Insistir en la niñez

Violaciones de derechos humanos a niños, niñas y adolescentes.

Comenzando estas letras no sé qué más habrán mostrado las noticias, y podría cada palabra terminar siendo en vano. Lejos del país la voz se repliega, se desvela enmudecida, como si la ausencia limitara su derecho a decir, a sentir la desgarradura, o la esperanza en un Chile que esperábamos conocer desde el retorno de la democracia -y lo hemos hecho, pero muy poco todavía. Lo que falta no puede ser más a costa de seguir vulnerando a los más indefensos (y a nadie). Ni a costa de más carencias.

No eran 30 pesos, sino 30 años.

La misma edad de tantos jóvenes que hoy están pidiendo una transformación profunda. La misma edad de mi hija mayor que se suma en lo que nunca imaginamos: explicar a la más pequeña de la familia, en el nuevo milenio, la historia en verbo presente de una rotura del pais. Esta historia de estos días, de sus orígenes, o los muchos años vividos con sensación de “no puede ser” -para mí, comienzos de los noventa- ante formas de ir haciendo las cosas que hacían avizorar una avalancha en “el futuro”.

Ese futuro que es hoy, finalmente, y del que duele hablar, con nuestros fracasos, desigualdades bestiales, nuestras heridas viejas y todas las nuevas que hemos sumado en menos de un mes. Esa llaga que ojalá nunca logre ser más fuerte que el deseo de una vida buena, digna como la democracia debió desde un comienzo, sembrar para todos. Como aún podría hacerlo.

Quisiera ser más vieja o más sabia o más arrojada. En medio del trauma que se está viviendo -sin saber todavía cuánto deberemos reparar y por cuántos años- no he podido esbozar más que algunas proposiciones e insistencias que dicen relación con la niñez. La de hoy y la de antes; lo persistente, lo íntimo, lo delicado del vínculo que siento las úne, o debería, en los esfuerzos por responder a este tiempo y el venidero.

Como muchos, crecí en el Chile de la dictadura. Aun sin saber de sus torturas y silencios, se sentía poco cercano ese país para los niños. No invitaba cualquier día a celebrar algo a la plaza, sin miedo, sin pasar por el kiosko del barrio leyendo titulares sobre “enemigos” y una guerra que parecía no terminar nunca. Recuerdo mirar con pena y rabia los jardines del Congreso donde solía ir a jugar, antes del golpe, y la reja que nos separaba. Tantos otros símbolos -la bandera, el escudo, el himno, cosas que recién aprendía- iban imprimiéndose a pulso marcial, tan ajeno al latido de la infancia. Los actos cívicos de cada lunes eran una rutina forzada y desprovista de emoción; sólo sentía calor, o frío parada en el patio, y muchas ganas de irme a clases. Ni en el aula ni en ninguna parte se hablaba mucho del país ni de sus niños.

Muchos crecían en Chile, y otros fuera, en países donde llegaron a refugiarse con papás y mamás aterrados después de haber logrado salvar la vida de los suyos en el contexto del golpe militar. Tantos niños perdieron a sus personas más amadas; o aprendieron una palabra horrífica como “desaparecido”, primero en español, y luego, quizás con cuánto esfuerzo, en los idiomas del exilio. Eso si se animaban a contar algo de sus vidas, olvidando los ruegos de sus padres: mejor callar, cuidarse, no confiar. El aire donde lo dicho y lo no dicho espesaban todo. Una palabra podía costar la vida. Cómo respiraban esos niños y niñas, nunca sabré.

Otros niños eran hijos de familias adherentes a la dictadura, o de funcionarios de las fuerzas armadas. No todos crecieron “como si nada”. Hubo hijos cuyos padres, aun contrarios al golpe, por miedo continuaron trabajando en empresas estatales o en carabineros, el ejército, la Fach. En esos hogares, el imperativo de callar también se hizo parte de infancias y dinámicas familiares donde la autopreservación y el tratar de llevar una vida “lo más normal posible” –en la anormalidad absoluta de una dictadura- escribieron las biografías de cientos de niños y adolescentes.

