Recomiendo Leer

Ya me terminé este libro hace una semana. Y no me ha resultado escribir acerca de él porque me dejó crujiendo internamente. Si bien ya había leído El fin de la inocencia, de Juan Carlos Cruz, que trata acerca de lo mismo, el abuso sexual infantil, este relato me tocó desde otro lugar. Ambas son historias crudas, duras, desgarradoras, pero El fin de la inocencia me mueve más hacia la impotencia y la rabia, mientras que Agua fresca en los espejos lo hace hacia la pena profunda en primera instancia, y luego hacia la esperanza.

Sí, por increíble que parezca, es un texto que finalmente nos hace ver que no todo está perdido, que no necesariamente se tienen que repetir estos hechos abominables hasta el infinito, que es posible decirle a la vida “hasta aquí llega esto”. Nunca me ha gustado el tonito condescendiente y cliché que se usa cada vez que alguien revela haber sido víctima de abuso sexual, en donde, en un acto casi reflejo, quien escucha, aparte de hacerse cargo de una especie de shock, no encuentra nada mejor que tachar a quien relata de valiente o héroe. Nada más alejado de los sentimientos que experimenta alguien que ha pasado por esa situación.

Vinka Jackson nos cuenta cómo vivió, sobrevivió y sintió el abuso de que fue víctima por parte de su padre cuando era una niña. Nos muestra con total claridad los sentimientos que puede experimentar alguien tan pequeño sometido a ese nivel de violencia, la incapacidad de ponerle palabras, pero saber a ciencia cierta que es algo que no corresponde.

¿Cómo nadie se dio cuenta? Yo agrego desde una visión completamente periférica, ¿cómo pudieron hacerse los ciegos? ¿Pensar “no será para tanto”? ¿Cómo no fue escuchada, cuando ya más grande, pero aun adolescente, intentó verbalizar? Tantos, millones de cómos que se vienen a la cabeza.

Y aun así, siempre existe esa especie de luz interna, a veces más fuerte, otras a punto de apagarse, pero esa luz que permite aferrarse a algo que salva, lo que sea, alguna actividad, el estudio, la curiosidad intelectual y social, despertar a la realidad que vivía nuestro país en plena dictadura y atropellos a los derechos humanos.

¿Cómo recomponerse? ¿Cómo armar una vida? ¿Cómo tener ganas de vivir? ¿Cómo formar una familia? ¿Bajo qué paradigma? Como bien comenta la autora, siempre se dice que los abusos sexuales son parte de una cadena, en donde quien abusa a su vez fue abusado cuando niño. Entonces se vuelve en una especie de “justificación” esa doble condición de víctima y victimario, y lo que es peor, condena a priori a quien ha sufrido un abuso sexual a una calidad de “potencial abusador”. Resulta reconfortante que la autora nos demuestre no sólo desde la teoría, sino también desde la práctica que eso no tiene por qué ser así, y ni siquiera parecido.

Me pasó un par de veces que me preguntaron qué estaba leyendo en ese momento. Al comentar el título y decir de qué se trataba, en general recibí de vuelta respuestas como “ay qué terrible, no quiero saber de esas cosas”, “lo encuentro atroz”, o “yo no sé cómo lees esas cosas”. Siempre les contesté de vuelta que creo que por muy terrible que sea, hay que informarse, hay que saber, hay que leer. Es la única manera de que no sigan pasando estas situaciones en frente de nuestras propias narices.

Recomendadísima lectura, no sólo como texto, que está muy bien escrito, sino también como antecedente e información para todo el mundo. Obviamente, de 1 a 7, un 7.

Reseña completa en la web de Recomiendo Leer.

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