Bullying y el cuidado

Hace poco supe de una aplicación desarrollada en Chile, para prevenir el bullying. Se ofreció gratuitamente a un número de establecimientos públicos y privados. La respuesta: “implementarla sería mucho problema”, sin siquiera poner a prueba la app. La falta de interés nos hiela. Se trata de nuestros hijos e hijas.

Un estudio recientemente publicado arrojó que un 61% de estudiantes chilenos de enseñanza media no sabe si en su escuela existen protocolos para responder al bullying. Además, no perciben a autoridades ni docentes como figuras protectoras frente al acoso (ver publicación). Es grave; alumnas y alumnos están bastante solos.

Familias comparten relatos de sus niñxs que sufren bullying: porque sí, por ser diferentes, por sus necesidades educativas especiales, por ser migrantes, por su género, su orientación sexual, por su apariencia, porque no juegan o cantan lo mismo que una mayoría. Las razones pueden ser tan diversas como niños y niñas lo son, y el fenómeno se observa cada vez a edades más tempranas.

Padres y madres sienten angustia porque las autoridades escolares no reaccionan a tiempo. Los profesores de sus hijos les hablan de “programas de prevención en desarrollo o próximos” y evitan intervenir. Otros apoderados se muestran insensibles y juzgan a las víctimas y sus familias: “son cosas de niñ@s, no hay que exagerar, no hay que meterse, tienen que aprender a sobrevivir”. Sobrevivir dónde, nos preguntamos. Porque la autoconfianza, los vínculos y la resiliencia de los niños no necesitan de un Guantánamo emocional para desarrollarse.

Por demasiado tiempo, se ha reforzado que la adversidad y el sufrimiento “forman carácter”, mucho más que el amor y el cuidado, o la bondad. “Si sigue por este camino, la van devorar cuando adulta” me dijo un amigo ingeniero cuando mi hija mayor apenas egresaba del jardín. Año tras otro, escucho a mamás y papás preocupados por la posible “influencia negativa” de su cariño y respeto incondicionales, de la cortesía y la dulzura en la formación de sus hijos. Los argumentos: peligro de “debilidad”, de menor autonomía, fracaso, “mañas”, “se van a mal acostumbrar, las cosas no son así en el mundo real”.

Es triste y descabellado que un sistema haya logrado hacernos temer y dudar tanto de nosotros mismos, que llegamos a plantearnos renunciar a nuestra humanidad, nuestra inteligencia amorosa y todo el repertorio del cuidado que traemos como una herramienta, esa sí, para sostener las vidas, y sobrevivir.

Si no nos cuidamos, arriesgamos morir; si descuidamos la tierra, lo mismo; si somos negligentes con nuestros talentos, afectos y relaciones, éstos podrían languidecer hasta extinguirse. El maltrato no es territorio fértil para crecer fuerte, o saludable de cuerpo y mente, ni para ser más vital, o más longevo, o más feliz. No existe un solo estudio que avale o recomiende el daño intencionado, en nada.

Es cierto que grandes fortalezas y transformaciones pueden emerger en situaciones extremas o de pérdida. Pero también y mucho más, lo podemos atestiguar, desde el afecto, al apego seguro y el cuidado.

El cuidado es “hardcore”; un tremendo y musculoso aliado de la vida de niños y niñas. Ya basta de degradarlo o interpretarlo como “sobreprotección” o “codependencia”. Dependemos unos de otros por supuesto, es humano, no hay nada extraño ni vergonzante en ello. Por el contrario, hay fuerza ahí, una fuente de poder interno y colectivo que no se encuentra en abandonos y exclusiones, supremacías de unos sobre otros, ni en la condonación de violencias para “robustecer” a los más vulnerables. Creíamos que “la letra con sangre entra” había quedado atrás hace mucho. Me lo pregunto.

Es “sangre” el maltrato, el abuso humano (físico, verbal, emocional), pero no solemos pensar que es también “sangre” la pasividad e indiferencia ante el sufrimiento, o la soberbia de determinar si éste debe ser o no, o cuánto es lo “razonable”, y en función de eso evaluar si “merece” respuesta o consideración.

El supuesto de que malos tratos, abusos, agresiones y humillaciones sostenidas (o en eventos aislados) puedan ser susceptibles de omisión, o peor aún, que són necesarios, útiles, esperables, o por último “inevitables” durante la infancia (o en cualquier etapa de la vida), abre flancos para daños tan irreparables como la muerte de un niñx. ¿Dónde se establece el límite? Es una definición del mundo adulto que no admite capitulaciones.

En lo personal, es una señal de alerta el que cada año, historias de acoso involucren a niños más pequeños. ¿Cómo podrían siquiera reconocer el bullying? y ¿cómo podríamos nosotros participar, sumarnos familias+profesores, conocernos, compartir soluciones, y tratar de asegurar que nuestros hijos vayan tranquilos y contentos a sus escuelas, no con miedo o tristeza?