Más difícil imaginar las vidas de niños hijos de agentes de la DINA y la CNI. ¿Cómo los abrazaban esos padres, o madres, de vuelta de una sesión de tortura. o los abrazaban siquiera, alguna vez? Alguna idea tengo de expresiones de supuesto afecto de padres disociados, capaces de atormentar y vejar, y luego comer, dormir y hacer muchas otras cosas sobre ruinas y sangres cotidianas. En el equipo DITT de Codepu, no olvido la historia de un ex agente de la Dina que convulsionaba ante cualquier tacto de sus hijos, su mujer. La piel se volvió su enemiga (lo mínimo pensará más de alguien), la memoria de otros niños vivía ahí, pero Sus hijos no sabían; sólo sintieron de sus padres rechazo y descariño.

¿Cómo crecieron esos hijos, qué esfuerzos enormes hicieron para alzar sus identidades, diferenciarse, cuestionar sus vínculos, o asimilar que a pesar de todo, querían sostener el cariño o algun vinculo con esos padres? Como psicólogos hemos conocido a esos adultos cuyas infancias fueron también marcadas por la dictadura aunque poco y nada se las incluya en el examen de ese tiempo y del trauma que a todos –de distintas maneras- nos alcanzó.

En CHile y lejos del país, hubo experiencias infantiles que seguramente fueron determinantes en cuánta indefensión o resiliencia haya acompañado el tránsito a la juventud y adultez de generaciones que además de un país en dictadura, debieron vivir abusos sexuales infantiles -que continuaban como hasta el día de hoy-, y maltratos físicos en tiempos en que el castigo corporal era naturalizado como “disciplina” (sólo hace 2 años se promulgó la ley que sanciona esa violencia), o devastamientos psicológicos, y tantos otros sufrimientos enormes en cuerpos pequeños.

En el trabajo de la esfera ASI, hemos podido escuchar relatos del trauma sexual infantil de mujeres y hombres que aman que sus hijos crezcan en democracia y que no obstante todavía hablan como pidiendo perdón por las vidas de sus progenitores (no abusadores) durante años de la dictadura: familias que no quisieron saber nada y siguieron con sus vidas, otras ausentes en el cuidado y dedicadas a la resistencia en clandestinidad, madres y padres de movimientos de extrema derecha e izquierda, agentes del terror del Estado, integrantes de las FFAA, personas que profitaron del dolor de esos años. Por más que estemos claros en que no podemos ser condenados por los actos de nuestros ancestros (yo ni siquiera podría estar escribiendo aquí si así fuera), no es fácil llevar esas historias en los cuerpos y sus amores, o no amores.

Hijos e hijas de adultos en un país herido, madres y padres que vivieron daños, que los sufrieron, los infligieron -o ambos-, que pudieron cuidar, que no pudieron, que se involucraron o se distanciaron de la realidad (o trataron), que abrieron la conversación acerca de esos años, o esperaron a la democracia, o nunca lo hablaron. Parte del despertar de Chile es también dando cuenta del pasado de las infancias que puede enseñarnos a no omitir ninguna en el presente, y hacia el futuro.

En estos días de estrés agudo, de trauma y retraumatización severa, he pensado mucho en los niños que desde distintos hogares, regiones del país, y vidas de sus familias y propias, están siendo testigos de este ciclo. Hay niños que ya han sufrido adversidades terribles y trauma- en la pobreza, la precariedad, el abandono social- mucho antes, y niños que por primera vez han sentido miedo viendo tanques por las calles -consistentes con el anuncio de “guerra” del propio presidente del país donde ellos crecen-, o la represión de carabineros contra personas desarmadas, incluyendo a niños, o bien la desafección de esos mismos funcionarios en saqueos e incendios en muchos barrios.

Pienso en adolescentes cuyas familias sufrieron terriblemente en dictadura, y cuyos padres y madres y abuelos recuerdan en tiempo real, sus pérdidas y duelos, o el terror de esos años.

