“Un mejor recuerdo” (cuidado ético y comunidad)

                Quiero compartir una historia de marzo.

Después de participar de una actividad en una plaza, al atardecer (con luz de verano todavía), una familia llega a un restaurant. Desde la recepción se deja sentir una disposición amigable para con los niños, y al momento de tomar la orden, una joven escucha atenta –y paciente- las preferencias de una niña que más que pizza, describe una versión gigante de pan con queso (sin salsa de tomates, ni orégano, ni ajo, ni albahaca, etc.).

Mientras esperan, la niña, de unos 9, 10 años, pide permiso a sus padres para ir al mesón desde el cual es posible observar cómo se prepara la pizza. La cocina abierta está a unos 3 metros de donde se encuentra la familia, y la niña quiere ir sola. “Pero ustedes me miran desde aquí”, dice, y parte feliz.

Conversa con el chef quien le advierte, de manera amable y didáctica, que debe guardar prudente distancia del mesón para evitar quemarse. La niña mira a sus padres en distintos momentos, le sonríen de ida y vuelta, y al volver a su mesa pregunta si después de comer puede repetir el ejercicio, “cuidando las manos, eso sí”.

En la segunda oportunidad, no alcanza a detenerse frente al mesón cuando un comensal (de unos cuarenta años) que parece dirigirse al baño, se detiene y le habla a la niña, muy cerca de su cara. Su cuerpo macizo y muy alto no permite verla. Los padres alzan la cabeza, cuerpos de ciervo, oídos (recuerdo un estudio reciente que leí en NatGeo donde mamás ciervas respondían a señales de estrés no sólo de sus crías, sino de muchos otros cachorros, incluidos bebés humanos), listos para dejar sus sillas. Las dejan.

El hombre era parte de un grupo de turistas, todos adultos, se veían afables. No se escuchaba bien en qué idioma hablaban, pero no era español (luego alguien contaría que venían de Brasil). A la niña el hombre le habla en inglés, y el intercambio impuesto –de segundos, un minuto o dos cuando mucho- desencadena una secuencia de pedidos y concurrencias desde el cuidado: la mirada de auxilio que cruza la hija con su madre y ésta con el padre cuya mejor ubicación le permite llegar en 4 pasos al mesón.

Cualquiera pudo haber pensado que el adulto reiteraba la advertencia en relación al mesón caliente, quizás de forma demasiado severa, o intimidante. El turista –que no advierte el avance de los padres-, agrava la situación tratando de tomar el brazo de la niña con una de sus manos enormes, mientras la otra se desliza sobre su cabellera, muy larga. De inmediato ella muestra su incomodidad, zafa su brazo, aleja su cabeza y todo su cuerpo, y susurra algo con expresión siempre asustada en tanto el padre ya está ahí, hablando con el tipo que se deshace en disculpas con él, y luego con la madre, con las palabras arrastradas por efecto del alcohol.

Una oscuridad adelgaza todo, lenta primero, brusca y atropellada con el paso de los minutos.

Los padres reciben las disculpas del extraño –“I meant no harm, I swear”- asumiendo todavía que los eventos giraban en torno a la prevención de quemaduras. Pero no dejaron de expresar que como familia propiciaban el respeto a los límites corporales, que el autocuidado, que los niños no se tocan, que estuvo mal lo que él hizo y que lo tuviera presente a futuro, con TODO niño, para que nunca más. Desahogarse, mover un florero de lugar, ¿cambiará algo? ¿Qué puede extinguirse, y qué levantarse de otra forma en la relación adultos-infancia?

El hombre no deja de repetir “I’m sorry, so sorry” con lengua traposa. La reiteración ebria de sus excusas tensiona el ambiente y al instinto primario de acudir y proteger se va sumando una expresión de angustia y enojo de los padres. La niña, abrazada a su mamá, no dice nada hasta que el grupo de turistas se retira. Sólo entonces, salen todas las palabras. Con alivio. Con urgencia. Nunca fue el esmero, cuidar; nunca, la advertencia para no quemarse.

