alas, y sin arriesgarlos, teniendo el aplomo para más de un no dicho a tiempo: qué desafío enorme.

La decisión, sin embargo, nunca es de los niños –que con su maduración incompleta, todavía necesitan tiempo para desarrollar, entre otras capacidades, la del consentimiento-, sino de los adultos, TODOS los adultos, no sólo las familias, y en corresponsabilidad, la pregunta fundamental sigue apuntando a cuáles son los estándares de protección de derechos y de cuidado que también deben ser exigibles en actividades que son más adultas que propias de la infancia, ya sea porque son un trabajo remunerado -y se supone que los niños no deben trabajar- o aun cuando no medien incentivos económicos inmediatos, son una forma de desarrollo de “carrera” (vía promoción del niño y niña en distintos espacios, concursos de belleza, etc.).

Las niñas y niños sueñan, juegan con roles, disfraces, admiran a personajes de la fantasía y de la realidad, cantantes, actrices, etc. Pero siguen siendo niños. Las niñas pequeñas disfrutan muchas veces usando maquillajes y ropas de “grandes”, y somos no pocas generaciones las que recordamos el placer de calzar los zapatos de taco alto de las mamás y abuelas. Pero eran juegos de niñas, y si hubo fotografías, es poco probable que alguna calificara como material de promoción publicitaria, o rasante en la pornografía infantil. Estas sí han sido objeciones levantadas contra campañas, avisajes, concursos de belleza de niñas pequeñas y carreras de modelos iniciadas a la par del colegio. En Francia, la reciente publicación en Vogue de fotografías de Thylane Lena-Rose Blondeau, modelo de 10 años de edad, levantó un intenso debate entre familias, fans, y especialistas que se vieron divididos entre el reproche al abuso del mundo adulto, y la trivialización de lo que muchos todavía perciben como algo “lúdico” o una prerrogativa de las niñas y niños de explorar y disfrutar de sus motivaciones y de “oportunidades únicas en la vida” (de fama y fortuna).

Antes de que terminemos de formar una opinión, me gustaría compartir que hoy existen clases de baile del caño (pole dancing) para niñitas de 3 años en adelante -cuyos instructores describen como “muy similar a otras actividades gimnásticas”- o una línea de ropa interior para preescolares donde la publicidad es más cercana a la de Victoria Secret’s -por las poses, peinados y maquillajes- que la de cualquier línea de ropa interior infantil. Una tendencia que cobra fuerza, por otro lado, son los salones de belleza para niñas donde desde los 2, 3 años pueden recibir “tratamientos especiales” de manicure, pedicure, maquillaje y vestuario que, en verdad, convierten a las pequeñas en miniaturas de mujeres, o en Barbies de carne y hueso.

En diversos shows escolares, o en programas de televisión, niñas prescolares ya aparecen vestidas con prendas semejantes a las de dominatrices –latex, cuero, motivos animales, encajes, maquillaje exacerbado- para bailar coreografías asimismo de corte adulto al son de canciones con letras sexualmente explícitas. La cosificación sexual que tanto reclamamos desde las mujeres, comienza con las niñas a temprana edad, muchas veces habilitada por las propias madres, familias, y la sociedad en su conjunto. En Chile, todavía, la omisión es muy frecuente y si alguien expresa su preocupación en estos temas, será calificado de histérico, paranoide, o “mente de alcantarilla”. Ojalá se tratara de eso, en serio.

La evidencia indica que entre poseedores de pornografía infantil, además de películas y videos, las colecciones de fotografías corresponden en su mayoría a imágenes de niños y niñas hasta los 12 años de edad (con imágenes desnudas o de genitales de los pequeños, o bien de abusos sexuales y hasta torturas), cuyos retratos fueron fácilmente obtenidos en internet, ya sea de campañas publicitarias –que adultizan a niños y niñas y los muestran en poses hipersexualizadas- o bien de redes sociales donde los propios padres y madres postean a diario fotos de sus hijos – incluyendo tomas a la hora del baño, desnudos en la casa o en playas y piscinas- sin imaginar qué significa esa exposición. Quizás algún día hijos e hijas preguntarán –como ya hemos visto en terapia con adolescentes- qué pasó con su derecho a la protección, a la privacidad, todo aquello que debieron cautelar sus cuidadores y seres más queridos. Es 2011 e internet sólo seguirá creciendo: estas preguntas son urgentes, y necesitamos planteárnoslas, cada uno, y en comunidad, y desde el Estado, antes de que se tensionen y desdibujen todavía más los límites de cuidado de la niñez.

