“I am the soft star that shines at night. Do not stand at my grave and cry. I am not there; I did not die”. (Irish funeral prayer)
“Soy la suave estrella que brilla en la noche. No se paren sobre mi tumba a llorar. Yo no estoy allí; yo no he muerto”. (Plegaria fúnebre irlandesa)
Hoy 27 de marzo, después de 23 días de agonía, murió Daniel Zamudio. Sobran palabras. Por eso tomamos prestadas las de esta plegaria muy antigua. Que lleven nuestra condolencia, consuelo, esperanza, a la familia y amigos de Daniel. Que ayuden a nuestra propia familia a compartir y aprender de este tránsito.
La más pequeña de nuestra tribu cree que “Darriel” aún está “enfermito” en el hospital, con su doctor. También cree que las velas de “cumpleaños” (para levantarle el ánimo, el jueves 22 pasado) y los chocolates que le llevó, todavía están en ese parque donde no hay cómo explicar -no a una niñita chica- que tanto se puede jugar en un resbalín a pleno sol, como perder la vida del modo más cruel y oscuro.
No sé, de verdad no sé, cómo le contaremos que este muchacho – de la misma edad de su hermana- ha muerto y partido (donde no sabemos, pero ojalá, algo semejante a un hogar de luz). O que su resiliencia y tezón no pudieron con tanta herida (23 días de agonía reflejan algo en él, profundo y atávico, sujetándolo a la vida hasta no dar más). Que no podrá llegar a viejito como se supone debía llegar.
Mientras encontramos la forma de decirle la verdad a Emilia, y de abrir muchas conversaciones más que son ineludibles (aunque deberán ser acordes a su edad y la de su corazón), nos aferramos a la imagen de esa “estrella suave” de la plegaria irlandesa, o de las miles de estrellas de El Principito. Que nos sostengan un poco para no caer rendidos de pena, de absurdo, de vergüenza también, por el flanco expuesto de nuestra manada, el no cuidado, ese país justo y gentil que le quedamos debiendo a Daniel (y todavía a nuestr@s hij@s) que ahora, debe descansar en paz. Nosotros no.
Esta pregunta es una que deberíamos plantearnos todos los padres y madres hoy, todos los días, cualquíer día. Especialmente antes de dudar, objetar, o responder con indiferencia a iniciativas legislativas sobre no-discriminación en base a la orientación sexual.
En Chile, un joven fue brutalmente agredido por ser homosexual. Un joven de rostro y sonrisa inolvidables. Hoy, Daniel Zamudio agoniza. Es muy posible que muera pronto, acaso mientras escribo estas letras. No tenía que partir, tiene apenas 24 años, la edad de mi hija mayor. Una vida por delante, que no será. Banderas blancas y negras: todas a medio izar.
Pienso en mis niñas, en los padres de Daniel, en mis hijas otra vez.
Cuando nos convertimos en padres y madres, nada está garantizado. No sabemos por cuánto vienen a la vida nuestros hij@s, con qué salud gozarán, qué talentos o elecciones irán desplegando a lo largo de su desarrollo. Tampoco sabemos a quiénes amarán (o qué identidad sexual será la suya), en qué latitudes vivirán, cuál será su oficio. Uno solo desea lo mejor para ellos, los protege, los guía y acompaña, y de la forma que sea -con o sin credos y dioses-, reza silenciosamente, casi inconscientemente, cada día, porque estén bien. Porque vuelvan a casa íntegros y contentos. Sin rasmilladuras, ni de rodillas y codos, ni de su corazón o autoestima.
Mi hija pequeña apenas junta letras. Con la mayor ya he recorrido un buen camino. Durante su prepubertad, me preguntaba cómo despertaría su cuerpo, cómo sería su universo emocional, sexual, amoroso, conforme madurara. Me llegue a plantear, también, si podría llegar a ser gay. ¿Cómo saber nada uno sobre ciertos caminos? Además, para ella habría sido algo sin fricciones, natural. Tenía profesores gay, padres de amigos, luego amigos y amigas. En Estados Unidos, aun en un estado sumamente conservador, era parte del paisaje cotidiano y de nuestra vida hogareña, el compartir con personas de inmensa diversidad, incluida la diversidad de identidad sexual.
Yo también lo hice, de niña. Tiempo atrás, en otra columna, contaba como a mis 10,11 y 12 años vi en mi academia de danza, en espera de que me vinieran a buscar, un beso de despedida muy amoroso entre dos bailarinas. Primera imagen de amor posible entre mujeres, distinta de la que conocía, la única: entre un hombre y una mujer. Luego vería otras muestras de cariño, entre hombres.
Mi madre y mi abuela, mujeres católicas y bastante tradicionales, tuvieron la nobleza de explicarme que el amor no era privativo de nadie: que podían amarse hombres y mujeres, o entre mujeres, o entre hombres solamente. Mi abuela agregó la opción bisexual, que confieso me resultó algo menos nítida, eso sí, al igual que el transgénero.
Nadie me habló de anormalidades o patologías, ni mi abuela ni mi madre. Hablaron de respeto, de compasión (y me adviertieron que eran vidas más difíciles, marginadas al silencio), de no juzgar ni prejuzgar a nadie: las éticas solo dependían de un buen corazón, nada más. Hasta hoy agradezco su benevolencia y lucidez para orientarme y animarme, sin decir mucho, a la aceptación del otro más allá de credos, ideologías, etnias, patrias. O de quiénes fueran sus parejas.
Esas lecciones de juventud, y la voluntad de no callar las vidas de otros prójimos, me acompañaron cuando yo fui madre por primera vez. Quizás por eso no me asustó la pregunta sobre si mi hija pudiera hacer una elección diferente de la convencional. Si así hubiera sido, nada habría cambiado: ni en mi adoración ni en mis guías para el camino.
Le habría dicho las mismas cosas, le habría dado los mismos consejos, y como mucho le habría advertido, todavía más, sobre los peligros de la intolerancia, el desdén, y la violencia y abuso de otros, como las fuerzas más destructivas (y paradojalmente, más débiles) sobre nuestra tierra. No era ciega y me daba cuenta que en cualquier país del mundo, siempre habría personas que no dejan vivir serenamente a otros, que están ahí para juzgar, perseguir, discriminar o atentar contra inocentes. Si mi hija elegía ser gay, corría peligro; no podía dejar de verlo. Pero todo el peligro del mundo no me habría movido a disuadirla ni dejar de acompañarla. Porque aún en medio de ciertos horrores -como la intolerancia- todavía ella debía conservar su derecho a amar, a ser feliz, a diseñar su vida.
Si mi hija mayor hubiese sido gay, y/o si la más chiquita lo fuera, yo habría esperado y/o esperaría, al igual que siendo heterosexuales, que encontraran una pareja (en este caso una mujer) que las respetara y amara incondicionalmente; que las hiciera irradiar y querer ser mejores personas.
Si mis hijas fueran homosexuales, querría para ellas una pareja buena, leal en el vínculo, dulce en el trato, noble en su ética; que no temiera a trabajar duro, soñar, ponerle el hombro a tiempos adversos, y también poner canto, buen humor y caricias al doméstico día a día. En la decisión de hacer hogar, que esa pareja y mis hijas fueran capaces de levantarlo -para amarse y cuidarse- a partir de los ritos y pactos que más sentido les hicieran: con votos matrimoniales, ritos a la orilla del mar, en una oficina del registro civil o en un templo, o en la profunda intimidad de un espacio de dos con su música y poemas elegidos. Lo que ellas eligieran. Asimismo, la maternidad: que fueran mis hijas y sus parejas un buen regazo, tierno y robusto, para mis nietos, y que asimismo recordaran a los hijos de los demás en su ser ciudadanas, solidarias, agentes de pequeños o grandes cambios dondequiera que se necesiten.
Lo mismo que espero hoy de mi “yerno” (la pareja de mi hija mayor) habría esperado de una mujer, si esa hubiese sido su elección. Y lo mismo que espero que Diamela sea capaz de prodigarle a un compañero de camino, esperaría que ella fuese capaz de entregarle a una pareja mujer, si fuera el caso. Nada cambia, y me entristece pensar que esto que digo pudiera ofender a alguien, pero no puedo mentir: éste es el mundo que sueño, que vivo cada día, y en el que quiero que vivan mis niñas. Mis niñas que podrían ser astronautas, pasteleras, científicas, guías en las montañas, trapecistas, ejecutivas, artistas: lo que ellas quieran, sin jamás ser discriminadas por sus elecciones hechas a consciencia, con amor.