El adulto se acercó a ella y sólo repetía que era hermosa, tan hermosa, que no se imaginaba, que su pelo “ginger”, que a futuro… da igual: es mi hija. Mi hija. Y somos nosotros, mi familia, y soy yo, y no puedo asimilar bien lo que estoy escuchando (ni dejar de recriminarme, ni de recordar) mientras me repito en silencio que ahora sólo debo estar disponible para mi niña. Nada más.

Sin entrar en mayores detalles de la conversación que sostuvimos como familia, sé que para mi hija generalmente es un desafío la estadía en nuestro país porque aún debe enfrentar, en la interacción adultos-niños, gestos invasivos y demasiado comunes todavía –desde guagüitas e inclusive antes de nacer, cada vez que un total desconocido/a toca la panza de las madres al tiempo que pregunta “para cuándo es”.

Gestos que no son parte de su experiencia en su segundo hogar. Ni una sola vez, hasta aquí al menos. Comentarios, saludos afectuosos, felicitaciones, advertencias protectoras, sí, todo sí, pero sin contacto corporal no autorizado. ¿Puedo darte un abrazo?, no gracias: ésa es la mayor aproximación a la que puede verse expuesta. Y su “no, gracias” es recibido sin cuestionamientos por su hosquedad o “rareza”, y sin reproches velados a nuestras competencias como padres, o a nuestro eventual carácter huraño, paranoide o antisocial, o “sobreprotector” (todas esas cosas que frecuentemente una escucha en Chile cuando mamás o papás son asertivos en establecer límites de cuidado en relación a sus hijos). Nada. Solo un “ok”, está bien, y todo continúa fluidamente. Respeto. Eso se deja sentir.

Por supuesto, no me engaño ni creo que sea tan espléndido un país como EEUU cuando existen peligros horribles como el tema de las armas, no necesito decirlo. Sin embargo, en este aspecto puntual de la convivencia  cotidiana entre chicos y grandes –el respeto de los cuerpos y su espacio-, existen formas de interacción hace mucho consensuadas y exigibles. Tanto así que una situación como la ocurrida, y otras en espacios públicos (acoso, gritos desde alguna construcción, etc.) se espera sean reportadas a cualquier policía cercano quien podría –según la falta- amonestar, realizar una citación inmediata al juzgado, extender una multa o proceder al arresto. ¿Excesivo? No lo creo.

Nada puede ser considerado “excesivo” en relación a gestos físicos o palabras que irrumpen y acosan a seres humanos adultos y niños. Niños. Niñas. Durante el mes de febrero pasado, sin ir más lejos, caminando por una calle cercana a Av. Colón en Santiago, nos gritaron algo irrepetible aquí, “a la mamá y la hija”: mi hija de sólo nueve años, que parece de nueve, que piensa y siente y juega como de nueve. Luego a las mujeres nos dicen hipersensibles, radicales. Nunca lo suficiente. No si todavía debemos pensar la protección de nuestra integridad cómo debemos hacerlo; no, si la justicia se viste todavía de negro y hielo y más veces que menos es una pura orfandad; NO, mil veces no, si todavía debemos preparar a nuestras hijas e hijos para protegerse de acosos, abusos, violaciones, mientras continuamos conociendo historias como las que denuncian los movimientos #niunamenos, #Metoo, #yotambien, #standup.

Blasfemar internamente contra la violencia sexual o la perversión del patriarcado (o la relación mil veces advertida pero insuficientemente denunciada entre consumo de alcohol e incesto y abuso sexual infantil),  no me absuelve de mi propio reproche y sentimiento de culpa. Rara vez salimos de noche en Santiago y una ocasión que pudo ser sólo grata, termina siendo abducida por esperpentos nuevos y antiguos. Qué impotencia. Qué ganas de salir a perseguir al turista, y darme permiso para esta furia que ni sé cómo podría llegar a expresar, o estallar (porque mi cuerpo sabe exactamente cuántas veces he debido explicar a adultos que no pueden o no quieren ver, que quienes abusan no llevan un letrero ni un disfraz maléfico, y pueden ser simpáticos, generosos, y tener doctorados y laureles, voluntariar en buenas causas, y verse igual que todo el mundo, pero dañar más que nadie).

