Cuidado ético, educación sexual y “100 preguntas sobre sexualidad adolescente”

Errar –y ser vulnerables- es de lo más humano que tenemos. Sin embargo, cuando se trata del ejercicio de responsabilidades adultas que además están contenidas en el ejercicio de autoridad –en este caso, cívica, municipal, gubernamental- pensaríamos que el esfuerzo va dirigido a trabajar con el mayor estándar de excelencia y precisión, y asimismo, de evitación de errores.

No hablamos de “detalles”. Tampoco de “minucias” que puedan llevar a “interpretaciones subjetivas”.  Minimizar o relativizar no hace bien, y menos cuando se trata de la niñez y su cuidado.

Quizás porque se minimiza o se confía excesivamente en el propio criterio adulto o “experto” –olvidando que siempre bordeamos, habitamos, lo falible- es que se llega a incurrir en errores como los siguientes, desde el Estado: en el gobierno anterior (de S. Piñera), el Ministerio de Justicia difundió un manual de prevención de abuso sexual infantil donde un “hada” enseñaba a los niños criterios de protección en relación a los adultos, y luego ella misma –supuestamente para ejemplificar- les preguntaba si podía tocarlos “debajo de la ropa”. En el actual gobierno (el año 2015), el Ministerio de Educación adquirió el libro “Caperucita se come al lobo” (miles de ejemplares para todas las escuelas de Chile) que fue distribuido y luego retirado, gracias a que un niño, sí un niño, preguntó a su profesor si realmente se trataba de un material educativo, advirtiéndole de su alto contenido sexual adulto. La propia autora señaló que NO fue pensado jamás para otro tipo de lectores que no fueran personas con criterio formado (ver post, por favor).

Los anteriores son ejemplos de iniciativas originadas en la buena intención y la preocupación por aportar recursos educativos para niños y adolescentes en temas realmente importantes (vinculados al autocuidado, la prevención de violencia sexual). Sin embargo, terminaron siendo grandes errores por falta de precisión, prolijidad; por actuar con prisa también. Podríamos, podría el Estado, haber aprendido mucho de estas experiencias. No parece ser el caso y si lo fue, esas lecciones fueron olvidadas.

El Estado no se exime del imperativo de cuidar éticamente. Todos los actores sociales son necesarios en acciones e iniciativas destinadas a proteger a cada nueva generación, aportar en su educación integral –la sexualidad debe ser parte de ello- y estimular la participación de los ciudadanos niños/as y adolescentes. Esto siempre será bienvenido. Y como mensaje, comunica a los más pequeños y jóvenes que nos importan y que realmente estamos presentes.

En relación a la educación sexual, es fundamental –y bello- recordar que todavía, en este siglo y milenio, diversas encuestas y estudios siguen reflejando que la nueva generación recurre, o querría recurrir a los adultos como primera fuente de información para resolver  inquietudes en sexualidad humana: en primer lugar a sus familias, y luego sus profesores/as, incluso por sobre internet y sus pares.  Yo lo encuentro maravilloso, un honor, pero también una tremenda responsabilidad como padres, madres, familias, educadores, y también desde las autoridades adultas.

Por estos días, ha estado muy presente en las conversaciones  país el documento “100 preguntas sobre sexualidad adolescente”, elaborado y publicado por la Municipalidad de Santiago.  Aun valorando la iniciativa, lo reitero, y especialmente porque alienta y recoge las voces de l@s adolescentes, muchos hemos ya reparado en un error grave en la pregunta #77 (existen otras imprecisiones y acotaciones que realizar, pero no quiero desviarme del foco). Es imprescindible rectificar a la brevedad, en la versión digital y antes de que la versión impresa sea distribuida en escuelas como se ha anunciado (incluyendo, es lo esperable, la fe de erratas o anexo que amerita, como mínimo).

Tal como fue planteada por los adolescentes la pregunta señala lo siguiente: “si una niña de 6 u 8 años de edad tiene relaciones ¿puede quedar embarazada?”.

