Justicia, amor y autocuidado: #derechoaltiempo

Un niño es forzado a desnudarse. Le ordenan quedarse quieto sobre una cama, en posición de Cristo crucificado. Está a merced de sus abusadores que lo fotografían, y luego guardan esas imágenes, las coleccionan. Las comparten con otros. Quizás qué más habrán hecho con esos retratos. Quizás qué preguntas habrán consumido a ese niño. Al hombre en que se convirtió. Qué recuerda su cuerpo del frío y terror sobre esas sábanas (y puede haber sudarios horribles, sin sangre).

Este relato es parte del reporte más completo sobre abusos sexuales en la Iglesia Católica de EEUU, liberado muy recientemente en el estado de Pennsylvania. Son 884 páginas, seis diócesis investigadas, más de mil víctimas y 301 sacerdotes abusadores denunciados de los cuales sólo 2 pueden ser llevados a la justicia. En la mayoría de los casos, la prescripción es el impedimento y esto en un estado donde los plazos permiten a las personas iniciar acciones penales hasta los 50 años de edad, y civiles hasta los 30.

Francisco I, desde Irlanda, y podría ser cualquier lugar del mundo, pide perdón en nombre de la iglesia y habla de penitencia (mas no de justicia). No será el último acto de contrición, seguramente. Pero habría que preguntarle a cada niña y niño, sólo a ellos, si pueden perdonar. Si su frío. Su terror.

Hoy, como antes otros reportes lo fueron, el de Pennsylvania es devastador. Las medidas recomendadas, muy pocas y muy rotundas: fin de toda prescripción para crímenes sexuales contra niños y adolescentes; regla retroactiva que permita acceso a justicia a todos los sobrevivientes; aumento drástico de sanciones y penas de cárcel a quienes encubran o fallen en denunciar oportunamente. Se habla de reparación, restitución, prevención; de transformaciones radicales, y muy humanas, en la ley y la justicia. Quizás después, podamos hablar de perdón. Pero sin saltarnos pasos, ni voces.

Es una marea que ya no se detiene. Faltan miles de voces todavía, pero cada una que cuenta lo vivido, ayuda a otras a bracear y llegar a puerto. A la deriva, cada día más, el silencio. Sin saber qué hacer. Flaquea. Se va hundiendo. Habría que hacer más para asegurar su total naufragio. Y más, mucho más, para que las víctimas que todavía no pueden hablar, lleguen a hacerlo. Seguirán siendo, aun en timbre adulto, voces de niños, de niñas, y necesitamos escucharlas todas. 

“Este es el mar que se despierta como el llanto de un niño/ El mar abriendo los ojos y buscando el sol con sus pequeñas manos temblorosas/ El mar empujando las olas/ Sus olas que barajan los destinos”. Vicente Huidobro

Sabemos de cientos de miles de abusos sexuales de niños amparados y encubiertos por instituciones religiosas –de todas las denominaciones-, sus autoridades y representantes. No se eximen instituciones educativas, deportivas; los sistemas de protección de los estados. Sabemos también que la inmensa mayoría de los abusos, del orden del 90%, ocurre en el entorno familiar, pero no porque en los contextos institucionales sea “un porcentaje menor” o “apenas un dígito” –argumentos que escuchamos una y otra vez como si fuera posible atenuar horrores-, cambia en algo su gravedad, sus despojos. Nuestra ausencia, todavía, en la prevención.

Una forma de prevenir a la que no podemos y sería irresponsable renunciar es la eliminación de todo límite de tiempo para la denuncia y acceso a justicia de los sobrevivientes de abuso sexual infantil (ASI). La imprescriptibilidad es hace mucho, un imperativo. Una rectificación justa (ojalá amorosa, vital), congruente con el cuidado ético, y el autocuidado. Los plazos han sido arbitrarios y lesivos para las víctimas, y negligentes, o autodestructivos directamente, para nuestras sociedades. Desde la sanidad, el desacato.

Si realmente estamos de acuerdo en que a los niños no se los abusa ni se los viola, y en que debemos detener estas transgresiones antes de que sea demasiado tarde (en violencia infantil, el ASI se asocia a la tasa de suicidalidad más alta), no podemos seguir caminando a tientas e inmersos en la impunidad, sin saber qué personas han sido responsables de abusar de niños, y quiénes han encubierto estos abusos, obstruyendo la justicia y nuestros esfuerzos de protección, siempre incompletos si no contamos con el relato de las víctimas. Todas ellas.

