olvidos fatales

Perplejos, enmudecidos, conocemos las historias de niños y niñas que cayeron a piscinas, se quemaron en sus casas o agonizaron encerrados en un auto, como el pequeño de un jardín infantil en Huechuraba el año 2010, y ahora, un niño de dos años que murió en el estacionamiento de un colegio de Ñuñoa. Algunos podríamos atrevernos a decir “eso jamás me pasaría a mí”. Y otra voz, asustada, muy bajita, desde lo profundo de nuestro ser, replica “pero ¿y si llegara a pasarme?”. Mejor ni pensar. No alcanzo a imaginar una pérdida de esa magnitud. Cómo poder sobrevivirla.

No conozco los números para Chile pero en Estados Unidos se reportan entre 25-37 niños (de 0 a 3 años de edad) fallecidos dentro de automóviles durante veranos (también en primavera y otoño, y hasta en invierno). Un número absurdo y horroroso en apenas 6 ó 7 meses de un año. Cada año.

Algunos expertos señalan que desde los cambios en la ley –que puso a los pequeños en el asiento trasero para protegerlos-, las muertes aumentaron (de ahí que compañías como GMC, por ejemplo, hayan desarrollado e incorporado dispositivos para recordar, antes de cerrar el auto, que en el asiento trasero va un niño). Muchos dirán que esto no tiene nada que ver; que no es posible que padres y madres sean capaces de olvidar a sus hijos por horas, abandonándolos a una de las más muertes más trágicas imaginables. En EEUU, justamente, encontraron a una chiquita que arrancó su propio pelo y cuero cabelludo en la desesperación por el calor, la asfixia y, seguramente, la angustia de encontrarse sola mientras moría. Otros pequeños sufren “menos”, dicen; pero ese “menos” no hace diferencia alguna. En media hora, en un día caluroso, la temperatura al interior de un automóvil puede aumentar veinte grados, y en unas dos horas, doblar la temperatura del exterior. Para la soledad de ese encierro, no hay métrica disponible.

Este último verano en Atlanta, GA, la comunidad fue golpeada por la muerte de un pequeño, mientras su padre asistía a una fiesta con amigos. El hombre estacionó el automóvil frente a la casa, “con la ventana entreabierta” y confiando que en el atardecer, no habría mayor riesgo si dejaba al niño durmiendo solo. Negligencia flagrante, tal como en casos donde los niños han sido olvidados por padres/madres adictos, ebrios, o como “castigo” por hacer pataletas. En EEUU (donde se lleva un seguimiento), los abandonos intencionales -e ignorantes del peligro que corre el niño de morir por hipertemia- corresponden a un 17% de los casos (ver articulo). Otro 29% corresponde a niños que juegan sin supervisión adulta, y se encierran accidentalmente en los vehículos (incluido el portamaletas). La mayoría de estas muertes (54%) suelen ser responsabilidad de adultos comunes y corrientes donde se cuentan médicos, electricistas, soldados, educadores, dueñas de casa, psicólogos, transportistas, y hasta un genio de la NASA.

No se trata de exculpar, de justificar (ni un milímetro) muertes horribles de los más indefensos, pero es importante –y una advertencia a tomar seriamente- saber que en estas tragedias los responsables han sido, en muchos casos, personas buenas y trabajadoras, que amaban a sus hijos, y quienes en un momento fatídico e inexplicable los “olvidaron” y dejaron morir. No uso la palabra “olvido” livianamente: especialistas en el tema de la memoria han descrito reiteradamente el fenómeno del “piloto automático” para explicar que existen partes de nuestro cerebro que procesan cantidades de información relevante, mientras otras –menos sofisticadas si se quiere- se encargan de cumplir ciertos cometidos como por ejemplo trasladarnos de un punto A a un punto B, casi sin darnos cuenta. Frente a cambios de rutina o estreses de consideración, el “piloto automático” puede imponerse al extremo de que el cerebro anule la información más importante del mundo, la que no debería ser necesaria de “recordar”: ¿cómo va uno a olvidar que tiene un hijo o el de alguien más, bajo su cuidado? No es imposible. Nuestro programa humano no está libre de esta aberración (ni de muchas otras).

Antes de demonizar o absolver precipitadamente, detenerse en el cuidado como una conminación, una invocación, un alarido que podríamos no escuchar en medio de un desierto donde el eco es solamente una voz de niño, sólo una, contra el silencio sofocante.