Niños y niñas de distintas familias, con padres y madres que trabajamos en distintos oficios, también en el gobierno, las fuerzas armadas, organismos de derechos humanos, empresas, almacenes, hospitales, la misma casa, tantas labores distintas.

Hijas e hijos niños que aman a adultos cuidadores y significativos entre quienes también se cuentan los muertos y heridos que llora Chile en estos días, y las casi doscientas personas que han sufrido la pérdida de un ojo, o ambos, en traumatismos que sólo pudieron ocurrir porque los disparos fueron directo a sus caras, como si no nos perdonaran el despertar, el abrir los ojos como sociedad. Es mutilación (advertencia preventiva antes de abrir enlace a NYT), no es sólo de una parte del cuerpo, sino de vidas enteras. La violación que se repite, asaltos sexuales denunciados donde no cabe ninguna consideración que no sea la del daño deliberado, criminal, de integrantes de la policía -que no son todos, pero como si lo fueran- contra niños, jóvenes, y mujeres (y terror de estado son tres palabras que cuesta pronunciar, volver a pronunciar, pero no encuentro otras).

Quizás los niños no entienden conceptos como “tortura, derechos humanos”,  “abusos de poder”, “desigualdad”, “humillaciones sostenidas”. Pero los cuerpos sí sienten, vivencian, no pueden evitar estar atentos a otros cuerpos –de sus familias, del país lastimado, incendiado, tratando de transformarse- y por eso ha sido constante y loable el esfuerzo de muchos trabajadores de salud y educación, en compartir sus saberes, sus tiempos de atención, acompañar de distintas formas. Análisis desde distintas disciplinas, testimonios de vida, son un apoyo para navegar esta tormenta cerca de tanto roquerío.

ninos mar 2

¿Cómo acoger, escuchar, conversar, explicar? Hay tantas maneras. Sin embargo lo primero a cuidar son los límites que distinguen los mundos adultos e infantil, las experiencias de unos y otros, y el derecho de los más pequeños y jóvenes a ser protegidos desde el respeto, inseparable, a su psiquismo, sus procesos, su tiempo de crecer, según cada etapa y lo que necesita.

Como familias y docentes en el fondo sabemos cómo, desde el el afecto, orientar nuestras interacciones y nuestros dichos. Podemos hacerlo bien y siempre la pregunta de ¿qué cuida más? aporta precisiones.  En medio de lo violento se siente sobrehumano pedirnos más, pero los más chicos nos miran, dependen de nuestro aplomo durante y después. Todo el tiempo.

Parte de nuestro cuidado y de la distinción de límites entre mundos y edades, se refleja en en el pedido, por ejemplo, de no llevar niños a marchas ni manifestaciones -no sólo en contexto de toque de queda corre esta apelación- en las cuales la sola multitud puede resultar angustiante, sofocante (es verano casi) y agotadora para los niños, y donde objetivamente se corren peligros. La violencia desbordada de fuerzas policiales, y civiles también (desde saqueos hasta delirantes vestidos de amarillo disparando a los vecinos), no distingue entre cuerpos adultos y de niños. La decisión de cuidar recae sobre nosotros.

En la primera marcha de millones, hubo “performances” que movilizaron a la defensoría de la niñez a presentar denuncias por abuso infantil (exponer a niños a presenciar actos sexuales entre adultos). A los disparos, lacrimógenas, golpes, se suman otras situaciones en las que no siempre podremos cuidar. Ha habido niños heridos, adolescentes detenidos, abusados sexualmente. La defensoria de la niñez ha realizado un trabajo tremendo y al límite de las capacidades humanas (no hay cómo agradecer lo suficiente). La soledad ha sido estremecedora porque ante violaciones de DDHH de niños, las autoridades de gobierno no han estado todavìa a la altura esperada. Añoro ver junto a la defensora, a ministras, subsecretarias, a parlamentarias/os del lado que sean, que deberían más que nunca estar llamando a proteger a todas las personas, a la democracia que juraron servir desde el Congreso. Durante días de días no hubo voces para pedir el fin de las mutilaciones o condenas a abusos sexuales (aunque sí a la represión en Hong Kong), ni intercesiones de cuidado que hubiesen sido vitales. Palabras que lo habrían sido, tambièn.

