día de la madre (I)

“En nombre de las mujeres y de la humanidad, solicito seriamente la designación un Congreso de mujeres, sin distinción de nacionalidad, que se reúna en el lugar que se estime más conveniente y con la prontitud que amerita su propósito en la promoción de una alianza de naciones diversas, la resolución amigable de asuntos internacionales, y por el interés superior y general de la paz”.

Julia Ward Howe, 1870

En casi todo el mundo, en distintas fechas, se celebra el Día de la Madre. Poco se habla de su origen, ligado al activismo de mujeres que buscaban asegurar la paz, y promover el cuidado como esferas  de responsabilidad colectiva. Bienes para la vida.

Todo comienza a mediados de 1800. En West Virginia, una mujer llamada Ann Jarvis organizaba clubs y “días de la madre” para trabajar por la reducción de la mortalidad infantil, la prevención de enfermedades y de la contaminación de la leche, especialmente en las comunidades que habitaban las montañas Appalachian (territorio de la Nación Cherokee). Entre 1861 y 1865, estos grupos, o “clubes” además se dedicaron al auxilio y asistencia a soldados heridos durante la guerra civil, sin jamás realizar distinciones entre norte y sur, amigos o enemigos.

Ann Jarvis fue muy activa en conminar a las mujeres de ambas “naciones” enfrentadas (desgarrando un mismo territorio), para que depusieran sus hostilidades en pos del cuidado urgente que necesitaban quienes sufrían los estragos de la guerra. Eran los hijos de todas, los maridos, los hermanos, los nietos. Una mujer del norte podía estar atendiendo al hijo de una familia confederada, mientras tal vez, otra familia en el sur, auxiliaba al marido de la primera. Cómo saberlo. Había que estar presentes, y socorrer, aliviar, acompañar, dar refugio.

“Alguien necesita cuidados, alguien cuida”, entonces como hoy (pleno 2017, cuando aún quedan cicatrices en el Sur de los EEUU), la invocación es tan cuerda, como valiente y revolucionaria cada vez que se levanta por sobre desidias, enconos y confusiones imperantes.

El rol de las mujeres durante la guerra civil –en un ejercicio de humanidad que excedía el rol de “enfermeras”-, fue determinante de un sentimiento de profundo rechazo a la violencia y de juramento de trabajo por la paz, con todos los recursos que tuvieran a la mano. Cuando la guerra terminó, Ann Jarvis comenzó a organizar “días de la madre” que consistían en encuentros (y picnics) por la amistad y la reconciliación del Norte y del Sur. En Boston, por la misma época, la poeta Julia Ward redactaba la “Proclama del Día de la Madre” convocando a las mujeres que ya habían luchado por abolir la esclavitud, a continuar trabajando por la abolición de la guerra y de toda violencia.

En la comunidad, mediante acciones colectivas, y valiéndose de apelaciones al cuidado desde lo emocional y lo político -valorando ambas expresiones-, dos mujeres forjaban un “día de la madre” lleno de sentido y propósito social para las generaciones venideras.

Julia Ward, en su proclama, invita a todos a compartir el duelo por los muertos de la Unión y la Confederación, sin distinciones, y conmina a los sobrevivientes a ser respetuosos: los maridos que regresaban “hediendo a masacre”, no debían esperar “aplausos ni caricias”, y las mujeres de ambas “naciones” debían cultivar la mutualidad de la ternura (es la palabra que usa) y el compromiso para “nuestros hijos nos nos sean jamás arrebatados para desaprender todo lo que les hemos enseñado de misericordia y de paciencia”.  La proclama es de una fuerza y belleza sobrecogedoras.

A partir de 1872 y durante 30 años, se celebró el “Día de las Madres por la paz” durante el mes de junio. Comenzando 1900, la hija de Ann Jarvis, Anna (maestra y trabajadora social) impulsaría la campaña definitiva y más tenaz por contar con al menos un día para recordar “a las madres vivas y muertas”, junto con agradecer y relevar todas las contribuciones de las mujeres: dando vida, formando hijos, sosteniendo hogares, sosteniendo al mundo. En 1914, por decreto presidencial de Woodrow Wilson, el Día de la Madre quedó finalmente establecido para cada segundo domingo del mes de mayo. Pronto siguieron a EEUU, otros países.