La respuesta del comité de expertos (y el centro no está en “expertos” sino en “adultos”, y eso hay que repetirlo todas las veces que sea necesario) se centra únicamente en la llegada de la pubertad y la menarquia (primera menstruación): “el riesgo de que una niña pueda quedar embarazada no podría darse porque aún no se presenta la pubertad, sin embargo en el caso de las niñas de 8 años, existiría un riesgo precisamente por el inicio de la pubertad que puede ocurrir a esa edad”. (por favor ver pag 115 del manual).

En primer lugar salta la disonancia garrafal al leer “relaciones”. NO tienen niñas de 6 u 8, “relaciones sexuales” (no existe consentimiento, ni discernimiento y ni siquiera la capacidad física ni psíquica para resistir una irrupción así en el desarrollo) y si un embarazo llega a ocurrir es porque una niña fue vulnerada.

No se explicita en el manual que un embarazo a los 8 años, en organismos y psiquis inmaduras, todo tan pero tan pequeño, sería peligroso -con un enorme riesgo vital, físico y psicológico, para las niñas-, y que de darse una situación como ésta, además de ser completamente anómala, se tratará de un delito en la inmensa mayoría de los casos. Porque aquí hablamos de abuso sexual, de violación.

Respondiendo a preguntas que me han hecho estos días, podría darse abuso sexual entre menores de edad y resultar en embarazo (por ejemplo, niña de 9 y adolescente de 11 años, aunque por su edad no sea imputable). En el caso de violación por un adulto, sí será totalmente imputable, y su crimen es claramente definido como tal por la ley chilena (no somos un país, menos mal, donde exista “matrimonio infantil” que es una aberración, lo siento, no me da para relativismos culturales aquí).

Nada de lo anterior se establece ni desarrolla en las respuestas provistas por los adultos para el manual, y fuera de perder una oportunidad educativa de enorme valor, se incurre en una falta gravísima al omitir información sobre delitos sexuales contra niñas menores de edad (en otros países, un error de esta magnitud muy posiblemente habría significado no sólo sanción social, sino acciones desde la justicia contra los responsables legales de la publicación y la autoridad que la patrocina).

Me han consultado mucho estos días, también, por interacciones sexuales entre niños. Lo agradezco porque es importante aclarar nuevamente que no se trata de “relaciones”. Los niños y niñas –de 6 u 8 años de edad a quienes alude la pregunta #77- pueden realizar actividades como la autoexploración y “juegos” con otros niños, y está dentro de lo común y/o esperable para esas edades, pero la forma de observar esa experiencia requiere de los siguientes criterios: es frecuente y común si se da entre niños de la misma edad o etapa, inclusive de estaturas similares, con espíritu lúdico, divertido, parte de la curiosidad infantil. Pero si se da con coerción, con violencia entre los niños/as (por ej., amenazas de “te pego” o “te quito algo” si no haces lo que te digo), o como una forma de jugar recurrente y casi exclusiva, o excluyente (con desinterés casi total del niño/a por otros juegos o actividades ya sea en el hogar, la escuela u otros espacios), en esos casos, es recomendable consultar con un especialista a la brevedad.

Ahora, desde la municipalidad se ha señalado que quisieron acoger las preguntas de los adolescentes tal cual habían sido realizadas –parte de su metodología de trabajo: adolescentes preguntan, expertos adultos responden-  y que en realidad ésta, la #77, aludía en general a la edad a partir de la cual se pueden producir embarazos.

Si era así, de todos modos habría que haber sido muy específicos y claros en que es incorrecto y NO se puede hablar de “relaciones”. Y aun cuando la pubertad puede comenzar entre los “8 y 13 años”, como señala la respuesta del libro, estamos hablando de niñas. Recordemos a “Belén” (de Puerto Octay, 11 años) y a cuantas niñas de las cuales hemos conocido –y cuántas más de quienes no se cuenta su historia, o no llegamos a saberla- embarazadas como resultado de abusos, incesto y violaciones.