Primero está mi hija. Primero. Primero. Primero.

La conversación que continúa. El presente. El pasado no existe ahora; no debería. Hay una historia de su familia que mi niña desconoce (e igual que con mi hija mayor, quiero cuidar la los tiempos, y faltan años), aunque algo hemos hablado ya del tema de las adicciones/enfermedades y muy puntualmente del alcohol y algunas drogas (y de cómo pueden afectar la conducta humana). Es importante, e insoslayable además, cuando en su corta vida ha asistido –como muchos niños- a suficientes asados de 18 y otras actividades diurnas donde los adultos beben como si estuviesen solos con sus pares, olvidando que cambios de conducta derivados de una ingesta moderada inclusive, son percibidos por los niños: “los papás hablan más fuerte, las mamás se ríen más, los grandes cuentan chistes ‘de sexo’, terminan peleando, etc.”.

En un colegio, un apoderado me contaba la primera semana de marzo, que decidió no asistir este año a paseos familiares donde a media tarde sólo un grupo pequeño de padres o madres (no más de cinco) están sobrios y cuidando de los niños (de un total de 30 familias). Una historia conocida. Una reflexión pendiente.

Me ha tocado escuchar, por mi trabajo, que niños ya en segundo básico hablan de unos cigarros “más hediondos que los otros” que los papás y mamás o hermanos mayores arman en la casa y fuman con amigos, mientras a los más chicos se les envía a otra área. Otros niños dicen directamente “es marihuana” y más de un adolescente cuenta del cultivo en su hogar “con permiso”. Los relatos en su mayoría aluden a un uso recreativo (hasta aquí sólo uno me ha tocado en la esfera medicinal, de una niña cuya mamá tuvo cáncer) y aunque la prerrogativa y responsabilidad fundamental en la crianza y educación es de las familias, la pregunta del cuidado y las deliberaciones que resultan de su ejercicio siguen siendo necesarias y responsables en relación a nuestros hijos y a su derecho a un tiempo para terminar de crecer, vivir sus etapas, y poder recorrer una trayectoria con nosotros en la cual, también, merece la mayor atención el cómo se abordan temas como el consumo de sustancias.

En cualquier espacio, alguien drogado o ebrio podría desinhibirse al punto de imponer su energía (acosadora, indiferente a límites, en clave sexual, sexual-adulta, tan descomunalmente distinta a lo infantil) y desviar de órbita la experiencia de una niña, niño, adolescente. Hace 4 años supe de una celebración vespertina, relajada, que terminó con todos los asistentes siendo llamados como testigos en un juicio posterior por abuso. El responsable, ebrio y “volado”, frente a todos los asistentes (que se conocían de años), acosó y trató de forzar un beso en la boca a una niña, hija de un papá separado quien por no restarse del festejo para su hermana, llevó a sus niños que estaban con él ese fin de semana. Cómo no rebelarse, cómo no re-pensarnos, ante estas situaciones….

Vuelvo a la historia que inspiró este posteo: Antes de irnos, y mientras esperábamos la cuenta, propuse que pasarámos al baño. Nadie más lo necesita así es que voy sola pero decido aguantarme y aprovechar ese tiempo para conversar con el chef a quien vi, durante el incidente con el turista, en actitud de intercesión. Me cuenta que notó la expresión aterrada de mi hija y sus gestos de zafar, y decido compartir el relato desde la mirada de mi niña. El joven guarda silencio. Luego me dice “lo siento tanto” (en un tono tan profundamente humano, sincero, que jamás podría reproducir con palabras), y me pide considerar una idea.

Su proposición: autorizar a mi hija –con las debidas medidas de seguridad y sanitarias- para participar de un pequeño tour por la cocina. “Porque al partir, ella debe llevarse un mejor recuerdo, el mejor posible”. Tuve que contener las lágrimas. La sensibilidad de este hombre, años luz: la fineza de su cuidado, su esmero por restituir equilibrios. Ser capaz de contemplar la memoria como un haber a cuidar en todo ser humano y sobre todo en los más chicos.  (It takes a village).

