Tu corazón dentro del mío (suicidio infantojuvenil en Chile)

“To pay attention, this is our endless and proper work”. – Mary Oliver

Hace 3 semanas, una niña de 12 años en Punta Arenas. Hace dos semanas, en Santiago, Nicolás, un joven de 17 años. Hace una semana, Jocelyn, de 20 años, en su universidad. Condolencias imposibles. Miles de ausencias.

Días en Magallanes, sur de Chile, de la tierra toda. El cielo para cobijarse, para llenar espacios en blanco, la voz que no me sale. Vuelve una y otra vez una escena de “Lo que el viento se llevó”: Rhett Butler aferrado al cuerpo de su pequeña hija muerta. Estoy segura en lo profundo que a mí también tendrían que separarme por la fuerza, amputarme en realidad. Y no sé más. No quiero jamás saber.

No hace mucho escribía sobre adversidad en la infancia , recordando la elegía de Tim Berners-Lee (creador de la www) cuando se suicidó Aaron Swartz “…todos hemos perdido un hijo. Sollocemos”. Todos.

Cada suicidio remece el presente, y a veces, la historia personal (muchos llevamos el peso de despedidas abruptas y por siempre pendientes). Cada partida nos deja su carga inmensa, sus preguntas, sentimientos de culpa, de impotencia, de pequeñez y escasez de herramientas como para haber escuchado el abismo antes, mirarlo a los ojos; haber puesto nuestra mano sobre su frente, su corazón.

Los abismos y los niños no deberían conocerse. Nos cuesta hablar de la muerte, pero mucho más de suicidio en la infancia. Es duro susurrar la primera letra, aun sabiendo que callar es el mayor peligro. Callar nosotros, y callar los niños porque no saben o no pueden –o bien creen que no se puede- expresar la sensación de soledad, de fondo irrevocable (así dure un día) que también pueden experimentar en sus breves vidas.

Hay sufrimientos capaces de perforar la resiliencia que más de una vez, acaso inconscientemente, damos por descontada en los más chicos de tanto verlos levantarse del suelo y seguir corriendo o jugando con moretones y rodillas sangradas. Un mar de vitalidad; el deseo, el instinto de vivir. Esa fuerza se deja sentir en testimonios infantiles luego de terremotos, tornados, huracanes, ahogos en el mar, incendios, el cautiverio, los abusos sexuales, la violencia física desatada. “Tengo que vivir, no me quiero morir, no me puedo morir etc”, no olvido esas palabras que he escuchado de niños apostados a sobrevivir en situaciones imposibles, sin certeza de socorro.

Es más fuerte la vida, tendría que ser. Pero también es frágil y no obstante, en la trizadura, todavía es capaz de encontrar energía para pedir ayuda de alguna forma. Hay frases dichas por niños pequeños que pueden ser una alarma, un pedido de auxilio por tenue que parezca: “nadie me echaría de menos, nadie me pone atención, ojalá desapareciera yo, por mi culpa ………(mis papás pelean, no tienen plata, se separaron, trabajan tanto, nunca pueden estar, etc)”. Que no se pierdan estas voces.

Van años de saber que el suicidio en nuestro país aumenta entre niños y jóvenes a niveles aterradores. Entre los 15-24 años de edad son la segunda casa de muerte, y entre los 10 y 14 años, la tercera. Los suicidios de niños y adolescentes entre 2011-2016 habían aumentado en un 91% en hogares de la red Sename. El año 2013  un informe de CITUC señalaba que los niños superaban a los adultos en intentos de suicidio vía consumo de fármacos (la mayoría, disponibles en los hogares) y que ese consumo intencional aparecía ya en pequeños de 8 años. ¿Qué nos está pasando?

Un millón de seres humanos (estimación de OMS) se suicidan cada año en el mundo. Muchos son niños. En países donde se fuerza el matrimonio infantil, las niñas intentan el suicidio como una forma desesperada de escapar. Como nunca antes, mediante las redes, hemos conocido testimonios de adolescentes antes de suicidarse, muchos de ellos por bullying. Niños y jóvenes trans, de pueblos originarios, migrantes y refugiados, también viven (y mueren) en la fragilidad de márgenes desolados. La OMS en el contexto de un esfuerzo global (ver Prevención del Suicidio: Un imperativo global, OMS,2014ha pedido a nuestro Estado responder con urgencia: Chile y Corea del Sur son los únicos países OCDE donde el suicidio infantojuvenil no disminuye, sino que aumenta anualmente.