En la actualidad, en Chile, cada día viven abusos 50 niños y niñas. Esas son las denuncias, pero muchos casos se sobreseen, las penas son remitidas “por irreprochable conducta anterior” (daría para otra columna comentar esto), el registro de ofensores sexuales no está actualizado, y una inmensa mayoría de abusos sexuales -seis de cada siete- serán develados en la adultez (debido a tiempos del trauma) y encontrarán ahí el muro de la prescripción. Ese círculo vicioso donde la prescripción inhabilita a los sobrevivientes, pero habilita a los abusadores, nos ha inmovilizado y fragilizado por demasiado tiempo, y debe terminar.

“Creí que ya habíamos comprendido —gracias a sobrados ejemplos— que las huellas de la humillación y del trauma no tienen fecha de vencimiento. Y que no se habla cuando se quiere: se habla cuando se puede. A veces, incluso, no se puede nunca”. Leila Guerriero

Víctimas y sobrevivientes de ASI jamás renunciaron al derecho a denunciar. Nunca hubo elección de nada. Siendo niños o adolescentes –secuestrados en la dinámica perversa del abuso sexual y la dependencia inexorable del mundo adulto- sencillamente no tenían cómo comprenderse en tanto víctimas de un crimen encima perpetrado por personas que debían cuidarlos, no vejarlos.

Para poder comprender, procesar, verbalizar lo vivido se necesita tiempo. En muchos países democráticos se ha escuchado la voz de los sobrevivientes y valorado la evidencia científica –médica, neurobiológica, psicológica- que explica lo imprescindible de ese tiempo en experiencias que quizás todavía no podemos dimensionar completamente.

El tiempo sometido, devorado por el abuso: niños y niñas de 8 años que desde los 4 han sido abusados, la mitad de sus vidas. O durante infancias y adolescencias completas, hasta poder escapar de la tutela del abusador. Otras víctimas murieron o se suicidaron luego de una violación (y decir “una, uno” es decir todo). No hay métrica, no hay calendarios exactos aquí. Sobre todo, porque la historia de abuso sexual nunca comienza con la primera vulneración, ni termina con la última. Su tiempo es difícil de definir con exactitud (y dolorosamente infinito para los niños); siempre más largo que la suma de transgresiones y/o períodos durante los cuales el daño gobierna el cotidiano de las víctimas.

El silencio, la intimidación, sociedades ausentes, la prescripción. El perpetrador siempre ha contado con tiempo. Afila su energía, su voluntad de daño. Para los niños, mucho antes, el paisaje se tiñe de una carga vulneradora, confusa. El peligro establece su presencia, se abstiene, agita, espera. Todo ese tiempo ya le pertenece al abuso que ha comenzado a robarse la vida. Sin un final exacto. Sin que las víctimas, por años, puedan dictaminar con certeza que el último evento abusivo haya sido en efecto “el último”. La última violación. Pero ningún “último” aquí, sirve.

El trauma del ASI tiene otros ciclos; el dolor no tiene vencimiento, se ha repetido hasta el cansancio. Durante meses, años, incluso décadas, mujeres y hombres sobrevivientes reportan vivir con la sensación de que no pueden “cantar victoria”; ni desprenderse de un sentimiento de sombra, temor, de asalto posible (siempre más profundo en la impunidad de sus abusadores, y hasta su permanencia en redes cercanas). Para muchas víctimas, nunca llega a existir un “a salvo”, y “a merced de” siempre serán las tres palabras más tristes del mundo.

Derecho al tiempo nunca fue, nunca será demasiado pedir. Tampoco que ese derecho sea igual para todos los sobrevivientes de ASI, sin dejar a nadie fuera. No podemos prolongar tanto sufrimiento. Y seguir negando pleno acceso a justicia es negar también la posibilidad de reparación íntegra. Revictimizar. Agravar el estupor cuando al daño del abusador, se suma el daño o el abandono desde la democracia, las leyes, los sistemas y procesos de justicia que siguen actuando en desmedro de las víctimas.

El tiempo es el tiempo. Cancelar sus límites –por justicia, por humanidad- debe ser hacia adelante y hacia atrás. Ésta ha sido la demanda de sobrevivientes de ASI, legisladores, fiscales y la sociedad civil en diversos estados de los EEUU, desde antes del reporte de Pennsylvania, y ahora, con mayor ímpetu y apoyo de autoridades y ciudadanos; con mayor impulso amoroso, sobre todo (y la indignación también viene del amor, no la turba). Al movimiento civil por la reforma del SOL (plazos de prescripción), a quienes lo han liderado en cada estado, a CHILD USA, a Marci Hamilton, todas las gracias del mundo.