A propósito, justamente, de las dificultades y crecientes desafíos en materia de crianza y cuidado de las nuevas generaciones, se publicó hace poco en el Reino Unido, el resumen y conclusiones de un informe independiente –realizado por una agrupación de madres, desde la sociedad civil- que explora la situación de la infancia, su sexualización, su uso comercial y en la publicidad, el impacto que tiene la industria musical y del video, y la presencia en televisión de contenidos sexuales en cualquier horario.

La apelación del Bailey Report es al mundo adulto, especialmente a las empresas y los medios, y a las autoridades, para que asuman su parte de responsabilidad frente a la cultura cada vez más sexualizada que rodea a la infancia, y que impacta su construcción de identidad –un proceso que lleva años-, que impone presiones desde estereotipos y expectativas sobre cómo deben comportarse o verse niños y niñas, que confunde nociones sobre la belleza –un territorio diverso y vasto- y las reduce a mandatos que terminan siendo autodestructivos para millones de niñas y adolescentes en el mundo; o que presenta “soluciones” fáciles, aun a costa de sacrificios identitarios o de la propia integridad sexual, a muchas/os adolescentes que ven en ciertas actividades no sólo una forma de vivir vidas glamorosas, sino de escapar de la pobreza, asumiendo que ciertas trayectorias o sueños implican “ciertos sacrificios” –explotación laboral, abusos, acosos sexuales, etc.- y esas son “las reglas del juego”. ¿Cómo desactivar lo que se ha ido naturalizando, los abusos que pasan inadvertidos, la aquiescencia a un modelo que no tiene problema en utilizar y sacrificar incluso a los niños?

La preocupación no es exagerada; es la respuesta normal frente a asedios que comprometen una etapa vulnerable y determinante para cada ser humano como es la niñez. En esta línea, iniciativas de la sociedad civil, como el reporte Bailey, apenas intentan proponer o definir criterios que son bastante básicos, además de realizables, por ejemplo: establecer límites de edad que sean incluidos en videos musicales y videojuegos, tal como ya existe en las películas; solicitar a medios impresos evitar en portada, contenidos sexualmente explícitos y/o violentos; facilitar a las familias el bloqueo de contenidos en dispositivos como computadores, celulares, etc; producir una guía para la industria del retail y modas en relación a la publicidad, diseño y mercadeo de vestuario, accesorios y otros productos para niños y niñas; limitar avisaje en espacios públicos con imágenes sexualizadas a las que pueden ser expuestos un gran número de niños, sobre todo en áreas cercanas a jardines infantiles, escuelas y plazas; restringir o prohibir el empleo de adolescentes menores de 16 años como embajadores o representantes de marcas, y promover una mayor consciencia parental –vía educación en escuelas, o medios de comunicación- en relación al marketing y publicidad dirigido a niños y niñas. Adicionalmente, se propone la creación de un solo sitio web para sugerencias y reclamos en relación a programas de TV, publicidad, etc., conflictivos para la protección del interés superior de niñas y niños.

En Chile, hay conversaciones que apenas comienzan y que posiblemente llevará tiempo amplificar y traducir en estándares exigibles de cuidado. Tenemos una inmensa oportunidad. El autoexamen personal, familiar, en las instituciones, en nuestra democracia, puede alumbrar nuestros puntos ciegos o borrosos , tanto como nuestras prioridades, creatividades. Nuestra necesidad de aprender tanto todavía, no solos, sino juntos, desde un enfoque de derechos, y desde la cotidianeidad de nuestros hijos e hijas, para poder acompañarlos mejor en estos tiempos, sin dejar de respetar el tiempo de la niñez.

Gracias Archivo ElPost.cl

Imagen: Edouard Boubat, 1954