El pesar de los niños que son víctimas de bullying no es sólo debido al daño manifiesto. El pesar también se ahonda debido a la actitud insensible de entornos que no reaccionan ni dan la debida importancia -y gravedad- a situaciones de acoso entre niños (con golpes, palabras, agrediendo o excluyendo) durante todo el ciclo escolar Kinder a ens. media (no: ya no es sólo un problema de la adolescencia),  o bien entre docentes y estudiantes (también ocurre, lamentablemente, desde juicios adultos sobre desempeños o formas de ser de los niños, o en comentarios contra minorías, religiones, o en reproches y “chistes” homo o lesbofóbicos) e inclusive desde personal de apoyo en escuelas (personas a cargo de la entrada, cocina, casinos, etc que de forma menos pública, menos detectable a simple vista hostigan a algunos niños, o realizan comentarios directos o indirectos que los humillan o desmoralizan). Cuando las familias presentan estas situaciones a la administración de muchas escuelas, se dan cuenta de la real dimensión de su soledad. ¿Si como apoderados no son escuchados, cómo será la sensibilidad frente a los más chiquitos?

Las palabras siempre han sido una forma de medir la cordura y no la hay cuando se combinan abuso, sexual e infantil , lo he dicho antes. Tampoco es cuerdo cuando deben ir juntas “escuela” y “acoso, sufrimiento”; “niñez” y “humillación”.

Una consulta reciente fue para preparar el cambio de colegio de un niño de 5 años. Por temor a los pelotazos, prefiere no practicar fútbol. Esto provocó las burlas constantes de un grupo de compañeros. Durante un tiempo, no le dio importancia, “yo juego feliz con otros niñxs”. Hasta que el acoso alcanzó a su mejor amigo: “ahora molestan y hacen llorar a xxxx, tenemos que hacer algo”. Su mamá recurrió a administradores, orientadores, docentes y apoderados: “esto no es bullying, tú estás mal, si son tan chicos”. El papá consideró una denuncia oficial, pero más de alguien le advirtió que su hijo sería el “más perjudicado” (¿más aún?) y su familia, estigmatizada como “conflictiva”. Decidieron irse, y tenían cómo hacerlo. No todas las familias pueden.

A comienzos de este año, conocí el caso de otra niñita de 5 años a quien dos compañeras arrastraron por el patio mientras gritaba que no. Nadie intervino, sólo dos amiguitos que pidieron auxilio por ella. Cuando los papás recibieron el relato, inmediatamente reaccionaron y hablaron con el colegio. Éste se comprometió con ellos, fríamente, a realizar “una actividad sobre el buen trato”. De parte de los apoderados, no hubo mayor resonancia: “no sean ‘densos’, dejemos que las niñas lo resuelvan, son cosas de niños, fue sólo una vez, no es para tanto”. Claro. Hasta la siguiente ocasión. Y la siguiente.

El “no es para tanto” que escuchamos en relación a tantas cosas en nuestro país, tiene el mismo efecto nocivo en relación a los niños y el bullying. Las posturas condescendientes o evasivas no nos ayudan; son irresponsables y enseñan nada, dejan nada. Nada que no sea temor, confusión o resignación de los niñxs frente al daño, y una soledad que ya ha cobrado suficientes vidas de niñxs pequeños y adolescentes -como resultado de suicidios- en diversos países.

El “no es para tanto” debe pesar en la consciencia de quienes lo repiten todo el tiempo. Quizás exagero, pero es un compás ético no negociable. Yo escucho frases en ese tono indolente, o pasivo-agresivo, y la distancia es inmediata, escapar ojalá, levantar un bunker de autocuidado alrededor del territorio donde ya este voto -de autoprotección- es superlativo. Así también he tratado de enseñarles a mis hijas a afinar ese radar desde pequeñas ante quienes les digan “no sufras ni hagas caso”, “da lo mismo”. No, no da lo mismo. Porque confunde. Porque aunque no siempre podamos prevenir daños y nos equivoquemos en elegir (amistades, parejas, colegas), y quizás hasta demoremos en dejar atrás relaciones abusivas o simplemente desconsideradas, a pesar de todo, la cordura no se negocia, ni los ojos abiertos, ni el poder nombrar lo que vulnera o es injusto (así sea sólo un grito íntimo, será desacato).

***

Muchos de nosotros crecimos en épocas donde el bullying ni siquiera tenía un nombre. Siendo niña, en contextos de violencia mayor, lo violento en la escuela podía pasar casi inadvertido (una ex compañera me pidió perdón siendo adultas y yo ni siquiera tenía un registro tan grave de su acoso de años). Pero sí recuerdo, físicamente, lo que sentía cada vez que un profesor insultaba a un compañero que se apretaba el labio muy fuerte para no llorar, mientras otros niños le decían “mariquita” sin que el profesor los detuviera.

Esa colisión de indefensión y crueldad quedó grabada a fuego, y como muchos padres y madres que en la niñez fuimos testigos de grandes penas en el aula, deseamos con toda el alma que nuestros hijos e hijas no tengan que vivirlas, y que junto a muchos otros adultos, en la misma sintonía, podamos evitarlo para todos los niños y niñas. Por eso, si observamos hostilidad, coerciones entre compañeros/as (soy tu amigo/a si haces esto, y si no, te pego o no juegas), no lo pasemos por alto, intercedamos, preguntémonos qué informan o pueden llevar entretejido esas conductas.

