nota de gracias desde la distancia, 5 agosto

Son 27 años de democracia, pero no son los mismos de cuidado ético por todas las personas que viven en nuestro país, y mucho menos por los niños y niñas. Sename ha sido el naufragio más triste y devastador que hemos atestiguado; violaciones de derechos humanos –a los más indefensos- que trizan la cordura y nuestra capacidad de comprensión después de haber sobrevivido a una dictadura cuyos crímenes de lesa humanidad también afectaron a niños (aunque sean los menos recordados, incluso aquí).

Más de mil niñas y niños muertos de quienes no se cuenta su historia completa todavía. Miles más, sobreviviendo en la zozobra de un sistema de protección precarizado, depredado, malherido. Otros cientos corriendo el riesgo de internación y de delegación de su cuidado a un Estado todavía insensible, o mal preparado, o todas las anteriores (y más). Cuántas familias no pudieron cuidar (y cuántas generaciones en cada una de ellas suman historias de miseria, de vulneración, de vidas en los márgenes más invisibles del mundo). Cuántas más hacen lo imposible por tratar de recuperar a sus niños. Y cuántas otras familias, aun inmersas en el daño y la trasgresión, jamás sabrán cómo se siente que un juez dictamine el destino de sus hijos -no por un período, sino para el resto de sus vidas- enviándolos a una una residencia “de protección”.

Pienso en las familias, antes que en el fracaso del Estado (inapelable)…y aun a riesgo de pecar de ingenua u optimista patológica, estoy convencida que una mayoría de padres y madres querría cuidar bien a sus hijxs, y procurar su mayor bienestar, cobijo, alas. Pero no se puede solos, ni inmersos en una cultura que no prioriza el cuidado (y encima lo desvaloriza), o que habilita el abandono (la conciliación familia-trabajo, tantos muros y vallas) y los abusos de poder, la segregación (y soledad en que nos deja a todos).

Ahora, imaginemos cómo sería cuidar en un país que le confiere al cuidado el mayor valor (presente-futuro), que dispone apoyos para la crianza, la salud de los niños, el ejercicio de la parentalidad. Cómo sería decidir tener hijos en un país donde no se viva con el temor siempre de fondo no poder responder, de no contar con fuerzas, “con los medios”, la provisión ininterrumpida (por todos los años que toma criar), la garantía de poder educar, el acceso a salud en cualquier enfermedad de nuestros niños o nuestra (de quienes dependen en su cuidado). Sin miedo, sería otra historia para el amor.

El amor es una fuerza portentosa en nuestros hogares, pero no basta para el cuidado de cada niño y niña que vive en Chile, si ese amor -o actitud amante- no se expresa a nivel de una política pública al servicio de la actividad humana primordial del cuidado. Qué distinto sería (y hay que ver cómo se expande el pecho imaginando esto) para nuestros niños, y para nosotros también: poder cuidar con menos carga de angustia, de tropiezos, de impotencias. Y qué cambio sustantivo viviríamos además, si como sociedad en vez de sojuzgarnos o sólo condenar, llegáramos a preguntarnos ¿qué cuida más, quiénes?, ¿y yo, cómo puedo ayudar, en la medida que sea?, ¿cuánta violencia y daño que atestiguamos no tendrá su origen en fracasos del cuidado que exceden a familias y alcanzan al país entero en su forma de organizarse, de gobernarse, de vivir, de priorizar qué y qué no?

Nuestros hogares, nuestras “democracias” domésticas nos enseñan que hay prioridades: ser amorosos, ser justos, guiar conforme los derechos y las responsabilidades van hilándose en un mismo ser humano niño, etapa tras otra. También aprendemos que es primero llevar al doctor o al dentista a los peques, procurar su educación, sus útiles de estudio, o hasta comprarles zapatos (porque crecen más rápido y a nosotros no nos cambia el pie mucho cuando adultos).