Los suicidios entre niños y jóvenes de 10 a 19 años, se triplicarían al año 2020 en nuestro país y para eso queda nada.  Pero la política y el gasto público en salud mental (del orden de un 2% del presupuesto de salud) no muestran mayor progreso. Es más, durante este año se le negó financiamiento a un programa promisorio de prevención del suicidio por bullying -@lalinealibre que al momento de cerrar, atendía un promedio de 1500 llamados semanales-, en tanto se avalan otras inversiones absurdas (o prácticas cleptómanas, directamente) en el Estado.

Sobre el 90% de los suicidios ocurren en situaciones de grave perturbación psicológica, emocional (también asociado al consumo de drogas y alcohol que aumenta las probabilidades 7 veces). Hay suicidios vinculados a experiencias de trauma, y diversos estudios señalan entre 50-70% de víctimas de abuso sexual infantil con más de un intento en distintas etapas de sus vidas. Una causa mayor de suicidio es la depresión que al igual que el cáncer, es una enfermedad que muchas veces pasa inadvertida –o mal leída, tan silenciosa es- hasta que ya es demasiado tarde.

Antes del suicidio, la trayectoria casi siempre fue más larga, el iceberg más profundo. Nunca sabemos exactamente cuánto. Pero sí sabemos cuán frágiles podemos ser los humanos, especialmente en la niñez.  Esa fragilidad que no es debilidad, nos elude demasiadas veces; no la escuchamos latir cada día de cada año, en cada etapa (llena de auroras pero también de titubeos o dolores del crecer). Pienso en el acto de atención, no de vigilancia, no de angustia (no tendría que ser). Sólo la pulsación del cuidado, el amor, esos nobles observadores y acompañantes de tareas, resiliencias y engranajes que se van construyendo en un período todavía de indefensión; de corazones que crecen, que no terminan de conocerse (y aun de adultos, cuánto queda todavía).

Escucha cómo tu corazón late dentro de mí, del mío, puedo equivocar el orden, pero el verso de Szymborska es de los inolvidables. No sé cómo hace nuestro país para sobrevivir a los latidos que cuentan las historias más difíciles de sus niños y niñas. O si sufre, o se da cuenta siquiera, cuando esos corazones se silencian. Me asusta, como a muchos, esa sordera. Me duele. Me rebela.

Este 2017 va llegando a su último trimestre, y seguimos en la dureza, sin  responder al pedido de intercesión. Meses previos a elecciones presidenciales, finales de gobierno con mucha actividad pública, anuncios, cuentas alegres, fiestas patrias y varios “otros”, en tanto la situación de la niñez y adolescencia continúa sin ser un tema principal. Ni las vidas de los niños. Ni sus muertes.

Poner el acento en la insensibilidad o desidia del Estado (sólo recordemos a Sename, y el lobby para desestimar el informe de la comisión de investigación), NO IMPLICA desvincularnos de nuestra responsabilidad como adultos, familias –cuidadores principales-, comunidades, en la protección de la niñez y de su salud mental. Pero necesitamos un entorno propicio para poder cuidar, y la pregunta irrenunciable sigue siendo ¿qué valor asignan a esta actividad humana, y dónde está el sentido de urgencia y visión de futuro de quienes gobiernan o aspiran a gobernar el país? Van seis mandatos desde el retorno democrático, cinco de una misma coalición y dos de una misma presidenta, y no hay excusas para no estar escribiendo, en el 2017, una historia distinta para los niños, sin suicidios en aumento; sin sufrimientos que pudieron y pueden ser evitados.

¿Cómo se definen prioridades? Todavía no lo entiendo. En mi lógica elemental, la respuesta a abusos, violencia, enfermedad, muertes de niños versus lo que sea y por importante que sea (bolsas plásticas, ley de datos, reducción de dietas parlamentarias, etc.), sería siempre primero. ¿Por qué todavía no lo es, por qué?

Pérdidas y duelos no nos han remecido como país ni han servido para transformar, todavía, y radicalmente, la relación indecisa con las nuevas generaciones: casi siempre esquiva, o confusa en su incondicionalidad, capaces como somos de tolerar la pobreza, la soledad de los niños, o la cotidiana sospecha, esa práctica infame que muy temprano conocen los más pequeños: ¿en realidad te duele la guatita?, ¿pero qué hiciste, cuéntame la verdad?, ¿no te lo habrás buscado, no te habrás expuesto, no lo habrás provocado?, etc. Son algunas preguntas que a lo largo de los años –combinadas con rumas de expectativas, exigencias y “no es para tanto”- socavan autoconfianzas y/o confianzas de los niños en su entorno. Y en nosotros, como cuidadores.