Perdón que tome tiempo en estos detalles, pero son reveladores de una danza posible, de otra historia en cada espacio, otra libertad en el aire (la que permite saber que protegemos a los cachorros, sean o no los propios), y de otra memoria nuestra. Poder recordar, más seguido, qué sentíamos de niños al estar “a merced de” la voluntad de cuidado (o de daño) del mundo adulto, o simplemente, qué se sentía ser más bajo, más pequeño y no tener derecho ni a un aviso -menos a una pregunta en torno a formas de acercarse, o de guardar distancia- antes de plantarnos besos, hacernos cosquillas, levantarnos en vilo (para “volar”), darnos vueltas de cabeza, etc. ¿Qué comunicamos ahora, acerca del cuerpo, del respeto, del futuro consentimiento, del autocuidado, cuando forzamos formas de interactuar con los niños, cuando no los respetamos, no intercedemos por ellos?

Paso a paso se aprende todo. Los términos de cercanía, de interacción. El afecto. Las expresiones de simpatía, afinidad, cariño. Hay niños que, por ejemplo, pueden querer abrazar -a papás, abuelas, amiguitos-, y otros menos, y otros nada; y también puede un niño cambiar sus preferencias en relación a una o más personas (no porque “le hicieron algo” o porque es “temperamental”, sino simplemente porque alguien llevaba perfume de más, o tenía unos aros o bigostes que clavaban, o porque al niño o la niña simplemente les dolía la guatita) y/o dependiendo del día, semana, o etapa. Nosotros, ya grandes, también podemos preferir y cambiar preferencias, aunque muchas veces todavía no nos reconozcamos siquiera el derecho a decir con tranquilo aplomo “no, gracias”, o “así, sí”.

Derechos. Límites. Preferencias. Las semillas de un ejercicio de la libertad, de la responsabilidad, del autogobierno, que necesitan tiempo para ir desarollándose. Desde la infancia temprana: igual que todo lo demás.

Derecho al tiempo, respeto por el tiempo. ¿Es tanto pedir?

Derechos, preferencias, límites (el engranaje elemental, iniciático), marcan el pulso entrañable de cada interacción del chef al terminar la jornada: primero se agachó para preguntarle a mi hija en qué idioma prefería que le hablara, y luego se presentó. Nombre, oficio, país de origen, y con las manos traza un mapa de otros donde había trabajado. Ella le cuenta de su vida de niña estudiante, ciudadana de norte-sur del continente. Todo es sereno, vivaz.

Antes de ingresar a la cocina, el joven le explica el porqué de la malla para el pelo, la higiene de las manos, el delantal impecable. Lista, con su atuendo especial, extiende la mano al chef –y qué distinto es cuando los niños se sienten seguros- y ahora la secuencia del cuidado es tan diferente: él me mira, yo asiento, y parten los dos tomados de la mano (la quietud es deliciosa, desde donde los contemplo, y a mí también). Luego recorren el área del refrigerador, los hornos, la mesa gigante donde amasan. Dos asistentes de cocina, malabaristas avezados, le dedican a mi hija el vuelo de dos pizzas y su sonrisa, para mí, es la más radiante del planeta a esa hora. Y nuestra gratitud. Oda al cuidado.

“El mejor recuerdo” fue la huella perdurable, y en casa, mi hija no demoró en caer dormida, todavía encantada con su visita a la cocina. Yo dormí poco en el desvelo de un orden necesario, impostergable, entre recuerdos viejos y antiguos desplazados de su lugar habitual, y persuadidos de volver a su descanso gracias a una calma no forzada, una confianza posible en las presencias y el portento de experiencias que no necesitamos sostener solos –padres y madres, ni nadie- porque siempre habrá otros dispuestos a ser parte del círculo de cuidado. No hay número insignificante en esto. Una persona puede hacer toda la diferencia.