Ordenamos la vida, los tiempos, nuestras energías, en función de quién necesita más cuidado: los niños, pero a veces serán también madres o abuelos ancianos, parejas con problemas de salud. No sentimos que es “explotación” o “sacrificio”, o que las personas que cuidamos son una “carga” o son poco “autovalentes”. El cuidado es un derecho: el poder prodigarlo y el poder recibirlo. Es también uno de nuestros actos más trascendentes proyectado hacia el futuro: lo que hoy cuida, ya está cuidando hacia adelante. Por eso respondemos. O al menos queremos hacerlo, aunque a veces cuidar como queremos, como se necesita hacerlo, se pruebe cuesta arriba o hasta imposible. ¿Qué pasa con nuestro Estado que no expresa esa claridad? Una pregunta que no querría existiera luego de 27 años desde el retorno a la democracia, y más de dos siglos como República

Desde 1990, en nuestro país, han dejado de ser niños y niñas, miles, millones de seres humanos. Muchos sin acceso a derechos mínimos. Otros violados del modo más extremo en cuerpo, alma, psiquis, todo. Se han realizado esfuerzos, progresos que valoramos, por cierto que sí (si no sería demencial), pero hay una pregunta insoslayable que llevamos años repitiendo: ¿ha sido prioridad la infancia, su cuidado? Categóricamente no: como democracia no lo ha sido. No hasta aquí. Y nos ha llegado a parecer hasta “normal” o “inevitable”. Pero no lo es.

“Así es la vida, así es la guerra, sufriendo se aprende, crecer duele, no se puede depender de nadie, hay que rascarse cada uno con sus uñas, nada puede ser ‘regalado’, hay que ser ‘autosuficiente’, etc”. Podríamos llenar páginas con una serie de mensajes que de tanto ser repetidos -y no lo han sido accidentalmente- operan casi en piloto automático, confundiéndonos, alejándonos de nuestra humanidad, de nuestras vidas y amores. El tiempo se consume trabajando para subsistir, en el mínimo, o en el exceso y esa ilusión de inmunidad o control que se asocia al acopio (junto a un conjunto de “seguros” bien descabellados entre coberturas y deducibles que, en clave de pérdidas para cuerpos humanos, hogares o hasta un vehículo, se leerían algo así como “estaremos disponibles para sólo 2/3 de los órganos atacados por el cáncer, 1/2 de la casa incendiada, 2 ruedas de 4, etc”).

Hace casi dos meses, en un encuentro comunitario, se realizó una actividad para niños donde éstos debían expresar sus deseos para un país “bueno”. Bueno como un niño puede pensar y sentir o añorar que sea el lugar donde vive. Mi hija menor escribió en un papelito azul sus 4 condiciones “comida gratis, salud gratis, educación gratis, casa gratis”. Las bromas pesadas no se dejaron esperar, los sarcasmos, los reproches velados a sus padres por habilitar “la patudez”, “la flojera”, y hasta “el comunismo”. ¿Quizás qué le enseñan a esta niñita?, supe que preguntó más de alguien por ahí (“bueno, la mamá que tiene…” y para variar sólo las madres como si la crianza no fuese una danza mayor). Del cuidado: eso nada más. De las expectativas esenciales, irrecusables, que cada camada de cachorros puede -o debería poder- sostener en relación al mundo adulto.

No escribió mi hija -y como cualquier niño podría bien haber soñado extravagantemente- “juguetes gratis, tablets, una granja llena de ponis, una nave espacial, una cancha de patinaje, dos viajes anuales a Disneylandia”. Cuando le preguntaron por qué quería que “TODO fuera gratis”, ella respondió “no es TODO: es sólo lo MÍNIMO para cualquier niño”. He reflexionado mucho (y todavía) sobre la reacción adulta a algo tan sensato, tan inocente y rotundamente lúcido en su fundamento de bienestar, de bienes para la vida de los más peqeños, y mayor se vuelve mi pasión y convicción de que ya es tiempo, y hace mucho, de escribir otra historia, y de volcarse seria y concienzudamente en la construcción de otra relación con los ciudadanos niños, desde el Estado como “adulto superlativo”, y desde cada uno de nosotros también. El cambio de estructuras mentales, de formas de interacción, de trato digno y respetuoso, de vivencia de los DDHH como una ética que nos guía en la convivencia con los seres humanos niños, es un proceso colectivo, y colectiva es la responsabilidad del cuidado de cada nueva generación.