¿Sienten niños y jóvenes que somos -todos los adultos, del presidente para abajo, o de los papás hacia arriba- personas dispuestas a poner atención, a escuchar, darles crédito, apoyarlos? Decía Erich Fromm que cada nueva generación aprende de adhesión a la vida, al autocuidado, junto a adultos contagiosos en su actitud amante del vivir, disponibles en presencia, y capaces de desprendimiento en favor de los más pequeños y jóvenes (y más de una vez nos preguntamos ¿cómo hacerlo? si a veces nosotros mismos estamos agobiados, desorientados, o impedidos de cuidar como soñamos en medio de jornadas bestiales de trabajo, y en un sistema que avala más separaciones de nuestra humanidad que apoyos mutuos).

Hay una decisión permanente, continua, consciente, en relación al cuidado. Un proceso de deliberación, de ejercicio libre, responsable, sobre cómo nos situamos ahí, cómo queremos/podemos responder.

Los niños y adolescentes necesitan saber –y eso requiere que lo hagamos explícito una y otra vez, con vocación redundante- que estamos presentes en sus necesidades, logros, desconciertos, temores, congojas, conflictos, ganas de crecer, de aprender, de hacer, y todo lo que sea preciso, al menos por el período que define la ley como de protección irrecusable e incondicional: hasta los 18 años. Y en realidad es más.

Los procesos de maduración del cerebro se completan a los 25 años (dando recién comienzo a la etapa adulta, señalan estudios recientes). La paciencia, la comprensión, son un pedido cuerdo. Pero mucho antes la sociedad espera que niños y jóvenes se comporten de ciertas maneras, se ajusten a ciertas demandas, o demuestren “responsabilidad” cuando no los hemos preparado –ni a nosotros para entender la complejidad del desarrollo de un ser humano-, y tampoco acompañado en esa trayectoria de afinación larga, de presencias colectivas necesarias.

En nuestro país, las nuevas generaciones no han contado con protección integral de su persona ni de sus derechos durante 27 años –la legislación recién avanza en el congreso pero estamos lejos aún de un Estado garante-, y aun así, como sociedad no dejamos de preguntar capciosamente por “deberes” de los niños y adolescentes, cuestionando antes que nuestras negligencias, si acaso no los estaremos “sobreprotegiendo” o “malcriando” (como si los buenos tratos fueran una forma de indulgencia y no de respeto por la integridad de un otro). Da igual que un niño ni siquiera comience el colegio, o haya vivido gran parte de su infancia expuesto a adversidades y violencias –y esto es transversal-, o que simplemente tenga una salud distinta, capacidades diferentes, ritmos de aprendizaje variable. Rara vez suele darse en primer lugar la pregunta sobre cómo cuidar mejor sus vidas, repararlas cada vez que sea preciso.

En momentos trágicos: la memoria enfurecida sobre el cuidado que falló. Los juicios precipitados. La búsqueda de culpables incluso entre quienes sufren. Medios de prensa, redes sociales, diversas personas, no esperan un día para condenar, opinar sin mayor compasión, mientras otros viven sus pérdidas. Hemos compartido con más de una comunidad educativa el dolor de estar enfrentando develaciones por abuso sexual, y de ser golpeadas en su momento más traumático. No ha sido distinto en el suicidio. Pero podría serlo.

Ser sensibles al trauma y el duelo de quienes los viven –mamás, papás, abuelos, niños, estudiantes, docentes, vecinos-, no sólo es una expresión de decencia humana y solidaridad, sino un acto de cuidado indispensable pues el duelo es un requisito para la reparación que debe seguir. 

La contención, poder compartir el dolor con otros significativos, ritualizar, asimilar el embate moral y físico que sufre un organismo en la pérdida (y las familias y escuelas también son un “organismo vivo”), poder llorar (y aceptar que hay lágrimas que son perennes): todo esto y más es necesario para poder dar los primeros pasos en el proceso de reparación que se inicia desde el duelo (aquí una lectura muy recomendable, versiones inglés, español y francés, sobre duelos complejos en muertes por suicidio).

El silencio impotente de quien vive la pérdida, nunca es indiferencia, sino recogimiento y desesperación, y el respeto por ese silencio no significa que abdiquemos de contriciones ni enmiendas. Pero el derecho al duelo (comparto texto, gracias Rodrigo Venegas) es un mínimo ético, y es casi imposible poder vivirlo cuando al alud de una muerte se suma el alud de acusaciones, verdades a medias o mentiras directamente, en reemplazo muchas veces de las historias (complejas, delicadas) que sólo conoceremos en voz de quienes las viven, en el tiempo. No con prisa. No con brusquedad.