En el umbral de un tiempo de partidas, concedo que a veces la oscuridad es lo único que nos hace añorar la luz de tal forma, que nos juremos sin falta llamarla, exigirla de nuestro lado. Si Daniel Zamudio y su familia nos ayudan a preguntarnos cómo querríamos un país para nuestros hijos, sean estos heterosexuales u homosexuales, y luego levantamos ese mundo, sin capitulaciones, con firmeza y afecto, entonces la oscuridad en que Daniel ha habitado este tiempo, mientras parte, no habrá sido completamente en vano. No puede ser. De nosotros depende.
En mi país, en estos días, ha sido cansadora la reaparición de un ex senador de la República desaforado por delitos de abuso sexual infantil (condenado a prisión por algunos de ellos solamente, ahora en libertad luego de cumplir un poco más de la mitad de su condena de 5 años) y asimismo ha sido triste el intento de muchos por lavar su imagen o atenuar culpabilidades, bajo el argumento de sus anteriores aportes a la nación (en la causa de derechos humanos, paradojalmente, y en la minería).
Ignoro si los canales de televisión le dan tribuna para que ejerza su derecho a voz y aporte antecedentes de una inocencia que no sé cómo pueda pensarse es sostenible desde ningún ángulo a estas alturas, o por simplemente mostrarlo, casi como si estuviera desnudo (es sobrecogedor y escalofriante al mismo tiempo, escucharlo hablar y exponerse a mayor pérdida de dignidad), para que la ciudadanía juzgue y saque sus propias conclusiones.
Este señor, muchos años ha, fue un hombre que se jugó por causas nobles. Pero además ha sido conocido amargamente por su inclinación a abusar de menores -lo que no solo se ha develado ante la justicia sino en otros mundos, donde ex niños y niñas cuentan su experiencia a manos del ex senador-. Él no admite responsabilidad alguna, ni la más mínima falibilidad. Ni siquiera ha reconocido alguna actitud “inapropiada” suya que pudiese haber sido objeto de “malas interpretaciones”. Solo existe la negación total. Negación por falta de consciencia, por cobardía, por enfermedad mental o acaso por senilidad, algo que sinceramente me pregunto luego de verlo un día en las noticias.
Pensaba anoche en sus víctimas, las familias de éstas, o en qué sentiría yo viendo al responsable del abuso de una hija o de un nieto mío, apareciendo en televisión. Miedo, indignación, desconcierto. Quizás hasta compasión, por el grado de confusión que proyecta; de indiferencia absoluta ante ciertas realidades, como la lectura, macabra por cierto, de detalles de las denuncias de los niños/as que fueron abusados por él (según el ex senador, “sobornados/comprados” para testificar en su contra).
Pensaba luego en la dignidad, o falta absoluta de ella. Y no me refiero únicamente a la indignidad de los abusos cometidos, sino a aquella que veo asociada a la no-admisión de la posibilidad de ellos siquiera; y menos, veo remordimientos, aspiración de restituir éticamente. Nada. Carencia absoluta e infinita de respeto y piedad por el sufrimiento de los niños; por lo que otros ciudadanos pueda provocarles todo esto; o consigo mismo.
Quizás este ex senador no está en condiciones de revisar con razón y lucidez nada. Quizás los años son su peor castigo en esta hora de intentar e intentar, extenuante y lastimeramente, demostrar su punto de vista; probar conspiraciones de mineras transnacionales al tiempo que promueve su último libro y gana alguna adhesión en personas que por argumentos políticos o ideológicos, han podido minimizar o directamente invisibilizar el hecho de que este señor sea un abusador sexual. Tanto así, que hasta querían rendirle un homenaje por su contribución a la causa de la nacionalización del cobre (mineral principal en Chile, pilar portentoso de nuestra economía).
Nadie desconoce que los humanos somos mucho más que algunos de nuestros actos, heroicos o fallidos. Muchos creemos en el derecho al beneficio de la duda, en el perdón, y hasta las segundas oportunidades. Pero no pueden levantarse segundas partes de historias de vida, sobre aire. Y tampoco nos hace bien omitir o arriesgar bienes éticos irrenunciables como el cuidado y respeto que se debe a los niños, no importa si para ello es preciso renunciar a otros intereses (por épica o impostergable que sea una causa): cobre, oro, petróleo o todos los tesoros sumados de esos piratas de leyenda cuyos barcos encallados aún no se encuentran.
Del otro lado de esta vereda de acontecimientos, en todo caso, hay una calle clara y sólida, recorrida por personas de todas las edades, muy atentas y dispuestas a la lucidez y el cuidado de los más pequeños de nuestras manadas: de su hijo, de la mía, de los del prójimo, el vecino, y también los niños de la familia del ex senador.
Lo que más fuerte y dignamente irradia, junto a muchos padres y madres preocupados, ha sido la cantidad de jóvenes, estudiantes secundarios y universitarios que en las redes sociales se han manifestado con sus preguntas, aspiraciones y reclamos, apostando a un Chile donde más que el cobre u otras riquezas -que nos son necesarias y por cierto valiosas para el progreso de nuestra nación- el más alto valor sea proteger a los niños, velar por sus derechos y por la posibilidad de que puedan ser niños, explorar sus talentos y sueños, y asimismo poder desplegarlos más adelante en un país donde -como en otros lugares del mundo- cada vez sea más tenue (y desaparezca, ojalá) la frontera que separa a los niños según variables incomprensibles (dónde nacieron, dónde estudiaron, con qué medios económicos han contado sus familias).
La única frontera que es posible imaginar es aquella levantada por el cerco de cuidado (muchos cercos, enceguecedores en su luz) que los más grandes levantemos alrededor de los niños, y entre ellos y todo aquello (y todos aquellos) que pueda interrumpir sus caminos o tornarlos en grietas.
Una fiebre ajena que se filtra muy dentro y me derrota por momentos, haciendo temblar pilares que me han sido bastante incondicionales, casi genéticos me llegan a parecer a estas alturas: una cierta resiliencia, optimismo, o tozudez. Algo que me ayuda a permanecer en movimiento. Pero aun sin parálisis, igualmente puede haber desazón, o desánimo, algunos días de ver que lo evidente y lo urgente para uno, tiene que ser constantemente justificado con algunas personas, en algunos países. Una y otra vez.
Las voces, tantas voces. Unas que agradezco por sus lucideces y generosas voluntades; otras que me cuesta comprender, o quizás no quiero. Debería ser fácil para cualquier corazón y si no, moral, o por último políticamente correcto, estar del lado de la luz, de los niños, de los indefensos.
Si le pregunto a miles de transeúntes ¿quiere un millón de dólares? posiblemente todos, o casi todos, me dirían que sí. Lo mismo podría esperar –por burdo que pueda llegar a parecer- ante la pregunta tan descarnadamente elemental de ¿está usted a favor de proteger a los niños contra cualquier forma de abuso? Por supuesto.
Me paro al lado de la cama de mi hija pequeña, como veinte años atrás hacía con su hermana, y la miro dormir. Doy gracias, reviso la historia de mi propio cuerpo bajo su piel, ese tiempo en que compartimos territorio, un solo océano las dos, ella: agua, yo: su agua, su sangre, su leche ý alimento esencial por una era. Es mi niña, pero no me pertenece, como tampoco me pertenecen otros niños, pero imposible no resonar con sus vidas, sus fragilidades, su necesidad de cuidados y gentilezas, sus derechos. Hay un cruce de líneas trazadas a lápiz orgánico donde ellos y yo podemos ser uno. Física, maravillosa, lacerantemente uno.
Escucharlos hablar desde su inocencia y su magia es un regalo siempre como asimismo es un dolor saber que sufren. Sin disección posible; sin separación que sirva de escudo. No sé si podría; si querría separarme del sentimiento: su dimensión magnífica, y su dimensión horadante. El contrapunto no capitula.
