El silencio de los niños hombres (RENT, 2 de 3)

“I try and laugh about it, Hiding the tears in my eyes, Because boys don’t cry, Boys don’t cry”. The Cure

Recuerdo en mi adolescencia cómo resultaba un tema el llanto de los hombres. Dentro de todo lo descabellado de esa época, era una locura más -en mis ojos de los 13, 14 años- que tuviera que existir la pregunta sobre ese llanto. Lo había atestiguado en mi abuelo, al morir su madre y sus amigos de Antofagasta. Y en compañeros de curso, y en profesores hombres. Pero claro, eran situaciones más bien límite, y luego de esas lágrimas siempre un poco a medias, incompletas, no cabía una palabra. La pena era sal. No llegaba a ser una historia.

Décadas después, cuesta creer que todavía sea necesario detenerse en las voces que faltan, o que no escuchamos simplemente. Ya comentaba en el posteo previo sobre el silencio que se vincula a experiencias de abuso sexual, de violencia física, o psicológica  vividas por niños, jóvenes y hombres adultos también. Señalaba que el lenguaje es un territorio del cuidado donde demasiados discursos se han vuelto factor de daño (es preciso escuchar con oídos finos, desde el corazón, lemas y arengas del feminismo más extremo). Que los niños hombres callen, o ni siquiera tengan la certeza sobre el derecho a expresar su sufrimiento, es una realidad que pide de nosotros cambios de actitud de forma prioritaria: con ellos, en el trato con hombres adultos también, en la mutualidad del respeto que cautelamos.

Sin embargo, no sólo las experiencias más traumáticas se silencian. Las emociones, los afectos, también.

Niños y niñas nacen iguales, con la misma capacidad y necesidad de conexión; sonríen, lloran, muestran resonancia y empatía desde muy pequeñit@s: le soban la cabeza a un oso que cayó al suelo, le ofrecen algo -lo que tengan a la mano- a otro niño que llora y si no logran consolarlo, buscan con la vista a algún adulto para que interceda.

También se solazan, niños y niñas, cuando aprenden a hablar, cantar, leer. Palabras y caricias son un gozo sin diferencias de sexo ni género. Pero algo pasa después que los niños -mucho antes que las niñas- cambian sus formas de expresión y relación.

Las voces de los niños ¿en qué minuto comienzan a bajar su volumen, o a extinguirse? Judy Chu, investigadora norteamericana y también discípula de Carol Gilligan, señala que existe un momento de “pasaje” al silencio de los niños varones, que comienza en la escolaridad temprana.

Ya en Kinder, o primero básico, los niños han comenzado a internalizar una serie de estereotipos y nociones sobre el “ser niño (hombre)” -compartidas por sus entornos, la escuela, las familias, los medios, en fin, los mensajes llegan desde diversas fuentes-, y progresivamente van siendo menos vocales, menos espontáneos, más cautos. Más conscientes de cómo deben actuar, de cuáles juegos despiertan o no reparos, qué conductas (y voces) son socialmente esperadas y aceptadas, qué miedos pueden y no sentir o expresar, qué júbilos, cuáles intereses. Un mecanismo primero rudimentario de automodulación y censura, va ganando territorio, o robándolo mejor dicho.

La autenticidad de sus seres asoma como pérdida. No será la única para los niños mientras crecen.

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Silencio y los vínculos

Algunos años más adelante, a la pérdida de autenticidad de los más chiquitos, puede sumarse la mengua en los vínculos, y específicamente, en la desaparición del “mejor amigo” como descubrió otra investigadora, Niobe Way, entre adolescentes que concluían el ciclo de educación básica y/o que comenzaban la secundaria.

No es que los niños varones no tuvieran amigos, pero sí expresaban una nostalgia por la intimidad, la profundidad de las conversaciones y confidencias, y por el cariño intenso (el amor, pero esa palabra era evitada, o usada con mucha cautela) por otro niño o adolescente con quien compartir sus vidas e historias, sin juicios, con aceptación incondicional. Inevitable recordar a Tom Sawyer y Huck Finn, sus aventuras, su complicidad.