Hemos reaccionado ante tragedias y hemos demorado demasiado en cambiar ese patrón de “apagar incendios” versus prevenirlos. Sabemos por ejemplo que a diario, en Chile, 53 niños y niñas viven abusos sexuales, uno cada 33 minutos, y eso no ha sido urgencia. 25% de la niñez vive en extrema pobreza y los más afectados son los niños más pequeños (en edad pre escolar) y tampoco es una preocupación que nos desvele. De Sename, hemos conocido una lista de penurias y horrores pero todavía -a 2017- no vivimos una transición radical desde nuestro sistema de “protección” exánime (de “última alternativa”, borderline orfanato, interventor de familias y generalmente las más vulnerables de todas) a un servicio -en el más profundo significado de esa palabra- destinado al apoyo y cuidado ético de niños y familias, con recursos materiales y humanos a la altura de la tarea, protagónico y líder en la generación de políticas y la agencia de cambios de actitud dentro del Estado -para asegurar de una buena vez una acción concertada de ministerios e instituciones en el cuidado de niños en Sename- y de nuestra sociedad (en relación a la niñez vulnerada, y a toda la niñez y sus DD), en la generación de preguntas y conocimientos y proposiciones (versus sólo la respuesta desesperada y punitiva ante abusos y malos tratos de la niñez), en la interpelación a la responsabilidad y apoyo colectivo de formas muy concretas.

La marcha (marchas) por la niñez de hoy sábado 5 de agosto además de una invocación -dulce, desgarrada también- a la justicia y al cuidado, es un destello de esperanza en la posibilidad de vivir más en sintonía, todos: respondiendo y también anticipándonos a las necesidades del cuidado, de la educación para un milenio que es casi en partes iguales tan frágil como fascinante, de la preparación de las nuevas generaciones para que un día ojalá puedan elegir sus vidas de forma que el ejercicio de su libertad sea un acto que también –empoderados cada quien en su responsabilidad- honre el cuidado consigo, con el prójimo, con la tierra que nos prodiga un hogar.

Como muchos hombres y mujeres de mi generación (de los ochenta) he participado de activismos diversos desde la adolescencia (mis 15 años), y el más constante ha sido por la niñez. En años recientes, he asistido a marchas donde llegaron apenas decenas de personas, con mucho un par de cientos, reunidos en torno a mínimos éticos, o buenos deseos, y duelos, resistencias esperanzadas. Pero nunca en mis años vi una marcha como la que he celebrado desde la distancia (y hurra por internet) el día de hoy. Siento añoranza por no haber podido estar, y a la par, una emoción mucho más arrolladora y energizante y alegre (pese a los motivos que gestan la movilización) por lo que puede seguir si en realidad estamos despertando.

Los aprendizajes toman tiempo en habitar cada cuerpo, cada consciencia, nuestros mundos. Pero se deja sentir la posibilidad de agarrar otros lápices y hojas blancas para continuar escribiendo la historia de nuestro país y su infancia. La historia de nuestro país y de cada uno nuestros hijos, nietos, sobrinos, todas las niñas y niños que son y también los que fueron, fuimos (van como muñecas rusas dentro de cada uno de nosotros, y ojalá sirvan de inspiración y combustible para el amor y la rebeldía que viene con él).

Soy en general una agradecida de la vida (y de la gratitud, valga la redundancia, porque ha sido un enorme pilar de reparación y de resiliencia y de enseñanza en el amor incondicional, ya como adulta y junto a mis hijas y otras personas amadas). Pero hoy la gratitud es muy puntual con nuestro país, con cada persona -de toda avenida de la vida, de todo partido, religión, movimiento, también a carabineros que al menos en las fotos, se veían sólo cuidando la trayectoria de miles- que pudo sumarse a las marchas de cada región, y con cada persona que quiso ir aunque no haya podido hacerlo por diversos motivos , y también con cada persona que no se siente muy en sintonía con “la marcha” (y todo motivo es digno de respeto) pero sigue cada día haciendo lo suyo por los niños y niñas con quienes comparte la vida, o bien sueña con una niñez digna y feliz en su país o en la tierra, o simplemente con vidas mejores y tiempos más nobles para la humanidad en cualquier lugar, sea una esquina o una galaxia. Todos esos deseos, su textura, lo que irradian, van en bien de todos.

