Hoy Julio 19 de 2016, fue publicada una breve nota en El Mercurio de Santiago relativa a la presentación ante la Comisión de Educación de la Cámara de Diputados, ayer lunes 18 de julio (respondiendo a una invitación de la Cámara y en representación del movimiento Repensemos las tareas: La tarea es sin tareas).
Asistimos Carlos Ruz (profesor de aula) quien expuso sobre Educación, Pilar del Río (médico psiquiatra) quien expuso sobre salud infantil, y también yo, en ética del cuidado.
Aprecio el interés de EM en realizar cobertura de temas de educación, en esta oportunidad la problemática específica del agobio escolar. Al mismo tiempo, no obstante, me parece indispensable realizar las siguientes precisiones:
Mi presentación, muy breve e introductoria, se circunscribió a la lectura de un texto redactado por mí, que aludía a premisas del cuidado ético y la responsabilidad colectiva por la niñez y el respeto por sus derechos. Dicho texto no iba acompañado de ninguna cifra, y difícilmente podría haber “señalado” nada al diario, menos cuando los asistentes a la sesión no concedimos entrevistas por limitaciones de tiempo y para cautelar nuestro foco en la presentación.
Los datos aproximados que reproduce la nota fueron compartidos, en honor a la exactitud, por la Dra. Pilar del Río (copia ppt disponible en comisión) en base a información recogida vía encuesta del movimiento (muestra de ~2000 papás y mamás) y otras fuentes. Consultas sobre estos datos, por favor realizar a sras: Milka Fazio, Paulina Fernandez, vía el grupo público de FB.
El resumen con la información oficial compartida en el grupo público de FB, acerca de la sesión de ayer, se encuentra en este enlace
El resumen que publicó la comisión en la Cámara, en este enlace
Por último, valoramos las conversaciones públicas que se han generado, y la información que se comparte en los medios, en la medida que contribuya al diálogo claro y a que cada uno y una vaya formando su propia opinión.
Muchos pero muchos años atrás, recibí una llamada de la señora que cuidaba a mi hija mayor (y con sus casi 60 años, mi hija 5 y yo 25, era en realidad casi la madre de las dos) para preguntarme por qué había castigado a “su niña”. Yo estaba trabajando, no creía mucho en “castigos” (sí en la disciplina positiva) y menos recordaba haber restringido los “monitos” esa tarde. No puede ser, le digo, pregúntele de qué habla por favor. Vuelve al teléfono y me cuenta que mi hija “había decidido no hacer las tareas” que le enviaron, porque ella era chica y que estaba cansada de que “todo el día era puro colegio”, pero sabía que no estaba bien así es que por eso no vería su media hora de tele.
“Yo encuentro que la niña tiene razón” me dice la querida señora Ana. Yo también se la encontré, y al tiempo que anticipaba una maternidad desafiante con una hija capaz de auto-administrarse justicia, sentí sobre todo una inmensa emoción ante su claridad: la consciencia de su agobio, la noción de las reglas y responsabilidad a tan corta edad, y su confianza para expresar todo eso en su hogar. Dos años después nos fuimos de Chile, comenzó a disfrutar de la educación en la escuela, a disfrutar los lazos con maestros, niños y el conocimiento, a pasarlo bien aprendiendo y creciendo. Todo ese gozo y no se convirtió en anarquista ni fracasada ni antisocial. Es una gran mujer.
Escribo y no recuerdo una sola vez en su colegio en Chile en que me llamaran para contarme sólo algo bueno; sí un par de veces para pedirme ir al psicopedagogo. Nuestro camino comenzó, como para muchas familias en esos años, con la postulación a prekinder. Para mí sorpresa, el reconocido colegio francófono decidió que debía saltar un curso por los “excelentes resultados” en su examen de admisión. Números, cifras, rankings, recuerdo la entrevista de admisión como una clase de estadísticas. Llegué a ese colegio porque era pequeño y tenía un proyecto social (el francés iba siendo menos útil que el inglés, pero seguía siendo una lengua maravillosa), pero debo reconocer que me equivoqué y mi hija sufrió 4 años las consecuencias de mi desacierto mayor (menos mal no fueron más).
Desoyendo mis reparos, el colegio decidió que mi hija comenzara en kinder, aun siendo la menor del curso. Por supuesto, le faltaba madurez para aprender al mismo ritmo de los demás niños (seis meses pueden ser una tremenda diferencia a esa edad) y ella expresó desde el comienzo esa sensación de tener que “apurarse” constantemente. El colegio me consideró una mamá aprensiva e inexperta, y evaluaron todo como “espléndido” en razón de sus desempeños y promedios de notas (sobre 6,5). De nada valió el argumento de que ella lo pasaba mal, y que sus aprendizajes no estaban siendo bien consolidados. Me dijeron que quienes sabían de educación eran ellos y si no me gustaba, “ya sabía qué podía hacer”. Cuántos no hemos escuchado esas amenazas sin dar el único paso que creo corresponde dar ante cualquier extorsión: retirarse de inmediato. Pero no lo hice. Era una mamá sola, demasiado joven y me dejé intimidar aunque no por mucho. En nuestro segundo hogar fuera de Chile, mi hija por fin estaba contenta, gozando sus años de escuela. Jamás nos amenazaron ni desoyeron, y agradecí esas lecciones trabajando como orientadora y como profesora en aula desde el compromiso de jamás-jamás trasgredir la relación de imprescindible respesto y ayuda mutua que debía sostener con los apoderados y familias de mis alumnos. Esas lecciones volverían a ser de gran valor enfrentada a una segunda maternidad, dos décadas después.
Con mi hija menor, los límites los he cuidado yo en ambos países donde asiste a la escuela, pero debo reconocer que poco ha cambiado en Chile en una cuarto de siglo: la presión por rendir continúa, y una suerte de desconfianza en lo que la vida ha venido haciendo por millones de años desde que los niños nacen. Aprender. Aprender para vivir. Vivir aprendiendo. El aprendizaje no se interrumpe, trina y brinca de hogar a escuela y viceversa, y extiende su radio por doquier, en cada lugar donde estén los niños. No hace falta “forzarlo”, temer que se debilite, o se “olvide”. No olvidamos respirar.
La más chica menos mal es un dechado de optimismo y en períodos ha creído que las “tareas” -breves, interesantes, pertinentes y optativas- hasta eran un “regalo de la profesora”. En EEUU, el “journaling” o bitácora de aprendizaje ya me era familiar con mi hija mayor: en vez de las tediosas y repetitivas tareas, todos los días debía solamente escribir unas pocas líneas acerca de algo vivido en la escuela, y su emoción, sus reflexiones. Su hermanita hoy ama tanto ese ejercicio que decidió tener un cuaderno aparte para “inventar cuentos”.
No es “chochera”, ni es ningún genio ni fenómeno mi hija menor (aunque para mí sea lo más radiante que existe). Es como todos los niños, curiosa, y tiene que serlo, viene en su programa de cachorro humano: aprender y aprender, para conocer su mundo, crecer, y asimilar paso a paso, etapa tras otra, una serie de herramientas que un día le permitan cuidar de sí, ser autónoma, tomar decisiones informadas en relación a su propia vida, a sus proyectos de vida. Una vida que se ame, se agradezca (y deberíamos angustiarnos y levantarnos viendo los índices al alza de suicidio infantil, y de intentos de suicidio de nuestros niños en Chile…¿qué les estamos haciendo?).
Los niños nacen con esa “necesidad” o imperativo de aprender a vivir en su programa, y se disponen al aprendizaje con entusiasmo, con reverencia -ese respeto instintivo ante misterios que a veces se revelan, y otras, permanecen indescifrables y hermosos-, con mucho espíritu lúdico, y con la “responsabilidad” que atraviesa el cuerpo entero en un cometido de seguir vivo (por eso se conservan aprendizajes como no meter los dedos al enchufe, ni a la estufa, ni se tiran por la ventana cual pajaritos o superhéroes). Miro a mi hija chica y aun cuando todavía no llegue a comprender al 100% el sentido profundo de esa palabra, “responsabilidad”, yo la veo latiendo en ella todo el tiempo, cada vez que se dispone a responder, a dar respuesta: ante sí misma, ante otros, ante su mundo, sus seres. Me quedaría contemplándola años (y sé que pasarán en un suspiro)
“Mamá hay hormigas en el baño, ¿cómo las llevamos al patio del edificio?”, me dijo hace poco. Un apoderado me comenta “quizás es muy sensible para estos tiempos”. Escuché una advertencia similar acerca de mi hija mayor, a sus 5 años, y vuelvo a rebelarme por “pisar el palito” y, como muchos papás y mamás, llegar a cuestionarme así sea por un segundo, si el amor, la empatía, la gentileza, no serán un perjuicio y en cambio, para ese Guantánamo emocional que algunos conciben como terreno propicio para los niños (¿qué tanto “bullying”? son cosas de niños, que se las arreglen… ok), quizás sería mejor de frentón entregarles un bate de beisbol, un arma y un manual de psicópatas.
Me frustra, sí, y me enoja tener que explicar a estas alturas de la vida, con todo lo que sabemos del daño, de la soledad, de la violencia y las llagas que deja, por qué uno elige ciertos caminos con sus hijas y con el mundo de los niños en general. No es locura ni estupidez ni “sensiblería” apreciar la niñez, dedicarle lo mejor a nuestro haber.
Es en realidad muy demencial, lo repetiré mil veces, y además intimidante, vivir en un entorno que genera culpa o dudas por amar, por cuidar a los hijos, por querer convivir con otros sin andar a punta de zarpazos. El territorio propio necesita límites, no alambres de púas, y para cuidarlo, defenderlo -si no es una situación de vida o muerte-, en el año 2016 D.C., existe una diversidad de formas no agresivas, ni proclives al exterminio (físico, espiritual, emocional, intelectual) de nadie.
Le comentaba a mi marido, hace unos días, que no sabía cómo darle la vuelta ni cómo expresar la falta de aprecio y amor que veía por doquier (por la niñez, por las personas ancianas, por nosotros mismos, por el país, por la democracia, por nuestra tierra, por el agua, los árboles), sin correr el riesgo de sonar demasiado shalaila, o de retroceder o restar peso a proposiciones centrales que han nutrido mi trabajo por más de dos décadas ya. Le decía que si tuviera el poder de convocar a algo, no sería a marchas de “no más x,y,z”, sino a un gran rally nacional por el amor, con los niños de la mano, y pancartas que manifestaran intenciones empoderantes y cargadas de vida, no de pérdida, no de muerte.
Vuelvo a lo esencial, lo que más rescato desde que recuerdo: aprender con amor, acompañada de ese sentimiento, movida por él, hacia él. Hago estas reflexiones ya en defensa de nada, sólo por la delicia de contemplar el borde fluorescente que reconozco y no me deja de asombrar, sin importar mi edad, en la profunda conexión de los niños con la vida.
Veía hace un mes, más o menos, un documental llamado “the beginning of life” y volví a aprender, y a tener que revisar, y descartar inclusive, principios que creía completamente arraigados e inmutables. Ante el dolor habría que arrodillarse, pero más debería postrarse el cuerpo entero ante la maravilla. En casi medio siglo, junto a la naturaleza, nada me ha dejado más conmovida que ver a niños crecer, mis hijas en primera fila. Conocer a través de ellas, la inclinación a vivir, a estar bien (no mal), y empujar hacia adelante.
Lo he visto en las situaciones más terribles, y en mi esfera de trabajo en abuso sexual infantil, si uno no queda pulverizado después de ciertas sesiones de terapia, es porque además de ver la infinita capacidad restaurativa del amor en las víctimas –amor de sus familias, de sus entornos, el cariño que se prodiguen a sí mismas-, atestiguo la fuerza incontenible de la niñez, de su energía, de su disposición a hacer propios nuevos conocimientos, y a ensayar y poner a prueba capacidades y talentos que van reconociendo en sí. Ahí, la escuela es un universo mayor, y los maestros. Verdaderos tótemes, ángeles guardianes, líderes de la aldea (¿cuándo entenderemos que la educación de pregrado, que los sueldos, las oportunidades de desarrollo e intercambio, y el aval colectivo que se prodigue al magisterio son DETERMINANTES para nuestro país y nuestros niños?).
Los docentes no sólo dejan huella en la formación de cada ser humano niño que llega al mundo, sino también actúan como mediadores “no oficiales” de reparación del abuso sexual infantil (y de muchos otros traumas que se pueden experimentar en la niñez). Si de cada seis niños y niñas que viven abuso sexual, sólo uno devela, pensemos en que los que callan siguen estando ahí, asistiendo a clases, habitando el aula sin contar su historia, pero recibiendo la experiencia de la escuela y de lo que llega de sus maestros, como una energía reparadora, quizás al punto de que lleguen a encontrar una forma de expresar lo que padecen (el ASI se da mayoritariamente en contextos intrafamiliares). Y aunque se graduaran de la secundaria sin jamás haber compartido su tormento, al menos en paralelo, habrán escrito otra historia junto a sus profesores y compañeros, y habrán ganado resiliencias y permitido al cuerpo sentir una música diferente a la del silencio impuesto, mediante deportes, teatro, la expresión artística. Lo corporal como una experiencia alineada con la vitalidad y el placer de aprender, de creer en otro futuro posible, restando poder al daño.
Son incontables los relatos de pacientes que recién hablaron de adultos sobre el abuso vivido de niños, donde la escuela fue el pilar principal para construirse como personas, y un lugar de consuelo también, de luz y reposo por horas, antes de volver a lo inenarrable. En mi memoria, el colegio también: sagrado. Mis profesores y profesoras (también en el ballet) que me cuidaron más que en casa; y me dieron alas fuertes. El mayor respeto por ese tiempo, la mayor sensación de que la humanidad sí era mi lugar pese a lo desdibujado del hogar que sigue siendo, debería ser (el nido), para todo niño, el lugar FUNDAMENTAL donde aprender a aprender
Hace unas semanas mi hija menor entra a mi escritorio y ve en mi pantalla del computador el tweet de un astronauta italiano de la Estación Espacial Internacional (ISS, sigla en inglés) donde aparecía el nombre de su mamá. Me preguntó si lo conocía, le dije que no, pero sí sus fotos desde el espacio. ¿Le puedo escribir? Por supuesto, veamos qué pasa. Hizo una notita con dibujos y se la envié por DM. Él le respondió “felicito tu motivación, sigue aprendiendo, aquí va un sitio web para estudiar del espacio, you rock!”. Emocionadísima, la vi pegar su dibujo, pasearlo, llevarlo al colegio, compartir con sus compañeros y profesora el dato del sitio web, y llegar a casa varios días queriendo aprender más. Qué importante lo que hizo este astronauta, lo que cualquiera de nosotros puede hacer por los niños.
Pocos días después, me pregunta por el movimiento para repensar las tareas y le cuento que son muchos papás y mamás y profesores queriendo hacerlo mejor, cuidar a los niños, su salud, su imaginación, aprovechar bien el tiempo en la escuela, y en el hogar también. Pasando cerca del Nacional, le digo que esos adultos llenarían el estadio casi dos veces, y abre tamaños ojos. Qué agradecida de que ella sintiera esas presencias, y ojalá todos los niños las sintieran (sin que lleguen jamás a enterarse de cómo un sencillo pedido -no más sobrecarga, cuidemos a nuestros hijos- genera tanta resistencia, tantos juicios).
Más claro me queda que la educación, especialmente para los más pequeños, no se percibe como un hábitat separado del cuidado, y hasta del propio hogar (dos lugares donde “hacer la lumbre”). Y los adolescentes de un modo semejante, también esperan ese cuidado, la dedicación de tiempos y experiencias de los adultos, el poder conversar, encontrarse, y hasta recibir “consejos”. Hacerse ciudadanos.