En casi un mes, las palabras capaces de levantar o consolar, vinieron de otros lugares. En el casa, la escuela, donde los niños pasan mucho tiempo en general, aunque actualmente las jornadas puedan haber variado. ¿Qué se habla en la sala, el patio, qué guía han prodigado los adultos, cómo acogen los relatos de los niños, qué contrapuntos es posible compartir, qué ejerciciosde cuidado?

Hay niños y niñas en cada aula que son hijos de papás y mamás y familias muy diversas. Estarán las que apoyan la movilización social, y habrá otras que no, que la viven con temor. Hay familias esperanzadas en cambios posibles, otras familias muy afectadas por sus seres queridos, porque han sido heridos, o detenidos, o porque perdieron su trabajo en el contexto de esta crisis. Familias que votaron o no por el actual gobierno, que trabajan en salud (con todo el estupor de lo que han asistido en las urgencias), que tienen integrantes que son militares o carabineros/as, o funcionarios del estado, o líderes políticos (con toda la distancia, el descrédito, y la indignación que transversalmente ha expresado la ciudadanía). Seguro olvido ejemplos, pero el empeño de no perder atención es contumaz.

Para los profesores es una situación muy desafiante, ardua, hay escuelas que han sido agredidas, otras que en medio de esta crisis han enfrentado además experiencias que hacen todo más doloroso (como la muerte de un compañero con cáncer, o de un profesor querido). La vida no tiene pausa, el calendario llega casi al final del año escolar, en tanto ha habido que sumar sesiones especiales de contención, reflexión, etc, en muchas escuelas, a instancias de los propios docentes preocupados. Pero asimismo hemos conocido de jardines infantiles donde niños juegan a “el que no salta es equis…” o repiten consignas como “el pueblo unido jamás será vencido” que han suscitado legítima preocupación (como puede generarla, y mucho mas, el adoctrinamiento religioso de los más pequeños). Afuera el país sangra y esto puede parecer menor, pero cada acto de cuidado desde el más modesto, excepcional, al más cotidiano o valiente y solidario -como los profesores del Manuel de Salas que hicieron un cerco de cuidado para evitar la agresión policial a sus estudiantes, y son tantos más- suma.

En el terremoto del 2010, Jorge BArudy nos hizo pensar en las hijas e hijos de personas que robaron televisores y fueron identificadas, y en cómo lo vivieron esos niños. Saqueadores, policías, derecha-izquierda-centro, lo que digamos sobre los adultos no deja indemnes a los niños. Entre adultos podemos decir tantas cosas, pero ¿qué cuida más cuando se trata de cachorros humanos que están creciendo?

Sabemos que hay niños y niñas que han vivido desde más cerca o bien, con menos información los sucesos de este tiempo; que han atestiguado y participado de los caceroleos con ánimo alegre o con temor (el sonido es ensordecedor para algunos), que han visto u olido el humo de bombas lacrimógenas y/o de atentados incendiarios; niños que pasaron días y noches del toque de queda encerrados porque en sus barrios saqueaban y los adultos no querían dejar sus casas solas ni siquiera para ir a comprar pan en la mañana; niños que desde que recuerdan viven entre disparos; niños que hoy ven que los carabineros disparan hacia sus hogares (¿cómo volvemos a enseñarles que si se pierden deben pedir ayuda a esas personas?). Niñas y niños que llegaron a llegaron a Chile escapando de realidades traumáticas en sus países. Niños y adolescentes que viven en residencias de Sename. Son tantas historias niños y familias. Son tantos lugares.

Los niños se mueven, transitan, escuchan lo que se conversa en cada espacio (aunque la televisión esté limitada y no lean noticias, esas conversaciones cotidianas de otros, sin querer, informan). Bromas, denostaciones violentas, predicciones horrorosas, relatos sobre un país que ha dañado, sigue dañando y que tendrá mucho por reparar. Si los adultos sentimos el agotamiento, físico y mental, así como las alertas del cuerpo amplificadas en la protección de nuestros seres queridos ahora y mañana, ojalá podamos recordar que cuando comentamos o nos desahogamos con niños cerca, estamos incidiendo también en sus sentimientos de mayor o menor indefensión y en cómo se vive y registra la experiencia actual en la memoria.

