No se trata de censura, sí de responsabilidad

En Chile, el “late show” de un canal vinculado a una empresa que provee servicios de cable, internet y telefonía (VTR) emitió una performance de “electro-porno social”: así lo llama su realizadora, conocida como “Irina la loca”.

El video circula como “video censurado” aunque, en estricto rigor, no lo haya sido. No, en el sentido de limitar o cancelar su difusión pues continúa disponible en la plataforma de youtube (donde, a propósito, puede ser reportado).

Es un signo positivo que junto a los diálogos que se han sostenido, por ejemplo, en las redes sociales, la difusión del video sea muy escasa (una forma de no-endoso). Mayor ha sido el malestar y los cuestionamientos expresados por muchas personas que prontamente reconocieron en dicha performance, un flanco de daño para víctimas niñas y sobrevivientes adultas de traumas de incesto, abuso sexual infantil (ASI), violación.

Antes que nada, recordar que nuestra indignación mayor necesita ser en contra de la existencia de abusos sexuales y en torno a la deuda ética que como país tenemos con la infancia -revisemos solamente la trayectoria del Congreso y los gobiernos de un cuarto de siglo-, en su protección y en la prevención de sufrimientos evitables como el ASI.

Sin ir más lejos, el proyecto ley (PL) de garantías integrales que fue recientemente ingresado al parlamento, y aun reconociendo el valor del gesto, ha sido recibido con preocupación por expertos en la materia (ver columna de abogado Fco. Estrada) y por las propias organizaciones de infancia (ver declaración pública) debido a su carácter insuficiente y elusivo: supeditando compromisos a “disponibilidades” de presupuesto, y redactado en clave de vaguedad -hay que atender a los verbos elegidos- y exigibilidad relativa.

Establecido lo anterior, vale la pena detenerse en cambios de actitud que, algunos años atrás, no eran nítidos en nuestra comunidad: lo que ha despertado el video con la performance aludida, da cuenta de ello. Estamos más atentxs, más presentes en voces que cuidan.

Desde esa atención, tratar de ser muy precisos. No creo, al menos no vi en ese video, una defensa de la pedofilia o el incesto ni la violación. Pero tampoco es “denuncia social” ni un gesto inequívoco de resistencia contra un sistema que silencia y vulnera a los más indefensos. Se trata de una performance que incurre en vulneraciones a víctimas. Daño sobre daño.

Denunciar no es sinónimo de agredir, de violentar –con intención, o por omisión y negligencia- y menos a quienes ya han sido heridxs. Esa forma de denuncia no se rebela ni se distancia mayormente de la violencia que late en el corazón negro de experiencias vejatorias. Viene a ser, en alguna medida, más de lo mismo.

Los medios en nuestro país, llevo años en esta insistencia, tienen una responsabilidad ética aún desdibujada, incompleta. Una performance como la emitida por VTR, con esas características,  debió, DEBE, necesariamente, ESTAR ANTECEDIDA de una explicitación sobre riesgos de triggers (gatillos) y triggering para víctimas de trauma.

Es una obligación ética, de salud, el informar acerca de la posibilidad de verse expuestx a experimentar evocaciones -involuntarias, imposibles de controlar- y revivencias del trauma (de forma vívida, con sensación de tiempo presente, real), que pueden desencadenarse ante estímulos directos o bien sutiles, a veces palabras, e incluso situaciones amables como podría ser el abrazo de un ser querido (el cuerpo no elige, sólo responde ante imágenes, olores, tactos, sean éstos perturbadores o completamente inofensivos). Estos estallidos de la memoria, y la liberación, también, de recuerdos suprimidos, infligen gran dolor psíquico y estrés en las víctimas de trauma.

El criterio de advertir “posible triggering”, en Chile, es prácticamente inexistente. Urge que sea avalado y defendido desde Ministerio de Salud, asociaciones profesionales (Colegio Médico, de Psicólogos, etc), fundaciones, el parlamento, organismos vinculados a la defensa de la niñez y DDHH, y la propia ciudadanía, para que sea de una buena vez exigido por ley.

Sin advertencias, como señalaba, recibí el video únicamente para fines de articular una denuncia al consejo nacional de televisión. Debí detenerme, un par de veces, para poder digerirlo. Sin imperativo profesional, lo habría desechado a los pocos segundos.

Pronto esta mañana me llamarían dos pacientes y sobrevivientes ASI, muy afectadas por la exposición al material. Se sentían angustiadas, evocando en el cuerpo caricias tan repulsivas como las que la artista replicó sobre sí misma, de forma grotesca, al tiempo que exhibía su cuerpo y repetía palabras como las que un abusador sexual –en este caso, un padrastro- diría, habría dicho.