En un sinnúmero de textos, escritos internacionales y nacionales, y también en la información que acopió la campaña “Yo opino” del Consejo Nacional de la Infancia, se puede observar cómo niñ@s y jóvenes realizan pedidos y expresiones de deseo en relación al mundo adulto –sobre todo a familias, profesores y el Estado- que francamente, hasta ni merecemos cuando pienso en que por 26 años se dilapidó tiempo y que las garantías integrales para la protección de la niñez son recién un proyecto de ley en trámite. Por la ausencia irresponsable de esa ley, cada defensa de derechos vulnerados, cada intento por erradicar abusos de cualquier tipo, o interrumpir negligencias, ha sido y sigue siendo una gesta hasta el día de hoy.
Si denunciamos el abuso sexual a niños, se desacreditan sus relatos o se los revictimiza; si tratamos de difundir, promover o exigir sus derechos, se condicionan a “deberes” (¿cuáles podría tener un lactante? ¿un prescolar?); si se expone la necesidad de una educación que cuide, avale la creatividad, enseñe a los niños a aprender (antes que a memorizar), se sueñe con calidad y equidad para todos, entonces es “intromisión”; si se levanta un movimiento para repensar las tareas (NO para prohibirlas y menos sin razonamiento, sin diálogo, sin concierto de comunidad-docentes-expertos-familias) con casi ochenta mil papás y mamás a la fecha, se les reclama por no ocuparse de otros temas, o se les acusa de flojos, sobreprotectores, histéricos, sin considerar que se trata de un país que no ha cuidado bien su educación, a sus niños, a sus docentes. Son 1200 horas anuales de escuela + horas de tarea (y por favor no nos confundamos con datos que no sinceran que se trata de países con jornadas escolares de 5,6 horas: NO DE 8 o 9 como en Chile, donde más encima existen “mínimos obligatorios” del rango de 40 horas semanales de escuela, y un vacío legal en relación a los máximos).
Desbordan el agobio escolar y agobio docente, el curriculum es abultado y anticuado (y conforme se avanza a paso lento en la reforma educativa, ya ésta va quedando obsoleta), y el mismo sistema que alejó a la educación de su valor como bien colectivo (para convertirlo en bien de consumo) ha llevado a que se estén enviando tareas para la casa en salacunas “para que los niños (guaguas) se familiaricen con ese tipo de trabajo”, y en jardines infantiles “para preparar su admisión en buenos colegios”, y en escuelas con 8 horas y más de jornada “para que refuercen hábitos, o les vaya bien en el simce o PSU, etc” o para que terminen de revisar la materia que no se logra ver en días ya eternos.La salud física, los límites humanos de descanso, la autoestima de los niños frente al aprendizaje, su amor por aprender: TODO lesionado, o en riesgo de. Unos pocos colegios se eximen. Unos pocos. Y en la realidad segregada que vivimos, eso alcanza a tan pocos niños. Otros niños y niñas, simplemente son olvidados hasta por el propio ministerio de educación. Esto en democracia, en el quinto gobierno de la concertación, y segundo de una misma presidenta. Solicité recientemente al ministerio, vía transparencia, información acerca de los niños en Sename en edad escolar: cuántos asistían a la escuela en total, cuántos de ellos tenían necesidades educativas especiales, qué apoyos recibían. La respuesta del ministerio “no contamos con esa información”, pregúntele a Sename (que a su vez había sugerido realizar la consulta en Mineduc). Un reflejo más del abandono infinito del sistema de protección, y de la desafección o desconexión que tiñe el accionar de demasiados personeros -no digo todos, pero sí demasiados todavía- de quienes depende el curso y sustancia y el CUIDADO de nuestro sistema de educación (que huelga decir, no es tratado como el tesoro que es). Descuidar la educación es descuidar, y vulnerar también, a la niñez.
En un nuevo milenio, muchos países están discutiendo cómo crear la escuela del 2030 para ciudadanos globales, y nosotros llevando el diálogo alumbrados por cuatro fósforos, da la sensación; intentando reparar algo que se desmorona o que no funciona bien, o que sencillamente no es todo lo vivificante y significativo que debería a la luz de cambios y desafíos que enfrentan las nuevas generaciones. ¿Importan los niños? ¿Para qué se está educando, a quiénes? ¿qué soñamos, qué queremos, cómo se aprende a aprender? Pensando en todos los niños, no sólo en un porcentaje ínfimo y el que permita la desigualdad impresentable con la que todavía convivimos pese a la nostalgia que declaramos de una educación de calidad, que movilice -y no cercene- los talentos que tienen todos los niños. Una educación humanizadora, empoderante, y exitosa, claro que sí. En el diccionario de la RAE se lee “resultado feliz de…”. ¿En qué minutos eso lo convertimos en puntajes de pruebas estandarizadas, rankings, y otras métricas ligadas al competir? ¿Dónde queda la diversidad del ingenio, el derecho al tiempo para ir aprendiendo, dónde queda la creatividad, y todo lo que nace de la colaboración y de un sentido de responsabilidad compartida?
Veo a los niños y querría ser más como ellos, atentos a las ideas, las emociones y pasiones que gestan cosas nuevas, todas las imaginaciones que podríamos ayudarnos, unos y otros, a encauzar. Sin perder ninguna. O al menos, no por estar más ocupados en defender trincheras, que en hacer lo mejor y sacar lo mejor de nosotros para cambiar una esquina o un mundo.
Tal vez sentiríamos mucho más presentes nuestras maravillosas capacidades de inventiva, si nos propusiéramos prestarles atención todo el tiempo, en un esfuerzo consciente, conectado con nuestra vitalidad, con el deseo de vivir, endosando el placer o gratitud por estarlo, o bien, la voluntad –que también entraña rebeliones- por vivir mejor. Llenar los pulmones del alma.
La orientación al bienestar no obliga a disociarse de criterios de realidad ni a negar malestares y sufrimientos. Una amiga que tuve –era genio en su mundo, reconocida por miles- me dijo alguna vez: “desconfío de la gente positiva, o que habla de ser feliz, por carente de inteligencia”. Sería todo. ¿Cuánto persiste esa creencia en Chile? Uno se pregunta hasta cuándo tener que rendir cuentas por cómo o cuánto o por qué se sufre, o por qué a pesar de todo, sentimos alegría o gratitud, Y hasta cuándo tener justificar lo que parece cuerdo -no abusar, respetar a los niños, querer vivir vidas vivibles, aprender con amor- a costa de tener que perder enormes energías y tiempo defendiéndose, explicando una y mil veces, jurando y rejurando que no hay agendas “ocultas” o pidiendo perdón porque otras causas “más importantes” no concitan igual dedicación. Qué cómodo vociferar o descalificar en medios o RRSS sin moverse ni intentar nada, o sin informarse siquiera, antes de demoler a otros o sus intenciones.
Este país a veces, más devora a su gente de lo que la alimenta. Eso cansa, silencia a muchos. Ni hablar de cómo devora generaciones y generaciones de niños sin darles oportunidad de desplegar todo su potencial, rodeados por una comunidad que los aprecie y aliente, y que insista en la vitalidad del amor, pese y frente a todo aquello que, en estos tiempos, promueve la separación de nosotros mismos, del otro, de la tierra que nos ofrece refugio. Prefiero esa vitalidad y es una elección personal pero se la debo a mis hijas, a otros niños, a mujeres y hombres que no abandonan ni el cuidado ni la fascinación por vivir. Lo que me queda por aprender, y es mucho, no quiero aprenderlo de otra forma.
Antes de los 18 años, serán abusadas una de cada 3 o 4 niñas, y uno de cada 6 niños (aunque nunca he confiado en esta cifra cuando los niños, es sabido, callan más). Según estadísticas internacionales, 85% de las víctimas no develará o lo hará mucho tiempo después. Otras estimaciones indican que por cada niño/a que llega a hablar, otros siete no lo harán posiblemente hasta bien entrada la adultez. Algunos, jamás.
No es llegar y encontrar las palabras para nombrar algo retorcido, perverso, que no se comprende en los niños más pequeños y colisiona desde una sexualidad adulta contra una sensorialidad naciente (los niños procesan como ternura, sin carga sexual como el adulto). Y aun contando con las palabras, o la comprensión o intuición del daño, igualmente podría el miedo ser más fuerte, los pactos forzados de secreto, o la consciencia de que será difícil lograr ser escuchados, y que el descrédito ronda, y está el afecto (o lo que quede de él después de tanta herida), la “lealtad” de niñ@s y adolescentes que paraliza a muchas víctimas que no conciben denunciar a un padre o un abuelo que las ha abusado años y a quien no desean el mal, ni la cárcel. Con el paso del tiempo, más difícil es.
Muchas víctimas, además, condicionarán su silencio ellas mismas porque demoran en reconocerse como tales y entender que no “propiciaron” nada, que no fueron “seleccionadas” por su “abusabilidad”.
Cuánta impotencia da cuando desde el propio frente de mi profesión encuentro libros advirtiendo sobre “perfiles” de niños (dóciles, carentes de afecto, con trastornos vinculares, etc.), sin mencionar la absoluta responsabilidad adulta en el cuidado (y en sus flancos expuestos), o la prevención de abusos como imperativo social, o el hecho reportado por los propios perpetradores en relación a la “oportunidad” o los factores situacionales que fueron determinantes, o por miembros de redes de pedofilia donde más que elegir por las características físicas o psicológicas, de lo que se trató fue de encontrar al niño más abandonado, más solitario, con menos red de apoyo y presencias adultas atentas.
No es tan distinto de la conducta predadora que se despliega en junglas o árticos u océanos: la cría que queda atrás (no herida ni enferma), aquella que la manada olvida o desatiende, es en una mayoría de ocasiones la que el predador ataca o devora. Da igual si era más o menos frágil, dócil, cariñosa, robusta, apegada, o lo que sea. Más sola, sí. Más vulnerable en su soledad, en la distracción de los otros.
Una sobreviviente a la que conocí, era abusada por un tío durante cumpleaños y festejos familiares. Todos socializando en una casa enorme, y ella siendo abusada (hubo tiempo hasta para realizar filmaciones del abuso) en un dormitorio al final de un pasillo, horas, durante las cuales a nadie se le ocurrió preguntar dónde estaba una niña tan chica (podría hasta haber caído en la piscina en tiempos donde no se usaban protecciones). Otra sobreviviente, con una madre alcohólica semi-inconsciente por las noches, vivía los abusos sistemáticos de su padre, y en ocasiones, de un amigo que los visitaba, en un dormitorio aledaño al de su hermano menor que por un agujerito de la pared -en una mediagua- observó esas vejaciones durante años sin comprender, y luego enmudeciendo solamente.
Siempre los niños en desventaja. No conozco la relación exacta pero me pregunto cuántas víctimas lograrán justicia versus cuántos responsables de abusos realmente serán procesados, sentenciados, o al menos desenmascarados. Cuando se trata de extraños, algo. En el territorio del incesto, ¿cuántos niños o niñas podrían comprender, acusar? ¿Quién, a cualquier edad, habría denunciado a un padre, un abuelo, de incesto y violación en los 1800, e inclusive en el siglo veinte? Y aun ahora.
La impunidad es un obstáculo mayor. Chile no cuenta con imprescriptibilidad para estos delitos. Los diez años que se suman a la mayoría de edad, permiten el límite de 28. El abuso sexual infantil es un crimen con un carácter único: por su edad, las víctimas no serán conscientes de que se trata de un delito, sino hasta mucho después de su ocurrencia. Siendo niños o adolescentes, el abuso de poder del adulto manifestado en lo sexual, sobrepasa las capacidades de comprensión, defensa psíquica, y respuesta de la víctima. Mayor es el secuestro en el territorio del hogar, de entornos cercanos, de los afectos y vínculos (la mayoría de los abusadores son de la familia o muy cercanos al niño), todo lo que se pervierte. A las víctimas les llevará años procesar lo vivido, vencer el silencio de años, encontrar su voz (conozco a muchas mujeres que lo lograron después de sus 60) y cuando la encuentran, de adultas, o de adultos, los hombres, a much@s les preguntarán ¿y para qué, a estas alturas? No hay cómo responder a esta inhumanidad. Son experiencias traumáticas que requieren de un “tiempo diferente” para ser procesadas.
Investigaciones en EEUU desde los 80 han ayudado a explicar que las víctimas de abuso sexual infantil, cuando niños/as, viven una suerte de “detención del reloj” a nivel de la memoria. Este reloj se reactivaría muchos años después, en diversidad de circunstancias -desde las más inocuas hasta las más cercanas y evocadoras de la experiencia original o del abusador-, al momento de completar (o recobrar, en algunos casos) la memoria del o los abusos ocurridos en la niñez. Completarla al darle una voz. Poder contar lo vivido, dar con las palabras que no existieron a los 4 años, los 8, en realidad casi a ninguna edad si de lo que había que ocuparse era de sobrevivir. La voz necesita otro espacio para poder salir, ser escuchada dentro, y luego ser compartida. Para poder sanar.
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El tiempo del abuso es diferente al que tiempo que conocemos. Durante la infancia, transcurre como el de un cachorro que juega todavía, ajeno a la herida que rae su pelaje, capaz de disociar carriles de realidad donde uno de ellos tendrá esa condición brumosa e inasible de las pesadillas al dormir, aunque estando despiertos. Con los años, el tictac puede tomar un ritmo confuso, agitado, hasta perforar las defensas y los ojos, hasta tener que ver, aceptar lo vivido, en ocasiones, a golpe de revelaciones casi nunca esperadas.
Una niña que había sido abusada de pequeña por un profesor y sacerdote se dio cuenta de lo vivido, recién a los 12 años. Todavía no le pondría nombre -“abuso”- pero entre clases de educación sexual en el colegio y una película que le mostraron unas compañeras, la angustia fue tal que recurrió a su madre, preguntándole “qué fue eso entonces”. Ella sí sabía (y también que debía denunciarlo junto a su niña).
Imagen o sensación, consciencia y cuerpo: la reconstitución de la memoria del ASI, para algunas personas, puede ser menos difícil, para otras, será fragmento a fragmento; o una sola marejada. A veces, una combinación de ambas formas a lo largo de los años. Luego de la reposesión de los recuerdos, vendrá el esfuerzo de dar nombre a lo innombrable, asimilar la propia historia, y lograr que aquello recordado pueda atestiguarse, cobre al fin existencia, desobedeciendo al fin la separación del propio transcurso.
Liberar la memoria. Maternal, me la imagino, quiero, necesito imaginarla: cuidando y limitando el acceso o comprensión de recuerdos confusos, tristes, traumáticos hasta estar mejor preparados –física y/o emocionalmente- para recibirlos. Aunque nunca se esté preparado en realidad, para la vivencia de un flashback (la irrupción intempestiva de memorias, con sensaciones vívidas y experimentadas en tiempo real) o la más modesta devolución de un detalle. Duele. Remueve todo. Luego, vuelta a reagrupar el alma, acunar el cuerpo. Doy fe
El dolor del abuso se vive en el psiquismo y en el cuerpo, y así también es su memoria. Doble. A dos bandas (como si una ya no fuera demasiado). Una dimensión es la memoria tal cual la conocemos, y la organización de sus recuerdos (una línea del tiempo, un espacio para ellos desde el cual puedan hilarse al resto de una biografía que es más que la sola historia de trasgresión sexual en la niñez). Otra dimensión es la memoria corporal: en el cuerpo hay un registro del abuso -del dolor, de confusión, o de miedo, repulsa- y sus recuerdos pueden emerger de una manera anárquica, incluso ante los más simples estímulos sensoriales. Un olor, una intensidad de luz, o el tacto; a veces una noticia, un lugar, una canción, un mueble que la memoria cognitiva ni tenía registrado, pero que el cuerpo sí pudo reconocer. La vida puede estar bien, ser vivible y amorosa, y el asalto de esa memoria podrá ocurrir de todos modos, de la forma más inesperada, o bien, sabiéndonos más vulnerables, o sólo más sensibles, algunos días.
