Aleluya

Última noche en mi bosque.

He visto al menos una decena de ciervos, jóvenes todos. No salieron corriendo al verme, como si supieran que necesitaba fijarlos en mis ojos más hondos, para guardar su reflejo y llevarlo conmigo como un puñado de ángeles a los que agradecer en momentos sagrados o a los que invocar en indefensiones venideras.

Mis compañeros durante tantos días silenciosos de escritura en las montañas Appalachian, se quedan para irse un poco conmigo. Podría hasta jurar que adivinan el miedo que me corre por la sangre, como a ellos. Su corazón salta ante ruidos indescifrables que pudieran anunciar cazadores. A mí también me salta el corazón, aunque donde viajaré mañana, no hay cazadores. Sólo fantasmas de un pasado remoto que de todos modos despierta fugas ceremoniales, irreprimibles en el presente.

A veces no domino el timón sobre mis miedos. O quizás, nunca se termina de ganar la destreza necesaria para sortear lo que navega dentro del propio cuerpo. Tantos recuerdos, tantos lugares que creo no conocer y sin embargo conozco. Siempre vengo a enterarme de casualidad, bajo un sol de mediodía o el farol de cualquier calle, qué distracción. No evoco nada, no espontáneamente. Pero la niña que siempre me habita apunta con el dedo y pide que la saque inmediatamente de ahí. Así lo hago, y aun obedeciendo, nada detiene la cascada de imágenes y sensaciones que a las dos nos toca; que a ambas nos obliga a recordar que no siempre estuvimos a salvo, como ahora.

Cuento con mi cobijo interno e incondicional, pero un rumor antiguo lo agita. Me preparo a rehabitar una ciudad difícil, mi ciudad cuna, ciudad matadero de inocencias, de conminación a la diáspora. Me repito que no estaré sola, que mis dos hijas estarán conmigo (y feliz cumpleaños a mi más chiquita), el compañero elegido, amigas y amigos hermosos como frescos renacentistas. Noblezas no faltan; lealtades, ternuras y también fuegos: inspiraciones arrolladoras de hacer, de crear, de cambiar voces y silencios en canto. Espero poder.

El rito de mi adiós es forestal, celta, doméstico en el orden final de libros que no puedo llevarme, de fotografías que sólo quedarán en el alba. Abrigada de verde, me cala los huesos un dulce viento que debería ser forestal, pero se siente oceánico. Llega en una ola gigante, y es la vida simplemente, su arco de triunfo azulino que tal vez debería cruzar antes de que salga el sol. Por eso me apuro, cierro los ojos y salto, aunque suelo temerle al agua y no practicaría un deporte como el surf. Pero algo de su magia y habilidad me convoca en este amanecer y me empino sobre su ola llena de días, de cuerpos de halcones que se aman, de contradicciones entre certezas y arrojos, de corazón (el de la infancia y el de la adultez), de flores silvestres que crecen sobre tumbas honorables, y esas otras que me dan la bienvenida en un antiguo florero sobre la mesa del hogar.

Mis rodillas tiemblan un poco, confieso. Lloro ante el susurro bellísimo de un perdón por algo que no hicimos, que jamás debió pasarnos. Pero hay algo que me anima, a pesar de todo.

Será que cuarenta y tres años despues, soy todos mis buques blancos. Un diminuto y dorado mascarón de proa. Mi navegante, al fin.


Fotografía del título: Appalachian Club Moss