¿Cómo trabajo en lo que trabajo? me han preguntado decenas de veces. Por qué, para qué exponerse continuamente a las sombras, al recuerdo de la propia biografía, mejor cambias de actividad, me dicen, te vas a reducir a polvo en esto. Es posible. Pero lo mismo deben decir a tantas otras mujeres y hombres que han dedicado sus oficios al cuidado y aliento de la infancia; que no han olvidado que también fueron niños y niñas y quizás habrían soñado con un mundo más noble y suave como el que intentan construir. Por amor. Ahí el porqué, la inspiración, la fuerza, y por paradójico que suene, la felicidad y gratitud de hacer lo que uno hace.
El pacto es diario, permanente. El progreso es lento, lentísimo (hasta descorazonador por momentos), pero es posible, una niña y niño a la vez, una mujer, un hombre (que también fueron pequeños un día).
De alguna forma, sabía que sería así: cuesta arriba. Pero cuesta arriba no es solo la montaña y el esfuerzo que impone: cuesta arriba es también el cielo, en esa dirección una se le acerca.
Mucho en mi vida se dio de modo accidental, pero para esta gesta fui preparada, de alguna forma: en la maternidad, y en la terapia (como paciente y como terapeuta de niños –antaño-, jóvenes y adultos abusados).
No sabía que estaba preparándome, pero lo he visto más claro en el último tiempo y agradezco mi tiempo de Karate Kid en la montaña. Mario Pacheco, maestro, amigo y mi terapeuta durante casi 20 años (no de corrido, debo aclarar, sino por ciclos), fue como el viejito maestro de la película. Inevitable verlo así. A él le debo la aceptación paulatina de un compromiso que no llegaría solamente -como yo quise creer- hasta el libro testimonial, ni se limitaría al ámbito privado de mi ejercicio profesional.
“Lanzaste una piedrita al río, y habrá que hacerse responsable de las ondas, olas y tsunamis que genere”, dijo. Y tenía bastante razón.
Los últimos años han sido intensos. Siempre pensé que podría acotar todo a un cierto período, pero cada día constato que la realidad pide más, y otro poco, y otro. Pero también veo cómo, pulgada a pulgada (así dice un querido amigo mío), se avanza y ganamos pedacitos de territorio en el bien añorado.
Hoy, esas pulgadas se hicieron insuficientes para escapar de la silla en el balcón, el silencio, la pena. A propósito de nada, un comentario sobre la importancia del cobre (libras de mineral que habría defendido un ex senador, versus libras de niños abusados por él, menos visibles para algunos), frío. Vapor en el hielo, células como pececitos con sus branquias azules, oxígeno vuelto padre, nieve en las venas, hendidura en la carne escarchada, ganas de no decir una palabra más, de congelar la voz como una criatura prehistórica de los millones de años que deberían venir. Glaciar o ámbar, que se detenga el tiempo de las explicaciones y justificaciones que a veces, no querría dar. Que no tendríamos que dar, si los niños fueran estimados como preciosos (por el aprecio infinito que deberían merecer) y sagrados.
Mi marido me abraza, no dice mucho pero lo dice todo. Me trae una taza de café bien caliente y dulce, me acompaña para que escriba, habla de progresos, de tener fe, de amor.
Vuelvo entonces a la habitación de mi niña, la miro dormir, veo en mi alma uncorredor con vitrales por donde entra el sol y la luna, y esa imagen es su vida, todos los años de infancia que le restan. Soñando su futuro a través de cristales de colores, me animo, me enamoro, agradezco y vuelvo a nuestro ciclo original de agua. Ahí donde no puede haber hielo, nieve, ni escarcha. Solo un río cristalino lleno de puentes, algunos ya levantados, y otros solo existentes en mi añoranza de poder escribir otra historia, mucho mejor, sobre los cauces de hombres y mujeres que nuestros niños y niñas llegarán a ser.
El libro “Agua Fresca en los espejos” de la psicóloga chilena Vinka Jackson fue editado por primera vez en 2007 cuando el tema del abuso sexual infantil apenas se tocaba en el país. Ediciones B lanza una reedición corregida y con prólogo del periodista Fernando Paulsen y epílogo de José Andrés Murillo, una de las víctimas de Karadima y presidente de la Fundación para la Confianza. En su obra, la autora presenta el testimonio de los ataques que sufrió a manos de su padre durante su infancia y detalla su camino de sanación.
Frente a un escenario totalmente distinto al que enfrentó al presentar por primera vez su texto, la psicóloga reconoce que hoy se palpa “la voluntad de querer informar, ayudar a prevenir, de actuar.” Hace cinco años, comenta, hubo canales de televisión que se negaron a hablar de pederastia; el cambio, señala “tiene relación con lo que ha pasado en el país –y el mundo-: una pérdida de inocencia mayúscula con el tema de la Iglesia como responsable masiva de abusos a menores, que se suma a otros ámbitos donde éste ya ocurría, los hogares, colegios, jardines infantiles, la calle, etc.
El abuso perpetrado por miembros de la Iglesia la violenta. “La impunidad en el caso Karadima, donde no pudo haber condena y -más encima- resulta una impunidad avalada, de alguna forma, por la máxima autoridad de la Iglesia Chilena cuando defiende, visita y le lleva regalos de Navidad al señor Karadima. Esto es muy grave como señal, porque una cosa es la piedad cristiana –que no se observa, curiosamente, para las víctimas de los abusos-, y otra muy distinta es el descriterio y la indolencia. A mí, todavía no se me pasa la indignación. Sobre todo por la sensación de retroceso y de falta de respeto gravísima de parte de una figura como el arzobispo (Ricardo) Ezatti, que no sólo representa a la Iglesia Chilena, sino que también al Vaticano”.
– Hace unos días la Corte de Apelaciones confirmó el sobreseimiento del caso Karadima y el sacerdote filipino del Liceo Alemán de Chicureo cumplirá una condena bajo el régimen de libertad vigilada, pese a que fue sentenciado como autor del delito de abuso sexual impropio -uno consumado y el otro en grado de tentativa- de menores de edad. ¿En qué medida estas resoluciones judiciales persuaden a las víctimas de denunciar?
– Creo que a víctimas, familias y a muchos ciudadanos estas resoluciones nos dejan en una posición muy precaria al respecto de las denuncias. Además, aquí se omite el hecho de que aunque uno de los abusos no haya sido consumado, eso no dependió del abusador y para mí no tiene nada de “tentativo”: la intención era clara y el abuso psicológico perpetrado con la amenaza de muerte al pequeño, debería ser sancionable porque es igualmente vejatorio y traumático. A mí toda esta situación me confunde y deja perpleja, porque siento que los derechos infantiles salen dañados, y el cuidado a las familias y la justicia y también tantas víctimas y ex víctimas de abuso que sienten que esto es una bofetada o un motivo para seguir guardando silencio.
“Son pocos los que hablan, los que se conduelen públicamente y tratan de cambiar las cosas. Pero tanto silencio me deja pensando ¿qué impide pronunciarse frente a algo tan claramente dañino como el abuso sexual infantil?”, sostiene la autora.
Está en juego, una vez más, la confianza que podemos tener en la sociedad en la que vivimos. Hay demasiadas señales de indolencia, de impunidad, de irresponsabilidad. Ves a muchas figuras públicas opinar de cuánta cosa sucede, y frente a esto, silencio. Son pocos los que hablan, los que se conduelen públicamente y tratan de cambiar las cosas. Pero tanto silencio me deja pensando ¿qué impide pronunciarse frente a algo tan claramente dañino como el abuso sexual infantil?
– En el caso del sacerdote filipino, Richard Joey Aguinaldo, la Congregación Misioneros del Verbo Divino indicó que “le brindará todo el apoyo” al condenado. ¿Qué señal está dando la Iglesia a las víctimas y a la sociedad en general?
– Esa declaración no merece casi análisis, es despreciable y es la insanidad total; pero casi no sorprende, eso es lo más triste. La Iglesia Chilena hace mucho rato que ha dejado claro, salvo unas pocas honorables excepciones de sacerdotes y católicos comprometidos, que no está a la altura. Nos hemos cansado de tratar de mirarla humanamente, de intentar explicarnos cómo una institución supuestamente orientada al bien, se desborda criminalmente a niveles inconcebibles, y suma miles de miles de casos de niños y jóvenes abusados en el lapso de pocas décadas, que es lo que sabemos. No existe métrica para ponderar daños, víctimas y vidas afectadas. Y a estas alturas, no nos cabe en el alma, creo yo, tanta indignación y estupor.
