CON O SIN MIEDO, HABLAR

En la actual pandemia, con períodos de cuarentena en distintos países, la preocupación por la situación de víctimas que hoy están viviendo abuso sexual infantil (ASI) en sus hogares –donde ocurre la inmensa mayoría de estos delitos- encendió las alarmas prontamente.

En Chile, la emergencia nos encontró muy poco, o nada preparados. Tenemos un desafio.

La cuarentena escolar se anunció el último domingo de marzo y al día siguiente niños y niñas estudiantes ya no fueron más a la escuela, no salieron a jugar, no acompañaron a nadie al almacén.

La ausencia de los niños se ha dejado sentir en muchos lugares del país, mucho más que la de los adultos que contamos con salvoconductos para salir a la calle por períodos de 4 horas por necesidades impostergables (atenciones de salud, compra de medicamentos en farmacias, abastecimiento). Estos períodos en el exterior han permitido en otros países, por ejemplo, que algunas víctimas de VIF, confinadas junto a sus agresores –e impedidas de usar el teléfono-, pidan auxilio. Un aprendizaje desolador, necesario, que nos orienta, y ya Chile ha iniciado la campaña #Mascarilla19, palabra clave para activar el protocolo de denuncia y apoyo, cuando las víctimas de VIF la usen en las farmacias.

Los niños y niñas no van a la farmacia.

El anuncio de la cuarentena escolar, a muchos nos detuvo el corazón. Sabemos que, para una mayoría de las víctimas de abuso sexual infantil e incesto, es fuera de los confines de sus familias y hogares donde encuentran refugio y regazo emocional. Muchas/os sobrevivientes no habríamos llegado a adultos de no ser por el afecto y aliento de nuestras maestras/os, inclusive sin conocer nuestras historias. Pero si hubiese sido posible develar, habría sido con ellos.

En Chile, los números hablan alto y claro: unos 50 (basado en denuncias) a 75 (cifra negra estimada) niños, niñas y adolescentes son vulnerados cada día. A lo menos, segun datos de Ministerio Público, un niño o niña cada 30 minutos y fracción. En cuarentena estos abusos sexuales no quedan congelados. Es más: podrían aumentar dramáticamente.

Si lo inescapable marca a fuego la experiencia del ASI, con mayor razón en condiciones de confinamiento mandatario, con estresores como la incertidumbre, temor (presente y futuro), junto al aumento del consumo de alcohol que es un detonante mayor de violencias físicas, psicológicas, y sexuales contra los niños. Con toda esta información a la mano, podríamos habernos preparado mejor. Todavía podríamos.

De otros países, hemos conocido información relevante en relación a cómo se está expresando la denuncia del ASI durante cuarentenas. Por ejemplo, en EEUU, en Texas y Pennsylvania, durante el primer mes, éstas se redujeron drásticamente en un 50%, no porque hubiera menos casos, sino porque los niños y niñas estaban en casa y los adultos que habitualmente realizan la denuncia –profesores, personal de salud, etc.- no tenían mayor interacción con ellos.

Por otro lado, desde RAINN (Rape, Abuse and Incest National Network, USA) se compartía que, por primera vez desde su fundación, entre marzo-abril de 2020, más de la mitad de los llamados de S.O.S. fueron realizados directamente por niños y niñas en cuarentena. Un 79% de las víctimas denunció abusos cometidos por un adulto viviendo con ellas en su hogar, y un 67% identificó a un familiar directo, sanguíneo (padres, abuelos, tíos, hermanos, primos) como responsable de las agresiones. Incesto.  Posiblemente la clase de ASI más compleja de conversar, más resistida. El espejo más desfigurado a enfrentar.

En el discurso público es ensordecedora la ausencia de diálogos significativos y no-revictimizantes en relación al incesto. Hemos escuchado a lo largo de los años a personalidades destacadas, en ciencias inclusive, descalificando a las víctimas o banalizando la problemática. Peor es el endoso o justificación velada y no tanto al incesto -emocional, físico- que se desliza en diálogos supuestamente intelectuales (entrevistas, conferencias, hasta libros) que quizás por presentarse así, son recibidos sin mayor cuestionamiento ni objeción. Otro riesgo del gaslighting que nos asuela. Pero existen algunos espacios colectivos seguros donde sostener conversaciones significativas. Y necesitamos más, muchos más.