Doy gracias, pero megatómicas, a quienes compartieron fotos, videos y testimonios en vivo de lo que aconteció hoy: hermoso e histórico. Realmente ayuda a sentirse parte de #todalatribu y ayuda también a sanar un espacio muy íntimo donde la relación con el lugar en que uno nació y creció, siempre es un desafío. Una marcha como la de hoy, en presente y futuro, pero también retroactivamente, se vuelve una gasa majestuosa para miles y miles de historias –de infancia y en otras etapas- que compartimos hombres, mujeres, niños y niñas, con el territorio que es nuestro hogar o que dibuja determinantemente nuestra identidad. Chile. Un país con tantas posibilidades de ser mucho pero MUCHo más justo y sensible, mucho más inteligente en su emoción y sus acciones destinadas al cuidado de toda su gente, partiendo por sus niños. Despejando confusiones (teñidas por el sistema, nuestros miedos, el dinero, la negación u olvido a veces de nuestra condición humana vulnerable y más orientada al amor y la colaboración que al abandono de los más indefensos en la jungla), se vuelve más posible.

Es importante lo que ha sido esta marcha de hoy, marchas, 2, 3, en paralelo, pero todas juntas al final, tanta diversidad que bienvenir, que apreciar. Por los niños, podemos con ojos distintos, vernos, y en esa luz, sin negar disensos, construir donde sí podemos hacerlo bien juntos, para que las nuevas generaciones sepan que “yo te aprecio, yo te cuido” incondicionalmente y hagan lo suyo cuando crezcan, también.

Se acercan elecciones presidenciales este año y el tráfago político puede distraer las voluntades de todos. No esperemos únicamente a que las autoridades actuales respondan ni dejemos a las que seguirán el cometido completo de lo que debe ser trabajado ahora, y como país, colectivamente.

Restarnos no es una opción desde el cuidado, y decir “esto nos atañe a todos” no equivale a absolver de deberes -o sanciones de la justicia- a quienes les correspondía cuidar bien de los niños confiados a la tutela del Estado (y esto incluye, por cierto, a un Congreso que ha incurrido también en negligencias). Pero conservando nuestra vigilia y lucidez en relación a la justicia pendiente, y a la urgencia de evolución expresada en políticas públicas bien diseñadas (sin ánimo analgésico ni cosmético) y expeditamente implementadas (quizás, de una buena vez, tomando en cuenta lo aprendido por otros países, por ejemplo, que han atravesado terribles crisis en sus sistemas de protección), creo necesitamos concurrir o estar abiertos a hacerlo en cada lugar o en cada esfuerzo donde podamos ser de alguna utilidad -y no juzguemos nuestras contribuciones: permitamos que se canalicen, que sean expresadas. Si el cuidado guía nuestras acciones, si nos ayuda a tomar decisiones (desde el ¿qué cuida más, ahora, hacia el futuro?), todo suma.

Un abrazo fraternal desde las montañas amadas por el pueblo Cherokee (uno que trataba bien a sus niños y sus mujeres, su tierra, y que incluso con sus invasores intentó desplegar una ética de dignidad y colaboración que aunque fuera herida de muerte en dos siglos pasados, sigue refulgiendo como lección para la humanidad ahora más que nunca).

Todo un pueblo, toda una tribu, todos juntos,  y queda el eco en el corazón del verso de don Nicanor Parra de las gallinas que se ponen firmes, al fin, para defender a sus pollos. Firmes como sólo el amor nos ayuda a ser, con claridad y ternura; con capacidad de indignarnos, de rebelarnos, de fijar el límite para lo injusto y lo dañino, tanto como para expresar y levantar lo que preferimos y anhelamos para nuestras vidas y las de quienes amamos.

Nuevamente gracias infinitas por el regalo de este día, y de miles antes, y miles más que vendrán donde nos seguiremos encontrando.

Vinka

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