¿Cómo enfrentan los padres de niños víctimas de abuso sexual infantil y el país en general que instituciones como la Iglesia o la Justicia den esta clase de señales? ¿Cuál es el mensaje que estamos recibiendo?
– El peor de los mensajes: estamos solos y estamos desprotegidos. Si la Iglesia puede actuar con impunidad, si la justicia apenas puede ejercer bien sus funciones -porque se ve limitada, o porque sencillamente lo elige así-, si los colegios no responden ni se pronuncian, si básicamente del Estado hacia abajo tantos guardan silencio, no sé qué más podemos pensar o sentir. Los derechos de los niños, su protección, no son prioridad como deberían.
Ayer jueves 12 de enero tuvimos una reunión con un grupo de personas (PRM) que trabajan con niños abusados y sus familias, en Maipú, Santiago, Chile. Unas pocas semanas atrás, nos encontramos con un equipo similar en otra localidad llamada Talagante. Profesionales de distintas edades (muchos de ellos muy jóvenes) apostados a la tarea de sanar y contener ese río susurrante de cuerpos pequeños (hijos de nuestros cuerpos) que se convierte en grito primero, y luego en poesía, canción, historias sobre abuso sexual infantil y sobre resiliencia, y dibujo de nuevas vidas.
El lenguaje a veces se hace pequeño y escaso para significar ciertos sufrimientos, pero entre semejantes los códigos más sutiles pueden comprenderse y procesarse como libros completos, como diarios y bitácoras de vida escritas en el aire, al infinito…una suerte de onda magnética o de sonido fuera del sonido convencional, que se vuelve especialmente perceptible –como ocurre con ciertos animalitos- para quienes compartimos ciertos caminos.
Es difícil de explicar lo que sucede cuando una conversa con colegas que han dedicado sus saberes y haceres a la causa de prevenir y detener el abuso sexual infantil. Siempre siento que sé tan poco, que debería guardar silencio y solo aprender de ellos; sacar la voz únicamente para agradecerles de formas que no se han inventado aún, la nobleza de sus vocaciones. Quizás algo de esa autoestima siempre en estado medio volátil, me hace dudar de que yo tenga algo que aportar a sus devenires, pero desde la vivencia, y el camino recorrido como ex víctima, puedo darme cuenta de que hay relatos que vale la pena compartir con ellos que me escuchan como adulta, pero también como la niña que uno fue (y la parte de ella que, como en todos los que somos grandes, siempre habita en una parte de la memoria).
Hay tremenda estatura y sabiduría en los especialistas que no creen contar con todas las respuestas, y que sabiendo que su trabajo se apuesta más que al presente, al futuro de los niños, buscan conocer más de esos recorridos en quienes ya debimos cubrirlos. Uno aprende tanto año tras año. La biografía suma páginas que hacen contrapeso a las páginas escritas en el secreto y la trinchera de la niñez (así se siente el abuso, desde ahí se vive), y ellas cuentan la historia que repara, los lugares, las personas. Muchas ex víctimas no pudimos hablar a tiempo, no fuimos a terapia cuando niños. Pero la sanación partió entonces, sin darnos cuenta, en cada espacio donde pudimos desplegarnos, con cada prójimo que nos regaló una palabra dulce, un aliciente a desarrollar algún talento, una mirada al futuro. En el ballet, las artes plásticas, los deportes, o el sencillo hecho de ir al colegio y de recibir atención de parte de nuestros maestros, vivimos posibilidades, escribimos otras historias internamente, nos mantuvimos cerca de la vida y sus itinerarios más simples y gentiles. Como en Hansel y Gretel, fueron quedando miguitas para señalizar el camino de regreso a plenitudes merecidas.
Cuando uno conoce equipos profesionales donde no hay pulso de arrogancia intelectual, de posesión de la verdad, cuando uno reconoce nítidamente la voluntad de los profesionales que trabajan con niños que fueron abusados, de integrar cuánto recurso sea posible para acompañar la reparación, y dignificar a familias y comunidades (que siempre son impactadas por el abuso, nadie queda libre) permitiéndoles contribuir –y en ello también repararse, cruzar del ahogo y el duelo al respiro- en el acompañar, crear, descubrir desvíos extraordinarios hacia relatos distintos, exitosos, inspiradores, por dios que se agradece. La historia de países completos puede re escribirse gracias a estos trabajadores, en estos espacios.
Niño a niño, imaginación tras otra, ahí están los profesionales y acompañantes de camino permitiendo a los pequeños mirar hacia el futuro, y a veces, casi sin nombrar el abuso (cuyo eco duele, jamás se acostumbra nadie completamente a su resonancia…ni debería), tocan su médula pero provistos de una invisible cajita de herramientas que permite no borrarlo, pero sí incorporarlo con una sangre y luz distinta. En juegos, dibujos, narraciones inspiradoras sobre otras experiencias (desde escalar montañas, hasta fábulas y novelas, o anécdotas virtuosas recogidas en el día a día) los acompañantes de camino, cual viejos de la tribu, guían a los niños y ponen luz sobre dos realidades portentosas: la posibilidad del cuidado con respeto y afecto (luego del fracaso en el cuidado que es todo abuso) y la posibilidad de una buena vida, construida según los propios términos, y no los términos impuestos por la violencia o el abandono vividos durante la niñez.
En la quinta región de mi país, en una pequeña ciudad llamada Quilpúe, otro grupo de profesionales (Paicabi, Ayelén) están dejado la huella más irisdiscente. Apostaron al tejido de la terapia de abuso y del ballet, con un grupo de niñas pequeñas que, imagino, podrán recordar –o sentir por primera vez, como alguna vez yo sentí- lo que significa el autogobierno, la conexión y propiedad sobre sus cuerpos, la delicia indecible de elegir conocer y desplazar esos cuerpos a ritmos únicos, personales, acompañados de pianos y violines, tan benévolos y respetuosos (mucho más que los seres humanos que fueron responsables de haber abusado de esas pequeñas).
En Santiago, otro equipo (Previf), concurre incondicionalmente por cientos de niños, hace muchos años. Acuden, sin preguntas, sin horario muchas veces, cada vez que yo -que sólo trabajo con adultos- los llamo para pedirles ayuda, recibir a un pequeño y su familia, orientar personalmente o a distancia a alguna madre o padre que no sabe cómo comenzar a caminar ante la sospecha de un abuso de su hijo/a. En su casa vieja de un barrio residencial, se respira nueva vida, y bien podría ser una maternidad, o un jardín, pero es una casa de todos. No estamos solos.
Solo menciono algunos ejemplos, y hay muchos más en nuestro país que trabajan con y por los más pequeños: Raíces, ACHNU, Opción, cada PRM, cada OPD, todas las oficinas de PAICABI en regiones, el mismo SENAME… y muchos otros que no alcanzo a mencionar aquí (y mis disculpas por ello)
Mientras fuera, en el mundo, muchas ex víctimas grandes y muchas personas despiertas hacen lo suyo tratando de aportar a la consciencia y de actuar en pro de la prevención del abuso infantil, en otro mundo, silencioso, anónimo y tenaz, un mundo que no siempre accedemos a conocer, cientos y miles de profesionales dedican muchas más horas de las que permite una jornada laboral, a acompañar el camino de sanación que están emprendiendo muchos pequeños y sus familias. Aunque falten recursos (y no nos cansamos de interpelar a nuestros Estados y sus agencias), aunque a cada alta de un niño o niña contenido/a en la primera fase luego del abuso (más adelante, vendrán otros desafíos terapeúticos, y habrá que contener y acompañar nuevamente) sigan otros veinte o cincuenta o cien pequeños que apenas habiendo realizado la denuncia, deberán comenzar sus procesos de terapia, ahí están ellos:
Mujeres, hombres, psicólogos, trabajadoras sociales, psiquiatras, sociólogos, médicos, enfermeras, educadores, secretarias, contadores, abogados, personal de apoyo, auxiliares que cuidan las casas de acogida, voluntarios, “padrinos y madrinas”, una multitud de navegantes en pequeños botes que en pleno oleaje tempestuoso, sacan el agua con sus manos, intentando mantenerse a flote. Así los veo, en un océano gigante donde el abuso continúa ocurriendo, aún en este siglo y milenio, incluso mientras escribo estas letras. Hay que tener mucha tozudez, mucho amor, mucho aplomo, para dedicarse a misiones que son tan titánicas como hermosas. No dejemos de verlos, de agradecer su compañía, de concurrir en su apoyo. Ellos hacen el trabajo más difícil, y lo menos que nosotros podemos hacer es levantar la voz, pedir más recursos, demostrar a nuestras autoridades que importa, que estamos atentos, que esperamos más apoyo al trabajo en infancia, más cuidado, mucho más. Que nuestras acciones se vean desde esos botes a mar abierto, como bandadas o como miles de pañuelos blancos esperando su arribo a buen puerto.