Frente a una memoria de las características ya descritas (y recuerdos que no “prescriben” ni se pueden llegar y borrar o “archivar”), el trabajo no es menor. Toma tiempo y no poco. Si el fracaso, del Estado, de la familia y la sociedad toda en proteger a niños y niñas del abuso termina enajenándolos de inocencias, infancias y potenciales de desarrollo que les pertenecían ¿cómo no permitir que, más adelante, al menos cuenten con tiempo y espacio para procesar su experiencia? El tiempo también es un territorio del cuidado.
Reconocer este derecho, muy humano, a demorar cuánto sea necesario, es lo que persiguen las iniciativas por la imprescriptibilidad del abuso sexual infantil, o a lo menos, por la extensión de sus plazos de prescripción.
Es necesario permitir ese tiempo, dar cuenta de su recorrido inexorable -neurológico, maduracional, emocional, personal, único- . Respetar los procesos de recuperación o significación de la memoria luego del ASI; poder dar con las palabras (cada uno las suyas, sin imposiciones ni sugerencias), sin prisa, sin presiones, para contar la historia sin caer doblados al escuchar su propia voz contando lo inenarrable, niños, hombres y mujeres. La voz tiene que poder sostenerse y no es de un día para otro. Necesita tiempo.
Entre tanto daño, una victimización más: negar el “tiempo diferente”, forzar otra forma de silencio en las víctimas.
Sueño con que Chile, en esta materia, pueda seguir los pasos de EEUU donde, en la práctica, no existe prescripción de estos delitos. Si bien existe un estatuto de limitación sobre el tiempo para denunciar, lo que termina imponiéndose es la jurisprudencia establecida por los tribunales sobre situaciones que comprometen a la ciudadanía y afectan al bien común.
Así, luego de conocerse los estudios sobre “recuperación de la memoria” -y a pesar de que no faltaron quienes han tratado de desacreditarlos- el sistema de justicia norteamericano ha admitido denuncias de abusos sexuales infantiles así hayan pasado 20 años luego de la comisión del delito, y/o de la mayoría de edad. Actualmente, el estado de Pennsylvania intenta que sea posible denunciar hasta la edad de 50 años (para quienes estén interesados en el tema, pensando en CHile, aquí encuesta 2012 con la situación por c/estado).
Una mayoría de estados ya ha incorporado una ley sobre “recuperación de la memoria” que ha facilitado y masificado las denuncias. Ahora, que éstas devengan en juicios orales y sentencias para los responsables no es tan frecuente como uno supondría. Para muchas víctimas que develaron de adultas, su medida de justicia ni siquiera pasa por una sentencia, sino por la admisión de culpa del abusador, la compleción de un engranaje donde la verdad necesita ser una sola a dos voces: víctimas y victimario. Tristemente, es la forma en que una mayoría de familias y sociedades recién dan crédito a las víctimas.
Otro sentido de procesos judiciales con denunciantes adultos de los abusos vividos en su niñez, es lograr restitución al menos vía cobertura, completa o parcial, de los costos de la terapia que no suele ser breve (menos en casos de incesto) y que deberían ser asumidos por el responsable de los abusos. Puede parecer un pedido insuficiente (versus la prisión o lo que otras personas, que no han vivido incesto y ASI, podrían juzgar como “justo” desde su lugar, reprochando a muchas víctimas por no sumarse a la cólera, por no querer “vengarse” incluso, o por sentir compasión de sus victimarios ya viejos o enfermos y uno se pregunta ¿se darán cuenta quienes juzgan de cuánto más daño se inflige al tratar de imponer a las víctimas, cómo deben sufrir o comportarse?).
Cualesquiera sean los sentidos de la justicia para las víctimas que develan décadas después, necesitamos situarnos desde el respeto, y confirmar sus esfuerzos de intentar elegir cómo quieren conducir su proceso de enfrentamiento a la verdad y de restitución de equilibrios rotos. Esto tiene un inmenso valor en términos de ejercicio del autocuidado, el gobierno de la propia vida, y la reparación. Y para las sociedades también, para el cuidado de sus nuevas generaciones.
En el gobierno anterior, el senador Patricio Walker presentó un proyecto ley por la imprescriptibilidad de los delitos sexuales contra niños menores de edad (2010, contaba con apoyo del Ejecutivo, mediante el ministro Bulnes desde la cartera de justicia). Lo esperable era al menos conseguir una extensión ojalá semejante a la de países como EEUU. Recuerdo que acompañamos al Senador al Congreso, junto a los denunciantes del caso Karadima (Hamilton, Cruz, Murillo). No significó mucho. En marzo del 2014, el proyecto (boletín 6956-07) fue “archivado”.
Me pregunto qué tendríamos que hacer para lograr que se tramite de una vez. Qué haría falta, qué medios, cuántos virales, o tal vez la inmolación de alguna sobreviviente, proclives como somos a reaccionar en contextos de tragedia, y tragedia con mucho impacto mediático. ¿Qué dice el INDDHH, los organismos de mujeres, de infancia, de quién sea? El abuso sexual infantil ha sido considerado como una forma de tortura (un crimen de lesa humanidad) por Naciones Unidas.
Las repercusiones, el estrés post traumático, las lesiones físicas y morales, todo califica. Pero quizás debería ser siempre en medio de conflictos bélicos, terrorismo (incluido el de Estado), dictaduras, o deberíamos agregar al incesto y el abuso sexual infantil un componente ideológico y de discriminación –etnias, minorías sexuales, género, etc- para que tuviera mayor resonancia, para que importara más, mucho más. Pero son sólo niños (sí, lo digo con rabia, con apego fiero a esa defensa de los más, más, más vulnerables de todos). No son adultos.
Tengo claro que las urgencias siempre serán sobre los vivos más que en nombre de los muertos, sobre el presente más urgente que el pasado, y hay ahí una lealtad de especie, una inclinación orgánica, que puedo entender y compartir. Pero los sobrevivientes niños, niñas y adult@s de abusos sexuales en la infancia están aquí, y en tiempo presente lidian con las heridas muy reales (no sólo físicas: las heridas “morales”, emocionales, psicológicas, no por ser invisibles son menos dañinas y concretas en las vidas cotidianas) de lo que debieron resistir.
En un país donde no existe política de salud mental ni siquiera ante la emergencia del aumento anual de suicidios infantiles reportado por la OMS, difícilmente habrá voluntad de saldar la deuda ética con las víctimas de ASI, habilitando formas de acceder a tratamientos y terapia de calidad vía el sistema de salud público (y privado). La única persona, en mi avanzada edad, de quien conocí una disposición seria y bien fundamentada a contemplar –y materializar- la inclusión de la reparación en ASI para niños y adultos vía AUGE, fue a Andrés Velasco. El tema ni siquiera aparece con suficiente fuerza vindicativa en mi propio gremio profesional; entre quienes trabajamos en la esfera de abuso.
Quizás me pierdo. Quizás haber atestiguado que es posible la restitución con apoyo colectivo en otros países me confundió la esperanza así como la percepción del tiempo. Aquí lo siento empantanado. La relación de nuestra sociedad, de un mundo adulto que reacciona todavía con sospecha o reproche ante la palabra “derechos” cuando va en una frase junto a “los niños”, es no menos que decadente.
Existen términos como “racismo”, “homofobia”, “crímenes de odio” para aludir a discriminaciones y crueldades de unos seres humanos contra otros, diferentes, a quienes se considera inferiores. Debería existir un término análogo – “niñismo”, “infantofobia”- para nombrar el conjunto de actitudes a la base de la exclusión, desconsideración, opresión, vulneración, y negación de derechos humanos iguales a los niños. Como si fueran inferiores, hasta dispensables; hechos de hule, de fierro o de nada, vapor humano, menos valioso que muchos bienes y patrimonios que se defienden a brazo partido en nuestra sociedad. ¿Cuánto hemos evolucionado en doscientos años en el trato a la niñez?
Sumo años, una hija ya es una mujer grande, la menor recorre su primera década de vida, y la situación de los derechos infantiles cambió poco y nada en Chile. El tiempo suspendido, musgoso. ¿Qué deseos expresaría si pudiera, qué manifiesto a campo traviesa? Yo quiero que el abuso expire; eso quiero. Echar “agüita de cloro” (como recitaba Cecilia Casanova, QEPD) en todas estas ciénagas, toda esta brea, el peso de media tonelada en el corazón humano, como el de una orca, y no sé el de sus crías, peró sí que jamás llevarán en la memoria relojes detenidos como los que todavía deben cargar las nuestras.
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Agosto 2016: El pasado mes de julio el proyecto de ley para la imprescriptibilidad fue desarchivado y se solicitó urgencia al Ejecutivo para su tramitación. Como un aporte al proceso de debate y decisión, esta carta que les pido por favor leer, firmar si es posible, y difundir entre sus seres queridos y redes: “ABUSO SEXUAL IMPRESCRIPTIBLE EN CHILE: ES TIEMPO” http://abusosexualimprescriptible.cl/
En Chile, se revocó la ciudadanía ilustre a un abusador sexual, Fernando Karadima, ex sacerdote de la Iglesia El Bosque en la comuna de Providencia, Santiago (actualmente cumple la “pena” impuesta por el Vaticano, en retiro espiritual). Esta decisión se recibe con alivio, con gratitud porque sea posible realizar actos de reparación simbólica para las víctimas en primer lugar, y para la comunidad también (bien por el consejo municipal que unánimemente materializa este hito).
Otro alivio, aun cuando se trate de otro país, es que finalmente se avanza en justicia para las víctimas del actor Bill Cosby quien enfrenta un proceso por acoso sexual. Mientras, varias otras acusaciones –en 19 ciudades de 11 estados en EEUU, más una en Canadá-, desafiando plazos de prescripción (difícilmente revocables), intentan abrirse paso en el sistema judicial.
La información provista en testimonios, o vía abogados y fiscales, permite establecer un patrón: Bill Cosby solía invitar a sus víctimas a compartir un trago que él había preparado con alguna clase de sedante, para luego violarlas cuando se encontraban con sus capacidades severamente disminuidas, o inconscientes. En los casos donde no hubo violación, aparece igualmente el intento de sedación, o bien, sin drogas, está presente el acoso, los besos y manoseos por la fuerza.
Son hasta aquí 58 mujeres quienes entre la década de los 60 y los 2000 (ver pfvr reportaje del Washington Post), han padecido además del dolor causado por el trauma, toda clase de descréditos y silenciamiento. Una segunda victimización que se suma a la vulneración original.
El argumento de las “víctimas propiciatorias”, que a estas alturas más que indignación genera miedo y repulsa, ha sido innumerables veces planteado o insinuado. El daño es para quienes sufrieron la violencia sexual, y también para quienes puedan vivirla a futuro. ¿Qué sentido tiene denunciar si no van a creerte? El daño es también para la comunidad pues esos argumentos confunden, y entre los confundidos, puede haber más de un violador. ¿Qué mensaje recibe éste al atestiguar el descrédito a las víctimas? Un free-pass, una seudo amnistía a priori, o por lo bajo, una rebaja en la responsabilidad del delito, compartida con quien lo “propició”.
“Ellas se lo buscaron, se expusieron, se arriesgaron, aceptaron beber con él, sabían a lo que iban, quizás hasta lo trataron de seducir, o de sacar ventaja -‘escalar’ (sus carreras), extorsionar, obtener compensaciones posteriores- y les salió el tiro por la culata”. ¿Por qué se vienen a quejar ahora, luego de tantos años, de qué sirve?, si lo que dicen fuera cierto tendrían que haber hablado antes y la justicia las habría tomado en serio”. No es tan así.
Los sistemas judiciales también cambian, progresan, a veces muy lentamente; también nuestras actitudes como sociedades evolucionan: en Chile, hace una década costaba imaginar la denuncia de abusos sexuales al amparo de la Iglesia. Es un avance. Pero la justicia no todavia
Abusos gestados desde el poder, y defendidos celosamente desde el poder también: de un cuerpo más fuerte sobre otro indefenso; poder del adulto frente al niño, de instituciones, autoridades, de industrias como los medios o el cine. Es difícil preguntarnos si o cómo nos alcanza el poder del abusador o de los entornos que le son propios, o cómo cedemos espacios para la omisión o lasitud, y demoramos en cuestionar, o sacrificamos directamente a las víctimas al silencio, muchas veces antes de terminar de escucharlas.
Hay una forma de sordera que puede provenir del miedo, el desconcierto, el cansancio con las malas noticias, pero también, repetitivamente, ésta sordera no es más que un medio para “proteger” o defender –a veces del modo más violento- la reputación de un posible abusador. “Santo”, “genio”, encantador, “lo incriminan injustamente por ineptitud (de policías, psicólogos, etc), por venganza, por envidia, histeria, para sacarle plata”. Colectivos completos bajo la seducción y el hechizo que bien conocen las víctimas.
La reputación, el prestigio, fueron argumentos reiterados por personas comunes y corrientes, admiradoras de Bill Cosby, para ignorar acusaciones que iban sumando a lo largo de 4 décadas. Aún hoy, con la evidencia disponible, se pueden leer en diversos foros: justificaciones a su conducta, o bien, la admisión de las faltas pero minimizadas o blanqueadas en consideración a sus contribuciones al espectáculo, la comedia, y especialmente, a buenas causas como la educación superior de jóvenes afroamericanos carentes de oportunidades. Pero son carriles separados. Puede alguien ser un filántropo, y también ser un violador.
Seguramente, advierten los expertos, no habrá penas acordes a sus delitos, pero al menos B. Cosby está comenzando a enfrentar la justicia, y el cuestionamiento social. Algo semejante es casi impensable en relación por ejemplo, a Woody Allen, quien cuenta con una defensa mucho más férrea –junto a una disposición a omitir y perdonarle cualquier cosa al parecer.
Hace unos tres años, terminé eliminando un posteo en mi blog ante el encono con que reaccionaron algunos de sus fans. No importó que fueran más los comentarios positivos: un puñado (4) en tono violento, me hizo volver a un miedo imposible de nombrar, pero era una energía reconocible, y fue superior. Un par de académicos de psicología de univ. Latinoamericanas me escribieron para que repusiera o compartiera mi escrito al menos con ellos. Ya lo había eliminado hasta del recycle bin.
En ese post, fui clara en precisar “según lo informado en tal y cual medio” (incluyendo cada enlace), y en delinear lo subjetivo de mis opiniones “yo creo, siento, a mí me pasa que…”. Desde el momento en que supe de la relación de Woody Allen con su hijastra Soon Yi -o como algunos quieren establecer para tranquilidad de consciencia “la hija adoptiva de su pareja”, casi como si se tratara de un accidente cósmico- establecí una distancia, y un auto decreto de no ver más sus películas. Puede ser una medida exagerada, pero no es negociable.
Para mí, el cuestionamiento era desde el cuidado, no la moralina; desde las preguntas, no las respuestas definitivas. No podía no-ver que la localización de W. Allen –al momento de casarse con Mia Farrow- era de cuidador, alguna versión de figura paterna, o a lo menos un adulto en un vínculo con un grupo de hijos donde adoptivos o biológicos no era una distinción que los niños establecieran. Ellos eran “hermanos”, familia, y esa familia quedó rota. No sólo porque el esposo de la madre se separara de ella para casarse con una de sus hijas, así se insista en lo de “adoptiva” (y claro, en estricto rigor no puede definirse como incesto sin vínculo sanguíneo), sino porque a lo anterior se sumó que la hija menor, con 7 años –hija biológica, y ahí sí el incesto no es eludible- develó abusos, e insiste en su verdad sin importar cuántos años hayan pasado. Le creo.