Más aún, y no me parece susceptible de omisión: aun compartiendo el respeto incondicional por la voz de los adolescentes y el criterio de no reformular sus preguntas (y dejarlas tal cual fueron expresadas), asuelan dos preocupaciones:

1- El título (y sentido) del libro es “100 preguntas sobre sexualidad adolescente”, y no “100 preguntas adolescentes sobre sexualidad”. No es irrelevante la distinción porque las niñas de 6 u 8 años no tienen nada que hacer en la “sexualidad adolescente” y es preocupante si se percibe así; si en el imaginario o inquietudes de los/as adolescentes están incluidas niñas tan pequeñas. La pregunta que sigue, INEXORABLEMENTE, es ¿por qué? Y esto engrana con la segunda preocupación:

2- frente a una interrogante planteada en los términos de la pregunta #77, lo que resulta esperable es querer explorar desde dónde surge, por qué un o una adolescente centra su inquietud o preocupación en relación al comienzo del embarazo en niñas de 6 u 8 años y las “relaciones” con ellas: ¿es por una vocación de cuidado con las niñas y niños de esas edades?, si fuese la única alternativa, sería encomiable y digna de ser explicitada (porque alienta y esperanza ver a generaciones de jóvenes comprometidos con la protección de los más chiquitos).

Pero también puede haber otras posibilidades, y todas dignas de alerta:  el o la adolescente que planteó la pregunta ¿fue por algo que vio en las noticias o internet, o que escuchó en una conversación?, ¿fueron esas “relaciones” (como se definen) parte de su experiencia de los 6 u 8 años. y si fue así, con quién?, o bien ¿conoce a alguna niñita que esté siendo abusada ahora mismo?, ¿se trata de un amigo o amiga que siendo adolescente tiene “relaciones” (abuso sexual, violación) o se lo ha planteado, con niñas pequeñas? Todas estas interrogantes son de la mayor relevancia y un equipo experto no puede omitirlas sencillamente. Había que cuidar, interceder, eso primero que nada. Y realizar tal vez una excepción -para efectos del material a publicarse- y aquí sí reformular la pregunta. ¿Dónde estuvo la guía responsable adulta?

Estas preocupaciones podrán ser opinables para más de alguien, pero no surgen sólo de mi esfera de trabajo, o de una forma de ser en relación al preguntar (desde chica), sino también desde el ser mamá y, como muchas mamás y papás, uno se acostumbra a “preguntar de vuelta” cada vez que los hijos llegan con una inquietud de forma de conocer su motivación, de dónde surge la pregunta, o qué saben ya acerca de un tema para así poder responderles de la manera más clara y precisa, más contenedora, y apoyarlos en lo que necesiten.

Me queda rondando –y admito con angustia- el origen de la pregunta 77 y si no entraña algo más, un pedido de ayuda, de guía, y es difícil dar por asumido que el equipo de la municipalidad se haya hecho cargo, cuando por otro lado ha sido tan profunda la omisión, el error,  y lo que ello  implica. El flanco de desprotección que deja abierto.

Querría saber también qué clase de contención y orientación adulta -si la hubo- tuvieron los adolescentes antes, durante y después de la edición del libro, y qué vínculos y consultas se realizaron a profesionales del Ministerio de Salud, Justicia y Educación (médicos, docentes, abogados), y asimismo con organismos como Unesco en CHile (que tienen un material increíble en educación sexual y relaciones humanas para todo el ciclo escolar, no sólo adolescentes e integra la afectividad, información sobre derechos, prevención de violencia y abusos sexuales, es muy completo),  para fortalecer este proyecto. Si ello hubiese requerido más tiempo, bien habría valido la pena.

***

Los esfuerzos por prevenir abusos sexuales que realizamos como sociedad, por responder a la realidad de las víctimas –contra viento y marea, porque es un recorrido lleno de obstáculos-, y por garantizar su acceso a justicia y reparación,  no son ayudados en lo absoluto con errores como los que señalamos en relación al manual del Municipio de Santiago.

Al leer la pregunta #77, pensé de inmediato “ojalá mamás y papás de niñas que han sido violadas a esas edades no lean esto, no llegue a sus manos”, ni a las de sobrevivientes adultas en procesos de terapia donde ha costado tanto comprender que fueron víctimas, y que no porque hubiesen dicho “sí” a un padre, o abuelo, o profesor, dejó de ser un crimen la violación, el incesto, en una dinámica donde no existe, jamás, el consentimiento: sólo sometimiento ante el adulto abusador.