Escasas se hacen las palabras que podrían resumir todo lo que se viene al alma y la memoria sobre el ciclo que finaliza. Inevitables los balances, no sé por qué. Acaso relojes y calendarios no hayan sido sino creados por las generaciones más antiguas, queriendo conminarnos al autoexamen, siempre necesario; la mirada sobre ciertas bendiciones, todavía más. Sin dejar pasar demasiado tiempo. Y un año es bastante.
Entre las gratitudes de siempre está levantar el hogar (un engranaje interminable, bienvenidos todos como en esta canción), reconocer la propia tribu (una y otra vez), aprender nuevos vocabularios prestados de otras voces que cuentan historias cien veces más potentes que la propia, revisar en fotografías las marcas claras de cuánto han crecido nuestr@s hij@s y envejecido nosotr@s, garantizar descanso a las despedidas que por algo fueron, agradecer bienvenidas y estadías de personas que se anuncian perennes en nuestras vidas.
En festejos y supersticiones enternecedoras de estos días, acompañan presencias, nuevos recuerdos (y viejos también), satisfacciones, quizás algunos arrepentimientos o desencantos (ojalá los menos) y siempre, nuestros amores.
A pulso de espejos íntimos, el reflejo nos será más benévolo y dulce si medimos el año transcurrido en crecimientos, cantos y besos de niños; haceres y creaciones; encuentros y rencuentros cariñosos con parientes y buenos amigos; apacibles horas del té donde cada miembro de la familia cuenta sus anécdotas del día; en noches y despertares abrazados, sin flanco libre, al cuerpo querido que más asemeja un paraíso sobre este planeta.
Que el cristal acogedor de los afectos, pueda recibirnos también con nuestros yerros e incertidumbres; nuestras heridas y cicatrices (las que otros infligieron, y las que nos hicimos nosotros mismos, a veces con la inocencia de quien aprende origami y se corta los dedos con papel, y otras a plena consciencia de los riesgos que corríamos de salir lesionados); nuestro darnos cuenta de que por más que queramos, no podemos librar a quienes amamos –ni a nosotros mismos- de ciertos sufrimientos (o de esa pregunta punzante sobre todo aquello que pudimos hacer mejor, o que pudimos simplemente hacer y no dejar a medio camino); nuestros duelos y olvidos, una que otra “derrota”, y esa melodía de violoncelos y pianos interiores, tan personales, que solo uno escucha. Que solo uno llora, honra y perdona.
En el gran espejo de la patria, esa madre que no termino de reconocer como completamente mía, reconozco sin embargo decenas de hermandades y lámparas en medio del río. Me han emocionado los estudiantes, las madres, los padres, y los muchos compatriotas que han querido cambiar y/o al menos conversar de temas difíciles, en son de cuidado y enmienda. Y asimismo, como muchos, he resentido el tránsito de algunas semanas y meses con sus vergüenzas y pasos en falso, sus seres inocentes vulnerados, los uniformes grotescos de la arrogancia y el desdén. Hay historias y noticias que llevan sombra y desalientan la confianza; que ahondan nuestras intemperies, mientras seguimos buscando en los bolsillos un resto de porfía que nos permita vernos a todos, sin separaciones, sin “ellos”, sin “los otros”, solo a TODOS, con esperanza.
Mientras escribo siento olor a carne mechada y verduras frescas en la cocina, busco velitas que andan por toda la casa luego de la mudanza (como perdido está ese vestido especial para una cena más qué íntima y pequeña). Con la música de fondo de un islandés favorito, el año se vuelve ya antepasado, viajero ancianísimo, a la luz de dos cuentos favoritos de mi hija menor, que recuerdo en esta hora.
Stellaluna, es la historia de una murciélaga que se pierde y va a dar a un nido de pájaros donde no logra asimilar lo que se le enseña –comer semillas, dormir de noche y con la cabeza arriba-. Sufre de la incomprensión esperada hasta que su mamá y su “tribu” la vuelven a encontrar. El Patito Feo es el segundo y qué puedo decir, todos lo conocemos, así como su amable moraleja de que no hay “fealdad” sino “diferencias”, y a veces otros tiempos, más lentos, para desplegar la gracia y la belleza que tod@s traemos, de unas formas u otras.
Me gustan las luces que nos prestan estas historias: luz de murciélago, un animalito poco querido en general, que se redime, como Stellaluna, cuando recobra su sentido de pertenencia y colectivo. Así también lo hace El Patito Feo, reconociéndose como cisne y miembro de su propia bandada. Alba y hermosa. Volutas de nieve en vuelo, seda en el agua, brazos, alas, siluetas que en frecuencia de luz de cisne convierten cualquier mundo en su mejor opuesto. Así como podemos hacer dentro de nosotros, o en nuestros hogares: si fuera existe soberbia, en nuestro territorio levantamos la modestia; si es demasiada la injusticia, entonces hacemos contrapunto en la fraterna igualdad; si rondan falsedades y mentiras, sacamos la voz más clara y asertiva; si faltan palabras amables, las apostamos todas a reconocer la gracia de quienes amamos, incluidos nosotr@s mism@s.
Bajo qué luz observamos el camino recorrido, es prerrogativa de cada uno, pero querría compartir las estelas de estas luces para desmentir maleficios y profecías aciagas, e iluminar, en cambio, las existencias adorables que podemos encontrar en nuestros mundos, las buenas intenciones (no importa cuanto demoren en gestar algo concreto), los amores que nos guarecen, y que guarecemos con regazos más firmes de lo que nos damos crédito a veces. Eso es inmenso. Quienes cuidan: infinitos.
Luz de Cisne (Swanlight) se llama también un poema -no recuerdo si de un pintor o músico galés- cuyo verso final dice: “entonces supe que había estado hambriento de bendiciones”. Qué esa hambre perfecta, si estamos conscientes de ella, encuentre su alimento en abundancia en este nuevo año de todos.
Está afincada nuevamente, por un tiempo, en Chile, después de itinerar durante los últimos años entre Santiago y Atlanta, donde armó un hogar en 1996 que hoy traslada a estas tierras junto a sus dos hijas.
Su historia está plasmada en un libro autobiográfico, “Agua fresca en los espejos”, que devela los abusos sexuales sufridos a manos de su padre y el camino recorrido para sanar. Publicado por primera vez en el 2007, una reedición acaba de ser lanzada con algunos acápites nuevos, entre ellos, un posfacio escrito por José Andrés Murillo, presidente de Fundación Para la Confianza y denunciante del caso Karadima.
Vinka Jackson habla de su experiencia con cuidado, pero sin recelo, esperanzada en que ésta puede dar luz y ser de ayuda a quienes sufrieron y sufren lo mismo que ella.
Por lo mismo, reconoce que se convirtió en psicóloga de la Universidad de Chile y por años trabajó en temas de abuso sexual infantil, hasta que en 2006, junto con la edición del libro, decidió concentrarse en terapia sólo con adultos por razones de autocuidado.
Afirma que escribir el libro tuvo que ver con un proceso de sanación personal que le llevó tiempo. “Era absolutamente necesario contar la historia que era necesaria sanar; pero la intención del libro es hablar de la capacidad de resiliencia, de rearmarse. No pensaba escribir un libro, fue un accidente de mi terapia y tuvo un buen eco en muchas personas que tienen una historia similar y se pudieron reconocer en ella”, explica.