El año 2010, cuando murió el pequeño en el jardín infantil de Huechuraba –olvidado en el automóvil de una educadora que además transportaba niños- hubo apoderados/as que declararon haber utilizado el servicio sin conocer mayormente su forma de operar. Otros, sí sabían que muchas veces los niños viajaban en brazos de adultos, sin mayor protección. La pregunta más simple, más obvia, es cómo podría uno recurrir a servicios donde compromete la integridad de su propio hijo/a, sin conocimiento exhaustivo o garantías mínimas; sin haber verificado condiciones mecánicas del vehículo, seguro contra accidentes, antecedentes del conductor (incluido registro de ofensores sexuales). Información que al ser omitida, arriesga que el cuidado y el descuido, la responsabilidad e irresponsabilidad, los buenos y malos tratos a los niños, se intersecten y estallen.

De la tragedia de este día jueves, no sabemos qué condiciones fueron determinantes para que el padre –que realizaba trabajos en el lugar- llevara a su hijo con él (y si ésta era una práctica habitual o excepcional), o en qué condiciones psicológicas se encontraba, o si existe o no en el colegio un espacio donde hijos de trabjadores del staff o externos, puedan ser cuidados mientras sus padres/madres desempeñan labores. Sólo sabemos que un niño pequeño murió durante horas de encierro, soledad y calor incinerante, que su padre se encuentra ahora detenido por cuasidelito de homicidio, y que este duelo acompañará a toda una familia por el resto de sus vidas.

Hay duelos que ninguna familia debería enfrentar. Desde aquí, apenas alcanza el cuerpo para ser testigo, ser persona, condolerse, repetir moralejas desesperadas (o juramentos de protección, que nuestros hijos nunca, nunca), y agachar la cabeza ante una falibilidad que es inseparable de nuestra condición humana. Un descampado de errores que pueden llegar a ser irreparables, mortales. Antes de que nos devoren, siempre antes: la vigilia. La atención.

Hay heridas y muertes 100% evitables. Cien por ciento. El autoexamen es un arañazo doloroso a veces, pero siempre indispensable: sobre nuestra solvencia adulta para cuidar; sobre nuestra voluntad –y desprendimiento-, o la claridad de nuestros criterios y herramientas para proteger a nuestros hijos, y a todo niño. ¿Qué ética del cuidado nos guía, cuál es nuestra forma de abordar y decidir cómo cuidamos?

Hace un par de semanas vimos el video de un niño en un ascensor, solo, expuesto a un abusador sexual. ¿Se pudo evitar? Claro que sí. Y para quienes vivimos en edificios esto necesita ser un estándar y no solamente por posibles predadores sexuales. Mucha mayor probabilidad existe de un temblor fuerte que detenga el ascensor con un niño solo dentro, durante horas. ¿Por qué querríamos exponer a nuestros hijos a una experiencia como ésa que por último, contando con la presencia de un adulto, puede ser mucho menos intimidante? Evitar sufrimientos, abusos, miedos que sí pueden ser evitables no es indulgencia ni sobreprotección sino una forma de fortalecer el cuidado –que es un factor de resiliencia- y una disposición, en nuestros propios hijos, a cuidar de sí, cada vez con más y mejores herramientas (y tal vez un día, convertidos en adultos, cuidar de otros niños también).

Los ejemplos pueden ser muchos: niños solos en baños de centros comerciales (que apenas alcanzan los lavatorios, que pueden resbalar, quebrarse un diente), niños colgando de motocicletas o bicicletas (y están también los ciclistas indolentes pasando a toda velocidad casi encima de mamás o papás con coches o de la mano de niños pequeños, en veredas o pasos peatonales que exigen cruzar caminando), niños viajando en auto sin silla ni cinturón, guagüitas en brazos del copiloto, pequeños viajando en metro a quienes nadie cede el asiento, olvidando que son los que más rápido podrían perder el equilibrio al frenar los carros. Podría continuar.

A los adolescentes también podemos perderlos en el punto ciego: hay que escuchar las historias de taxistas, administradores de lugares de recreación, centros de salud, para darnos cuenta de cuánta soledad y descuido asuelan. La distracción es consuetudinaria. Una forma de olvido también, de vulnerabilidad, de sopor en el que todos podemos caer y donde nos necesitamos alertas y asertivos, sin temor a expresar pedidos de cuidado para los niños, tantas veces como sea necesario, hasta que vayan quedándose, volviéndose estándar compartido.