De lo que sí tendemos a hablar y encontramos en los medios frecuentes referencias y condenas, es sobre delitos sexuales extrafamiliares: la pedofilia, noticias durante décadas sobre abusos crónicos de la Iglesia, sistemas de protección, el deporte, las más diversas instituciones expuestas en sus violaciones a la infancia, el abuso sexual y los predadores que habitan la internet.

La internet ha estado presente, hoy más que nunca: en el desafío de la educación (y las fascinantes oportunidades que ha abierto la web), de la conectividad como derecho humano de todo niño y niña –una prioridad, hemos aprendido en esta crisis-, junto al potencial de daño  asociado al mundo digital. Fake news, manipulación de consciencias, cyberbullying, acoso sexual, producción, distribución y difusión de pornografía infantil, tráfico de niñas y niños, abusos sexuales y explotación comercial infantil, todo vía internet.

Una investigación del New York Times de 2018-2019 compartió los siguientes datos:

  • En 1998, hubo más de 3,000 reportes de imágenes de abuso sexual infantil en internet que al 2008, habían superado los 100,000.
  • E2014, los reportes superan el millón por primera vez.
  • En 2018 hubo 18 millones de reportes que incluían más de 45 millones de imágenes y vídeos marcados (tags) como abuso sexual infantil (datos compartidos por el National Center for Missing and Exploited Children, EEUU).
  • Un 9% de niños, niñas y adolescentes entre los 10 y 17 años reciben requerimientos sexuales en internet (algunos incluyen proposiciones de encuentros en persona), y al menos un 23% es interrumpido por pornografía mientras navegan la web (Darkness to Light Foundation).

La IWF (Internet WorldFoundation), reportó en 2017 que cada 7 minutos se difundían en internet imágenes y/o videos (a veces transmisión en vivo) de niños y niñas siendo abusados sexualmente. En dos años, al 2019: cada 1 minuto y fracción.

La internet oscura tiene sitios de pornografia infantil con millones de seguidores y algunos exigen membrecías anuales (con pagos adicionales por acceso a contenidos específicos, o especiales). Los buscadores de internet como google, o RRSS tienen el deber de reportar si encuentran imágenes, videos o enlaces peligrosos, pero no están obligados a buscar o realizar esfuerzos activos por detectar contenidos que salvarían a más de un niño.

La situación se agrava a tal velocidad que ni legislaciones, ni esfuerzos de las policías ni agencias de inteligencia dan abasto.

En la investigación del NYTimes, un agente de Seguridad Nacional –la agencia que se ocupa de todo tipo de amenazas, incluido el terrorismo- señala que hoy en día uno de cada diez agentes ha sido asignado a investigar exclusivamente, tiempo completo, casos de abusos/explotación infantil, pero incluso con más apoyos, “seguimos siendo aplastados”. Se necesitan muchas más manos, energías, más recursos.

Esta verdadera plaga de horrores excede nuestras capacidades, pero aunque erradicarla prezca casi imposible, mientras más colaboraciones se establezcan entre Estados, compañías de tecnología y telecomunicaciones, policías y agencias de inteligencia (sí, suena terrible pero se necesita su involucramiento en esto), y organizaciones de la sociedad civil que están recibiendo denuncias, se pueden lograr resultados como, por ejemplo, la eliminación de un cuarto de millón de imágenes (dato de IWF) de niños y niñas. Puede parecer diminuto triunfo, pero son vidas que llevarán un poco menos de carga, de terror, un poco menos de inseguridad, sólo un poco, pero importa. Claro que importa.

Volver a pedirnos, unos a los otros, no sólo atención y disposición a denunciar, sino algo tan accesible, tan simple,  como evitar subir imágenes de nuestros hijos, hijas, estudiantes (y si se comparten, cubrir los rostros, cuidar de que no puedan ser identificados lugares de residencia o escuelas de los niños/as y adolescentes, no compartir nombres, edades, etc.).