Quienes habían tenido esa clase de relación, sentían que la habían perdido o reconocían el riesgo de perderla durante la secundaria. Y quienes no habían alcanzado a construirla, sentían que ya había pasado el momento. Décadas de investigación, y se repiten razones en los estudios de Way con jóvenes: el tema del bullying, de la imagen, el cómo son percibidos por sus pares (y también desde el mundo adulto), y la relación con sus pares del sexo opuesto.

Para muchos niños varones, la amistad de las niñas es un espacio de contención; para otros, en amistades, cortejos y relaciones de pareja con niñas, muchachas de su edad, no saben bien cómo responder no solamente ante el afecto -en una etapa donde el enamoramiento y el despertar sexual amplifican todo-, sino ante las agresiones emocionales, físicas, o sociales. “Jamás levantar la mano a una niña o mujer”, lo saben, pero no se les habla sobre qué hacer, qué sentir, cómo responder cuando las muchachas, o cuando sus propias amigas o novias, los agreden. Son temas que no estamos abriendo, no como está siendo necesario

En los estudios de Niobe Way, también aparece, recurrentemente, el fantasma de la homofobia y la discriminación(con toda la carga en un período donde, straight o gay, los niños estaban viviendo sus primeros amores) o simplemente de una masculinidad precaria o frágil (“demasiado sensible”, era el reproche), como un motivo de preocupación de los muchachos, una “advertencia” que han vuelto propia y los vuelve más reservados o distantes en sus vínculos.

Los niños no dejan de explicitar la disonancia: “se nos pide mayor conexión con nuestros sentimientos”, pero al fin y al cabo lo que se continúa endosando es la separación de su mundo afectivo. Que sientan, sí, pero “que no se les pase la mano”, que sigan siendo “los más fuertes” (y si no se los piden a ellos, los niños igualmente ven cómo es la exigencia que se hace a sus padres, tíos, etc). Iguales, uniformes, conformes: una masculinidad, estereotipos sofocantes, devorando la salud, la vitalidad de la nueva generación, hasta llegar a adultos.

Revisando el trabajo de Niobe Way con adolescentes es reconocible una clave semejante (en la “herida moral”) en testimonios de veteranos de Vietnam. Al duelo que traían por todo el horror vivido, se sumaba la incomprensión que encontraron –al regresar de la guerra- en parejas, familias y círculos cercanos cuando manifestaban que se sentían solos y extrañaban a sus amigos, y aquí sí aparecía la palabra “amor” entre hombres que sentían añoranza y cero temor a ser considerados ya nada (ni débiles, ni desequilibrados por el trauma; habiendo perdido tanto, qué valor podían atribuir a juicios de quienes no sabrían jamás lo que es vivir una guerra); sólo expresaban una necesidad de conexión y de contención entre semejantes.

En condiciones tan inimaginablemente distintas como deberían ser un campo de guerra y los años de niñez y de escolaridad, respira la coincidencia de un duelo de niños y hombres grandes frente a la pérdida de intimidad y del vínculo amoroso entre amigos. ¿Y si fuera así para mis hijas, o lo hubiese sido para mí? ¿Cómo se vive con un impedimento que, casi sin darte cuenta, te va separando tanto de tu capacidad de amar, o sólo te permite experimentarla desde las pérdidas infligidas?

Fue telúrico ese darse cuenta. Podía haber reflexionado sobre muchas presiones y costos que el sistema patriarcal imponía sobre niños y hombres, incluidos el silencio del abuso, o la mengua en la intimidad de vínculos de pareja y/o con los hijos. Pero el sacrificio –expropiación, casi- de otros universos afectivos, como el del amor entre niños hombres amigos (tal cual una ama a sus amigas), no llegué a verlo hasta mis treinta y algo, casi cuarenta años. Esos vínculos interrumpidos en la infancia-adolescencia, ¿qué soledades dibujan hacia adelante? ¿Cuántos hombres encuentran aliados incondicionales, pilares de resiliencia. en crisis de la adultez (divorcios, cesantías, conflictos vocacionales, redefiniciones de identidad)?