(There’s a blaze of light in every word/ it doesn’t matter which you heard/ the holy or the broken hallelujah.- Leonard Cohen)

Podemos entender nuestra humanidad desbordada en el estupor (recordemos la condena violenta al joven que se suicidó en el zoológico, antes de preguntarse por su historia, su condición mental). Pero también podemos recordar con humildad que las preguntas que nos movilizan -aun cuando muchas no lleguen a tener respuestas definitivas-, y las acciones de cambio, necesitan calma para gestarse.

Estaba en Punta Arenas cuando leí una carta de los compañeros de Nicolás (aquí el texto) que para mí fue una oda de humanidad y sensatez. Lo único que necesitaba leer y que valía la pena de ser leído en ese momento. Parte el alma la carta de los alumnos. Su justo reproche. Su cordura amorosa. Y esperanza al mismo tiempo, reconocer a jóvenes que piden responder al dolor desde el cuidado, desde el amor, esos pilares que algún día podrían desajustar –ojalá más temprano que tarde- la realidad en la que nos hemos habituado a vivir, o que toleramos sin mayor resistencia aun sabiendo cómo nos mengua, cuánto nos confunde.

Podríamos pensar que como sociedad, la confusión es una respuesta inevitable en la pérdida, pero es más constante que eso y se ha vuelto lugar común revolverlo todo, desdibujar límites, fortalecer la imprecisión a niveles destructivos, tan cansadores que terminamos, cada cierto trecho, teniendo que aclarar que intentar hacer sentido del espanto jamás será equivalente a justificarlo, y que buscar explicaciones no es sinónimo de exculpar, o que pedir respeto por el tiempo de duelo y otros procesos humanos, no significa capitular ni renunciar al pensamiento crítico ni al autoexamen, y menos a la justicia cuyas investigaciones, por cierto, tienen un tiempo también.

Concedo el mayor valor a la precisión, no sólo desde la razón y la posibilidad del entendimiento, sino en la emoción, la salud, la construcción de mundos donde también los niños (y cada uno) puedan sentirse seguros y no ir a tientas. No veo cómo alguien podría sentir aplomo o confianza en medio de una turba, o del odio, del resentimiento, ni cómo podría un niño pedir ayuda o consuelo a un mundo adulto constantemente sintonizado en esa frecuencia (por los motivos que sean).

Pensaba en todo esto de regreso a Santiago, y habría querido esperar un poco, pero la prensa no dio tregua: titulares, radios, tv. Pese a nuestras precauciones, no hubo cómo dilatarlo y aun trabajando años en la esfera del trauma, preferí llamar a una especialista (gracias Pilar del Río, psiq.) para mayor seguridad, antes de conversar con mi hija menor.

De esa conversación (de estos días y noches, de la gratitud y la insistencia en la vitalidad), podré escribir en alguna otra ocasión, pero entre preguntas de otras madres y padres, e historias compartidas por educadoras/es que iban surgiendo a lo largo de los días, especialmente en relación a niños pequeños (“suicidio” no es de las primeras palabras aprendidas en el vocabulario infantil), más clara es la necesidad de contar con una política nacional mandataria en prevención del suicidio para todos los establecimientos educacionales (desde ed. inicial a la ed. superior). Esto no es un problema de sólo algunos niños, familias, escuelas, o regiones. El cuidado nos atañe a todos. Que no se mate un niño más, un adolescente más, nos atañe a todos.

Necesitamos las herramientas de la salud y de la educación –en todo lugar, al servicio de todos- para comenzar lo más temprano posible en esta esfera del cuidado. Aun prefiriendo –siempre y apasionadamente- el autogobierno y la libertad de elección, creo que en ámbitos como éste, la ley sería una tremenda ayuda. Nos conminaría a abordar lo que tanto nos cuesta: en relación al suicidio, o al abuso sexual infantil, y a todo aquello que nos es difícil de enunciar simplemente, porque casi se siente como un acto de traición al amor, una forma de abrir la puerta a lo que jamás de los jamases querríamos que vivieran nuestros hijos.

Por ahora, no dejemos de buscar respuestas y herramientas para apoyarnos unos a otros con nuestros niños. En Chile, por ejemplo, Fundación José Ignacio está realizando una gran labor en este sentido (www.fundacionjoseignacio.org) y compartiendo recursos útiles para la comunidad entera.