Escribí ese posteo cuando el cineasta recibió el Oscar por Blue Jasmine. Quizás no fue el mejor momento para sus fans, pero me dejó pensando: si un mísero blog generaba reacciones agresivas en algunos, cómo sería la magnitud de las violencias enfrentadas por Dylan y Ronan Farrow –junto a su madre- por la osadía de haber intentado y perseverar en establecer la responsabilidad de W. Allen como perpetrador de abusos.
Mia Farrow era “una loca”, Dylan mentía o había sido inducida, y Ronan era un exagerado, hijo malagradecido, etc. El descrédito a sus anchas. Pero nunca se rindieron. Ronan, abogado y periodista, ha sostenido lealmente la defensa de su hermana (aquí su columna: Mi padre y el peligro de las preguntas omitidas) y desafiado a todo poder en este cometido que no es sólo familiar sino por las víctimas de abuso y el silencio al que son forzadas (ver esta nota, inglés, donde él habla del daño colectivo). Su voz se vuelve más necesaria desde que Ellijah Wood –del Señor de los Anillos- denunciara los abusos y capacidad de encubrimiento e impunidad de un grupo de pedófilos en Hollywood (vía El País).
Adicionalmente, la actriz Susan Sarandon, en pleno festival de Cannes 2016, con homenajes a W. Allen en curso (por su obra y sus ochenta años de edad), tuvo un gesto que se agradece: declaró que no tenía nada positivo que decir en relación al cineasta pues ella creía (y enfatizo el “creía”) que había abusado sexualmente de una menor. Recordé las loas de Diane Keaton y de Cate Blanchett durante los Oscar 2014, embelesadas con la genialidad de Allen. También recordé la total indiferencia de ambas actrices en tiempos en que el respetadísimo escritor y activista Nick Kristoff había puesto a disposición su tribuna en el New York Times para acoger a Dylan Farrow y ayudarla a publicar una carta con su testimonio de incesto, sin censura.
Ronan Farrow compartió que otro medio, el Times, había accedido también a la publicación limitando su extensión a un número de caracteres risible y con la condición de adjuntar, en una columna paralela, la trayectoria de la acusación de abuso sexual fracasada. Lo fue, pero no porque hubiese sido establecida la inocencia del padre, o porque se descartara completamente la verosimilitud del testimonio de la hija, sino porque el abuso no pudo ser demostrado (leí alguna vez el expediente que se hizo público y vale revisarlo para formar opinión cada uno sobre la naturaleza de los interrogatorios a los que fue sometida la niña).
Si el mismo proceso hubiese tomado lugar en estos días probablemente, otro sería el resultado (éste es un interesante artículo al respecto) y Dylan Farrow, que no tendrá justicia (por prescripción), podría recobrar la confianza en que aun sin respaldo colectivo, tiene derecho, como mínimo, al “beneficio de la duda”.
Es horrible agregar a lo vivido, la incredulidad ante al relato de una experiencia como el incesto o la violación. Más horrible es constatar que sea preferible, para una sociedad, difumindar la línea entre víctimas y victimarios.
Las “malas de la película” no son las niñas, jóvenes o mujeres violadas, ni los niños, jóvenes y hombres que son víctimas también de violencia sexual. Los enemigos no son quienes ejercen, finalmente, el único derecho –muchas veces sabiendo que jamás habrá justicia- de vocalizar el abuso, así pasen ochenta años (como la conserje de mi edificio de infancia).
Es posible el autocuidado, el cuidado, honrar el lenguaje, compás sagrado. Pero hoy fallan mis márgenes y siento rabia y me doy cuenta de que estoy harta, realmente cansada, de llevar años hablando de lo mismo y defendiendo la credibilidad del testimonio de niños y niñas chicos, de adolescentes, mujeres y hombres adultos sobrevivientes, que merecen otra respuesta de parte de sus sociedades: una respuesta humana, acompañante en el duelo. Pero si las respuestas no van a estar a la altura, al menos es exigible una presunción de inocencia (misma que se garantiza a los imputados por cualquier delito), antes de sojuzgar y desechar las verdades de las víctimas. “Los niños mienten, fantasean, se confunden”, “las adolescentes exageran, no asumen responsabilidad, se expusieron”, “las mujeres son vengativas”, “los adultos están ‘fregados del mate’, quizás hasta inventan, se están vengando por algo”. ¿HASTA CUÁNDO?
En la memoria reciente, las jóvenes argentinas asesinadas en Montañita, Ecuador. Años atrás Nirbhaya, “la hija de la india”, y todos los días, en todo el mundo, hasta sentirnos incapaces de asimilar otro recuento de atrocidades. “Víctimas propiciatorias”, se dijo de ellas en innumerables oportunidades.
Hemos escuchado lo mismo, con una redacción ligeramente distinta, en relación a niñas o niños pequeñísimos que “quizás buscaron afecto” (pero no una relación sexual adulta) y “por eso se expusieron”, o en relación a mujeres víctimas de violencia intrafamiliar, y ha tomado años entender que no es por “débiles de carácter” que permanecieron en relaciones dañinas, sin buscar ayuda (ni ver salida) u otorgaron enésimas oportunidades a sus agresores, arriesgándose a nuevos ataques, más ensañados, o letales.
De las víctimas de violación, los “contextos” o vestimentas son la excusa (y siempre, tengámoslo claro, serán excusas en pos del violador). Las víctimas “no debieron aceptar alcohol”, “eligieron el encuentro” pero una cita o una fiesta nada, NADA, tiene que ver con haber consentido a una violación.
Lo compartí hace poco en un post sobre abuso sexual en universidades: no puede ser que víctimas de violación deban dudar de su propia experiencia en función del descrédito social que las victimiza, y que más terrible aún, terminan asimilando como propio. La crueldad mayor: poner en sus manos un arsenal para seguir hiriéndose. ¿Qué país es el nuestro? ¿Cuánta más disociación del cuidado?
Recientemente se ha hablado mucho de violencia, de salud mental y su estado crítico en Chile. La enfermedad es también que tantas jóvenes se recriminen a sí mismas o duden reconocer que fueron violadas –cuando sí lo han sido- porque primero dijeron que sí –a un cortejo, un beso, o una relación sexual- pero luego no estaban seguras, o se negaron y entre medio algo disminuyó sus capacidades de deliberar y consentir, y alguien decidió actuar de todos modos (básicamente con un cuerpo como podría ser uno en estado de coma), o bien, porque aun habiendo dicho NO desde un comienzo, fue su propio pololo o novio o amigo del alma el que las sedó o embriagó para luego violarlas (también hay jóvenes varones violados en estas condiciones, por hombres o mujeres, y recuerdo el caso de un muchacho gay vulnerado con una boca de botella de vidrio, por una compañera que le hacía bullying).
El sí es sí cuando es rotundo, inequívoco, en pleno uso de facultades y -no puedo creer que debamos enfatizar lo siguiente- 100% consciente. Todo lo demás es no: el no declarado, junto a otros “no” quizás dubitativos, a medias murmurados, o expresados sin voz pero sí con el cuerpo. Son más. El sí es sólo uno y es nítido. Y si eso no es una claridad en nuestro país, posible de aprender desde niños en hogares y en escuelas (y no es sólo la educación sexual, es TODA) entonces tenemos una tremenda ausencia que reparar.
El consentimiento es una capacidad adulta, pero su desarrollo comienza desde el nacimiento. Comenzar a conversar o guiar en la adolescencia, ya es tarde, y peor en la adultez. Pero no por eso vamos a dejar de hacernos responsables de volver a examinar nuestros SI y NO, su ejercicio lúcido, soberano. Se lo debemos a las nuevas generaciones. Que en el futuro nunca deban hacerse preguntas destructivas:
¿Fui o no violad@, tengo derecho a reconocer que lo fui? es la clase de pregunta que alimenta una sociedad hostil con las víctimas de violencia sexual, donde existen autoridades que demoran, refuerzan la sospecha contra las víctimas (“tomaron traguitos de más”, “quieren pasar gato por liebre”), y/o no responden con firmeza a las demandas de protección y justicia; de cuidado al fin.
Se absuelve o libera a violadores (en nombre de la ley) pero a las víctimas se les exigen pericias, testimonios reiterados, y “pruebas” a sabiendas de lo inmensamente difícil que es comprobar agresiones sexuales sin señas físicas que sirvan de evidencia. Y no las habrá: pasados años y/o sin oponer resistencia, es casi imposible contar con lesiones retratadas o listas para descongelar. Pero igualmente serán exigidas las pruebas (inclusive si se trata de niñas pequeñas violadas durante años por padres, padrastros u otros miembros de sus familias, o niñas embarazadas como resultado del incesto ¿qué más evidencia quieren?).
Con o sin pruebas, con o sin justicia, las voces de las víctimas de violencia sexual, cada uno y una puede elegir no ponerlas en duda, escuchar, no ahondar su temor y su soledad. Yo puedo tener un punto no ciego sino fijo e inamovible, o si alguien elige verlo así, puedo pecar de “parcialidad”, y lo respeto, aunque disienta, pero para mí esto no se trata de ser parcial o no, sino humana y punto.
Creer a las víctimas, escuchar, tratar de entender que no debería haber espacio para tanta incredulidad si aun en las peores condiciones, con todo adverso, en una cultura como la nuestra y en un sistema judicial como el nuestro, un ser humano llega a compartir una historia traumática de abuso sexual infantil o violación. Es la indefensión total de un lado, y del otro, una ráfaga de molinos gigantes: una sociedad que duda, y abusadores que por su edad, su rol, o su peso público en muchos casos, favorecen la omisión u olvido de sus víctimas, y de paso, disuaden a cientos o miles más de intentar alguna restitución.
“Víctimas propiciatorias”, “de alguna forma consintieron”. Me pregunto si se darán cuenta quienes urden esas palabras, de lo que están haciendo, la llaga que ahondan con una cobardía que no por dejar la redacción a medias, se vuelve invisible. “Propiciaron la violación, consintieron ser violadas, horadadas, asesinadas”, podrían decirlo así (tal como lo piensan) y en realidad nada cambiaría, no para las víctimas: media frase o la frase entera, la sugerencia o la afirmación, la daga a 2/3 o 4/5 clavada, todo está hecho de lo mismo. El mismo juicio, el mismo hielo.
No arriesguemos que más niñas o mujeres se resten del derecho que tienen a vivir un proceso de develación, de escucharse y ser escuchadas, recobrar la voz, poco a poco, el curso de sus vidas, poco a poco. Nada es milagroso, ni ligero, ni rápido. Pero por difícil que sea desobedecer los silencios del vejamen, no pueden los actos de voz -rudimentarios, susurrantes al partir, luego más articulados, audibles- tomar lugar en la piedra, la espina.
El descrédito, por favor abramos los ojos, no es más que un nuevo abuso (de verdad lo es, no imaginan el dolor psíquico que provoca en las víctimas), la repetición o regreso simbólico de un verdugo que contaba con esa misma certeza conveniente que las sociedades todavía hoy permiten sentir: “¿quién va a creerte?”, “¿quién? a un niño o niña tan chicos, quién a una adolescente, quién, a una mujer. Y claro, los relatos del horror son confusos, atarantados, o en extremo asustadizos, y no comienzan con tranco firme, ni siquiera comienzan con la seguridad de que llegarán a la tercera frase. Aquí sí la voz es un lápiz que escribe chueco, a punta de lágrima y codazos internos, de borrones de grito en la memoria, muchos borrones (esto no puede ser, pero es, mil veces no, pero sí). No es extraño que la lengua se ponga torpe (¿se puede ahora decir lo indecible?), y los dientes rechinen, los huesos, y hasta la verdad que no importa cuantas veces sea pronunciada, siempre tiene un sonido que recoge el cuerpo, a veces más, otras menos, pero ese sonido, ese sonido, no hay cómo cambiar sus notas. Quizás por eso cuesta tanto que sea escuchado, me lo he planteado miles, literalmente, miles de veces. Quizás eso lo saben bien quienes abusan y a más poder, más distorsionada la escucha de quienes deberían concurrir por las víctimas. O acaso el poder termina dando lo mismo si los perpretadores dan por descontado que la indolencia es su garantía (mucho más de lo que otros seres humanos jamás seremos capaces de creer, de comprender). Todavía puede serlo, Pero no dejo de esperar ese día en que por fin se equivoquen.
En Coronel y Coyhaique, dos ciudades del sur de Chile, se cometieron crímenes atroces. Primero, un padrastro golpeó y azotó contra las murallas a un lactante de un año y meses. Al día siguiente, el ataque a una joven de 28 años (Nabila Rifo), mamá de 4 hijos, quien fue abandonada en la vía pública muy malherida, con múltiples fracturas y arrancados sus ojos.
Un país violento. Un Estado que fracasa en su cometido de cuidar, educar, de evitar violencias severas, o que por omisión e ineficiencia, las habilita. Una comunidad que tarda en reaccionar, en sentir, en exigir el cuidado que merecen sus niños, mujeres, todo ciudadano y ciudadana, de toda edad.
En ambos casos existían agresiones previas: el niño había sido ingresado en marzo pasado al hospital de Concepción, y la mujer había realizado denuncias por VIF, una por el ataque a su hogar y la amenaza de muerte (hacha en mano) de su ex pareja y padre de dos de sus hijos (hoy imputado). ¿Qué precauciones se tomaron de parte de los sistemas de salud y justicia? En el caso de Nabila, el agresor fue derivado a terapia para control de impulsos (más firma mensual; sobran comentarios). Para el niño, no se sabe de ninguna, hasta aquí. Fracaso rotundo en protegerlos.
El niño está fuera de riesgo ya; la joven está apenas consciente y pasará por un dolorosísimo proceso de reparación tanto médico como psicológico. El trauma es en todo su ser, cuerpo, alma, y es también para sus cuatro hijos, su comunidad. El sábado pasado, en Coyhaique hubo muestras espontáneas y masivas de solidaridad. Pero también hemos leído y en realidad no termina de ser establecido tajantemente si sus vecinos atestiguaron o no parte del ataque (sí habría sido realizado el intento de denuncia al 133, con tiempos de espera inconcebibles).
En este ataque o en otros, el miedo puede explicar una parte de la inacción o no-intercesión: miedo a ser agredido, a represalias, o a no saber cómo, simplemente, detener a un agresor desatado, capaz de pulverizar a otro ser humano indefenso. Pero también está la pregunta de hasta qué punto hemos naturalizado la violencia que no intercedemos, ni logramos notar señas de angustia o pedidos de auxilio en silencio, algo que comparten reiteradamente víctimas de abuso sexual infantil: todo un sistema de miradas, signos corporales, etc., que desplegaron a veces por años para intentar “decir sin decir”, y conseguir que no las dejaran solas con su abusador, o que algún adulto -uno al menos, entre tantos- notara algo, interrumpiera el abuso.
Dicen que los medios crean realidades, que alimentan percepciones de aumento de la delincuencia (que según entidades especializadas ha disminuido) y de la violencia. Pero medios o no, el último reporte de violencia infantil Unicef (2012) señaló que 71% de los niños y niñas que viven en Chile sufren maltrato (físico, psicológico y abusos sexuales); Jenafam-PDI informó de 4890 niños y niñas víctimas de delitos sexuales en 2015 y en lo que lleva de este año Sernam reporta 14 femicidios (en años previos: 58 en 2015 y misma cifra 2014; 56 en 2013). Quizás la delincuencia ha disminuido, quizás hasta la violencia es “menos” –comparando con otros países-, pero en vidas de niños y mujeres, obituarios, lesiones y ensañamientos es para dejar en el suelo a cualquier ser humano con corazón.
El ensañamiento. En el ataque de Nabila recordar que no es la primera vez: hace tres años, en Punta Arenas, a otra madre le sacaron los ojos, frente a su guagua. También fue abandonada en la calle –con su hijo- en el frío feroz, no austral, sino deshumanizado. Hoy Carolinaa Barría, ciega, recibe del Estado doscientos mil pesos. Sin comentario la noción de apoyo digno. Ella en cambio, con pleno sentido cívico, humano, comparte su historia (en un reportaje de Paula: “Abre tus ojos”) y trata de proteger a otros, a otras jóvenes y mujeres a quienes les pide que se cuiden, que no dejen pasar la menor seña de trato despectivo, controlador, ofensivo, cualquier violencia de una pareja (y de nadie) y pongan de inmediato distancia, o denuncien, pidan ayuda.