La soledad y silencio de los niños varones es una señal roja incandescente a la que poner atención, y a la que responder desde su nacimiento. En toda etapa.

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Una “epidemia silenciosa”

La OECD advierte en diversos reportes, cómo las “sanciones” a los niños en el sistema educativo –por su “conducta”, por su menor rendimiento o menor “responsabilidad” en comparación con las niñas-,  lejos de ayudarlos, los aliena (y es cosa de observar sus tasas de deserción escolar).

Por su desventaja histórica, se ha destinado la mayor energía en promover la participación, educación y expresión de las voces de las niñas en todas las latitudes, pero mucho menos (casi nada) se ha incentivado en los niños el ejercicio de sus derechos, y uno esencial es a “contar su historia”, lo que viven, lo que sufren, lo que sienten como pérdidas, lo que los asusta, lo que sueñan, lo que aman.

Nos ayudaría reflexionar sobre lo que nosotros, el mundo adulto, observa o define como “problema” en los niños; tantas afirmaciones sofocantes, que desvitalizan: “son más desordenados, distraídos, malos alumnos, peleadores, inexpresivos, etc, etc”. A cuántas familias se les advierte que sus niños “son demasiado suaves” o bien “demasiado físicos, hiperactivos”, o “agresivos”. El tema de la pena o la rabia, más que medicación o castigos, respectivamente, pide mejores preguntas de nuestra parte, confirmación incondicional de la persona de cada niño, respuestas más profundas: ¿Qué niño habla, desde qué cuerpo, desde qué hogar, entorno, cultura, desde qué historia de vida hasta ese momento?

Necesitamos desplegar nuestra escucha y empatía antes que alertas, diagnósticos, juicios, amonestaciones y sanciones. La emocionalidad de los niños necesita ser acogida con igual atención y determinación que la emocionalidad de las niñas.  Todas sus resiliencias, todas sus fragilidades. Por igual.

El 2014 se publicó un artículo sobre el “sexo más débil: los hombres” (en inglés, Scientific American, febrero). Desde menores tasas de natalidad a su mayor vulnerabilidad ante ciertos contaminantes y enfermedades, más que lo científico, queda luego de la lectura una sensación de deuda, o de invocación ética a mirar, no sólo en la biología sino en la integralidad de su ser, la fragilidad de los niños.

Mayor volumen cobra esa exigencia –porque se vuelve una- cuando uno sigue la trayectoria de indicadores de salud mental y de tasas de suicidio a nivel mundial.

“La epidemia silenciosa” -como ha sido llamada desde comienzos de esta década- arrasa con las vidas de niños, muchachos y hombres de distintas edades -con picks en la edad mediana y la ancianidad-, quienes se suicidan en números tres veces superiores a las mujeres.

Entre los suicidios adolescentes, más del 80% corresponde a muchachos. Existen suicidios e intentos de suicidio en niños tan pequeños como de 7, 8 años. El bullying escolar y cyberbullying siguen apreciendo entre los principales detonadores. El silencio antecede. En niños y adultos. La nota o carta de suicidio, las señas previas o pedidos velados de ayuda, o los intentos frustrados, en el caso de niños y hombres son más escasos, o no existen.

Cuando tenía unos diez años, el dólar cambió su valor y muchas empresas se fueron a la quiebra. No era el tipo de noticias a las cuales los niños prestaran atención. Si me quedó grabada la crisis, fue porque el papá de una niña de mi colegio se mató lanzándose al metro. No dejó razones, y todos asumieron -es lo que comunicó la familia- que su desesperación se debía a la bancarrota. Veinte años después se supo la verdad: además de la bancarrota, llevaba años en un matrimonio profundamente infeliz, de mucho maltrato psicológico y verbal (¿quién habría atendido a esas congojas en aquellos años, sin sojuzgarlo?). Yo lo conocí. Era un hombre bueno. Un buen papá. Cuántos habrá habido como él de quienes no se supo -o no se sabe, aún hoy- su historia.