En algo más de un siglo, el sentido original de este día rara vez se recuerda aunque seamos miles más, millones en realidad, de madres en el mundo. Mujeres con necesidades que no han cambiado ni dejado de ser prioritarias: el cuidado, la paz y justicia social siguen siendo indispensables para una vida vivible, buena.

Comenzando este milenio, en el mundo se calculan más de 2 mil millones de mujeres madres, de todas las edades; y los nacimientos de niños son entre 4 y 5 por segundo. Lamentablemente, al menos 800 mujeres mueren diariamente -todavía en estos tiempos- dando a luz, y un millón de bebés no sobreviven al día de su nacimiento (último reporte 2013, Save the Children). Los mejores países para ser mamá -cuentan con postnatal, permisos para cuidar, educación y salud para los niños y para ellas- son los escandinavos, y los peores están en África (con las más altas tasas de mortalidad para madres e hijos).

El promedio de edad para ser madre por primera vez es de 25 años, a nivel global, y el promedio de hijos es dos. El 55% de las mujeres con hijos menores de un año trabajan; pasado el primer cumpleaños, 72% de ellas lo hacen. Una madre con un trabajo de tiempo completo suma diariamente a lo menos 13 horas entre éste y sus tareas vinculadas al cuidado de los hijos y el quehacer doméstico. Estadísticas señalan -y me costó creerlo- que al segundo año de vida de cualquier niño, su mamá habrá cambiado alrededor de siete mil pañales, y que una mayoría de niños prescolares, estando su mamá presente, requieren de su atención cada cuatro minutos promedio en cualquier día.

Cuando uno revisa datos sobre salud maternal e infantil en el mundo, oportunidades de educación y desarrollo para las mujeres y sus hijos, el apoyo social al rol materno y el cuidado, etc., es casi inevitable que el mensaje de “feliz día de la madre” cobre al menos un valor relativo, y por momentos, casi sarcástico y hasta cruel (eso, sin siquiera considerar la presión comercial del festejo, o la presión emocional, para muchos adultos, de saludar a madres que aun con toda la comprensión del mundo, más tuvieron que ver con abandonos y daños que con el cuidado).

No es de aguafiestas o tonta grave, pero me cuesta la resonancia con este día, siempre, y no desde la experiencia íntima y luminiscente con mis dos hijas, sino desde el lugar donde observo mi maternidad -y la de cualquier mujer- en la escena de lo colectivo, en el mundo, y en mi propio país.

En Chile, no habrá cómo sentirse realmente valorada como mujer-madre en tanto no exista el debido cuidado social a la maternidad, las familias, los niños, junto a la imprescindible flexibilidad para permitir la conciliación con el trabajo fuera del hogar. Tampoco podremos hablar de respeto sin contar con el derecho a asistir a nuestros hijos si enferman (junto a las debidas licencias médicas y protección laboral), o en tanto se nos juzgue como extremistas o “frescas” si aspiramos a un postnatal mayor que 6 meses (porque con un semestre de vida ningún pequeño está en condiciones de ser delegado a guarderías o terceros) y se nos castigue en seguros de salud, condiciones de trabajo, empleabilidad, etc, etc.

Las hostilidades y puntos ciegos son innumerables, desde la condescendencia del “mamitas” (lo considero infantilizante y casi ofensivo), pasando por las desconfianzas e impedimentos para nuestro acceso al trabajo o desarrollo profesional (debido a posibles embarazos, fueros, etc), o bien enfrentando la actitud displicente de nuestras propias comunidades, y hasta de nuestras congéneres cuando hemos optado por el cuidado de nuestros hijos aun a costa de demoras o renuncias -discernidas como adultas- en relación a nuestros proyectos de vida profesional, y a muchos de nuestros sueños.

Los ejemplos de tensiones como las señaladas, en diversos períodos de nuestro ejercicio de la maternidad, son un pelo de la cola contrastados con la trama de fondo de una sociedad donde es constante la violencia contra niñas, niños, y mujeres.

La pobreza, las brechas y denegaciones de derechos a salud y educación universal para todos nuestros hijos e hijas, los abusos sexuales, agresiones físicas, el acoso, las violaciones y femicidios: queramos o no ver estas realidades con ojos grandes, sabemos que están ahí, respirándonos más o menos cerca del cuello.