Ella no habla con odio, con ninguna violencia (y después de haberla vivido, nadie la querría cerca, ni siquiera desde las palabras). Se pregunta hasta por el perdón, y uno se recoge porque ni siquiera puede, no realmente, por más que trate, imaginar su experiencia. Carolina es un monumento de vida, de resiliencia, y vuelve a remecernos en estos días enviando un mensaje a Nabila (aquí, nota) en cuyas palabras, nuevamente, no se respira violencia. Dignidad sí, fuerza, cuidado. Desacatan turbas del alma, y obligan a poner atención en algo que ningún índice ilumina totalmente: la vastedad de la desprotección.
Cuesta pensar a Chile como un país violento, en democracia (luego de haber luchado tanto por terminar un ciclo doloroso, y violento, de 17 años de dictadura). Pero qué otra palabra podríamos usar frente a los abusos sexuales a niños, las violaciones, las muertes de niñas y mujeres, las decenas de casos de adultos mayores vulnerados, las ausencias en salud, los rechazos de licencias que impiden a padres y madres cuidar a sus hijos. Es un hilado de daños y sufrimientos que pudieron, podrían ser evitables (no son desastres naturales sobre los que no tenemos control), y no lo fueron. No han merecido la prioridad que siguen invocando.
No actuar a tiempo o hacerlo de modo deficiente, refleja elecciones que no son sólo pasivas; hay responsabilidad ahí. Al menos corresponsabilidad, de parte del Estado, en graves vulneraciones de derechos de niños y de mujeres (y de comunidades, y del hogar mayor que es el territorio y sus recursos) y también, en revictimizaciones.
Demoras en legislar, educar, en proteger pueden considerarse formas de abuso por omisión/acción; flancos expuestos para la violencia. La sola indiferencia de la clase gobernante o de grandes sectores de la sociedad es un factor de riesgo; la indolencia, la desconfirmación de la existencia del otro (bien lo ha explicado el biólogo Humberto Maturana) y de sus sufrimientos; la pobreza; la trayectoria de la corrupción, cifras astronómicas (mientras en educación, en salud, la restricción prima). Hay mucho que no parece estar siendo sopesado como motivo de rabia, de desconfianza cada día más difícil de revertir en Chile.
Uno piensa en las niñas, las jóvenes, las mujeres. Una de cada tres vivirá violencia sexual en el mundo, y en Chile también. ¿Qué les decimos a nuestras hijas? Como Carolina Barria, insistir en el autocuidado, en la tolerancia-cero a señas de violencia, y ojalá se conviertan en ninjas, pero todo queda temblando sin un soporte mayor en la sociedad; en cuidado y en justicia, de la mano. También en el fracaso y las pérdidas que desencadenan.
Cuatro años atrás se suicidó Gabriela Marín, educadora de párvulos de 23 años, mamá de dos niños pequeños. Había sido violada por 3 hombres que lograron ser detenidos por Carabineros, hubo testigos, la víctima logró identificar claramente a dos de ellos, pero el tribunal los absuelve por problemas con la prueba. Al saber que sus victimarios se encontraban libres, Gabriela se suicida y deja a su hermano la misión de lograr justicia. Luego de todo un calvario moral y económico que afecta a toda la familia –los hijos, la madre de Gabriela- y dos juicios orales inútiles, quedaba querellarse contra el Estado. La desconfianza cívica es superior a sus fuerzas (aquí el testimonio del hermano) y desisten.
En nada queda el valor de denunciar, si la justicia no responde. Es perverso que cualquiera víctima, de la edad que sea, niña o adulta, mujer u hombre, llegue siquiera a preguntarse ¿vale la pena denunciar este daño? y responderse que no. En casos de abuso sexual infantil se pide a los niños reiterar su relato una y otra vez, la ley de entrevistas videograbadas está pendiente, y los registros de pedofilia, como hemos sabido, no están actualizados. Las sanciones no garantizan la separación de abusadores de la comunidad ni de sus víctimas, ni proveen mecanismos de contención o prevención de reincidencias. ¿Qué protección es ésa?
26 años de democracia. ¿Qué hemos hecho cada uno y una en 26 años vividos, o en diez, o en dos inclusive? Por supuesto no es igual llevar las riendas de una vida o cuidar una familia que un país, pero 26 años no es un plazo despreciable. Todo ese tiempo, y el maltrato infantil no está aún tipificado como delito (recién en 2015 se presenta el proyecto ley), aún no entra en vigencia una política nacional de infancia ni existe un Defensor del niño (propuesto años atrás por Patricio Walker, mucho antes que se creara Coninfancia), y el abandono de Sename no da más.
No fue prioridad el 2014, tampoco el 2015. Después de la trágica muerte de una niña en abril pasado (Lisette, de 11 años, 11 meses), el Congreso crea una nueva “comisión de investigación 2016”. Su sentido, en palabras del diputado René Saffirio es “conocer los avances y obstáculos de la institucionalidad desde la aprobación del informe de la primera comisión investigadora en 2014”. El Senador A. Navarro, quien preside, dijo que “esperan” (hasta cuándo con ese verbo) entregar en un plazo de 90 días “las bases mínimas” para que a su vez el Gobierno entregue propuestas concretas sobre la restructuración del servicio (ver nota por favor). Sename existe desde 1979 ¿no sabemos ya lo suficiente, cuánto más tiempo van a perder? Uno se pregunta cómo esperan que confiemos. Se va volviendo imposible (reportaje madres adolescentes en Sename, rev. Paula: lectura ineludible).
Me cuesta escribir, no quiero recurrir a marcos teóricos ni a palabras alejadas de la emoción que cotidianamente, o al menos periódicamente nos sale al encuentro. Esto lleva años, paciencia puede quedarnos pero como decía una niñita en terapia “ya no la quiero usar” y hay que pedir perdón por la dureza del recuento pero no se me ocurre otra forma de graficar las negligencias y desidias que vamos sumando.
Se ha solicitado al gobierno una “alerta de género” y no ha habido respuesta. No hay un concepto similar, que yo sepa, para la niñez, pero hace rato estamos para alerta o emergencia también. Para agendas cortas en decenas de temas existe disposición, pero ¿qué se contempla en esas agendas para las víctimas de violencia infantil, de género, para agresores que reinciden?
Podemos tratar de aferrarnos a ciertos progresos modestos (sabemos que cambios o legislaciones toman tiempo), y encontrar tremenda fuerza y esperanza viendo a numerosos colectivos y personas que trabajan o movilizan distintas buenas causas.
Hay una energía ciudadana muy valiosa que se ha puesto a disposición (años ya). Pero la responsabilidad mayor pasa, inexorablemente, por la política pública, instituciones a la altura, y sin esos pilares, no hay manos que alcancen, las de nadie, para cuidar, arropar, para prevenir y evitar violencias, o para defender, consolar, para restituir, para sostener pancartas o velas de lucha, y asegurarnos de que lo que es imperativo cambiar, cambie de una buena vez.
Hay una tarea mayor, como país, que no está firme, ni ha sido prioritaria, desde el cuidado, y desde la prevención de toda violencia, y ésta no piensa ceder territorio así no más, sanar así no más. No es sólo el patriarcado, el machismo, el capital, las distorsiones expresadas en ejercicios de posesión y control sobre cuerpos y dignidades de los más indefensos, vidas que para un agresor, violador o asesino no tienen ningún valor. La disociación nacional del cuidado –de los niños, familias, de los hogares de protección, de distintas comunidades, de nuestros recursos naturales, etc-, expresa de alguna forma que nuestras vidas, para el Estado, están teniendo escaso valor. Eso es tremendamente violento.¿Y nosotros: cuánto las valoramos?
Sabemos que los delitos contra la propiedad tienen mayores penas que los crímenes contra seres humanos que no-mueren (y la insanidad es que “sobrevivir” es una atenuante, o la “irreprochable conducta anterior” así sea que la conducta “posterior” implique abusos sexuales reiterados, o violar a niñitas o mujeres). Pero podrían extremarse las penas –y fiscalizar que se cumplan- y poco cambiaría si no vivimos, además, transformaciones profundas que permitan en el plazo de una cierta cantidad de años, ver cambios como sociedad: en nuestra cultura, nuestras estructuras mentales, nuestras formas de relacionarnos, nuestro lenguaje, nuestros valores y actitudes en cada espacio, en relación a la violencia. Toda violencia.
El estándar de la no-violencia es claro: no es a veces, no es según quién, ni cuáles derechos humanos trasgreda o dependiendo de cuándo. Esos derechos no tienen valor relativo o condicionado, son universales, se cuidan para todos por igual. Incluso para el “peor enemigo”.
Volver a la convicción profunda de que la educación sigue siendo la fuente y la herramienta. Educar desde el cuidado ético, sigo con la insistencia y no da para pedir disculpas (“o cuidamos o perecemos”, el eco de Bernardo Toro, y de Carol Gilligan, nunca fueron más vívidos, y de James Gilligan también, sobre la epidemia de la violencia y sus raíces en la pobreza y humillación, indistintamente de las latitudes): cuidado de sí, de los otros, de los entornos que habitamos y nos sostienen.
Cuidado mutuo, cuidado expresado en respeto a derechos y vuelto justicia si su sentido es proteger, restituir, cuidado como una respuesta colectiva, pacífica, que se jure –así demore, así fracase muchas veces antes de lograrlo- desnaturalizar y erradicar toda violencia (hasta la más mínima o en apariencia irrelevante; nunca lo es). Cuidado que no trepide en actuar sobre cada raíz del odio que sea capaz de descubrir, cuánto factor propicie el abuso de unos sobre otros, o la indiferencia. Cuidado valiente, que se atreva a mirar sus contradicciones, sus demoras, y las ponga sobre la mesa para comenzar a enmendar y agenciar.
Escribía no hace mucho sobre la necesidad de “todo un pueblo” en el cuidado de unos y otros, y también en el cuidado de un país, más todavía si está herido, si muestra síntomas de enfermedad. La queja con el Estado de Chile es la desprotección por demora, por negligencia grave, por desatención profunda. Porque ha malversado –es lo que se percibe- su espíritu de servicio y de cuidado, y ha asumido la pérdida (con nosotros de testigos, acaso pasivos por mucho tiempo), de energía preciosa e indispensable que necesitaba concentrarse en otros cometidos, y aún se necesita: sanar, prevenir, detener violencias (mil veces no+violencia, no más), y propiciar el bienestar colectivo, crear, crecer, llegar a convertirse en un buen país donde ser niño, ser mujer. Ser quien sea.
No es tiempo de seguir condonando la inacción o ineficiencia, la falta de voluntad política y emocional para proteger, para educar, para no permitir que sigan repitiéndose tragedias como las que hemos atestiguado. Pero si el Estado desprotege, vulnera y hasta habilita la violencia (por más arengas y promesas que realice, siempre después-de, siempre tarde), la resistencia es un derecho civil. Y creo más fuerza cobra en tanto la indignación ética no conceda en lo mismo que resiste (la violencia) ni nos separemos de nuestra humanidad, de nuestros amores (pienso en mis hijas, en muchos hijos); del cuidado. Esa desposesión sí sería una derrota; más todavía.
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Imagen: Londres, Great Ormond Street Hospital for Sick Children, 1940
“Han pasado casi 4 años desde esa noche, la noche en que a mi amigo se le olvidó nuestra amistad, la noche en que lo único que vagamente recuerdo haber dicho fue: ‘Los amigos no hacen esto’”- Testimonio de una estudiante de Cs. Políticas de la Pontificia Universidad Católica de Chile, publicado de forma anónima en FB, el 21 de abril (aquí, información). Le han seguido al menos 10 testimonios similares. TODA nuestra solidaridad y apoyo.
No imaginé que en tan corto tiempo mencionaría a Lady Gaga una vez más, pero vuelve esa canción, la imagen de las jóvenes víctimas de violación tomadas de la mano en los Oscar 2016 (video, subtitulos español): “’Till it happens to you”, hasta que te toca a ti: de verdad, no hay forma de imaginarlo hasta que se vive. Que no sea necesario; cuidemos a quienes sí podemos cuidar todavía, sin lamentar más ausencias y destiempos.
¿Cuándo seremos capaces de dimensionar realmente el alcance del abuso sexual, de la violencia sexual en nuestro país? Niñas, niños, pequeñísimos (algunos discapacitados, o hasta en estado de coma), adolescentes, estudiantes universitarias (y universitarios también), mujeres adultas, y hasta ancianas.
Hace menos de dos años, me preguntaba si en nuestro país se develarían los abusos en instituciones de educación superior tal cual estaba atestiguándolo en EEUU a través del movimiento “Carry that weight” iniciado por Emma Sulkowicz. La joven, estudiante de Columbia University, juró llevar con ella, a todo lugar, el colchón donde fue violada, hasta que su violador –alumno de la misma universidad- fuera expulsado. Inevitable recordarla al conocer de los abusos denunciados en la PUC, por una joven de la misma generación.
El valiente relato al que siguen otras denuncias en la PUC (señalan que habría casos de embarazo, inclusive) visibiliza descarnadamente una realidad de la que sabíamos, y apenas es el comienzo. ¿Cuántas y cuántos jóvenes lo habrán vivido en Chile? Las voces serán una cascada, como ya lo están siendo gracias a un historia compartida.
El testimonio anónimo en FB es de una honestidad arrolladora: cada emoción, cada tránsito en el proceso de esa joven: la soledad, la disociación, los auto-reproches (siempre injustos), la verdad que comienza a devolver un sentido de integridad, de cordura a la víctima, pero casi por cuenta propia, a pulso llevando su duelo y la memoria.
En la PUC, las estudiantes víctimas estarían enfrentando una realidad con protocolos inexistentes o incompletos. Puede haber alguna contención, pero se deja sentir una institución más bien distante en la respuesta a la tragedia de sus alumnas. Sin procedimientos actualizados todas y todos los estudiantes están siendo desprotegidos, y las víctimas quedan más expuestas, más vulnerables y confundidas. Las jóvenes necesitan saber qué hacer, a quién recurrir, con absoluta claridad en que son víctimas y merecen justicia.
Recordaba a jóvenes de enseñanza media y universitarias con quienes he cruzado camino en la consulta, casi disculpándose por un dolor al que no terminaban de conferir existencia, inseguras como se sentían de haber vivido o no una violación. Las historias tienen tantos elementos que se repiten: “Lo conocía, fuimos juntos a la fiesta, éramos amigos, pololos, compañeros de carrera, quizás bebimos de más o di la señal equivocada, entonces no sé”…traducción: no sé si fui violada, aunque nunca dije que sí, un sí inequívoco, con todos los sentidos y voluntad: con pleno CONSENTIMIENTO. Es lo único importante: el Sí consciente y rotundo, todo lo demás es NO (no está de más compartir este video, simple e inapelable en su propuesta).
El consentimiento es un tema del cual escasamente hablamos (detenida, largamente como merece, desde la infancia), y un repertorio vital de cuyo desarrollo no nos hacemos en lo absoluto responsables como país, dejando indefensos, de unas y otras formas, a generaciones completas que no reciben la educación y orientación que necesitan (eduación sexual, cuidado etico, prevención abusos, formación para la vida y ciudadanía, entre otros).