Palabras que muchas niñas víctimas y sobrevivientes han oído y conocen bien. Justificaciones perversas -“esto es normal, ayuda a crecer, a convertirte en mujer”- que quedaron grabadas no sólo en la memoria cognitiva, sino de todo el organismo. Temblores vueltos epitafio. Epitafios que no dejan de tiritar.

En ningún momento, en ninguna parte, ni desde VTR ni en la plataforma de youtube, por último tardíamente, se han explicitado disclaimers o advertencias para autocuidarse y/o ponderar riesgos de evocación traumática, elicitación de flahsbacks, crisis de pánico, y otras posibles consecuencias. A este sufrimiento fueron expuestas, de modo negligente, víctimas de trauma ASI.

Víctimas que no necesitan, como se señaló por ahí (en forma despectiva), ser tratadas “con pinzas”. Sólo con respeto, eso sí es irrecusable, junto a la debida consideración de vulnerabilidades que, diferentes en cada uno, todxs compatimos sólo por nuestra condición humana. Alguna igualdad que podamos reconocer.

A nadie, víctimas y no, se le permitió elección alguna, ni durante la transmisión ni en diferido, frente a un material que más de alguien pudo querer evitar. No por ser “cartucho”, “negador” o “hipócrita”, sino justamente en coherencia con el ejercicio de esa libertad que no se duda en defender para efectos de informar sin censura, pero que se cuida bastante menos cuando se trata de ejercer el derecho que también tenemos nosotros en la selección de contenidos que podemos querer, o no, dejar entrar en nuestro mundo, nuestro día, nuestra consciencia, nuestros cuerpos. Esta performance de “porno-social”: no gracias. Bajo ninguna circunstancia.

Junto a la negligencia en los daños arriesgados: el despropósito.

Es una apreciaciación muy personal, pero no puedo encontrarle valor a esta clase de acciones, ni en la sensibilización, y menos en el llamado –el alarido que pide integridad, y aquí no alcanza- a compromisos para derrotar, de una vez, la realidad cruenta de violaciones a niñas, víctimas además, muchas de ellas, de embarazos forzosos (el colegio de Matronas chileno informa 850 alumbramientos anuales en niñas menores de 15 años, en su mayoría, resultado de incesto, y perdón que repita el dato una vez más, pero no puede ser olvidado).

Si una artista se propone denunciar y condenar a la violencia sexual (o cualquiera violencia) cuesta entender que recurra a formas que vulneran y arriesgan amplificar el sufrimiento de las niñas y mujeres que vivieron para contarlo (y no olvidemos a los niños, adolescentes y hombres que también son víctimas). Junto a ellas, las familias y seres amadxs que las acompañan, sus comunidades, todos quienes también comparten el sufrimiento (como co-víctimas) asociado al trauma por ASI y a cada instancia de revictimización.

Más aún, si una artista hubiese sufrido en carne propia estas trasgresiones, menos puede uno comprender el punto de fuga donde sus actos no son desde el respeto y el acompañarse con hermanas de experiencia; sus semejantes . Por el contrario, si las deja fuera y las expone a daños (así fuera una sola revictimización), es bestial. Existen niñas, jóvenes o adultas que están apenas iniciando procesos de develación o reparación donde lo que menos necesitan son retrocesos y nuevas heridas. ¿Cómo olvidarlas? ¿Qué clase de “denuncia” es capaz de sacrificarlas?

Son 42 millones de sobrevivientes de abuso sexual infantil en el mundo (OMS, CDC). Una niña o niño vivirá ASI cada 30 y algo minutos en Chile (según Ministerio público, 2013-14). No da para shows ni bromas burdas a la tragedia. No es de talibán ni “tontxs graves”. El argumento sigue siendo el cuidado.

El humor caústico, crítico, tiene valor, pero no es éste del que hablamos. Tampoco podemos hablar de humor resiliente. La mentada performance malversa absolutamente aquello que podríamos reconocer como humor reparador: una lectura que emerge desde el propio quiebre y las propias desgracias, no las del prójimo. Reírse de sí, y junto a otros, jamás será comparable a reír o satirizar a costa de víctimas y sus duelos, poniendo sus cuerpos sobre los rieles del ferrocarril para generar un “impacto”. Esa risa, es sólo sórdida, despiadada.