El reporte de Pennsylvania ha despertado a muchos en la resolución de garantizar (siempre puede haber una forma) la justicia antes denegada a los sobrevivientes –en la prosecución de las acciones penales y/o civiles que correspondan-, sin exclusión de casos ya prescritos. Es justo y es cuerdo que abusadores asuman la responsabilidad por sus crímenes. Y es justo que los sobrevivientes no sigan llevando la carga completa y el costo de todos los daños sufridos. En lo penal, lo civil, en toda forma posible, la justicia debe abrirse y acoger a todas las víctimas. Pero además las sociedades necesitamos conocer sus denuncias y la información crítica que pueden aportar a las policías, autoridades, instituciones que trabajan con niños, la ciudadanía, para saber quiénes han sido abusadores, cómplices y encubridores. No podemos prescindir de ningún apoyo en el ejercicio del cuidado y el autocuidado social. 

(Dónde preferimos vivir: el abismo o un hogar, bajo desperdicios y cenizas o en la aldea de todos).

“No gracias señores de la Onemi, no queremos saber que se avecina un terremoto ni un tsunami ni la erupción de un volcán, aunque nuestra ignorancia nos cueste la vida”. Impedir la denuncia del ASI mediante la prescripción ha sido el equivalente a un “no gracias, no queremos saber de abusos ni víctimas ni de agresores sexuales de niños que viven entre nosotros, porque en realidad no tenemos mucho interés en proteger a nadie”. Suena descabellado, pero no encuentro otra manera de traducir la disonancia. La borrasca del corazón, del instinto mamífero. De la racionalidad. Racional habría sido protegernos antes. Racional es no perder más tiempo para que leyes protectoras completen su trámite y entren en vigencia.

En Chile, vivimos un momento histórico. La ley de #derechoaltiempo, apoyada por el gobierno y aprobada en lo general y por unanimidad en el Senado de la República el pasado mes de julio, se encuentra en la fase de revisión de indicaciones durante septiembre, muy cerca de completar su paso por el congreso y ser promulgada.

La imprescriptibilidad ya fue reconocida como un valor y una urgencia. Necesita ahora expresarse de forma íntegra, sin restricciones o sujeciones perversas (como hace algunos años, en el estado de Ohio, en EEUU, donde se intentó condicionar la acción civil a los resultados de la acción penal, y el rechazo social fue unánime). Las respuestas a las preguntas y puntos pendientes deberían ser sencillas si ya se ha establecido lo fundamental. Si ya hemos tomado posición como país en favor de las víctimas y sobrevivientes, y no del abuso. En favor del cuidado de las nuevas generaciones, no de su desprotección (y una vez más, por favor: plan nacional de cuidado y prevención ASI en todas las comunidades educativas. Podemos hacerlo pero concertadamente, familias más escuelas más barrios más instituciones….y así).

¿Qué nos cuida más, qué nos descuida? Que esas distinciones lúcidas guíen las voluntades de nuestros legisladores en este tramo final para poder contar con la mejor ley de #derechoaltiempo. Otros países han demostrado que es posible (recordemos las ventanas penales y civiles de retroactividad para casos de ASI, en EEUU). Las leyes pueden respirar, crecer. Pueden transformarse para no disociar más el ejercicio de derechos humanos, del cuidado ético. O del amor, el deseo profundo por una existencia vivible, buena. Cualquiera su definición, es con esa energía que llegamos hasta aquí. Con ella, capaz de dar alas a las rocas y hacer que les brillen los ojos: los pasos que nos quedan. El tiempo de la vida. Y la vida entera.

“He ahí el mar/ El mar abierto de par en par/ He ahí el mar quebrado de repente/ Para que el ojo vea el comienzo del mundo/ He ahí el mar/De una ola a la otra hay el tiempo de la vida”. Vicente Huidobro.

boubat chiquito

(Remi listening to the Sea, Edouard Boubat, 1995)

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Videos sugeridos:

Imprescriptibilidad y ley #derechoaltiempo CNN Chile 

Justicia, imprescriptibilidad y necesidad de regla retroactiva en leyes ASI, CNN-Turner, ATL, EEUU

Reporte del Gran Jurado de Pennsylvania: video con testimonios de las víctimas y pdf del informe completo para descarga.

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