-En las primeras páginas de tu libro narras que los primeros abusos tuvieron lugar cuando tenías cuatro años. ¿Los niños tienen conciencia a esa edad de lo que les está pasando? “No hay conciencia a los 4 años, lo que yo tengo son recuerdos que luego, a la luz de la experiencia, uno puede interpretar como que esas cosas ya tenían que ver con una historia de abuso”.
-¿A qué edad un niño puede tener conciencia de lo que les está pasando? “Creo que sin mayor información no antes de la pubertad o adolescencia. Es súper difícil tener conciencia de algo para lo que no te han preparado ni entregado las palabras ni el repertorio para cuidarte. En las cosas que un adulto puede hacer con un niño, si alguien no le ha dicho que son incorrectas, el niño no tiene como procesarlas y significarlas como abuso”.
-En un momento señalas que descubriste palabras como ‘abuso’, que no estaban en tu vocabulario, recién a los 8 años. ¿Ese es el momento en que se empieza a descubrir lo que pasa? “En el lenguaje de los niños no están las palabras abuso, violación o incesto hasta más grandes y a los 8 no se entiende bien de qué se trata. Yo, en realidad vine a entender cuando tenía 14; recién ahí el concepto de incesto se me vuelve cercano. Creo que un niño, sin ninguna preparación de parte de su familia, no tiene como leer en su experiencia que lo que pasa es incorrecto, excepto a través de sus sensaciones. Sólo si ha tenido una guía para decir que no, quizás pueda identificar algo de sus sensaciones negativas en el intercambio abusivo con un adulto”.
-¿Todos los niños abusados viven buscando ser invisibles como en tu caso? ¿Es ese su mecanismo de defensa? “No me gustan las generalizaciones, pero conozco de muchos niños y niñas abusadas que tratan como pueden de evitar las ocasiones para el abuso o el maltrato y ojalá, evadir el contacto con el adulto abusador. De esa manera, se tiende a soledades y aislamientos”.
-¿Esas conductas son señales que los adultos debieran observar? “Absolutamente, cualquier cambio en las rutinas habituales de un niño deben ser atendidas. Los papás tienen una conexión especial con sus hijos y cuando están atentos pueden notar rápidamente los cambios. Uno conoce la forma cómo su hijo estudia, se alimenta, juega, duerme y sueña, y si todas esas rutinas habituales empiezan a mostrar alteraciones, es clara señal de que algo preocupante ocurre. No necesariamente porque pueda estar siendo abusado, sino porque pueda estar pasándola mal también por otros motivos”.
-¿Una situación de abuso se ve agravada cuando los adultos que están a su alrededor se desentienden de lo que pasa? “En el abuso siempre hay una víctima, un abusador y un montón de testigos pasivos que pueden saber o no lo que está pasando, pero que claramente no están prestando atención ni cuidando como es debido. Por algo el abuso puede ocurrir.
“No creo que un niño pueda evaluar a los adultos que lo rodean con total precisión, pero tienden a saber con quién pueden contar y con quién no. Si tienen un adulto presente, incondicional y que ha hecho expreso y ha demostrado que está ahí para cuidarlo, el niño va a tener un canal a quien dirigirse”.
-¿Los niños tienen la capacidad para poner ellos fin al abuso, enfrentándose al abusador? “Hay niños que logran hablarlo pero en la gran mayoría de los casos es otro el que descubre que ese niño está siendo abusado. Con los años, la edad ayuda a ganar capacidad para decir basta, pero en el caso de los más pequeños, la experiencia señala que casi siempre depende de que alguien más, un adulto, descubra y revele que el niño ha sido abusado”.
-¿El niño no tiene entonces esa capacidad para poner fin a la situación? “Es sólo un niño, es mucho pedir. Un adolescente quizás tiene más posibilidades de buscar ayuda o de reventar y contar lo que está pasando, pero alguien más pequeño –que además muchas veces ni conoce bien las palabras para nombrar las partes de su cuerpo – difícilmente lo hará. El lenguaje, en la falta de exactitud o de repertorio, es uno de los obstáculos que uno se encuentra para que las denuncias puedan ser creíbles, porque se cuestiona la credibilidad de el niño si no es capaz de decir claramente qué le pasó”.
-Usas en el libro la palabra saqueo, que pareciera la mejor para expresar lo que viviste. ¿Uno se puede recuperar de algo de lo que te es despojado y nunca te devuelven? “Puede haber personas que no se recuperan. Hay niños y niñas víctimas de esta violencia que han muerto, y otros niños han contraído enfermedades de transmisión sexual. Esos daños son irreversibles y hay que decirlo.
“En otras situaciones, el cuerpo tiene una tremenda capacidad de autosanación y el alma hace lo suyo; pero hay una memoria corporal que demora en sincronizarse completamente con el resto del proceso de reparación. Esta memoria permanece, y el desafío es cómo uno convive con ella. Hay cosas que no se olvidan nunca y hay sensaciones que se evocan sin que medie conciencia ni voluntad, y uno aprende a enfrentar esa realidad de distintas formas. Los años te ayudan mucho”.
-¿El autoatentar contra sí mismo es una situación habitual en los niños que han sido abusados? “Durante la juventud y adultez, las estadísticas y experiencia con pacientes abusados indican una alta proporción de ideaciones suicidas; y hay un 50 a 70% de las víctimas que lo intentan alguna vez. También es resultado de cuadros depresivos. Una salida desesperada que en algún minuto suena como la única forma de terminar con algo que duele demasiado; que extenúa mucho, también.
“A mí me cuesta harto hablar de esto y si lo hago es sólo por el valor que pueda tener para alguien que esté pasando por lo mismo, porque de verdad, pensar en la muerte como salida alguna vez, fue desde la desesperación de sentir que no puedes cargar con más con el secreto. Por eso es tan absolutamente imprescindible compartir la verdad, sentirse amparado. Ahora, en la perspectiva de los años, quiero tanto la vida, quiero tanto estar viva y aprecio tanto lo que viene con ella, que no volvería jamás a ese lugar”.
-En el libro dejas claro que querías una explicación de parte de tu padre. ¿Esa explicación la buscan todos, la necesitan? “Lo que todo niño necesita es tener la certeza de que no pasará nuevamente por la experiencia, nunca más. Creo que explicaciones para el abuso no existen; en mi caso yo las busqué porque necesitaba intentar hacer sentido de lo imposible, buscar un cierto orden interno. En cualquier situación dolorosa de la vida uno tiende a preguntar por qué; lo hacemos cuando muere una persona o enfrentas una pérdida importante, el por qué es casi por instinto…aunque no todo tenga respuesta”.
-¿Esto forma parte de la sanación? “Creo que fue clave en la sanación en el sentido de entender que el camino lo iba a recorrer sola, porque las respuestas de mi papá no me aportaron mucho. Lo realmente valioso fue sentirse capaz de preguntar, mirar de frente, y hablar con menos miedo. Si uno logra o no explicarse ciertos dolores, es historia aparte. Pero igualmente tratamos, como sociedad e individualmente, de encontrar sentido a lo que vivimos”.
-Eres un ejemplo vivo de resiliencia. ¿Todos tienen esa capacidad? “Esto es bien misterioso, y creo que todos venimos con ella. El cuerpo resilia: uno se corta y cicatriza, qué más gráfico que eso. El tema es desde dónde potenciar esa resiliencia, y si uno está en entornos donde no cuenta con ciertos apoyos, posiblemente esa capacidad no logrará desarrollarse bien. Aquí resulta vital el afecto, el estímulo de la autoestima del niño, de la confianza en sí mismo, el reconocimiento de sus talentos –uno o diez-…reforzar el aplomo y autonomía en constante contrapunto con la disponibilidad de apoyo y cuidado”.
-Hablas de sanar, ¿se logra? “Se logra, puede ser súper desafiante, pero la posibilidad está. Mientras antes pueda un niño comenzar un proceso de terapia, mientras mayor acceso exista para los jóvenes y adultos que no lo tuvieron en su momento, mucho mayor es la posibilidad de poder desarrollar una vida lo más normal posible. Como todas las personas.