Lamentablemente, más de una vez, acciones pensadas originalmente como “rupturistas” terminan sólo dejando la sensación de escándalo fácil, y daño gratuito. Más violencia. ¿Su utilidad, al final del día? Creo que cero.

Pensaba esta tarde en artistas “trasgresores”, en obras o performances que son verdaderos manifiestos, parodias que pueden hacer o no reír, pero no nos eximen de ridículo, de absurdo, y tampoco del sollozo ahogado frente a ese doble espejo interno, deforme como en ferias, y perfecto como ninguno en la tierra. Reflejos iguales en ambos vidrios: humanos fracasos, pérdidas, ausencias en concurrir, fragilidades, errores descomunales. Lo inexpiable que, también, puede habitarnos.

Pensaba también en que si un artista vive como Robinson Crusoe y exhibe su obra a palmeras y peces del océano, vaya y pase lo que haga o cómo lo haga. Pero si ese artista, su escenario, si un medio de comunicación, forman parte de redes de convivencia, de relación con otrxs, entonces el camino necesita ser distinto.

Podemos conmovernos, asquearnos, reconocer sentido y belleza, o sólo frivolidad y vulgaridad a una performance. Las preferencias que informan nuestra respuesta a diversas artes y creaciones son muy personales. Pero la estética no es el punto aquí, sino la ética de responsabilidad.

Un mínimo exigible es la adhesión a criterios desde hace mucho utilizados en otras latitudes a fin de proteger –así sea sin mucha convicción y más bien en razón de posibles demandas judiciales- a las personas, su integridad (moral, psicológica, y física), y también, la del colectivo. Criterios que fueron ignorados, en este tránsito, por una artista, un conductor, y un medio. Es inexcusable a la luz de lo que hemos aprendido los últimos años sobre ASI en Chile.

Más allá de descargos o disculpas públicas, lo urgente permanece. Constatar que esta experiencia no sea sólo en vano –hasta una próxima vez- y que no será prescindible la pregunta de ¿para qué hacemos lo que hacemos? y ¿a quiénes debemos cuidar, o a quiénes podemos dañar, con mayor probabilidad aún, si actuamos sin pensar? No son éstas, preguntas de la “censura”: son preguntas del cuidado, de la responsabilidad.

Examinar un derrotero, no es un acto represivo ni destinado a justificar “anestésicos”, “maquillajes”, sobre-protecciones, o la negación flagrante de realidades.  Se puede ser totalmente auténtico, preciso y veraz, sin vulnerar. Sin dañar.

Muchxs querríamos creer que lo más gravitante es el deseo omnipresente en torno a miserias que queremos dejar atrás, y los mundos que añoramos construir para que no ocurran más abusos sexuales infantiles ni violaciones a los DDHH. Si nada de eso importa, entonces a lo menos debe ser una exigencia –para todos, y en todo entorno- el cumplimiento de normativas (que se desprenden de marcos legales nacionales y/o internacionales) que amparan a lxs ciudadanxs en naciones democráticas.

Preferiría mil veces ver a medios como VTR –y todo medio nacional-, empeñados y empujándonos a participar de iniciativas que realmente incidieran en la prevención de abusos sexuales a niñas y niños, y en la respuesta y compromiso con la reparación de víctimas que todavía deben combatir mitos y estigmas que se sostienen en la ignorancia y desinformación. Pero si eso no es posible todavía, al menos no puede ser opcional –ni exento de sanción, si se ignora- el imperativo ético de cuidar:

Proteger a la niñez (y no, no basta hacer las cosas en formatos u horarios “adultos”), y a víctimas no sólo de ASI, sino de una diversidad de experiencias devastadoras (guerra, terrorismo, catástrofes naturales, crímenes de lesa humanidad, de odio, trauma por abusos sexuales infantiles).

Sename tomará acción (y se valora tanto como cuando intervino para detener la difusión del video de Fifi, ver post al respecto). Es de esperar que otros organismos también lo hagan y no será, insisto, censura ni intromisión, sino cuidado. Un abogado señalaba esta mañana que el medio, al menos, es susceptible de sanción.

Permanece la evidencia de cuánta falta hace crecer, hasta no consentir con más daños. Y puede sonar a reverberación, extenuante (el diccionario habla de colisiones de luz contra superficies bruñidas, de sonidos contra un espacio que no absorbe). Pero morimos tantas veces, nos enterramos cuántas más en una vida, a veces en un solo día. Será por eso que ciertas insistencias no parecen vergonzantes, y tampoco motivo de orgullo. Son sólo indispensables. De vida o vida, todavía.

 

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