Las precauciones no son excesivas y organismos expertos insisten en que se requiere una actitud todavía más responsable, adulta y realista en asumir estas realidades para amplificar los esfuerzos por transformarlas a favor del cuidado, y la resistencia contumaz a los abusos sexuales infantiles vía universo digital.

En el contexto actual, países como Filipinas, Tailandia, Cambodia, han denunciado un aumento de la demanda de streaming y/o videos de ASI que exhiban “mayor acción, mayor violencia” (torturas), debido a reclamos de usuarios “por aburrimiento y desgaste de contenidos antiguos o repetidos”. Solo en Filipinas se calcula que la distribución y consumo de pornografía infantil se ha triplicado en 3 meses de pandemia por covid 19.

Estando en Chile, todo parece lejano, pero también somos parte del cauce que permite que imágenes y videos de niños y niñas llegue a manos de abusadores y sus redes. Perdón la dureza, pero vamos contra el tiempo hace mucho ya, y una mayor agilidad y atención, una mayor madurez -individual y social- son urgentes. Mil veces por favor.

En la actualidad, sería irresponsable omitir que mucho del material compartido en internet provisto por las propias familias, no se limita a las miles y miles de imágenes de sus hijos que padres suben a la web y pederastas acopian en archivos personales (“candid shots”). Existen familias que abusan y explotan sexualmente a sus niños, y comercializan filmaciones de estos abusos.

De acuerdo a datos de Darkness to Light Foundation (EEUU), alrededor de un 75% de las víctimas de pornografía infantil viven en su casa al momento de ser retratadas/filmadas por sus padres y madres, o por terceros que cuentan con autorización parental. También estas vulneraciones se denuncian en residencias de los sistemas de protección infantil y en “hogares de acogida” (foster homes, foster families, que reciben a niños para cuidado transitorio, con apoyo económico estatal).

Existen ya miles de sobrevivientes que han alcanzado la adultez, sumando a las secuelas del trauma sexual de la infancia, la angustia constante de saber que las atrocidades que sufrieron y fueron capturadas en fotografías y filmaciones, aún circulan en el universo digital. He compartido camino, a lo largo de mis años, con mujeres que de niñas fueron filmadas en formato Betamax, luego VHS, cintas jamás recuperadas.

Con la irrupción de internet y luego de los smartphones -5 billones de usuarios, más que personas con acceso a agua potable- es casi imposible dimensionar el alcance digital de crímenes sexuales contra niños que representan “ una parte en realidad muy pequeña, si bien significativa, del problema mayor”. Sigue siendo el abuso sexual intrafamiliar -y entre sus números sombríos, 30 a 40% es entre menores de edad de una familia- , en mundos cercanos y de confianza de los niños y niñas, el de mayor prevalencia.

Necesitamos una tregua, un claro de luz imperdonable, algún lugar desde dónde poder hablar de cómo el respeto, cómo el cuidado puede mutar y malversarse en abuso de poder, abuso de poder sexual, estallido de vidas y cuerpos pequeños, su tejido perforado por cuerpos adultos, la propia sangre muda, inconmovible, totalmente desencajada, ¿qué lugar es éste, estos cuerpos, este hogar, y el afecto por qué araña, y rompe, no tenía que ser de otro modo, sin gritos ni llantos callados, otra blandura, otra risa como de plaza y pajarito?, cómo puede ser, cómo llegamos ahí, cómo desacatamos esa orfandad que termina siendo mucho más derrumbe y más ruinas que sólo para sus victimas y victimarios. Levantamos ciudades y países sobre esa destrucción, cavamos un poquito de tierra, y ahí estan las fosas de generaciones y generaciones. Otros seguimos vivos y no queremos que los cachorros deban caminar sobre deshechos, desdichas. Es otro deseo para ellos. Vital, infinita y apasionadamente vital

La pandemia por covid 19 ha expuesto no sólo la urgencia de actualizar la educación de este milenio, sino también el abordaje de estrategias formativas y de prevención-denuncia-intervención y reparación de violencias contra niñas y niños, particularmente las violencias sexuales.