Discursos y saludos oficiales (del gobierno de turno, cualquiera haya sido hasta aquí), no compensan con un “feliz día” -ni con bonos- las faltas de apoyo continuo al rol materno. No hablo de beneficencia, sino de genuina responsabilidad social ante el imperativo de la supervivencia y del cuidado de la vida, y de quienes prodigan dicho cuidado. Necesitamos que se valore nuestro hacer con actos y políticas públicas coherentes, y que exista espacio en esa valoración, para la empatía, la comprensión, la compasión que no es solo consuelo, sino también respeto y fuente de resiliencia para el camino.
 
Pienso en nuestros silencios, nuestros mundos secretos, las voces interiores donde apenas nos permitimos confesar o enunciar la primera sílaba de ciertos sentimientos. Tantas mujeres caminando por la calle mientras recuerdan emocionadas las primeras palabras dichas por sus hijos, o disectan su angustia por las dificultades de sus pequeños; y sacan cuentas sobre gastos del hogar, mientras piensan en algún sueño condicionado a gastos y deudas que parecen eternas, o se preguntan con nostalgia o preocupación cuándo fue la última vez de encontrarse con sus parejas, y si podrán o querrán hacerlo pronto (un estudio antropológico del 2012 señalaba que el tiempo promedio por hijo nacido, para recobrar plena sintonía sexual en una pareja podía tomar hasta dos años luego del parto). Todos estos diálogos íntimos, y muchos otros, serán tantas veces acompañados de esa culpa que asoma inefable, contradictoria, disputando espacio al alivio y solaz de caminar, o de ir en metro,  sintiendo que al menos se cuenta con una hora diaria, o dos, para sí, consigo.

El mito nos ahoga, las expectativas irreales, las exigencias desmedidas, las restricciones. No es poco ahogo el que nos asuela (a mí también, muchas más veces de las que querría admitir, y mucho más en mi segunda maternidad).

La buena madre, la madre eficiente, la madre consciente, cool, la madre ecológica, etc. Abundan versiones, consejos e instrucciones sobre cómo hacer las cosas bien (lactancia, estimulación precoz, formación de hábitos, el apego seguro, etc.) y no hay cómo asimilar tanta información, ponderarla -de quién proviene, desde qué contexto, desde qué hombres, y qué mujeres-, ELEGIR con cuál nos ayudamos, y  por otro lado, ser capaces al mismo tiempo de escuchar nuestro propio cuerpo, reconocer y respetar la brújula interna, los propios límites, las preferencias sobre cómo querríamos vivir nuestra maternidad, sea que podamos o no realizar esas preferencias. Al menos, deberíamos tener derecho y espacio para preguntarnos por ellas.

Cuántas veces no hemos estallado en lágrimas porque nos sentimos “la peor de todas” -“¿dónde estaba la mamá de este niño, niña?”, la pregunta infame, en toda situación, desde un chichón a un accidente o tragedia mayor-, y aun sin sentirnos las peores, sin merecer un sentimiento así, de todos modos la impotencia nos desborda cada vez que se nos juzga, también, por nuestros esfuerzos o por nuestra incondicionalidad hacia nuestros hijos, o hacia nosotras (defendiendo lo que hemos decidido responsablemente como nuestra dirección e identidad como madres). Exageradas, inadecuadas, “qué pena tu vida”, hipersensibles, banales o tontas, “lo menos feministas que hay”. ¿Cuál feminismo, si está ausente de las luchas o vindicaciones de las mujeres-madres?

A estas alturas, en lo que respecta al feminismo de la igualdad en Chile, si antes me sentí distante -y solía establecer la distinción de “feminista de la diferencia”-, a mis casi cincuenta años es cada vez mayor mi resistencia a definir o definirme como nada que arriesgue separarme o confundirme de la forma en que sólo yo sé podría hacerlo, y no quiero, y por eso cuido tanto mi límite (uno que se volvió tanto más lúcido luego de conocer el viral realizado por activistas chilenas, “Obligadas a parir 1” que además de violento como solo puede ser el video de la violación de una niña, hizo su debut en las redes sociales sin siquiera una advertencia preventiva de evocación traumática para víctimas de violación y abuso sexual infantil, y la rectificación posterior, por cierto valorable, no revierte el impacto que ha tenido en sobrevivientes ni detiene la reflexión obligada sobre el uso de una violencia para combatir otra).