Pero sí: claro que era violación, en todos esos casos, y lo es, para cada muchacha o mujer que no consintió una relación sexual. Y es siempre terrible confirmar que sí; que hubo abuso sexual. Pero mucho más trágico es creer que se comparte responsabilidad en un crimen del cual se fue víctima, y sólo víctima, no importa cuántas excusas se quieran levantar, o cuántas “atenuantes” o “facilitadores”del delito. Insistir en esta línea explicativa daña, no sólo a víctimas, sino a niñas y niños que están creciendo y necesitan saber, desde muy chiquitos, que No es NO, que su integridad merece respeto y que nadie tiene ni tendrá derecho a violentarlos, a ninguna edad.
El problema que enfrentan muchas sociedades, incluida la nuestra, es que se condona o relativiza la violencia sexual –exonerando de paso a los violadores – cada vez que se mencionan, aun cuando no sea con afán exculpatorio, hechos como los siguientes: “[las víctimas] estaban ahí por decisión propia, con personas conocidas, en lugares conocidos donde además hubo consumo excesivo de alcohol o de sustancias equis”. Se instala más de una duda destructiva (para ciudadanxs y la comunidad completa), cuando escuchamos a abogados o académicos exponiendo estos argumentos, o a autoridades (parlamentarios, por ej) “deslizándolos” irresponsablemente en debates de proyectos de ley como el 3 causales, en la causal de violación específicamente.
Las denuncias que se han realizado en la Universidad Católica, han surgido antes en otras universidades, tanto a través de alumnas como de académicas, y no serán las últimas que tengamos que conocer. Pero perturba que en la vocería PUC, hasta aquí, ya se hiciera mención a “lugares y personas conocidas, posible exceso de alcohol”.
“Son situaciones difíciles de abordar” dijo el director de ASuntos Estudiantiles. Cierto, difícil, pero por otro lado, es muy simple y nítido en los compromisos a adquirir. Entendemos que en situaciones de perplejidad, y duelo, las respuestas que se articulan pueden distar mucho de ser apropiadas, pero el mensaje queda incompleto sin el compromiso explícito, en acciones detalladas y categóricas, para erradicar la violencia sexual en la PUC (y esto es necesario en toda institución de educ. superior): con protocolos de prevención del acoso sexual, términos muy exactos de relación (físicos-emocionales-sociales-online, y hasta cuándo vamos a rogar por esto) entre docentes-estudiantes y entre estudiantes; estándares de protección del alumnado, de reparación para las víctimas (procesos de justicia y terapéuticos), y en la investigación y sanción de los delitos y de quienes resulten responsables de haberlos cometido, o encubierto (se trate de estudiantes o académicos).
Sin lugar a dudas, deben ser respetados el debido proceso y el principio de presunción de inocencia (hasta que se compruebe lo contario) de quienes sean denunciados como responsables de los delitos, pero deberíamos pedir, al menos lo mismo para las jóvenes abusadas: el debido respeto y contención, sin acusaciones precipitadas, sin desacreditar sus testimonios, ni juzgar –como ha sucedido con tantas víctimas, incluso menores de edad- su criterio, sus comportamientos, repertorios de autocuidado, etc. Antes que presunciones de “dobles intenciones” y hasta “desequilibrios psicológicos” (lo “desequilibrado” y enfermo es un sistema que endosa abusos e impunidad), ojalá las respuestas puedan ser de escucha, de reflexión. Empatía.
A Emma Sulkowicz, la tildaron de loca, agitadora, patética (y cosas peores), la trataron de disuadir, de extenuar a pulso de indiferencias y dilaciones para acoger su denuncia. Ella incólume, con una entereza sobrecogedora, hizo visible ante toda una comunidad, el peso que acarreaba internamente, ella y cada víctima de violación, encarnado en su colchón. Muchos sabemos lo que pesa un colchón, si alguna vez nos hemos mudado, o simplemente, al cambiar las sábanas. Cuántos colchones habría que llevar sobre los hombros, o arrastrar por caminos de tierra y piedras, para dar con el equivalente al peso de una violación, a cualquier edad.
Colchones o no, la sensación es de estar al borde de trizar espinas dorsales y esqueletos completos, si continuamos llevando el peso de miles de víctimas cuyo sufrimiento no alcanzamos a evitar a tiempo en Chile. Si hubiésemos hecho más, si hiciéramos. Pero no damos abasto, y nos necesitamos todxs en el esfuerzo, partiendo en la infancia temprana. Y volvemos al Estado, a las autoridades de salud y educación, para que tomen riendas en lo que ya no es menos que una emergencia nacional: un abuso sexual infantil cada 30 y algo minutos, estimó Fiscalía Nacional hace dos años; 70% de las víctimas de violación del país son niñas; apenas 2% de los delitos sexuales son denunciados.
El abuso sexual no ha sido abordado con fuerza desde la salud pública, y no han sido satisfechas demandas protectoras imprescindibles, realizadas al sistema de educación: protocolos de prevención para toda institución educativa y ciclo de enseñanza (jardines a educación superior), educación no sexista, orientación de los alumnos prek-4to medio en sexualidad/afectividad, relaciones humanas, cuidado y consentimiento. Hacen falta diálogos nacionales urgentes en torno a qué sociedad aspiramos construir; el consentimiento; la violencia. Poder contar con información que propicie cambios de actitud y de estructuras mentales, a diario, por doquier, hasta entender que no podemos continuar viviendo así.
La estudiante de la PUC que compartió su testimonio, escribía: “Él entendía perfectamente lo que significaba mi NO, todos mis no, pero nunca le importó”. La grieta bestial en lo que entendemos por consentimiento; el abuso de poder y la violencia naturalizada.
¿Qué acciones tomará el alumnado, las familias? ¿Qué dirán lxs docentes, el rector de la PUC? ¿Y otros rectores, y autoridades de gobierno? Las señales necesitan ser cristalinas; el mensaje de tolerancia cero con delitos sexuales en instituciones de educación superior (y en cualquier lugar); el compromiso con la justicia; con el cuidado
No podemos sentir que niñas, niños, jóvenes sigan expuesto como hasta aquí. Nuestra inacción los expone; la espera. La violencia sexual la llevamos adherida de siglos, el incesto aún lo viven miles de niñas, niños y adolescentes, los abusos en tantos espacios (tenemos en la retina, ahora mismo, al sistema de protección), las vulneraciones que no son en el “callejón” sino en el campus universitario, el hogar, la iglesia, y en tantos lugares que debieron ser “seguros”.
El límite pide a gritos ser dibujado, defendido, y no sólo desde la desesperación y la indignación (que podrían perder fuerza con los días), sino desde el amor que es mucho más prensil y tozudo, se nos agarra al cuerpo, las ganas, nos empuja las extremidades cuando no queremos movernos, y no nos deja rendirnos, ni descuidar. Que nos sostenga en rebeldía hasta que haga falta; hasta que no tengamos que estar pensando cada semana, o a diario, en cuántos más niños, niñas, jóvenes, mañana al amanecer, en unas horas apenas, habrán sido abusadas y abusados; en cuántos silencios deben todavía encontrar su voz.
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Imagen: Columbia University, NYC, #Carrythatweight Day, 29 de Octubre 2014
Son raros los adultos. ¿No saben que el mar no es de nadie? Es de la tierra, o sea para que todos disfrutemos. (Niña, 7 años, disputa marítima)
Los niños tienen que tener casa. Hay que decirle a una familia que venga a vivir con nosotros. Pero cuéntales que tú haces brócoli y es guácala. (Niña, 5 años, crisis refugiados)
¿Pero cómo esas personas no entienden que es mejor vivir que matar y morirse? (Niño, 6 años, guerras)
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Podría escribir decenas de reflexiones compartidas por niñas y niños en el cotidiano de mi trabajo, y por mis hijas a lo largo de los años. Se hace fácil recordar lo que emociona, aquello que vuelve sobre la vida una y otra vez.
No existe en los niños pequeños una noción y menos, definiciones de ética (inasibles hasta para nosotros los adultos, muchas veces). Pero ella está presente como un sistema de orientación, una herramienta para observar y responder a dilemas presentados por la realidad, sin juicios. Sólo desde una afinación insistente de los niños con el vivir, y el vivir juntos.
Aun cuando los niños no mencionen la vulnerabilidad que compartimos los humanos ni expliciten el imperativo de cuidar, y aunque ellos desconozcan palabras como solidaridad, compasión, empatía, colaboración: todas esas disposiciones se dejan sentir. También el placer, el deseo, la posibilidad de disfrutar de estar vivos, de tener una vida buena, vivible: elementos centrales en la ética del cuidado. Los niños y niñas saben. Nosotros también, desde siempre.
Mucho antes del lenguaje, de dar un nombre al “cuidado”, éste desplegaba sus acciones para sostener la vida. Miles y miles de años, y nuestra supervivencia y continuidad como especie todavía dependen de esa capacidad de cuidar: a los nuestros, y al lugar que hace posible nuestra existencia (hasta aquí, sólo uno: la tierra). ¿Cómo fuimos a separarnos tanto de aquello que llevamos inscrito en nuestros cuerpos al punto de poner casi todo en peligro? Cuesta entenderlo.
Pocas personas en su sano juicio responderían que sí a la pregunta “¿usted querría morir ahora, o ver morir a quienes ama?”. Y casi todos, desde la cordura, responderíamos que sí a “¿quiere vivir, vivir una vida buena?”. Son proposiciones muy elementales, pero así están las cosas, esta sensación de ir contra el tiempo, de tener que afirmar el paso, y apurarlo, para evitar más pérdidas.
¿Cómo mejorar? A través de la educación, escuchamos, desde casi todas las latitudes. No hay fuerza más transformadora. Lo hemos atestiguado en diversas épocas, y todavía es así, podría serlo, si respondemos a lo que pide un milenio recién nacido, con toda su promesa y maravilla, y con sus fragilidades y urgencias, casi todas de cuidado. La educación es inseparable del cuidado.
Sabemos que a cada ser humano que nace, le toma años aprender lo necesario para llegar un día a cuidar de sí —de su propio cuerpo, mente, emociones, espíritu, vínculos y decisiones— y participar también del cuidado de otras vidas, personas cercanas y lejanas, el entorno, la naturaleza, las palabras, la democracia. Es razonable detenernos a pensar si nuestros sistemas educativos enseñan desde este imperativo, si están formando para la ciudadanía, o si quienes educan a la nueva generación confían y estimulan la manifestación de todos sus talentos, capacidades diferentes, e imaginaciones, y se valen para ello, de todo recurso disponible en este milenio (neurociencias, tecnologías, conexión global, artes, deportes). O más simple: preguntarnos si se cuida a los alumnxs.
La mutualidad nos interpela, también, a no ser testigos fríos, a cuidar de la educación, y a actuar para que ésta sea, efectivamente, un bien para la vida de todos. Un bien común.
En nuestro país aún no es definitivo el horizonte de la reforma educacional, y hasta aquí ésta no refleja nítidamente nuestra visión o nuestro deseo para hoy y los próximos veinte o cien años. Por momentos es inevitable la sensación de indolencia, y de preocupante compulsión por volver habitable un edificio a medio derrumbar. Nostalgia de amor, de reverencia, de audacia y de humildad, para saber cuándo pedir ayuda, cuándo dejar atrás lo que ya no hace bien.
Las transformaciones no son en abstracto, al vacío. Toman cuerpo en seres humanos, en sus formas de hacer, sus resultados. Encarnan en un “para qué” claro, y en aprendizajes útiles y emocionantes, significativos para las vidas de niños y niñas, jóvenes, adultos, ancianos: alumnos protagónicos de su proceso, junto a guías y mentores sólidos, apoyados por un colectivo que se sabe parte. Dejar fuera, excluir, es inconcebible en el cuidado y, en la educación, éste no existe sin equidad, sin inclusión plena.
El aula necesita ser un reflejo del mundo, de nuestra diversidad. El deseo existe. Damos pasos, y creo que está creciendo la conciencia sobre nuestra responsabilidad irrenunciable, como adultos (y sí, es una invocación), de proteger y preparar a cada nueva generación para la mejor vida posible: suya, y de toda la humanidad.
Dicen que en la niñez se necesitan al menos tres relaciones seguras, tres ecos que declaren sostenidamente “te cuido y te cuidaré, sin condiciones”. Hasta aquí, el peso mayor lo lleva la familia, y luego la escuela. Dos versiones de “hogar”. Según nuestro diccionario: “el lugar donde se hace la lumbre”. Una imagen hermosa. Una clave para orientarse. Recuerdo haber leído sobre una pequeña lagartija o salamandra que sólo puede encontrar su camino a casa bajo la luz de estrellas visibles. No retuve el nombre de la especie, pero sí de su forma única de “orientación celestial”. Sólo así, la educación desde el cuidado.
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Columna escrita para la Revista JIWASA, Facultad de Educación, Universidad Mayor, enero 2016.
“A ver si alguna vez nos agrupamos realmente todos y nos ponemos firmes como gallinas que defienden sus pollos”. Nicanor Parra
Este escrito es la versión completa (y extendida) de la columna en VOCES LT (aquí enlace):
Pedir perdón, a cada niño, cada niña, los vivos claro está. Qué perdón cabe pedir cuando han partido. Sólo jurar no olvidar, no volver a abandonar. CUIDAR.
No es la primera muerte, y no sabemos si será la última: la semana pasada, una niña cuya protección fue confiada al Estado de Chile, falleció en un hogar dependiente del Servicio Nacional de Menores (Sename).
En los últimos 9 años, habrían muerto 14 niños y niñas (en un período que incluye a un gobierno de derecha y dos de una misma presidenta). Desde que existe la institución -1979- cuántos obituarios no debieron ser. Una década de historia de Sename en dictadura, otros 26 años en democracia. Las diferencias que deberían haber sido inconmensurables. Pero los niños, la institución, permanecen frágiles.
La investigación tomará un tiempo, y en pleno duelo -para una familia, para otros niños y también para quienes trabajan en el propio servicio, junto a la comunidad que todos hacemos, juntxs- es muy difícil que comunicados, declaraciones, o versiones posibles, tengan mayor valor que simplemente responder a la presión de decir algo, de dar algún sentido (en vano) al huracán de la pérdida.
Sí sabemos que como país hemos fallado rotunda e inapelablemente. Sobre todo fallamos desde un Estado indolente al cual, como ciudadanos, no hemos sido capaces de conminar a actuar con la urgencia que hace mucho debió conferir a la protección de la niñez. Todo niño y toda niña que viva en Chile. Los hijos de todxs.
¿Cuántas niñas y niños, en 26 años de democracia, han sido abusados, o han muerto, mientras la política nacional para la infancia ha pasado por una y otra revisión/redacción/campaña/evaluación/trámite?
Ejecutivo y legislativo, mudos por estos días (aunque nunca faltarán los “voceros” por la niñez que en unas semanas, volverán a olvidarla completamente).
La muerte de una niña esta semana, pesa sobre sus espaldas y las nuestras. No es un decir, no son “palabras para el bronce” (o para una lápida). El imperativo de cuidar es una responsabilidad de especie y cuando no evitamos sufrimientos que sí son, o habrían sido evitables a los humanos más indefensos, el fracaso es entonces compartido, colectivo. Asimismo, debería ser asumida colectivamente la oportunidad de rectificar. Ante una muerte, no hay más oportunidades. Pero miles de niños viven todavía en centros de la red.
De Lisette, dicen era el nombre de la niña, no conocemos su historia completa, pero quizás otros niños –más que fichas clínicas o expedientes judiciales- la contarán por ella (una joven mujer convoca a sus ex compañeros en hogares-Sename a contar sus historias en un grupo de FB). Cuántas niñas, o mujeres adultas, vivieron algo de esa historia y la reconocen como propia, también,
Hasta aquí, sabemos que Lisette era una niña entrando en su adolescencia (con todo el movimiento que ese proceso impone, y las energías que consume, para cualquier niñx), tenía 11 años de edad, casi 12. Desde sus cinco se encontraba en el sistema de protección. Más de la mitad de su corta vida. Cada niñx es único, pero esta historia se repite.