Pasar de un día para otro del aula física al aula virtual, durante la crisis por corona virus, ha sido un enorme desafío para cuerpos docentes, familias y estudiantes. Sin embargo, este tránsito, según he podido constatar en estas semanas, no ha sido mayormente acompañado por la necesaria orientación sobre qué hacer si una víctima de ASI pide SOS (Save Our Souls) a los profesores en el chat privado o por whatsapp, durante clases a distancia.

¿Usaremos los mismos protocolos de siempre, o se ha pensado o explicitado alguna variación adecuada a este contexto? Carabineros de Chile continúa con sus números 147 (para llamadas de niños y niñas) y 149 (fono familia), y existen otras líneas de ayuda, pero es urgente pensar en una mayor variedad de formas de denuncia, entendiendo que es difícil e improbable que las víctimas, aun con acceso a telefonía móvil, lleguen a marcar un número antes de ser sorprendidas por sus abusadores, quizás con qué consecuencias para esas niñas y niños.

Por otro lado, actores fundamentales como deberían ser los medios de comunicación, sobre todo la televisión, tampoco han asumido un rol como sería esperable (pensemos solamente cuánto demoró la adhesión de los canales a la urgencia de contar con una TV educativa). No se trata de saturar la conversación en torno a abuso sexual infantil en clave sórdida o morbosa como suele darse en algunos matinales. Tampoco sirve y menos perdura, el interés súbito en estas tragedias para valerse de ellas como argumento de regreso apresurado a trabajos y escuelas (en pos de la economía, el consumo, y consumismo también) en pleno peak del virus, cuando durante años no se han desplegado mayores agencias en la tarea de prevención y educación comunitaria.

Lo que sí necesitamos de los medios, y en todo ámbito, son conversaciones articuladas, serenas, qu.e se valgan de evidencias disponibles para compartir conocimientos y favorecer un aprendizaje colectivo que nos permita sostener el cuidado, el auxilio, la denuncia, y la prevención del ASI en toda época, y hoy, durante esta pandemia. Un pequeño subtítulo o anuncio en una esquina de la pantalla con números telefónicos de denuncia, o un mensaje favorable al cuidado de la niñez, los buenos tratos, la no-violencia, ya sería un aporte. Algo así de sencillo, podría hasta salvar una vida.

Son tiempos de incertidumbre en muchos sentidos, de sentirnos frágiles. Quizás una oportunidad de este ciclo sea cultivar otros corajes y resistencias amorosas. Por ejemplo contra el abuso infantil. “No tengas miedo” (su vínculo entrañable con Agua Fresca en los Espejos) es el film del director español Montxo Armendariz sobre la tragedia del incesto. Es más un llamado, un pedido amable, que una conminación. No tengas miedo. Una invocación a decir, con la confianza de que alguien escuchará del otro lado. Una persona, o una sociedad completa.

No tengamos miedo de hablar, ahora que lo necesitamos más que nunca. Si sentimos temor, tratemos de todos modos. Llevemos el miedo en nuestros brazos, ayudémosle a respirar, mientras nosotros tratamos de sacar algo de voz.

Hablar con otro u otros de tema horribles nos cuesta, claro que sí. Podemos sentir temor a no ser escuchados, no ser acogidos, o ser juzgados de distintas maneras. No es un lugar cómodo, pero si pensamos en el servicio que puede prestar una palabra o un diálogo con vecinos o familiares acerca del abuso sexual infantil, en la semilla de consciencia o de cambio de actitud, o en que, de alguna forma, incluso un niño o una niña, así fuera sólo uno, vea su sufrimiento interrumpido, quizás el temor pasa a segundo o último plano, y la próxima vez nuestra voz tendrá un poco más de aplomo, y otro poco cada vez, hasta casi olvidar que alguna vez el silencio pudo parecernos más albergue que el cuidado.