Un joven chef encarna a “la aldea”, la canción y los ritos vitales en torno a los cachorros que vienen llegando. La protección de su memoria no es un asunto menor porque no da igual contra qué fondo de recuerdos vayan sumando experiencias los niños. Todas ellas: y sin duda las habrá de adversidad, de toma de consciencia del sufrimiento, de urgencias de la tierra y sus seres, pero junto a muchas otras que están al servicio de aprender, de maravillarse, de descubrir y descubrirse: un gran “trabajo” y primordial de los años de niñez, creo (si alguna esperanza tenemos como especie de detener o revertir daños en nuestro planeta, y de cansarnos de ir en sentido contrario a la abundancia de la vida). Cerca del amanecer, pensaba en que los milagros son ocurrencias menos mágicas, y mucho más humanas.

Al día siguiente continúan. Cuando mi niña compartió lo sucedido con su hermana mayor, el resumen no estuvo centrado en lo más ingrato, sino en que había ido a un restaurant estupendo para niños (con tour a la cocina y todo), y también –“también”, no “pero”- hubo un turista borracho que trató de tomarle el brazo y el pelo, pero ella se soltó, los papás lo retaron y la defendieron, y todo salió bien. Contó su historia a una profesora del colegio en la misma secuencia, unos días después.

Me da vueltas, quedo detenida en la narrativa, la voz de los niños, su ductilidad, su timbre firme incluso al declarar “me asustó”: tan distinta esa sensación cuando va acompañada de una solución, de un amparo y socorro posibles, versus haber seguido a merced del terror o del daño sin mayor esperanza de que alguien ayudara a detenerlos. Esas inflexiones en la voz del temor (tan humano, millones de años con nosotros) pueden hacer toda la diferencia: no quiero dejar de prestar atención.

En madres de niños que han vivido abusos, otras inflexiones: hablar sin “yo” (“uno” haría, uno pensaría, tú creerías que, etc.) hasta que aparecen personas que apoyan, que dan crédito a lo vivido, que se ponen a disposición para evitar sufrimientos evitables (familiares, vecinos, profesores, psicólogos, abogados, etc.). Entonces, tímidamente primero, y luego en toda frase, la conjugación se transforma, y las cuerdas vocales, y el cuerpo entero, en presencia del cuidado, y aparece la primera persona  (“yo” creo, “yo” quiero, “yo” estoy haciendo, yo sé, yo recuerdo, etc). Inflexiones. Ser junto a otros. Otra voz. Inmensa.

En la memoria, “el mejor recuerdo” que decretó el joven chef de la pizzería, es también para nosotros. A pesar de saber –siempre, como casi todos los padres- que no está bajo nuestro control el poder evitar, o atenuar siquiera, todo sufrimiento, o momento gris, o infortunio (o abuso, y es duro admitirlo cuando uno trabaja en prevención), sí es posible contar con más presencias que sólo las nuestras, para cuidar a los hijos de todos ojalá. Podríamos. Mil veces, podríamos.

La evidencia es abundante en estudios que concluyen de modo categórico, por ejemplo, que no existe forma efectiva ni exitosa de prevenir abusos sexuales infantiles ni violencias contra los niños, si ésta no depende fundamental e irrecusablemente, del mundo adulto. Podemos entonces, prevenir, si queremos. Y sin pecar de ingenuidad, claro que se puede: cada vez de mirar hacia la manada, la comunidad, los otros, y descubrir un círculo protector, contenedor, tan f***ing poderoso si está disponible como antídoto, como bálsamo y gasa, sobre todo, como infusión de vitalidad, de reverencia.

Szymborska dijo en algún verso que el mundo no estaba preparado para recibir a un solo niño, pero también que para ellos (y nosotros) lo que sí servía, la necesidad, a lo que tenían derecho, era a “finales felices”. En pequeños pasos, o grandes ojalá (cuando todo un país concurre, por ejemplo), sí: esos son, esos finales queremos. Todos los que se puedan. Esos son.

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(Photo: FB, Outstanding in the Field, an organization that holds dinners on farms and other landscapes. Their goal: “to get folks out to the places where the food comes from and honor the people whose good work brings nourishment to the table”.) 
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