“Esto no se puede hacer siempre solo; aunque conozco algunos que lo hicieron a partir del cariño y amor de otros, que son una fuente de resiliencia. La maternidad también ayuda, porque el tener hijos plantea tal nivel de desafíos, que tiene un efecto potentísimo en la voluntad de querer sanar, de estar bien”.
-Al publicar el libro tu abres tu historia, la socializas. ¿Es necesario hacerlo, con la familia, los amigos? “Creo que poner la verdad sobre la mesa es parte imprescindible de cualquier proceso de reparación y sanación. No solo para las ex víctimas, sino para todos. La mentira, el ocultamiento, no ayudan a nadie; no se puede crecer así. Aunque la verdad venga con dolor, sana y permite avanzar. Ahora, cada quien define el cuándo y cómo de su verdad. Quizás muchas personas llegan a su adultez sin hablarlo; y otros quizás nunca lo hagan. Es una elección muy íntima; pero sigo creyendo que hay tanto silencio en el abuso, que sacar la voz, tome el tiempo que sea, es siempre un regalo.
“Yo hice un proceso largo, antes de sacar el libro. Ya había sacado mi voz, pero mi hija mayor me dijo que si hacerla pública le servía a una sola persona, valía la pena. Y yo sabía que sí, porque a mí me sirvió escuchar las historias de otras mujeres. Las voces y relatos de cada una, animan y acompañan a otras que aun no han hablado. Y también ayudan a la sociedad entera.
“La mejor forma de proponernos un país mejor, donde no ocurran más abusos, es conversar y entender bien el nivel de daños que estamos enfrentando cuándo un niño es abusado sexualmente, para hacer todo lo que podamos por erradicarlo y prevenirlo. Para aprender a cuidarnos mejor. Esto se está dando en Chile con más fuerza, a la par de muchas personas que han ido develando y compartiendo sus experiencias y, por eso, hay que agradecerles”.
“A melody softly soaring through my atmosphere” Death Cab for Cutie
Taxis, miguitas para las palomas, juguetes de mi hija menor en la cocina y el baño (y de la mayor, en mi memoria fascinada), periódicos, radios, una cámara o dos que intimidan, voces y más voces. Recorridos acompañantes de un libro de autoría compartida que, en un nuevo bautizo, es recordado, re-nombrado. En el afán, debo salir del nido nuestro de cada día.
Confieso me cuesta desapegarme de mis ramas y hojas, y no obstante siempre regreso a ellas agradecida. Cuerpo de agua bendita sobre la grieta, la hendidura, todo lo que cuenta una historia imposible de olvidar, pero siempre posible de reescribir hasta dar con su lenguaje perfecto, necesario: me cuido, te cuido, nos cuidamos.
Sin vergüenza. Sin arrogancia ni falso orgullo tampoco. Simplemente la justa y modesta métrica de la dignidad personal. Eso y nada más.
No rendir cuentas. Tampoco negar que hay dolores hechos de lava, nieve, roca. No puedo precisar el elemento pero quema, y desgarra, y hace caer la piel. Para qué explicar más.
En eras personales que parecen eternas e inescapables, nos perdemos un poco, pero como buenas criaturas de esta tierra, no somos ajenos a ciclos y estaciones que siempre llevan la semilla del rescate y resurrección en su tejido. Climas cambiantes, feroces, incomprensibles, no detienen todavía a las flores silvestres que se nos regalan en cualquier calle o borde de camino y carretera, incluso en territorios recién asolados por guerras o sequías. Así nosotros regresamos de la sombra. Así, sin darnos cuenta, asomamos los pulmones al aire y la luz.
El abuso sexual –como otras experiencias humanas inmensas- cobra vidas, suma muertes. De las reales hablo, las que llevan epitafios y lápidas de verdad. De las muertes simbólicas, nadie lleva la cuenta ni piensa en justicias, pero es infinita y lo sabemos bien (hemos hecho, uno a uno, cada duelo). Y sin embargo seguimos a pulso de días, oficios, cariños, esmeros, insistiendo en la vida.
Tal como en la infancia, cuando apenas si nos dimos cuenta de que nuestros silencios nunca fueron silencios del todo (porque hablamos en mil lenguajes misteriosos para atestiguar lo que nos pasaba y no podíamos traducir), así de grandes, por derrotados o tristes que podamos sentirnos en algún momento, hay voces vitales que –sabiéndolo o no- hablan por nosotros, y testifican su voluntad de sanar, renacer, crear, seguir aquí.
No estamos solos (nadie debe estarlo). Nos acompañan tantos seres amados, tantos bosques, ventanas, cajas de música, libros, estrellas, orillas de playa, canciones. Pero también nos acompañamos entre hermanos y semejantes.
Aunque jamás nos veamos las caras ni escuchemos el sonido único de cada voz, somos una tribu, cómplices benévolos de una intención que trasciende la necesidad de estar bien cada uno, y se alza en un sueño de amparo y bienestar para todos: los niños que son, los que vienen, los que fueron, en cualquier historia y cualquier latitud del planeta.
Cada relato que conozco, cada mujer y hombre detrás de palabras ganadas y silencios vencidos, duele, pero también alienta: por lo que otros son capaces de sobrevivir, resiliar, gestar. Gratitud por cada vida compartida. Reverencia indecible.
Hay mujeres que salvaron a sus hermanas del vejamen –y eran todas apenas niñas-, prolongando su sometimiento a un padre abusador; otras que cuidaron a sus madres enfermas terminales con una compasión ganada a pulso, pura ética intuitiva (porque en el abandono materno frente al abuso de esas hijas, luego cuidadoras, no hubo misericordia de la cual aprender); otras se fueron de sus ciudades natales para librar a sus familias de recordar, simplemente recordar, que el abuso fue posible en su seno; y hubo una, hija del incesto (e hija de su abuelo y de su madre, que era apenas una niña al dar a luz) abandonada en un asilo, que fue capaz de perdonarlos a los dos, y dar con ellos para contarlo.
Bondades inimaginables, soberanías de acero pero blandas y clementes, estaturas humanas que me cuesta creer posibles, pero son, y qué bueno que sean porque les debo el aire y el agua en días donde el peso de la realidad lanza el cuerpo y el corazón contra el muro, el pavimento, la alambrada, el fondo abisal. Ese cansancio sobre lo que a veces se siente como un bote en altamar al borde del naufragio y apenas dos manos para sacar, de a poquitos, el agua que desborda (el trabajo en ASI, que no se detiene en este siglo, en este milenio… océano de niños y niñas donde se nos ahoga el alma).
Gracias al buen prójimo que da la mano a los más pequeños. Al que respeta y comparte humanidades con sus pares adultos. Paciencia y perdón al que con indolencia intenta descoser suturas irrenunciables para nosotros (seguiremos explicándoles que no hace falta el morbo ni la estridencia, solo la lucidez y ética del cuidado, para hablar de abusos).
Que a cada relato siga el círculo azul, la orquesta, la ronda de plaza. Que cristales rotos y el nuevo espejo se vuelvan cello, cáscara de nuez, palo de agua, algo con lo que hacer música entre ruinas y rumores. La verdad, tranquila y blanca dentro de nosotros (y fuera también). Lenguaje compartido donde habrá lugar para silencios deshojados y vueltos a florecer, silencios elegidos ahora sí: de cielo en madrugada, de orgasmo, de no saber qué decir ante el milagro de una niebla vuelta organza, encaje en el mantel de la tierra, nuestra mesa redonda para acompañarnos, nada más.
A pesar de las noticias tristes, los cuerpos rotos, los desvíos y los yerros, las preguntas sin respuesta, la equívoca consciencia de ser dispensables, los malos nombres que regresan, el placer interdicto, los secretos y su respiro de animalito acorralado, todo el baúl anciano y raído del abuso… todo esto que sabemos, no puede ser más que nosotros. No debe. Porque siempre es promesa ese instante que, en la ternura de ciertos gestos o caricias capaces de volvernos boreales, de acurrucar acantilados, nos permite saber que otra vida espera. Otra integridad, si así lo queremos. Otra belleza.