No se trata de mentir ni negar nuestro sentir. Hay días en que el bramido nos supera, en que hay que esperar el sueño de todos para llorar sin que los niños nos vean. Pero si vamos a conversar y debemos realizar un reproche ético podemos hacerlo en clave de acciones, conductas. En terapia de trauma por abusos sexuales, por ejemplo, es diferente conversar en torno a una afirmación acerca del abuso cometido “es un acto deplorable, inhumano, criminal” y todos los adjetivos imaginables, a centrarse en el abusador o los abusadores como “unos miserables, animales, depravados, etc. Las violencias ocurren en relaciones, no en el aire. Las víctimas no son impermeables a lo que se diga de quien abusa, porque en una mayoría de los casos, se trata de personas significativas -y por quienes se ha sentido, siente cariño-  y aunque las víctimas no tengan ninguna culpa, nunca, ronda la pregunta dañina de ¿por qué a mí?, ¿pude hacer algo para salvarme, pedir ayuda, o evitarlo? No querríamos pasar a llevar esa herida. Ni impedir la posibilidad de ese espacio donde la falibilidad y la fragilidad de la condición humana, luego de quiebres mayores, todavía nos permita seguir escribiendo la historia, en compañía de otros, en términos propios (consentidos, y ya no impuestos por la fuerza). Si todo se tiñe de lo violento y lo perverso, ¿cómo seguir adelante, en qué mundo?

Llevado a las circunstancias actuales es distinto decir “la violación a derechos humanos es inaceptable, el Estado no puede dañar, asesinar, vulnerar a sus ciudadanos, a las personas, etc” que decir “el presidente es desde un inepto a un criminal, los parlamentarios unos infelices aprovechadores y cómplices, los militares y carabineros todos asesinos, los saqueadores unos delincuentes que ojalá terminen muertos mientras hacen destrozos, los cuicos tal o cual, los flaites esto o lo otro”: todos ejemplos de cosas que una ha escuchado o leído en estos días, pero no sólo en estos días.

La carga de las palabras y definiciones adultas de la realidad no tenemos cómo medirla, cómo observarla en psiquismos todavía en desarrollo –ojalá contáramos con visión de rayos equis- pero en el contexto de la relación inexorable de dependencia infantil, los cachorros humanos registran la indefensión de estar no “al cuidado de” sino “a merced de” un mundo adulto peligroso e inescapable con personas a cargo a quienes temer y solo temer.

En el posteo anterior (El cuidado no tiene pausa) señalamos que el factor determinante en cómo se experimenta y recuerda una vivencia traumática es el sentimiento de indefensión –la percepción, emoción- que la acompañe. La neurobiología es clara al respecto y los conocimientos que aporta son indispensables como guía. También los saberes que vamos gestando y compartiendo en comunidad.

Relatos de cuidado mutuo, de posibilidades, de intentos colectivos -fallidos, insistentes, opinables, descartables algunos, promisorios, todos los intentos- para encontrar soluciones. La apelación no es a valerse de optimismos delirantes y menos de invocaciones a “seguir adelante” al fragor de impunidades y olvidos que sólo agregarán daño. El sostén de la vida sólo pide cuidado responsable: de la generación que está creciendo, en tiempos que no dejan de ser percibidos en extremo vulnerables -a nivel planetario y de las comunidades y países donde crecen los niños, hoy el nuestro- y que afectan a niños y niñas de distintas maneras.

Hemos llegado tarde en muchos sentidos, y es imposible dimensionar cómo y cuántas generaciones han vivido las escaseces y desamparos que no detuvimos en treinta años o que hicimos más graves, más crueles. Establecer responsabilidades no necesita de comparaciones cargadas de odio, o muy faltas de amor. Se puede recordar qué hizo y no cada quien, y a la vez buscar cómo acoger y responder a todas las carencias -sin dejar de respetarlas todas, sin hacerlas competir- en tanto nos disponemos a hacerlo mejor, no como un acto de humanidad mínimo, sino como una urgencia hoy de vida o muerte que no se puede evadir. Como un acto soberano de amor por el vivir, también.