Ingresó al sistema por vulneraciones graves. Luego, en la red, quizás qué otras sobrevivencias desoladoras. Residía junto a otras 100 niñas en un centro con capacidad para sólo setenta. Esta realidad se especifica en un informe del 2012 –con datos sobre 48 hogares- que no concitó mayor interés ciudadano (por favor leer esta nota) aunque describía un escenario terrible: hacinamiento, abusos, carencia de condiciones higiénicas mínimas, falta de ropa de cama y hasta alimentos vencidos. Entonces, las subvenciones por niño eran de 150 mil pesos cuando lo necesario para una atención de calidad se estimaba en dos y tres veces más. ¿Inversión ética? Hemos sabido de presupuestos denegados para reponer sistemas de alarma de incendio en algunos hogares.
Se arruman informes, copy-paste al infinito, recomendaciones de profesionales y organismos nacionales e internacionales, unas más sólidas y sinceras que otras. Cada tragedia nos remece, luego se pide la cabeza de alguien, y resurgen exigencias de reestructuración del servicio, pero la agonía no ceja. El fracaso sigue mirándonos a la cara, aterido, no quiere más. La vida en el país continúa, después, como si nada. Hasta el siguiente duelo.
En un texto esencial, el académico y doctor en historia Osvaldo Torres (fundador de ACHNU, Bloque por la infancia, ver enlace U. de Chile para descarga, pg 33) analiza el abandono de la niñez y comparte cifras difíciles de aceptar si quisiéramos creer en nuestras evoluciones como nación: al año 1981 el monto entregado por subvenciones llegó a más de 400 mil pesos por niños, en 1986, 197,908 pesos por cada niñx. En 1989, un año antes del retorno a la democracia, se redujo a $166,908. No todo se trata de dinero, es mucho más complejo, pero es un indicador que en algo ayuda a trazar este mapa negro y su calendario.
Es 2016. El tiempo detenido. Denigrado. SENAME, desde su creación, se ha sostenido con el equivalente a un sueldo mínimo institucional. Un botón lamentable, para muestra, en gastos recientes de la democracia: 20 millones en campaña “todos x Chile”, 2015, destinada a mejorar imagen del gobierno y moral interna (y otros 50 millones para levantar al Congreso), 40 millones este 2016 para un documental sobre la Presidenta, y 75 más para un docurreality del proceso constituyente. Por supuesto, la inversión urgente que se ha solicitado (implorado también) durante años para Sename no será resuelta con esos 185 millones destinados a maquillaje político. Pero la forma en que el gobierno dispone de nuestros recursos, demasiadas veces, dice mucho sobre cuáles son sus prioridades. Los niños no lo son. No lo son.
El proyecto de ley de garantías integrales para la infancia, muy publicitado (su debut #2 fue el pasado marzo, el #1 en septiempre 2015), presenta 14 indicaciones de “sujeción a disponibilidad presupuestaria” y una “sin gasto adicional”. ¿Cómo, entonces? Se trata de la niñez, ésa para la cual Gabriela Mistral decía que un colectivo honesto debía proveer abundantemente, con “derroche” inclusive (pero sabemos que el derroche va por otro lado, y de la honestidad, qué podríamos decir por estos tiempos).
Volver a 2016, abril. El cumpleaños de Lisette habría sido el próximo 25. En el primer comunicado por su fallecimiento (que no toca la responsabilidad del Estado ni invoca autoexamen alguno de parte de nuesta sociedad), Sename señala que la muerte por paro cardiorrespiratorio se habría gatillado por de una crisis emocional severa.
Todavía falta el informe del SML pero queda la pregunta entonces sobre cuál fue el apoyo terapéutico con que contó la niña –en siete años-, y cúal está disponible en cada uno de los hogares de la red, o con qué contención contarán los niños que atestiguaron la muerte de su compañera, luego de infructuosos intentos para reanimarla “durante 45 minutos, dada la demora de la ambulancia”.
Dan ganas de gritar –y de escuchar también el grito desde la entraña de la institución hacia el país- cuando leemos que “se hizo todo lo posible” por salvar la vida de Lisette. Hace mucho tiempo que ya no se hizo “todo lo posible”; que no hay cómo hacerlo. El estado de la red lo refleja, su deterioro es de larga data. En el centro donde murió Lisette -como en muchos otros- es inconcebible que 13 funcionarios estén a cargo de cien niños quienes sólo por el hecho de encontrarse institucionalizados (sin siquiera considerar las causales de ingreso, siempre dolorosas), necesitan atención especial, energías mucho mayores. El “salvataje de vidas” es cotidiano y si no se ha asumido esa tarea con la mayor vocación y recursos, se arriesgan pérdidas. De más vidas, justamente.
¿De qué están hechas esas vidas? Abuso sexual, incesto, maltrato físico, explotación, negligencia, abandono y más: las llagas espirituales y heridas íntimas que traen niñas y niños al momento de ingresar a un centro residencial darían para imaginar la más dedicada de las acogidas. Pensemos cuándo uno de nuestros niños viene triste de regreso del colegio, o simplemente mojado por la lluvia, ¿qué hacemos, cómo expresamos nuestra disposición a contener?
El estándar mínimo de no re-victimización (o de no-muerte) para niños y niñas que ingresan a nuestro sistema de protección, no puede ser lo único que aparezca en el debate (es inhumano), y las conversaciones en torno a materias de derecho u orientaciones técnicas, no logran involucrarnos a todos como ciudadanos.
Falta otro diálogo. Uno más humano, mamífero, que aborde también la ética del cuidado, el cómo pensar amorosamente, con ternura, con cordura, “en cuclillas” y con ojos de niños, cada una de sus trayectorias en el sistema de protección, lejos de lo que conocen, de sus familias y vínculos (sin juzgar, comprendamos que para una mayoría de niños ése es el nido que reconocen como propio y muchos preferirán permanecer en él, a pesar de daños y peligros).
Cómo se verifica la reparación, la reinserción social de cada niño; cómo se reescribe su historia; cómo se acompaña a familias en problemas, y se les cuida, para que puedan a su vez cuidar (qué historias de niño y niña tendrán los padres de los niños de Sename, ¿qué oportuniddes tuvieron al crecer, y cuáles para articularse como adultos-cuidadores? El abandono en eslabones al infinito, por cuántas generaciones quizás). El sistema no está en condiciones de sostener todas las acciones reparatorias que se necesitan.
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Los niñxs tienen la necesidad y derecho humano -lo consigna la Convención de DD del niño- a vivir en familia, en comunidad, con su manada (como todos los cachorros). Si ese derecho entra en conflicto con el derecho a ser protegidos de abusos, podemos entender la necesidad de una separación de su entorno, pero cada “ingreso” al sistema de protección no puede ser visto separado de un “egreso”, o “regreso” más bien: a una familia, escuela, su comunidad, al recorrido vital que sigue.
¿Cómo son los centros del sistema de protección? En Chile no existe un “hogar modelo”, un estándar común exigible a todos los hogares; pero sí existe, en cambio, una cárcel-modelo. Ya no es sólo “una nueva institucionalidad de infancia lo que se requiere”, como tanto se repite (y estamos hartos de escuchar). Lo que se necesita es un nuevo paradigma, desde el cuidado ético. Una relación profundamente respetuosa –desde el buen trato y la preservación de derechos íntegros para quien es más indefenso y que no por serlo pierde una pizca de dignidad- entre ese “adulto enorme” que es el Estado, y los niños.
Hasta aquí ese “adulto enorme” no es sólo indolente, sino francamente abusivo de su poder y cruel con su infancia a la que vulnera, directamente, o a la cual no auxilia mientras es vulnerada. Ser testigo pasivo, negar, demorar, son todas formas directas de abuso, y una negación a cuidar que ya no podemos ver -por más que quisiéramos- como inconsciente o accidental.
Una trabajo sustantivo desde la ética del cuidado en el sistema de protección -que involucre a funcionarios del servicio, profesionales, el poder judicial, el acompañamiento de niños y familias- es lo que creemos nos llora. Cuidar sin desatender el apoyo en reparación, en compartir herramientas para diseñar una vida, valorarla, acunarla cuando necesita contención, dejarla cantar a su ritmo, vincularla a otras vidas, soñarla.
El cuidado es responsable. Expresa una intención y deseo de bienestar para el otro, de aprecio incondicionado por su existencia. Pone atención sobre la estructura gruesa del “refugio” para vivir –abrigo, alimento, afecto y mucho más- y sobre rincones sagrados donde en intimidad consigo o en vínculo con los demás, se construye la identidad de cada ser humano. Cómo llevar todo esto a la red; ¿cómo transformar un sistema de protección para que realmente honre su función de procurar sostén y reparación para la vida de los niños? Necesitamos tener esta conversación en acción, en movimiento, sin más esperas.
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Las demandas y problemáticas de los sistemas de protección de la infancia a nivel mundial, o nacional, son diversas y superiores muchas veces a nuestra capacidad humana de respuesta. Pero más allá de posibles modelos o experiencias a seguir e implementar (que tomen en cuenta cada cultura, las necesidades de sus niños, y los recursos disponibles), una guía simple y sensata para reflexionar acerca de los sistemas de protección infantiles (ojalá no usemos más “de menores”) es la que comparte Eileen Munro, trabajadora social, filósofa y académica del LSE, en The Munro Report.
Su centro está en el ser humano niño y en su realidad, sus lazos, sus necesidades, su desarrollo, los contextos que habita, y el principio de que no existe una “talla única”, o un solo modelo capaz de responder a las demandas de protección, reparación y revinculación de todos los niños y niñas que han sufrido vulneraciones y han ingresado al sistema. El informe está en inglés (ver pdf), pero compartimos aquí algunos principios esenciales, muy coherentes con el paradigma del cuidado, y la apelación a un cambio cultural profundo en la forma de mirar las intercesiones e intervenciones desde el mundo adulto, en las vidas de los niños vulnerados.
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Chile tiene una de las tasas más altas de internación en Latinoamérica:anualmente Sename atiende a 15 mil niños en más de 300 centros de los cuales menos del 10% son de administración directa de la institución. La externalización de algo tan delicado como los hogares, vuelve exigibles la más concienzuda supervisión y mejora continua. En diciembre 2015, un informe de la auditoría realizada por Contraloría en 89 centros colaborativos , arroja diversas fallas en al menos 33. En algunos ni siquiera se contaba con la certeza de que los trabajadores no tuvieran antecedentes penales. La orientación a hacerlo bien, a fiscalizar, la disposición a corregir pueden estar, pero Sename no da abasto.
Las salidas no son simples; reformular, “sanar” un sistema de protección exánime, es titánico. Pero hay que hacerlo de una vez, y llevamos muchísimo tiempo perdido sin mayor autocrítica en tanto el rasgado de vestiduras es esporádico, y tan desmedido como e inútil si no se expresa, después, en “manos a la obra”.
A lo largo de estos años, olvidamos la cuenta de a cuántos parlamentarios o autoridades de la institución les hemos rogado que antes de decir nada, resolver nada, fueran a los hogares, pasaran un buen número de días y noches ahí (sin cámaras), tomando turnos de los funcionarios para entender cómo se desarrolla su trabajo, y sobre todo, para poder atender cálida y servicialmente a los niños, acompañarlos en sus rutinas, por encima de todo escucharlos, observar gestos, sus interacciones, sus silencios, sus luchas, sus horas de insomnio pensando en qué, en quiénes, qué nostalgias perforadoras han de sentir en esos minutos antes de dormir, si es que llegan a poder hacerlo. Acercarse a comprender cómo podrían sentirse si creyeron que venían “por un tiempo” y van tres, siete años, en la red.
El 2007 se inician fiscalizaciones integradas en los centros con participación de Ministerio Público, Defensoría Penal Pública, ONGs, Unicef, y en regiones, académicos de universidades. A partir de 2011 incorporan la pregunta sobre intentos de suicidio. En 2016, supimos que éstoshabían aumentado en un 91% en hogares de la red y este índice no contempla lesiones auto-inferidas, o simulaciones, hijas de la desesperación también. Cuántos duelos, por más resiliencia que tenga un niño, puede resistir un espíritu, un cuerpo que no termina de crecer y ha padecido lo que nosotros no viviremos en cien años.
Los suicidios no sólo en Sename, sino entre niños y adolescentes en general, aumentan en Chile, en vez de disminuir (son la segunda causa de muerte en el grupo de edad de 15 a 29 años, y además, nuestro país presenta una de las tasas más altas de depresión). ¿Qué estamos haciendo?
El aumento anual de suicidios infantiles, alertó la OMS, se observa en dos naciones del mundo: la nuestra, y Corea del Sur. La OMS pidió a Chile una legislación urgente en salud mental (ver nota por favor). ¿Importará? ¿O continuamos perdiendo niños? Los intentos de suicidio, no vienen de la nada, y el aumento anual es una alarma que no puede ser desatendida ni abandonada, como tanto es abandonado cuando se trata de los niños y adolescentes que viven en CHile.
No conocemos la causa de muerte, y Lisette no murió de “pena” o abandono per se (que no son causales médicas, por cierto) pero su dolor, sus quiebres, son parte de la historia (el corazón humano duele, se rompe) y, quién sabe, de las condiciones que pudieron precipitar su muerte. Es difícil descartar motivos (urge informe del SML); tanto como es irresponsable descartar negligencias, no sólo recientes sino históricas, de parte del Estado de Chile.
Alguien nos comentó no hace mucho, y es terrible recordar y hasta escribirlo: “poco les importa a las autoridades de gobierno, si los hogares vienen a ser como un basurero de niños, al final”. Pero no hay vida dispensable , ni valores “diferenciales” entre vidas de niños, y si un sólo niño o niña se siente así -dispensable, desechable-, la palabra “fracaso” no alcanza a describir el grado de inhumanidad que habríamos alcanzado y consentido como país.
Del abandono somos todos responsables: ciudadanos, gobiernos, parlamentarios, instituciones públicas, ONGs y fundaciones, los medios, el propio Sename, y también organismos internacionales que trabajan en Chile (ver nota pie pg).
¿Qué hemos hecho por los niños de Sename, qué estamos haciendo? Cuántos ciudadanxs conocemos un hogar (o la web de la institución a lo menos), o a un niño o una niña que viva o haya vivido ahí. Más importante: qué vamos a hacer de ahora en adelante, cómo nos involucramos, con afecto, con firmeza, y no para “hacerle la pega o el favor al Estado” (aunque sea así un poco y no debe ser objeción para ponernos a diposición) sino para participar todos del cuidado, y quizás llegar así a entender, en parte, que si los niños de Sename están cómo están, es también debido a nuestras ausencias y omisiones que no pueden continuar.
El 2014, asumía un nuevo gobierno. Uno que debió auxiliar de modo urgente al sistema de protección luego de la crisis del 2013. En cambio, comenzaba con la creación de un Consejo Nacional de la Infancia cuya sola razón de existir era proponer un proyecto de protección integral, en un plazo máximo de 18 meses, aun cuando existía un proyecto en trámite a la fecha. Se inauguraba un organismo percibido más bien distante de Sename, una suerte de “hermano venido a menos” (revisen trayectoria, por favor, de instancias en que Coninfancia haya efectivamente concurrido, defendido, intercedido por Sename y sus niñs en dos años de existencia: escasas, y eso es decir mucho. No ha habido mayor compromiso). Ya durante el primer trimestre de gob, cundían los anuncios de “eliminación” o “división” de Sename. El tono era terminal, no transformador: como si se tratara de derrumbar un puente viejo, y no de hacerse responsables de 131,822 niños, niñas y adolescentes (ingresados al sistema, al 2014 según datos del servicio).
Antes de crear y financiar comisiones adhoc (¿en vistas a convertirse en Defensor del niño por default? y sí, por supuesto que es desconfianza), el apoyo mayor del Ejecutivo debió ser para Sename, sus niños (más con una Presidenta que bien conocía el estado de la red y ha de haber sido notificada de las muertes y suicidios de niños ya durante su primer período).