En nuestro país, la proporción de suicidios hombres/mujeres es de 4/1 (ver datos, y por favor conozcamos la labor de Fundación José Ignacio). Con el agravante de que Chile y Corea del Sur son las únicas dos naciones del mundo donde el suicidio infanto-juvenil lejos de disminuir, aumenta anualmente.

No es la idea abandonarnos en una fosa de cifras dantescas, pero sólo conociendo la dimensión de lo que se arriesga, de forma realista, adulta, podemos ponernos en acción sin más demora. La tendencia primaria y más fundamental de la vida, es perseverar en ella. Si esta tendencia se atrofia, si es herida, en una etapa tan vital como la infancia, algo necesitamos cambiar drásticamente en nuestra forma de hacer las cosas.

Urgen en Chile legislaciones de salud mental que permitan responder y contener a quienes ya sufren, pero también apremian los esfuerzos que como sociedad realicemos en el cuidado y en la prevención de los cismas y congojas que pueden llevar al suicidio de niños y hombres en los números siderales que estamos atestiguando.

Esos esfuerzos de prevención, son de responsabilidad compartida y no de separación, discriminación), y cuestionando las restricciones que afectan a niñas y niños, a hombres y mujeres, sin condonar lo que todavía se condona en demasía: el doble estándar, el no respeto -o no defensa- a la dignidad de tod@s.

Podemos orientarnos a partir de la evidencia, y podríamos también revisar cientos de estudios pero ya sabemos, en el fondo siempre sabemos, que no hacen bien ni el silencio ni los vacíos de afecto, ni el impedimento para expresar emociones y tener que soportar callados sufrimientos, violencias, humillaciones, derrotas (en sociedades donde la exigencia de rendimiento y éxito es feroz, y donde muchos niños y hombres viven en condiciones de pobreza, o borderline) o las tristezas que vienen con un mes cualquiera. ¿Qué podemos hacer mejor?

El respeto, el amor que aprendan a darse a sí mismos los niños, dependen mucho del trato que reciban de todos nosotros: familias, profesores, la comunidad completa. Y también depende del trato que atestiguen en el mundo adulto: tanto entre hombres, como entre mujeres y hombres. ¿Qué formas de interacción, qué diálogos, qué vínculos mostramos a los niños?

La forma de llevar un disenso, de transitar una cesantía en el hogar, un divorcio, de enamorarnos, o de despedirnos de un amor, el cómo opinamos del otro sexo, las palabras que elegimos para referirnos a hombres y mujeres (incluso los chistes), lo que criticamos y cómo, lo que nos indigna, lo que nos conmueve, todo, absolutamente todo es fertilizante para el desarrollo de un autoconcepto sano en los niños. de autorespeto, de una orientación al cuidado y respeto mutuo entre los sexos.

Tenemos una responsabilidad en evitar que desde niños, los hombres silencien sus voces por expectativas, estereotipos, mandatos sociales que de algún modo todos sostenemos o habilitamos –y eso hacemos cuando no los cuestionamos, o cuando cedemos ante el peso de las generalizaciones sin proponer distnciones, miradas inclusivas, sin indignarnos cuando la violencia o la denigración  apunta en dirección de niños y hombres- no es de extrañar que la depresión, la soledad y las ideaciones de muerte estén asolando. A niños y hombres que son hijos, hermanos, amigos, parejas, personas a quienes conocemos, amamos, y deseamos bienestar no porque veamos fenómenos o cifras trágicas. Es porque sí, por una ética humana de cuidado, sin condiciones, sin distinciones de género ni de nada.

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Imagenes: Ellar Coltrane, protagonista del film Boyhood, 2014

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