Que los niños no tengan que pagar las consecuencias de nuestras grietas. Que no corran nunca el riesgo de ser olvidados.

El olvido me da vueltas esta noche, quizás como a muchos, en colaciones que se me quedaron, comunicaciones que no firmé en la libreta, listas de útiles que se me perdieron, horarios traspapelados. No ha llegado a más, pero ha sido suficiente como para entender que el error va de la mano conmigo a diario, que el tráfago puede mordernos en cualquier momento, y que una pena o un mal rato pueden perturbar la precisión necesaria para cruzar una calle, o para tomar muchas otras decisiones en torno a qué cuida más o menos. Es mucho más difícil de lo que querría admitir, salir bien parada de las autoevaluaciones en esta esfera, y es más duro todavía si tomo en cuenta el lugar en que vivimos y del cual dependemos para poder ejercer bien nuestro rol como padres y madres.

Vale la pena plantearse una y otra vez la pregunta acerca del valor que la sociedad chilena confiere al cuidado, bienestar y felicidad de los niños/as, sus vidas. Nos damos cuenta de que hay una indiferencia y desafección que nos rondan hace mucho. El olvido, también. Apenas un puñado de ejemplos, pero de la mayor gravedad: todavía la pobreza infantil es una sombra siniestra en nuestro país, el acceso a la mejor salud disponible (un derecho humano inalienable) sigue condicionado al dinero, 53 niños viven abusos sexuales cada día (sin que represente una urgencia de salud pública ni para nuestros legisladores), y Sename, inenarrable. El Estado no ha demostrado ser garante, ni sensible ni competente (dos atributos imprescindibles del cuidado ético). No con los más desvalidos.

Padres y madres sabemos que no basta saber de derechos, desarrollo infantil, ni basta tener determinación y todo el amor del mundo para responder adecuadamente a las necesidades de cuidado de nuestros hijos. Dependemos de recursos personales y también colectivos. Solos no se puede.

La parentalidad es exigente, intensiva, a veces, angustiante (tan frágil ante la culpa), y hasta desmoralizante, todo al mismo tiempo en que resulta maravillosa y conmovedora. Y aunque existan instituciones y programas destinados a apoyar la actividad del cuidado, la realidad es que madres/padres e hijos estamos más solos que acompañados. Nuestra sociedad se ha vuelto muy indolente, y hasta absurda, y continúa esperando o simplemente da por descontado el aporte de adolescentes bien ajustados, adultos productivos, ciudadanos integrales, sin invertir todo lo que se requiere, material y moralmente, desde la infancia temprana y durante todo el tiempo que toma el desarrollo de un ser humano niño.

Los primeros cuidados, a partir del nacimiento, son determinantes. Sin embargo el postnatal ya es un desafío. Y aunque fuera un logro haber llegado a seis meses (y falta todavía incluir a madres trabajadoras independientes, estudiantes, etc.), es sólo sensato convenir que un semestre de vida no es suficiente como para delegar a una guagüita al cuidado de terceros, por sensibles y competentes que estos puedan ser. En otros países existen postnatales de hasta dos años (en Alemania pueden llegar a ser tres). Son períodos obligatorios, inclusivos de madres y padres, que cubren un tiempo vital del desarrollo (recordemos que entre los 0-3 años se produce el mayor crecimiento cerebral y de la red neuronal). En Chile, pasados los 6 meses, el derecho a cuidar se vuelve cuesta arriba y la conciliación es, cotidianamente, una añoranza.

Programas de apoyo en infancia temprana y todo lo que se ha crecido en educación inicial (un logro a destacar y del cual sí sentirnos orgullosos como país) no serán suficientes si por ejemplo, al egresar del jardín, los cuerpos docentes en escuelas e instituciones de educación superior no se perciben a sí mismos como responsables de la educación-cuidado de sus estudiantes como un imperativo (indivisible) de su profesión. Lo triste es que muchos apoderados perciben esa disociación y dudan no sólo cuando se trata de interceder por otros niños (por ejemplo en casos de bullying), sino por sus propios hijos.