Los niños, de Sename o cualquier niño y niña, no han sido importantes para nuestra democracia (y es una seña de lo mal que está): ni su cuidado, su educación, su presente/futuro. Tomó un cuarto de siglo –tiempo robado de muchas vidas- presentar un proyecto de ley que hace muy poco se vinculó a la “agenda larga” del gobierno. Cuántas más muertes serán “tolerables” en los diez años requeridos para materializarla. La pregunta es para el Estado de Chile, todas y cada una de sus autoridades.
Ahora que Coninfancia cumplió el cometido que justificó su creación -redactar el PL de garantias integrales, de forma deficitaria más encima (así lo señaló Bloque de Orgs. por la infancia, y abogados de infancia como Fco. Estrada, ver minuta de problemas)-, no se justifica mayormente su continuidad; misión cumplida, y esperemos nadie se tiente con oportunismos para ir “al rescate” del sistema de protección, si nunca antes se le tendió una mano ni se expresó mayor vínculo ni vocación por colaborar con éste.
Los recursos y energías ahora se requieren para los niños más vulnerables y vulnerados, vinculados a centros de la red Sename. Ojalá los 3 poderes del Estado, como un sólo cuerpo/alma/mente, así lo entiendan y lo reflejen en sus acciones, en la inversión material y moral, y en el acompañamiento que se prodiguen -de expertos y personas idóneas- para llevar a cabo la tarea. La espera ha sido inexcusable.
No podemos sumar más muertes, más abusos, más torturas, más violencias contra los niños, y contra nadie, de ninguna edad, ningún género, si somos todos vulnerables, en distintas medidas, ¿por qué tendríamos que abandonarnos? ¿por qué sentirnos indefensos o expuestos, y nuestros hijos, en nuestro propio país?
Chile no es un país bueno para ser niño. Tampoco es un país bueno CON sus niños. Después de este rin imperdonable, del velorio, del entierro de Lisette, y todavía muy presentes en nuestro duelo, necesitamos poner cabezas, manos, corazones y todo lo que tengamos, a disposición de apropiarnos de otro destino, y cuidar de verdad, si todavía estamos a tiempo, antes de que más cuerpos de niños heridos o muertos sean necesarios -y cuántos podrían ser- para hacer reaccionar a un Estado con el corazón de piedra y a un país aterido, que no opone resistencia a este olvido de sus hijos.
Sename, 2013, crisis, Comisión Jeldres- Unicef: Tenemos que detenernos aquí un momento, y recordar el 2013, cuando se evidenciaron graves falencias metodológicas y éticas -en conflicto con los propios estándares indicados por Unicef Internacional, según consta en este manual, pág 15– en el estudio realizado por la Comisión Jeldres-Unicef Chile. Dicha comisión no cumplió con el deber de denunciar abusos sexuales infantiles de los cuales tomó conocimiento. La investigación en el Congreso, que fuera cuestionado por la jueza Chevesich por arrogarse atribuciones que no correspondían (ver) no sancionó esta brecha (el reportaje de Ciper, la omitió permanentemente). Tampoco la condenaron como era esperable organizaciones y líderes del activismo de infancia. La repuesta devastadora que recibimos de algunos al pedir apoyo fue:“es complicado, tenemos patrocinios de Unicef Chile, véanlo ustedes”. Entonces recurrimos a diversas tribunas e interlocutores, hasta llegar a solicitar una auditoria a Unicef headquarters, EEUU, por presunto “child endangerment” de parte de la Comisión Jeldres-UnicefCL (no conocimos sus conclusiones, pero vía Linkedin, supimos de la remoción y reasignación de Tom Olsen, representante en esa época). La vastedad del abandono].
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(*) Este escrito contó con la colaboración de Rodrigo Venegas, académico y psicólogo (con trayectoria en Sename), especialista en prevención y tratamiento del abuso sexual infantil. Gracias también a Franciso Estrada, académico y abogado experto en derechos de la niñez.
Fue el año 2005, lo recuerdo muy bien. Era una mañana de invierno, había caído nieve, el hielo hacía crujir los árboles y escribía en mi oficina. Mi hija mayor (única hija, entonces) llegó a hablarme de su primera pena de amor. “Me duele el corazón”, dijo, “de verdad me duele, aquí”. En ese justo momento yo revisaba, en prensa, las conclusiones recién salidas del horno sobre el “Síndrome del Corazón Roto”, o miocardiopatía por estrés emocional.
Eectivamente el corazón dolía, nada de metáforas aquí: dolía en el cuerpo de mi hija, bajo sus huesos. El pequeño músculo de 17 años de vida era lesionado de modos imperceptibles a la vista humana, pero muy nítidos para los centros del dolor donde la sensación de herida se siente muy real, encarnada en lo profundo.
La pérdida afectiva o la muerte de alguien amado, noticias que nos dejan en el estupor, eventos estresantes o situaciones traumáticas donde, en ocasiones, importan menos la magnitud e intensidad de los hechos, y mucho más, la vulnerabilidad o resiliencia de quien los experimenta. De ahí que un tornado, un accidente ferroviario o una primera semana de clases difícil para un chiquito pudieran tener un impacto comparable entre sí como circunstancias, todas ellas, con el potencial de paralizar, dañar y hacer doler a un corazón perfectamente sano y sin factores de riesgo.
Sentencias tales como “murió de pena”, “le rompieron el corazón y luego enfermó, murió, no fue nunca más el mismo, la misma”, y tantas otras que encontramos en historias personales o poemas entonados a lo largo de siglos de historia humana, no eran parte del folklore ni una exageración de las almas más sensibles. Contaban una verdad.
El estudio liderado por el cardiólogo Ilan Wittstein, M.D., profesor del Johns Hopkins University School of Medicine (ver), vino a demostrar que el estrés emocional no sólo era capaz de desencadenar infartos, sino que también podía alterar el funcionamiento del corazón -mediante la liberación de productos tóxicos al torrente sanguíneo, paralizantes del corazón- de un modo semejante al del infarto: con síntomas como el dolor de pecho agudo, líquido en los pulmones, falta de aliento y paro o falla cardíaca. La diferencia está en que los daños asociados a la miocardiopatía por estrés emocional, o Síndrome del Corazón Roto, no serían permanentes.
Sin ser cardióloga ni científica, la última conclusión me abrió y abre preguntas, todavía. Hay un cuidado del corazón físico (hábitos de alimentación, ejercicio, distancia de ciertos vicios), que siento inseparable de otro cuidado, vinculado al mundo de los afectos, nuestras emociones, la ternura que nos acompañó mientras crecíamos (y aún, mientras vamos envejeciendo), el amor que podemos prodigar y recibir a lo largo de nuestros años.
No veo cómo es posible estar seguros de que no existan daños permanentes, en el corazón físico me refiero, cuando ese cuidado más amplio, el de la experiencia humana en el amor, por intangible e inmaterial que parezca, ha sido vulnerado.
Qué le pasa al corazón luego de infancias -o adulteces- inconmensurablemente huérfanas; decepciones que superan las nociones de engaño o crueldad con que podemos estar familiarizados el promedio de las personas; pérdidas que, sin ser afectivas, golpean ese eje invisible que nos mantiene de pie y abrazados a la vida -de porcelana a veces, otras de acero: nunca sabemos del todo de qué estamos hechos- , para dejarlo en escombros tal vez junto a una casa caída, una ciudad arrancada de raíz, un país que tiembla, una forma de aprecio o de valoración de sí mismo -como hombres y mujeres, como padres, como trabajadores- que habrá que levantar. O la frustración de quien busca mejorar una situación como la pobreza, frente a obstáculos y muros -que no son de responsabilidad individual- indolentes al empeño y la rectitud. O los desamores, los abandonos, la indiferencia: la herencia que nos puede doblegar, luego de vivir, a cualquier edad, el ser separados o”desalojados” del corazón o de la vida de alguien que nos resultaba esencial: un hijo o una hija, una pareja, una amistad, padres, abuelos, una comunidad.
Hay un verso de Alejandra Pizarnik (poeta argentina) que dice con tristeza: “ningún hombre es visible, nadie está en algún jardín”. Ese abandono. Si fuera natural o sencillo residir en él, ningún ser humano habría buscado cavernas de refugio ni levantado hogares. O salido al encuentro de un otro.
No es mi ánimo ser pesimista ni dejar triste a nadie con estas reflexiones. Sólo recordar que en medio de nuestra más sorprendente resiliencia -nuestra historia humana está escrita también con esa pluma- hay una fragilidad que no expira, por más controlada que creamos tener nuestra vida o por más andamiaje material y tecnológico que hayamos puesto a su servicio.
Terremotos y tragedias que atestiguamos -en nuestros países o en otros- suelen recordarnos que, en el orden cósmico, somos -y más nuestros hijos- leves y minúsculos como hojita de orégano, o lavanda, tan deshojables sobre todo, si esa palabra es posible (mi corazón se ha sentido así más de una vez).
Por más que intenté, no logré cuadrar la imagen que acompaña este posteo: es el dibujo del corazón de una adolescente que vivió abuso sexual infantil.
Me lo hizo llegar al terminar su terapia (con una dupla extraordinaria de colegas mujeres) como un regalo, Ella había leído “Agua fresca en los espejos” y quería compartir su mirada de la resiliencia, y de la capacidad de reparación del espíritu humano. Las simbolizó en su dibujo de un corazón intacto, radiante, antes de lo vivido, y después: como si hubiese sido empuñado, arrugado con fuerza, y luego vuelto a estirar. Pero a pesar de todo, conservaba su esencia, ahí estaba, los brillitos habitando en su centro (quizás en espera del tiempo de volver a desplegarse). Miro ese cuadro a diario, junto a mi escritorio, como una invocación a la esperanza, a la energía para “no más”, ninguna niña, ningún niño, ningún corazón sea así, descuidado. Ninguno, abandonado.
(Gracias archivo ElPostCL 2013)
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2016:
En Chile, el lunes por la noche (11 de abril de 2016) , murió una niña de 11 años en un hogar del sistema de protección (Sename).
Los hechos están siendo investigados, pero se informó en un comunicado institucional (que deja bastante que desear, y es entendible no poder centrarse bajo presión, y en medio de un duelo, pero lo más responsable es esperar a que sea emitido el informe del SML): que la niña estaba “descompensada”, que sufrió un paro cardiorespiratorio, y que se hizo “todo lo posible por salvar su vida”. Murió delante de otros niños como ella. Cuántas pérdidas han atestiguado. De qué manera van a contenerlos en el duelo.
La niña se encontraba en el sistema de protección desde sus cinco años, y en un centro residencial desde 2014. Cómo desplegar una vida, o la sobrevivencia en esas condiciones, no sé. Pocos de nosotros podríamos pasar un mes completo, con todas sus noches, en un centro residencial (en sistema de turnos, como voluntaria, es difícil, pero uno era adulta)
Por más profesionales y funcionarios de vocación -de esos que no descansan ni fines de semana-, dedicados a acompañar y apoyar a los niños (y habrá también mucho personal desgastado y hasta maltratador, no me autoengaño), existen precariedades para las cuales todas las manos nobles no darán abasto.
El abandono del verso de Pizarnik; esa soledad.
La niña que ha muerto, había sufrido vulneraciones graves en sus primeros años de su vida, y la mayor parte de ésta transcurrió en el sistema de protección, bajo el “cuidado” de un Estado que en todo lo que lleva el retorno a la democracia -26 años- no ha sido capaz de convertirse en garante de derechos para sus niños y niñas, ni ha procurado la mejor educación para ellos en este milenio, ni ha pensado la salud física y mental de los más pequeños de forma inseparable con el derecho que tienen a ser cuidados por sus padres (#licenciaparacuidar) y por todos nosotros tambien.
Muchos niños han llegado a adultos en la espera por un país bondadoso y empoderante. La niña que ha partido, sólo alcanzó a vivir once años. Cuánto sufrió en esa década y algo. No pudo más su corazón.
El abandono sistémico, el dolor simplemente superior a la capacidad física y psíquica de una niña de 4, 8, 11 años al final convergen en su muerte aun cuando no se conozca a esta hora de la madrugada, no todavía, el informe de la autopsia. Hasta aquí, no puede descartarse negligencia de terceros y/o de una institución, por lo demás, profundamente cuestionada y frágil, por años en déficit (sobre 60% sin que sea urgente para nuestro Congreso o Hacienda, corregir esa escasez) y donde no es primera vez que muere un niño (han muerto 14 en los últimos 9 años, lo que cubre 3 gobiernos, uno de derecha, y dos de una misma presidenta).
Tampoco puede descartarse -negligencia comprobada o no- la responsabilidad que siempre le cabrá al Estado por la desidia, la frialdad con que demora en concurrir por sus niños y con que ha descartado leyes ingresadas al congreso y hasta programas de apoyo a víctimas como ha sucedido (según conveniencias mezquinas, no somos tan ingenuos, claro que nos damos cuenta, y más cuando algunas autoridades en vez de “desaparecer del mapa” para cumplir cometidos por la niñez lo antes posible, parecen más preocupadas de los medios de comunicación y de invertir recursos que son de todos, en campañas publicitarias o iniciativas completamente prescindibles). El fracaso del cuidado. El punto ciego donde también nosotros arriesgamos omitir; no socorrer a tiempo. Abandonarnos unos a otros
A la fecha, 2016, no hemos cumplido los compromisos que adquirimos como país al suscribir en 1990 la Convención Internacional de Derechos del Niño. Es una señal, una lesión que supura.
A comienzos del milenio habría sido difícil de creer que llegaría a demostrarse que los corazones humanos podían romperse de verdad, lesionarse en la pena. Ya sabemos que es posible. Ojalá sin necesidad de mayor evidencia científica, entendamos que de abandono -de la familia, del colectivo, de un Estado, de una democracia- también es posible morir.
No dejemos morir a más niñas o niños. No dejemos morir a nadie más en ese descampado que por períodos parece invisible pero respira siempre a nuestro lado: ¿cuánta más pobreza, inequidades, cuántos más abusos sexuales, más pensiones de hambre, más violencias contra todos los géneros y edades humanas vamos a dejar pasar?
No esperemos una tragedia más, como es habitual, para sostener la reacción, el corazón despierto. Cuidar, amar, es también indignarse, actuar. Ser activos. Hacer. Lo que cada uno pueda, pero hacer.
No entenderán nuestras autoridades hasta que no nos vean resueltos, hasta que no les exijamos, los condicionemos (en el voto) a mostrar su mejor desempeño, y los extenuemos de tanto interpelarlos, tanto insistir, tanto declamar nuestro deseo, tanto poner de nuestra parte y colaborar y preguntar ¿en qué puedo involucrarme, ser útil? (así sea sólo tendiendo un puente con alguien más). Esto es “nuestro”, aunque nos duela: Sename lo es.
Qué nos pasa si decimos “nuestro” al hablar de los niños en centros residenciales; “nuestros” centros, nuestro sistema de protección, vergonzante, lesivo. Pero Nuestro, repito. Tal cual nuestros hogares -ahí donde vivimos- se sienten “nuestros” hasta en la muralla más gastada, ésa que miramos con cariño, o con ganas de volver a pintarla algún día. Pero la notamos, ese es el punto. No dejamos de verla. Ni de sentirla nuestra.
El proyecto ley de garantías integrales, ya nos advirtieron el mes pasado -y no ha habido mayores reclamos de nuestra parte, no hasta aquí- será parte de la “agenda larga” del gobierno (y “sin gasto adicional”, ¿cómo entonces van a implementar nada?). En qué están pensando? Cuánta más espera. y cuántas infancias más serán puestas en peligro o sacrificadas por el Estado. Cuántas vidas más, no sólo el Estado, sino cada una y uno de nosotros, tendremos que sumar en este imperdonable rin del angelito.