La violencia, en cualquier forma que se exprese -soterrada o descarnada-, contra quien quiera -niñas, niños, mujeres, hombres, familias, países enteros- nos prefiere distraidos, agotados. Así no podemos tomar consciencia de ella ni actuar para detenerla. No es de masoquistas el insistir en mantenernos atentos: es una forma de protegernos.

Miremos hacia los medios, los dibujos animados (la humillación sistemática de algunos personajes), las noticias sin reflexión, la escuela y los hogares sitiados por la prisa, la presión por rendir. En nuestra sociedad no es difícil reconocer formas cotidianas de maltrato, el volumen del insulto público, el desdén o el encono (y el odio como semilla), los abusos de empresas, políticos y autoridades impunes, los actos de discriminación contra niños y/o adultos de cualquier edad. ¿Respondemos ante estos hechos, o cerramos los ojos de impotencia, o nos restamos?

Lo que construimos u omitimos construir cada día, en cada entorno, deja huella en los niños que aprenden, sobre todo, observándonos a los adultos. No somos ajenos, ni es el bullying un problema sólo de la escuela o el ciberespacio. Es más vasto, nos involucra a todos. Así lo han entendido en otos países.

Una historia ejemplar es la de “Pink Shirt Day” (ver “Guía Tod@s Junt@s“). En Canadá, dos muchachos deciden no ser testigos pasivos del acoso a un compañero e inician una campaña a la que se sumaron profesores, familias, adultos de la comunidad, y más adelante, alumnos y escuelas de los países más diversos que celebran anualmente un día internacional por la prevención del bullying.

Existen montañas de datos sobre causas, efectos, detección, prevención e intervención en bullying, al alcance de un click en internet, o en materiales gratuitos provistos por organismos como Unesco o Mineduc. Pero todo el conocimiento e iniciativas del planeta serán inservibles si no existe voluntad de actuar colectivamente y desde la pre-escolaridad, como se recomienda en estos tiempos.

La prevención de la violencia en la niñez pasa, de modo inseparable, por la educación y promoción de una cultura de cuidado y buenos tratos, desde el nacimiento: acompañados por nosotros, los niños irán reconociendo y diferenciando formas de tratar, jugar y ser amigos que “hacen sentir bien” o no; aprenderán del respeto por lo diverso, el gozo de colaborar; y ejercerán el derecho a poner límites sabiendo que los adultos respaldan el recorrido del autocuidado, hacia el futuro consentimiento.

Si queremos evitar que nuestros hijos sean víctimas de situaciones abusivas como el bullying –en la escuela, la plaza, o a veces, hasta con sus propios primos o hermanos- o que lleguen a ser ellos responsables de infligirlo, o sean testigos pasivos, nuestra responsabilidad exige más que estar informados, solicitar el cumplimiento de protocolos, y compartir herramientas con nuestros hijos. Necesitamos también aventurarnos a desear, y encarnar ese deseo (votar también por él). Comienza con nuestro autoexamen.

¿Qué consideramos como trato digno?; cómo tratamos a los demás, adultos y niños; de qué manera intercedemos cuando otro ser humano es vulnerado, o lo dejamos pasar, y hasta dónde, o hasta cuándo se puede dejar pasar; y cuál es la convivencia a la que aspiramos y cuál nos resistiremos a avalar. Nuevamente, ¿cuál es nuestro límite?

Nuestro examen no está para servir a culpas ni juicios; al revés, puede ser un gran acto de amor, de inocencia también, porque podemos tener 30 o 60 años y muchos crecimos sin que jamás nos hablaran del valor del autoconocimiento, o de cuán profundamente podía incidir en nuestras formas de cuidar.

Pienso en cuántos adultos y niñxs hemos convivido, en distintos períodos de nuestras vidas, no sólo con bullies externos. Como el “niñx interior”, podríamos hablar de un bully interior, tal vez. Una presencia, un vocero inasible obstinado en demoler, silenciar, condenarnos, asustarnos hasta la parálisis. Cuánto trabajo exigió, cuánta compasión y cariño (más que alienaciones o ataques), poder traer a ese bully a nuevo territorio, construir otra relación, de amistad. Una niñita que fue mi alumna, insistía en tiempos de recreo y trabajo en aula, sola: “es que a mí me gusta ser mi amiga también”. Jamás olvidé esa frase.

Aprendemos de comunidades educativas que avanzan firmes en la prevención colectiva del bullying y la construcción de una convivencia desde el eje del cuidado y la ciudadanía humana. Es completamente posible. Sin improvisaciones y sin pausas. Los sufrimientos de la niñez suelen despertar a nuestro país en estallidos, uno, luego otro y así. En los intervalos, tanta ausencia, que debe por fin ceder su lugar a nuestro más atento y firme amor.

Ilustración de Marianela Frank, en libro de V. Jackson “Tod@s Junt@s”: La historia de David y Travis (bullying escolar, Campaña Pink Shirts Day, comunidad y cuidado de la niñez) 

Share on TumblrTweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on Facebook