Por otro lado, las redes familiares se han reducido, y otras redes -amistades, vecinos- pasan a ser todavía más necesarias. Sin embargo, en muchos edificios o barrios, no nos detenemos a conocernos y conversar, y no es extraño que pocos vecinos se pregunten o se inquieten si luego de 2, 3 días no se sabe nada de una persona anciana que vive sola, o si se escuchan llantos que no paran en departamentos o casas donde los más pequeños (que no hablan aún) están bajo el cuidado de terceros. La concurrencia de otros, un solo vecino/a que toca el timbre y se queda en la puerta preguntando simplemente “¿están bien?, está todo bien?”, entrega el mensaje de muchas presencias atentas. Un mensaje que nutre, amorosa, silenciosamente; que podría ser advertencia también, y en casos extremos, una posibilidad de auxilio “caído del cielo” para más de algún niño.

“Se necesita de toda una aldea, de todo un pueblo, para criar a un niño”…una y otra y otra vez.

No se trata aquí de desviar el tema ni de “aprovecharse del pánico”, sino de negarse a ceder y ser capaces de resistir disociaciones donde una tragedia como la de hoy, y tantas otras, lleguen a parecer un hecho completamente desconectado de un contexto donde el cuidado de la niñez –y el cuidado en un sentido mayor, ligado a toda vulnerabilidad que unos y otros podamos enfrentar durante nuestras vidas- lejos de ser relevado es dificultado, muchas veces ignorado, sancionado, desincentivado, inclusive mirado en menos, pese a que cada día encontramos esperanza en la consciencia y lealtad de proteger a los más chicos que sí se deja sentir y crece desde muchas familias, comunidades y regiones del país (*).

Para poder cuidar necesitamos irrevocablemente de nuestras comunidades, de toda institución, de empresas, de gobiernos (cualquiera sea, no debería hacer la diferencia). Es muy alto el costo humano de abandonar esta actividad que dudo jamás haya sido imaginada por la naturaleza como algo solitario, a lo que responder individualmente, o entre dos personas cuando mucho.

Ser indiferentes, no apoyar socialmente, o menospreciar la actividad de cuidar a muchos podría parecerles poco relevante, pero entre reproches y obstáculos, todo va sumando, o restando en realidad. Basta observar la cotidianeidad para empatizar con padres y madres que corren el día entero, sujetos a horarios irracionales, dependientes de un sistema de transporte público brutal, preocupados por sus empleos, agobiados por demandas –racionales o no- sobre lo que deben hacer o tener para satisfacer las necesidades de sus familias. Los costos de la sobreexigencia y el estrés en la atención ya sabemos que pueden ser fatales. Pero para poner atención, para estar centrados, bien afinados, no sólo se requiere de cualidades o compromisos personales, sino también de algún grado de contención, de complicidad virtuosa con otros. De mutualidad en el cuidado (**).

“Se necesita de toda una aldea, de todo un pueblo, para criar a un niño”…

Sigue siendo una pregunta de la mayor importancia el cómo propiciar, desde cada entorno y desde la política pública, una parentalidad templada, atenta, bien informada, e inserta en comunidades –escuelas, barrios, gobiernos locales- donde podamos contar con más manos, más miradas, más intercesiones para cuidar a todos nuestros niños. ¿En qué puedo ayudar, cómo me hago parte? podría ser una disposición y un antídoto contra la soledad y el fracaso del cuidado; un punto de partida tal vez, siempre necesario, para prevenir negligencias, violencias, muertes de niños que resultan (y nuevamente: tratar de explicar no es exonerar) de la impotencia, de la fatiga. Y del olvido.

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(*) En Coyhaique este año 2017, los pequeños comerciantes se hicieron parte, junto a Junji, de la campaña de los cuelgapuertas del cuidado. Qué buen ejemplo y experiencia, entrar a un almacén o una tienda de zapatos, y que los padres e hijos lean “aquí cuidamos y respetamos a los niños/as”. Además de una bienvenida cálida, el mensaje es portentoso: somos muchos más -inclusive en algo que pudiéramos percibir algo ajeno como el comercio- quienes estamos preocupados del cuidado de la nueva generación.

(**) Pienso en la necesidad de invertir en más programas como Casa del Encuentro en La Pintana (para después de horas de jardín o escuela, donde adultos y niños tienen un espacio hermoso y estimulante), o jardin Tricalhue en Cerro Navia, donde a una charla de prevención de abusos para papás y mamás, llegaron -invitados por los apoderados, porque les resultó sensato- muchos abuelos, tíos y vecinos para que todos sintonizaran en la misma intención. 

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Gracias archivo ElPost.cl 2010 (Editora Mónica Stipicic)

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