Elegir, cuidar, gobernarnos, proteger, engendrar. No lo olvidemos. La suma de nuestras biografías puede dar a luz sortilegios y bandadas de aves preferidas; engarces de piedras preciosas en umbrales de puertas aun no cruzadas; presencias que titilan y amparan a otros en cualquier noche de mirar por el balcón, las luces del mundo. Estado de gracia, o estado de hogar. Intimidad y colectivo, eso somos: primera célula y millones de ramas genealógicas que hacia atrás son una sola. Y hacia adelante, también.
Cinco años atrás, en Santiago, nació un libro (y muchas gracias a todos quienes desde el 2007 y ahora mismo, lo han hecho suyo y llevado a sus hogares).
Muerto de miedo y de esperanza, Agua Fresca en los Espejos asomaba al mundo para proponer (al menos, era su intención) una conversación sobre la niñez y sus vulnerabilidades; sobre la resiliencia y la ética del cuidado; y sobre el abuso sexual infantil (ASI) como un dolor urgente e imprescindible de sanar y detener.
Era un desafío grande, en verdad: el tema de ASI no invitaba necesariamente a la lectura voluntaria o por el gusto de leer, y menos en un país donde poco quería hablarse aún sobre la posibilidad universal -sin excepciones de procedencia o pertenencia social- de ciertos sufrimientos (hubo entonces, inclusive, medios de prensa que se negaron a hacer mención del libro, justamente por su contenido).
Hablamos entonces de cifras lacerantes (4500 niñ@s abusad@s cada año, promedio; 7 niñ@s guardando silencio por cada 1 que llegaría a hablar; miles de adultos callando sus historias); de cegueras, secretos e indolencias; de verdades que dolían y avergonzaban; de años gastados por algo que no hicimos y por lo que sin embargo muchos pedimos perdón: por no habernos podido defender mejor (como si hubiese sido posible), por no haber podido hablar a tiempo (si ni siquiera teníamos las palabras para explicar lo que vivimos), por nuestras demoras o dificultades en el cuerpo o los afectos, y por remecer a nuestras familias y a otras personas con la revelación de una herida que jamás hubiésemos querido que existiera como parte de nuestra historia y la de nuestros clanes.
A poco andar, mujeres y hombres comenzaron a compartir sus propios relatos y por momentos me parecía que mi niñez había gozado de casi excesiva buenaventura, en comparación a los caminos que otros debieron transitar para sobrevivir la experiencia de ASI.
A correos y cartas privadas, siguieron conversatorios, charlas públicas (estudiantes, vecinos, profesionales, padres), sesiones formativas, colaboración con equipos clínicos que trabajan con niñ@s (gracias a Paicabí, Previf y Raíces, entre tantos otros, por su tarea sagrada y titánica), un grupo de encuentro/apoyo el 2009 con mujeres sobrevivientes (motivado por la joven creadora dehttp://www.inocenciainterrumpida.net), una experiencia piloto con abusadores en libertad vigilada (un esfuerzo de restitución, luego del juicio y sanción), decenas de encuentros en torno al tema. Murmullo de nieve; amago de bondadosa avalancha. Gracias a tantas personas. Ustedes saben, cada una.
Sé que no siempre he podido responder como quisiera en tiempos y presencias (como muchos, debo trabajar), pero en cada invitación a lugares distintos y remotos, me quedó algo muy claro: éramos muchos quienes no solamente compartíamos la experiencia de ASI, sino que asimismo éramos incontables quienes queríamos hacer algo porque ningún niñ@ más, pasara por ella.
En cinco años pude darme cuenta de que la voz de Agua Fresca, tuvo eco. Y así como yo pude sentirme menos sola con testimonios valerosos de otras mujeres que hablaron antes (ángeles guardianes en mi decisión de contar la historia), quiero creer que otras personas se animaron a su voz, en cercanía con un libro que hicieron propio. A partir de esta sensación, otra entrañable: de autoría compartida, de dejar volar al pajarito de libro y verlo de lejos, hacer lo suyo, como un hijo de muchos.
Entre mi hogar y quehaceres, costó plantearse presentar el texto nuevamente, este 2011. El cambio de casa editorial -feliz, agradecida- lo hacía necesario: es una versión revisada, macerada, mucho más madura (y acompañada, además, de dos hombres que han dejado huella). Y me resonó menos difícil o ajena la posibilidad de volver al relato (aunque pasen años, es esfuerzo), porque mucho había cambiado en Chile. Muchísimo. Al fin se reconoce la necesidad de discutir sobre la imprescriptibilidad o ampliación extensa de plazos para denunciar el ASI (la semana pasada se constituyó, finalmente, la comisión).
La Iglesia como responsable de abusos, y los testimonios de 4 hombres buenos y valientes, no dejaron más alternativa que mirar, actuar. Hablar lo indecible del abuso, que además de un quiebre íntimo (que toca también a quienes nos acompañan), ha sido y sigue siendo reflejo de lo que somos colectivamente, cada sociedad, o como especie humana. El ASI es un fracaso de todos en el imperativo del cuidado que nos debemos; una responsabilidad compartida por muchos: la familia donde se desencadena, la comunidad, sus instituciones, todos quienes no actuaron a tiempo. Pero también es un deber de todos (y en esto hay una maravillosa oportunidad) la enmienda, reparación y prevención de nuevos daños. Conversemos.
Voces de tantos, re-autorías de vidas que al salir del secreto, se acompasan de otra forma con sus transcursos y destinos. Porque relatar el abuso no es tanto relatar una experiencia traumática, sino, sobre todo, declarar que es tiempo de que sea cada uno quien escribe su vida completa, para llevarla -también completa- a la plenitud que merece. Este recobrar los “derechos de autor” luego del abuso sexual, requería de una conversación distinta y, también, de un “escuchar” en otros términos (con mayor compasión, alerta, voluntad de cambio). Contamos con ello, pero queda mucho por hacer, todavía.
Cual mantra, un verso de Wistawa Szymborska nos recuerda que el mundo nunca está preparado para el nacimiento de un solo niño. Una declamación que es inexorable y humilde en reconocer nuestras restricciones para prodigar a cada niñ@ que nace, a TODOS ellos, lo que necesitan. La máxima certeza de cuidado y protección de su integridad y dignidad humana; el aliento a su desarrollo pleno.
Me he pasado gran parte de mi adultez sintiendo que, como dijo Szymborska, yo no estaba preparada, o no era lo suficientemente capaz como mamá. Entre la plegaria y la gratitud, negocié la infancia y adolescencia completa de mi hija mayor, rezando por poder acompañarla siempre un año más. Quería no perderme un solo día de amarla, pero sobre todo quería dejarla bien preparada -ética, emocional, creativamente hablando- y radiante, ojalá, para hacer su vida. Hoy, al tiempo que me emociono viéndola dormir, también me desvelo con mi segunda chiquita y mucho más, siendo yo una mamá algo “vieja”. ¿Qué sería de ella si no estoy?
Como otros padres y madres que se hacen esa misma pregunta -no solo para su muerte, sino para su vida, a diario, en precariedad-, quisiera creer que nada debería faltarle a mis niñas ni a los hijos de nadie (refugio, alimentos, acceso a educación y salud, respeto a su integridad y derechos) porque puedo contar con la certeza -y no es así- de que viven en un país donde el cerco humano adulto es sólido y generoso como debe ser: tanto como se requiere para que no fuera siquiera una pregunta el acceso universal a salud, educación, oportunidades de progreso, equidad. Esta pregunta espera respuesta.
Además de agradecer hasta la médula, la posibilidad de participar con ustedes en conversaciones sobre el cuidado -tanto en el libro, como en este espacio en El Post-, me detengo en la sensación de un tiempo donde tal vez, más que nunca, necesitamos sentir que a todos -del Estado para abajo- nos importan los hijos de todos.
Reconocer que sin excepción somos padres y madres, en alguna o muchas formas, de más niñ@s que solamente l@s nuestr@s. Soñar un mundo para ellos donde palabras como inequidad, abusos, soledad, sean todas reemplazadas por esplendor (elegida alguna vez la más bella de nuestra lengua por su musicalidad y significado superlativo). Que éste sea, tal cual decía en el prólogo de Espejos de Infancia (www.paicabi.cl): “una directriz de bienestar, y la aspiración más alta de desarrollo para todo niño. Y ojalá, algún día, una definición entregada por ellos mismos sobre el pulso y color de sus vidas”. Y de las nuestras también.