Desde los más diversos frentes, pareciera que las mujeres madres estamos bastante solas; que nunca podremos hacerlo suficientemente bien. Y malamente llegaremos a sentirnos en un lugar seguro y confiado en relación a nosotras mismas si nos perdemos entre tanta confusión, tanta negación de nuestras experiencias, de nuestras formas preferidas de ser madre, nuestras posibilidades o estilos de crianza, y del imperativo de aceptar que en el recorrido con nuestros hijos, a veces nos sentiremos en la gloria, y otras, en el acantilado, sin necesidad de terceros para elevarnos, amonestaros o reventarnos (en vez de acompañar el cuidado o de relacionarse desde ese ética).

Por cuenta propia, tal vez muchas nos reprocharemos por la dificultad en disponer mejor de nuestras vidas para verdaderamente acompañar cada ciclo de nuestros hijos (mientras otras madres ni siquiera podrán elegir nada, desde el agobio de su realidad), o por no jugar lo suficiente con ellos, o por haber permitido más televisión de la recomendable, o porque cedimos de puro agotamiento en vez de reforzar la norma o reprender, y hasta dejamos pasar más de una falta y para peor, les hicimos un mimo después, o un “regalo” (¡encima lo premias!, cuántas no hemos escuchado esa amonestación), quizás de puro amor o distracción (por olvido del mal rato), o culpa, otra vez, porque hicimos, porque no hicimos, porque más de una vez nuestros hijos nos escucharon gritar o discutir, o nos vieron llorar de fatiga, frustración, o por penas adultas que aun circunscritas a un closet o un baño mordiendo la toalla, y pese a todo nuestro esfuerzo y cosmética de urgencia, no pasarán inadvertidas.

Pero si nos equivocamos, y nuestros errores no cuentan con malla ni red ni comprensión de nuestros entornos, ojalá entonces tengamos la piedad entre nosotras, al menos, de recordarnos que no por ello somos malas madres o malas personas, y nos permitamos considerar que nuestros niños podrían aprender algo más valioso de una mamá amorosa y capaz de mirar sus conflictos, sus miedos, incluso sus fracasos (con el respeto que también merecen), que de una mujer que cancela o suspende la humanidad de sus crisis, sus ritmos corporales, sus dilemas, sus deseos, por ser “la mejor de todas”, o por parecerlo. En ambos casos, la energía requerida es sobrehumana.

Tendríamos que decirnos, advertirnos unas a otras estas cosas, cuidarnos mutuamente. Hablar con honestidad a las mujeres más jóvenes que no son madres todavía, y a las más maduras que también pueden estar tomado esa decisión; y hablar con honestidad entre nosotras, pedirnos ayuda, y hasta “ternura”, sin temer al juicio de nuestras semejantes (y no podemos controlar esa variable). Y aun cuando nos juzguen, resistir cuanto podamos la tentación de restarnos de la conversación sobre lo que significa, sinceramente, el ejercicio de la maternidad para cada una. En ese silencio acorralado -por comprensible y sensato que sea frente a ciertas estridencias y vociferaciones-, a más de alguna mujer madre dejamos sola, completamente a la deriva de sus dudas o dolores. Y junto a ellas, también a sus hijos.

Una de mis mejores amigas de la vida, es una abogada norteamericana que ha dedicado su vida al apoyo de madres en diversas condiciones de vulnerabilidad extrema, de quiebre vital. En la cárcel, trabajó con madres que han asesinado a sus hijos, mujeres con las que pocos quieren hablar o escuchar sus historias, y a las que prácticamente nadie querrá recordar o compadecer como haría con otras semejantes, otras prójimas. De edades distintas, y con situaciones muy precarias unas, y otras, privilegiadas, un elemento que se repetía en todos sus relatos era la soledad y carencia de soportes sociales en el cuidado de sus hijos.

Algunas mujeres eran jóvenes e inmaduras, sin competencias para cuidar y sus hijos murieron por negligencia; algunas padecían de enfermedades mentales; y algunas planearon y ejecutaron los asesinatos, en conjunto con sus propios suicidios (fallidos), o a sangre fría, las menos. Sin embargo, en todas sus experiencias, las ausencias de apoyo y de atención colectiva -que habría prevenido mucho más de una muerte para esos niños- eran una constante para estas mujeres, y ello no provee ninguna justificación para sus crímenes, pero sí obliga a una reflexión sobre cuánta soledad, cuánta profundidad tiene la fosa de un abandono del que muchas apenas vivenciamos una pequeñísima parte en comparación, y que a otras madres, y a sus hijos, los devora completamente.