Los adolescentes que participaron del libro de la municipalidad no tendrían cómo haber anticipado consecuencias, pero habría esperado –con todo lo que ya sabemos- que los adultos sí lo hicieran. Con respeto por el comité de profesionales adultos que proveyó las respuestas, es preciso señalar que aquí la responsabilidad no se limitaba a ser “técnicamente correctos”. Aunque en relación al embarazo en los seres humanos sí sea efectivo que se convierten en una posibilidad con la primera ovulación, menarquia y llegada de la pubertad, esto no es la información completa y está muy lejos de serlo.

Lo técnico, o lo biológico, desprovisto de contexto –sea que se trate de un libro, o de una sola pregunta como la #77-  de poco sirve, sin situarse en el imperativo de cuidado ético de la niñez y adolescencia, en las tareas y posibilidades específicas de niños y adolescentes en distintas etapas de su desarrollo, en el vínculo de la sexualidad con vidas que son cuerpo-mente-emoción-relaciones (y no sólo órganos o funciones), todo lo anterior junto a la explicitación de riesgos de vulneraciones e información pertinente a lo que ya ha sido consensuado como delitos sexuales. Sin esto, el cometido no sólo queda a medio gestar; se vuelve negligente.

Si un adolescente toma el manual y entre las 100 preguntas y respuestas, lee como una más de entre muchas la #77 ¿qué registra?, ¿qué reflexiones pueden habilitarse?, ¿de qué educación podemos hablar?

Es impresentable e irresponsable correr el riesgo, así sea en un 0,0001%, de que el eco que quede sea “a los 6 años, sin pubertad, no hay riesgo de embarazo, pero a los 8, si ya hubo menstruación, entonces es posible”. Es básicamente el mensaje. Y nada más. Se supone fueron varios adultos los que debieron revisar el documento, y no hubo quien reparara en la omisión flagrante de delitos sexuales contra menores como información obligatoria a presentar. Es alarmante y es más grave aún, porque el libro no es una iniciativa surgida desde cualquier espacio: es desde el municipio y el gobierno local de la ciudad de Santiago, la capital de nuestro país (no lo digo con orgullo ni soberbia, es sólo un dato y no menor en un país centralizado). La autoridad, debe asumirlo, es también responsable, tanto como lo es el comité de profesionales y/o editores de la publicación.

Sabemos bien que los lenguajes construyen realidades y que las omisiones también comunican. “Hablan fuerte y claro”, así reza el dicho. Todo se amplifica cuando estamos hablando de la responsabilidad de educar.

El manual aspiraba a servir ese fin: educativo (al menos como uno entre otros materiales de apoyo a los cuales podríamos recurrir en el tramo de 6to-4to medio, y eso creo, debe ser examinado todavía con muchísima detención). No está definido como un libro “experiencial” o un inventario de preguntas/respuestas nada más (o de “trivia”). Pero si la meta era educar, el cuidado -y su reflexión- no era, es ni será prescindible.

No se puede separar la ética del cuidado de la función educativa, y eso corre para todo ciclo escolar. Inclusive en la educación superior es exigible la responsabilidad adulta y de quien educa en relación a quienes están aprendiendo. El cuidado también alcanza a las familias, el colectivo, a la sociedad toda, y asimismo se expresa en los contenidos y la forma en que éstos se comparten y presentan, ya sea en una clase, en una charla o conversación, o en un escrito. Y no sólo la forma, sino el contexto, la emoción. El amor.

En relación al texto del municipio, el cuidado debió ser una prioridad, asimismo, en relación a los y las jóvenes que generaron las preguntas. He pensado mucho en ellos estos días, y antes de señalar mis críticas al respecto de la pregunta #77.

En el documento existen preguntas de l@s adolescentes sobre afectividad, diversidad sexual, algunas advierten sobre el acoso, lo electivo de los vínculos y afectos, y lo que podría significar convertirse en padres a una edad donde no se está preparado. Otras preguntas, tal vez para nosotros puedan resultar peculiares, desconcertantes o intrascendentes como para haber sido incluidas. Pero por favor –y quiero ser muy enfática en pedir este respeto, una vez más- no es nuestro lugar juzgar o cuestionar las inquietudes y voz de los/as jóvenes. Valoramos poder escucharlas, y es más, hay que agradecerlas.