Como colectivo la indefensión también nos hiere y paraliza, nos confunde. En el desconcierto o la precipitación adulta (bienintencionada o egomaníaca) podemos dañar el momento que ofrece una oportunidad de cambios hace mucho necesarios, de bien común, de bienes para la vida, voluntades de cuidar y de evitar sufrimientos que sí son evitables y que se han dado por aceptables porque un crecimiento en código económico terminó siendo más importante que el crecimiento de seres humanos cachorros, y de seres humanos adultos (que no paran de crecer) en una comunidad de casi veinte millones de personas.

Reventaron las carencias, la falta de cordura que detectamos en el condicionamiento de necesidades humanas vitales al lucro, al “mérito” (perverso), y definidas como una carga (un “gasto” más que una inversión, una siembra, una actividad de cuidado que beneficia a toda la comunidad). Los seres humanos no somos un lastre. Nuestras vidas, las de nuestros niños, no lo son. Chile puede despertar pero el Estado no sale de su letargo, su hechizo ante el modelo. ¿Qué teme tanto, qué ambición lo enferma al punto de abandonar el cuidado del modo en que lo ha hecho? ¿Sería muy descabellado pensar en animarlo a otro coraje, entre todos? 

No sé si alguien está escuchando, radicalmente escuchando esa voz que ya venía elevando su volumen hace mucho, por décadas. Pero desde la distancia, y con las ignorancias que todavía me limitan (lo que me falta por aprender, lo que nunca me ha tocado vivir), no olvido que la pasión por sobrevivir y por vivir son la fuente primordial, y una energía presente más que nadie en los niños. Si estuviéramos actuando como ellos, pensando realmente en ellos, quizás ya iríamos encaminados en salidas a esta crisis.

Necesitamos escuchar siempre, pero hoy de modo más intenso, más deliberado, lo que tienen para decirnos los niños y adolescentes. Mi hija menor me contaba que hablando con su mejor amiga en Chile, había aprendido una nueva palabra en español: “Vandalismo”.  Según ella lo entiende, es lo que hacen las personas que están rompiendo robando, incendiando, y también los militares que disparan, y el presidente y el congreso “who are totally careless”. Completamente descuidados, en el momento en qué más habría que cuidar a la gente.  Me pregunta si no hay una entidad mayor a la cual presidente y congreso respondan (también pregunta por impeachments y otros mecanismos que son parte de su realidad acá). Se adelanta y se responde sola, “es la gente ¿cierto?, y también los niños”. Quiero decir que sí con más convicción, pero un sí con suficiente amor espero baste por ahora.

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Adrienne Rich, pensadora norteamericana (QEPD) decía que si realmente queríamos transformar una sociedad brutalizada en una donde las personas vivieran con dignidad y esperanza, debíamos comenzar por empoderar a los más indefensos y carentes de poder. Inevitable pensar en cada paso de los niños. Violaciones a sus derechos humanos han sido sistemáticas en años de democracia, niños en Puchuncaví, niños mapuche, todo el tiempo la historia desolada de niños y niñas en Sename, decenas de informes y las denuncias de los propios funcionarios y los niños que no han llegado, no realmente, al corazón adulto en 30 años, con 7 gobiernos, 2 de una coalición, y 5 de la que, abriendo el retorno democrático, suscribe la Convencion de derechos del niño, en 1990, y que sola suma 24 años de nuestros treinta. Casi un lustro, un cuarto de siglo, cuántas generaciones de niños. Se habla de nuevo pacto social. Partamos por ahí.