***

“Toda persona que se compromete en responder a las necesidades de un niño, y hace de esta tarea de responder una parte considerable de su vida, es una madre”, dijo Susan Ruddick (QEPD), filósofa norteamericana que al igual que Carol Gilligan, definió la actividad del cuidado de cada nueva generación de niños como la más determinante y transformadora del curso de la humanidad. Una actividad capaz de llevarnos hacia formas más civilizadas y éticas de convivencia.

Para la paz, dice Ruddick, se necesita un “pensamiento maternal”, o una “ética del cuidado”, en palabras de Gilligan. El pensamiento maternal y el cuidado ético son proposiciones inclusivas que no distinguen entre mujeres y hombres, madres o padres, ni entre individuo y colectivo, cuando se trata de la responsabilidad de cuidar a niños y niñas, y de velar por la integridad de nuestro propio recorrido como humanos.

En cada elección y decisión del cuidado, los seres humanos estamos alimentando ciertas formas de percibir la realidad, de comportarse y de mirar al mundo, y quien cuida, no sólo influye de modo gravitante sobre el niño o niña de quien se hace responsable, sino que asimismo, vive una transformación de su propio ser, en sus ideas y valores, en las relaciones que construye (o de las cuales prescinde), justamente gracias a la relación con ese niñ@. Así, personas que anteriormente no solían pensar, por ejemplo, en el medioambiente, en las injusticias sociales o la violencia, se encontrarán reflexionando, y quizás tomando posturas y actuando al respecto de temas que resultan esenciales para el sostén de la vida y el desarrollo de sus niños.

Las proposiciones del cuidado no ignoran nuestros límites personales o sociales, nuestra  falibilidad, el hecho de que siempre existirán personas mejores o peores, o más o menos competentes para proteger, criar y educar a cada nueva generación. Lo valioso de observar, es que más allá de eficiencias o deficiencias personales, tiende a ser constante la atención o preocupación adulta por el entorno en que crecen nuestros hijos niños y jóvenes.

Si hay escasez de alimentos, si la educación no es de calidad, si hay una epidemia y no se cuenta con acceso a vacunas, si existe bullying o casos de abuso en el colegio, si la contaminación del aire está alta o no, si la drogadicción es un problema presente entre los adolescentes de una comunidad, todas éstas son situaciones que más o menos de forma unánime activan la alerta de quienes desarrollan el “maternaje”, o el cuidado ético.

Desde un sentimiento maternal, decía Ruddick, los humanos reaccionamos frente a señas y riesgos de agresión sobre nuestros niños (y muchas personas que no reaccionan, no significa necesariamente que no les importa, quizás no saben cómo, no encuentran cómo).

Desde un pensamiento maternal, no podemos concebir que niños, niñas o adolescentes deban ser partícipes o víctimas de guerras, abandonos y hambrunas, y de tantas otras precariedades y trasgresiones propiciadas por la acción u omisión de nuestras sociedades, la confusión también, inconmensurable, entre lo que cuida y no, entre lo que nos conecta y desconecta como humanos (así permitimos a gente morir en un sistema de salud que decide, básicamente, quién vive y quién muere), entre lo que es violento, y no lo es.

Hemos avanzado como humanidad, y como país también, pero la disociación, todavía, entre las éticas de la justicia y el cuidado es un impedimento tanto como un desafío. Y no basta redactar proclamas y legislaciones, o defender derechos, sin respaldo social efectivo, palpable, cotidiano, en el ejercicio del maternaje, de la maternidad, de la parentalidad y del cuidado de nuestros niños, y el nuestro (para poder cuidar). El poder -o “el sistema”, o como ud quiera llamarlo- es grande, codicioso también, pisa muy fuerte y no es sensible a las necesidades del cuidado. Pero nosotros sí somos, sí podemos serlo.

Recordar en este día de la madre, sus raíces en el activismo y la defensa del cuidado como un bien público y una herramienta de paz, creo es como siempre, y acaso más que nunca, imprescindible. Tarjetas y flores se agradecen (como todo gesto amoroso), pero mucho más la certidumbre creciente de “estar juntos en esto”.

Share on TumblrTweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on Facebook