Las generaciones actuales son nativas digitales, y aunque internet abre posibilidades magníficas (de educación, colaboraciones, tomas de consciencia, desarrollo de un sentido de ciudadanía global, etc)., asimismo conlleva una velocidad y abundancia de información que no siempre están capacitados para comprender y contextualizar niños y niñas de diversas edades (en función de su etapa). Muchos niños es más, navegan solos por la web, sin mayor supervisión ni orientación (aunque no los dejaríamos cruzar la Alameda sólo porque han aprendido recién a caminar), ni acuerdos sobre tiempos incrementales de uso -de acuerdo a cada edad- o límites en las interacciones con otras personas -y así pueden terminar expuestos a vincularse con adultos abusadores. Que niños y adolescentes sean capaces de verbalizar y compartir sus inquietudes con nosotros, sin restricción en temas o preguntas que necesiten plantear, nos ayuda en nuestro ejercicio del cuidado. Por eso decía que hay que agradecer sus voces, su candor, su no-filtro ni autocensura.

Ahora, es muy distinto en relación a los adultos y aquí sí es nuestro DERECHO y DEBER reflexionar, examinar y ponderar el propósito, resultados, criterio, las respuestas dadas por adultos y la responsabilidad en la gestión de un libro como el de las 100 preguntas, disponible ya online, y que será distribuido, eventualmente, a mil establecimientos educacionales. Sería interesante saber de qué forma se ha programado esa entrega, la presentación a cuerpos docentes y familias, y los propios estudiantes. Cómo es el proceso de inducción para orientadores y/o para los educadores responsables de los programas de sexualidad/afectividad y relaciones humanas en las escuelas. El “regalo” de un libro, más si se trata de niños y jóvenes, es un acto que entraña dedicación, respeto y afecto (gozo también). Qué ganas de poder percibir así la entrega de este manual.

***

Por último, aunque podamos reconocer, sin sombra de duda, lo positivo de que todo municipio se conciba como agente y partícipe de la educación/cuidado de niños, niñas y adolescentes -más cuando a nivel del Estado y de Mineduc el ámbito de la educación sexual se siente descuidado-, también necesitamos hacernos parte, nos convoquen o no, en cometidos que involucran a nuestros hijos e hijas.

Es parte de esa responsabilidad revisar completo el material, minuciosamente (yo recién voy en la pregunta 90) y llamar atención sobre aquello que nos la merece, y por supuesto, ser vocales en relación a errores como los señalados (pregunta #77) u otros que pudieran ser observados. Por cierto, en ánimo de que estos puedan ser corregidos que es lo más importante ahora, y lo que como ciudadanos necesitamos esperar de una autoridad seria. Que nuestro estándar -independientemente de adhesiones o fidelidades políticas o por sectores o personas-, insisto, sea el más alto si se trata de nuestros niños.

La Municipalidad de Santiago ha hecho eco, como se publicó hoy en la prensa, de éstas y otras preocupaciones que han surgido en relación al documento, y se ha comprometido a realizar una revisión, queremos confiar, lo antes posible. Es muy valorable esta disposición y creo es siempre una gran lección cívica admitir que se ha cometido un error por omisión de contenidos que ahora sí deberán ser incluidos por el valor que tienen para el cuidado y en la prevención de delitos sexuales contra niñ@s y adolescentes. Que el aprendizaje de esta experiencia pueda servirnos a todos, a otros municipios. Como colectivo.

Sería además un mensaje positivo, pero es una opinión o añoranza muy personal, rectificar el error para alimentar el diálogo de otra forma; distante de la polémica y del encono que se ha dejado sentir cada vez que algo acerca del manual ha sido cuestionado, incluyendo la omisión en abuso sexual que muchos habríamos pensado no daría lugar a acusaciones de “cartuchos”, “fanáticos religiosos”,  y otras en ese tenor.  No se trata de eso. Podemos reconocer vitalidad, maravilla y una esfera de realización, felicidad, encuentro, etc., en la sexualidad humana, y de igual modo podemos tener ojos claros para reconocer la sombra y la grieta que ella arriesga frente al abuso, el maltrato, el acoso, la violencia sexual.