Aun en pleno duelo, sabemos que pronto habrá preguntas por responder acerca de nuestras presencias (o ausencias) y el rol de cada familia, escuelas, docentes, autoridades, TODOS y cada uno, en el cuidado de cada nueva generación. Habrá, una vez más, que mirar nuestra educación, preguntarnos por su cometido integral, su sentido inclusivo y humanitario, las formas de aprender, los para qué, y los agobios y ahogos que corroen la misión de educar. Hay una reflexión pendiente sobre el desarrollo del albedríó, la ética de la responsabilidad, y sobre lo punitivo, y la exigible adecuación de las leyes a los tiempos de la niñez y adolescencia, las necesidades de sus cerebros en crecimiento, su salud mental, y los riesgos señalados por cuánta asociación médica seria existe en relación, por ejemplo, al consumo de sustancias como la marihuana (por favor leer carta indispensable). La actitud como sociedad (y da para columna aparte) es no menos que negligente cuando parlamentarios y activistas no advierten sobre estos peligros. Necesitamos combatir la desinformación que ha llevado a muchos adolescentes, como publicó un diario hace poco (ver nota), a prescindir de autocuidado (más cuando adultos avalan consumos en los jóvenes sin diferenciar entre menores de edad vs mayores con pleno consentimiento ante la ley).

Todavía los niños y adolescentes reconocen o bien añoran encontrar en los adultos, respuestas, opiniones, apoyos, relatos de “segundas oportunidades”, de posibilidades después del error, de la herida (y de todo lo que pueda sentirse como irreversible o lapidario en el corazón de los más jóvenes). Algo ya hemos vivido y podemos alentar, interceder, caminar a su lado. Alumbrar, si podemos, y de ellos agradecer también, todo lo que irradian.

(Tragaluz paciente en la espesura de la sombra/ cada alba en el granito del corazón/ vuelves a aprender a agitar la luz – Lorand Gaspar)

Sin duda, tenemos siempre, y mucho, trabajo por delante. Poco preparados estamos en cómo prevenir y también en cómo enfrentar procesos de la magnitud del suicidio infantojuvenil cuando se convierte en una catástrofe de salud pública. Apenas contamos con las herramientas para responder a procesos de duelo que no son sólo individuales, sino sociales, y donde profesionales de la salud, y de las comunicaciones -sus tiempos y formas- cumplen un rol entral (por eso existen directrices propuestas por organismos como la OMS, para informar sobre suicidio sin arriesgar revictimización, efecto de contagio, estigma, etc.).

Pero un signo de luz sí se detecta en familias y escuelas (también algunos municipios) que por su cuenta realizan esfuerzos de prevención, de cuidado ético, con resultados que esperanzan: en las conversaciones que se despliegan, las historias que caben en aulas y sobremesas, en la presencia de más adultos que sólo los padres, disponibles para compartir alegrías y tribulaciones de los más jóvenes, y en la atención de niños y adolescentes entre sí (compartiendo asimismo con los adultos, signos de alerta que detectan en redes sociales, y que permiten apoyos oportunos a estudiantes que sufren y piensan en el suicidio como una “salida”). No queremos perder más niños. No queremos deshonrar ni olvidar las muertes que hemos vivido; que no nos dejen sin crecer, como personas y como colectivo.

En Magallanes, una bella y sabia mujer me contó la historia de las “curadoras de semillas” de Chiloé que tienen un canto para cada semilla, tal como esa tribu africana que regalaba una canción para la vida a cada niño que nacía. Qué contraste estas reverencias con lo que estamos viviendo, pero qué forma, también, de recordarnos que hay tanto amor todavía del que podemos valernos -si queremos- para cuidar mejor a los hijos de todos; y para acompañarnos en el dolor sin abandonar el camino principal.

Me dijo una profesora (Verónica Henríquez @Vero_Henriquez) a propósito de nuestras pérdidas más recientes: “En ese andar [de los niños] hay veces en que el tejido de su vida se rompe y las hebras se separan. Reparar ese entramado, reunir sus hilos y reconstruirlo, es todo un desafío para el cual algunos debemos transformar la impotencia en claridad, paciencia y dedicación, cual zurcidor experimentado. Vale la pena intentarlo”. Por favor. Mil veces por favor.

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Otras lecturas:

Cerebro adolescente, bello cerebro (Beatriz Luna, vale la pena seguir su trabajo)

Cuidar a los adolescentes (desarrollo evolutivo, cerebro adolescente).

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Mis agradecimientos a Rodrigo Venegas, psicólogo. Siempre.

Fotografía: Physalis alkekengi, known as the Chinese and Japanese Lantern plant, is seen as a symbol of ‘life within death (@TheFlowerWorld)

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