Despedidas y nuevos partos

Luego de un período tremendo, crecedor, lleno de nacimientos, renacimientos y una que otra resurrección, vamos empacando nuestro pequeño circo familiar y regresando al hemisferio norte. Allá espera la primavera, el bosque que es como el hogar de origen para mí, así como la casa paterna donde siempre le guardan a una su habitación o su cama, algo que recuerda la infancia.

Yo, que no querría volver nunca a ese pasado del centro de Santiago (que siempre me vuelve un poco diminuta), me regocijo envuelta en el verde de Georgia, sintiendo que puedo sentarme bajo los árboles infinitos, a la orilla de mi río y ser yo no más, muchos días despeinada, sin maquillaje, alegre o preocupada, con ganas de conversar o enmudecer frente a un mundo que poco filtro en la piel pero que en las huellas que va dejando reserva siempre crecimientos: profundidad de ojos que he entendido, con los años, no viene siempre sin un costo. Y está bien. Prefiero eso que olvidarme de mi humana condición y pertenencia.

Me llevaré conmigo amores entrañables, de siempre y otros nuevos, lazos que imagino colgando de las alas del avión, como esos tarros y cintas de los autos de los novios. En mi caso, son lazos que me dejan un poco en Chile, que se estiran y tensan hasta llegar al norte, pero que aguardan muy listos para recogerme y traerme de regreso al sur, a los brazos de hermanas, amigas y amigos entrañables. Con ellos la elegante intimidad es siempre viva, siempre disponible, como esas cabañas en Blueridge Mountains, tan modestas, a veces precarias, pero donde jamás falta un dispensador de agüita dulce para los colibríes.

En un encuentro con una amiga, me preguntó algo muy potente, acerca de qué pediría mi alma en este tiempo, si pudiera hablar, a la luz de su trayectoria conmigo. “Déjame jugar”, fue lo primero que saltó en mi mente y fue tan exacto desde tantos ángulos: la niñez incompleta, la sobreexigencia a veces, el temblor de la valía personal, las ganas de soltarse a correr por alguna explanada sin dar explicaciones ni hora de regreso, explorar el valle, los cerros, las pequeñas cuevitas donde a veces hay agua, musgos, hojas secas (no monstruos ni animales feroces). Luego resituarme en la devoción, fundante, de ir en el camino con mis crías, y ahora con la más chiquita, con adulta madurez y entusiasmo y energía inocentes y casi niñas (la ronda que llevo dentro), cosa de poder tanto guiarla como jugar con ella.

En los últimos 6 años ha habido ciclos desprolijos, algunos dolorosos, otros tenues en la brújula y no por falta de determinación, sino por dificultad de llevar a cabo planes y propósitos según mis términos, ante la inconmensurable porfía y presencia de ciertos eventos que la vida trae con ella. No sé bien por qué motivos; suelo no creer en “pruebas” ni menos karmas, pero sí puedo abrirme al ejercicio de buscar y encontrarle algún sentido o valor de aprendizaje a lo que va ocurriendo y aunque algunas experiencias quedan en el misterio, lo importante es que quedan, son acopio mío, registro en la bitácora para algún día en que puedan acudir a orientarme o simplemente acompañarme por un trecho.

Pocas veces he regresado a EEUU con el corazón tan dividido como en esta oportunidad, con tantas preguntas, duelos en curso, y más allá de esa línea del horizonte que no dejo jamás de ver (aunque deba pintarla yo misma con crayones o pintura de muro), ignoro qué venga.

Sé que debo escribir un par de textos, dictar algunos seminarios, continuar mi oficio de mamá y de hacer familia. Y disponerme a nuevos nacimientos y partos que sospecho, entre los cuarenta y cincuenta, pueden dejarme sobrecogida y maravillada a niveles que no alcanzo a imaginar. Eso espero. En ello confío. Y de las pruebas difíciles, bueno, de ellas nos haremos cargo una a una cuando visiten. Una amiga de Uzbekiztán dice que para lo difícil hay que vestirse de gala y dejarse ir. Quizás es un buen consejo a seguir.

Tendré mi vestido especial si toca la ocasión del desafío áspero; deberá ser más suave la seda, entonces, de mi atuendo. Para el resto del tiempo, lo de siempre: lo que ha viajado por años en mis maletas, algunos zapatos nuevos (que ojalá parezcan de baile, como los de Ginger… are we human or are we dancer?: dancer, quiero responder hasta el final, todavía amando a The Killers)… y la textura sobria, amorosa y mucho más íntegra de mis 43 años que mañana podrían ser cero, o diez, o cien, según lo que la vida requiera de mí. Mi vida.


Fotografía del título: Paris: colour ribbons