La sexualidad nos acompaña la vida entera (desde el día que nacemos y hasta ancianos), y queremos hacerlo con nuestros hijos e hijas, mucho mejor de lo que nuestros padres, abuelos y generaciones pasadas lo han hecho. Queremos ser capaces de guiar, acompañar, contener, apoyar, “preparar para la vida”, y una vida preferida, que se ame, se cuide. Queremos que la educación sea efectivamente integral, desde nuestros hogares, escuelas y comunidades, y que la sexualidad, la afectividad, las relaciones humanas, sean parte de esa educación, pero no de cualquier forma, sino de una forma bien pensada y bien sentida (o bien amada), con un “para qué” muy claro, desde un contexto que ayude a cada nueva generación -y también a nosotros- a situar la sexualidad en el lugar más luminoso posible, lleno de vida (que despierta nuestra responsabilidad en el sentido del “respondere”).

Todos nuestros niños y niñas llegarán a ser responsables de sí, de sus recorridos y vínculos, sus decisiones en toda esfera, ¿cómo no desearles el mayor bienestar y éxito? (recordando que éxito significa “resultado feliz de”). Eso nos compromete a enseñar de autocuidado, consentimiento (la madre de todas las batallas, y una tarea que cruza más allá de la niñez y adolescencia), y a compartir información existente e indispensable para el cuidado de su integridad (no podemos negar datos sobre salud sexual, derechos reproductivos, prevención de enfermedades, respuestas ante la violencia sexual, etc.) pero sin disociar esta información del ser humano integral que es cada niño, niña y adolescente, cuerpo-mente-afectos-vínculos-vida. En la ética del cuidado -como ética de responsabilidad- se propone escuchar las voces de los niños y adolescentes desde consideraciones ineludibles como quién habla, desde qué cuerpo habla, desde que historia y contexto cultural, y desde qué silencios también.

Educar en sexualidad es estar dispuestos a escuchar, acoger y dialogar sin dejar de ser sinceros y respetuosos –con nosotros mismos y nuestros niños- en el sentido de también poder expresar nuestras opiniones y preferencias. No como una imposición o una forma de control, sino asimismo desde la intención de guiar y cuidar, con mucho amor.

Los niños, niñas y adolescentes nos reciben en esa intención y sentimiento, ese hilván, y muchas veces expresan cuánto lo valoran. En educación sexual desde el cuidado ético, entre otras, se trabaja con premisas como “preferencias-límites-responsabilidad” (sí o no quiero-puedo-debo en coherencia conmigo y otros), la “respuesta suficiente” (acorde a cada edad, etapa del desarrollo, capacidad de comprensión y características del niño o niña y de su biografía y contexto vital) y “contenido + emoción, sobre todo emoción”, aludiendo a que aun cuando a veces en los contenidos podamos no ser lo más certeros del mundo, prima y deja huella la emoción que acompaña nuestra voluntad, gestos, nuestras palabras y respuestas en relación a la sexualidad y el cuidado.

Sinceramente, ojalá todas las respuestas en “100 preguntas sobre sexualidad adolescente”, junto a los contenidos correctos, dejen la sensación inequívoca de cuidado, pero especialmente la pregunta #77 en relación al abuso sexual que es, y perdón la insistencia en uno y otro escrito e invocación, un sufrimiento evitable y uno al que ningún niño o niña debería estar expuesto, por acción y tampoco por omisión.


Otros recursos:

Podcast Radio infinita, Panorama (ir a hora 1.31): “Hacer las cosas no sólo bien, sino excelente, cuando se trata de la nueva generación” (entrevista V. Jackson, “100 preguntas sobre sexualidad adolescente”).

Sexualidad y los niños

Educación Sexual: podemos hacerlo mejor con las nuevas generaciones

Abuso sexual infantil, una vez más

 

 

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