Ante lo que hoy están viviendo todos los niños en nuestro país, lo que atestiguan y no pueden controlar, ¿cómo cuidamos la trayectoria que no se interrumpe, el ser que sigue gestándose? Con todo lo que podamos: con presencia, con diálogo, con políticas públicas, acelerando leyes que pueden proteger, con gestos cada uno y cada comunidad, con afecto, con empeño, aun cuando muchas veces debamos admitir que no tenemos todas las respuestas ni certezas, pero nos abrimos a la posibilidad de buscarlas, de encontrarlas, junto a todos, junto a otros aun en el disenso.

Si logramos desde el cuidado coincidir en unos centimetros de aspiración, de deseos de mejor vida, me la juego por atesorar esos centímetros y partir desde ahí construyendo más. Separados no se puede. Y me ronda y ronda cuánto tiempo sobre estos treinta años, deberemos sumar ahora para sanar el trauma de este tiempo. Todavía no comenzamos a enmendar siquiera lo ilegítimo que no dejó de ser al volver a la democracia; en salud, educación, en un sistema de pensiones que para muchos fue impuesto con amenaza de despido, y que hoy sigue condenando a miles de adultos mayores a vivir a duras penas (mientras otros gastan y derrochan y hasta se divierten a costa de esos esfuerzos honrados, y no, no es rencor, es memoria, nada más).

Si nuestro país,nuestra democracia fueran un cuerpo, qué llagas nos mostrarían, qué huesos adoloridos. Los índices del país a ras de OCDE no cuentan vidas, infancias truncadas, desesperanzas letales, estallidos desesperados de niños y jóvenes cuyos cuerpos no podrían siquiera levantar la primera piedra o el primer fósforo si sintieran que tienen un presente o futuro vivible, digno, que habitar (y no, no es exonerar violencias ni responsabilidades, de ninguna manera, tampoco las nuestras).

La vida en comunidad, el amparo mutuo, la fraternidad, la interdependencia del cuidado, se han estrellado por demasiados años contra la desidia, la codicia, los abusos de poder y privilegios, todo aquello que termina ahondando la sensación de vidas dispensables, de un prójimo que casi ha terminado sintiéndose, en muchos sentidos, tan lejano como quisieron hacernos sentir en dictadura (y claro, si el modelo sigue siendo el mismo). Pero no es así, y ya algo se ovilla de tristeza o vergüenza esa indolencia en clave de “algunos por sobre los otros”, “nosotros vs los otros”, “los buenos y los malos, los deplorables, los jamás redimibles”, que ha dejado a nuestra democracia tan frágil como la hemos visto. Tan ávida de cuidados que no sólo no pueden esperar, sino que piden mucha generosidad y será difícil en la trizadura que sentimos, claro que sí, pero qué hacemos entonces, cómo seguimos un día más si no podemos detener la edad, la vida de cada uno, y sobre todo de los más pequeños (que siguen naciendo en estos días, siguen yendo a la escuela, siguen tratando de encontrar o dibujar su lugar en el mundo).

Podemos poner nuestro ser a disposición de lo que exigirá el cuidado a partir de este ciclo, eso se deja sentir, quiero creer que no habría los millones de personas que han expresado su deseo de cambio, si no fuera por esa energía tan llena de deseo de vivir, la única vida que se tiene, sin que nuestras vulnerabilidades sean motivo de temor, de angustia por no poder cuidar, cuidarnos.

Los niños de hoy no vivieron los tránsitos -no es uno sino muchos, y diversos, y dolorosos- que muchos de nosotros sí atestiguamos, entre dictadura y democracia. Tampoco conocen de procesos, de puentes que no terminamos de cruzar (o de honrar, llorar, recorrer con pasos y no a saltos) entre una época y otra quizás  porque antes de darnos cuenta ya los habíamos dado por inservibles, ofensivos, hasta derrumbables. Pero sin ellos hay trayectorias que sencillamente no se pueden realizar. Y si no podemos volver a tenderlos todavía, tal vez podamos al menos persistir, aun entre tantos duelos y furias (y claros en las justicias, restituciones, y cuidados que son exigibles), en la pregunta de cuánta falta nos harán ahora si de nuestro cuidar juntos -no separados, si hemos aprendido algo- siguen dependiendo las nuevas generaciones.

Creo que toda la falta del mundo.