duelos del cuidado

Hay duelos que viven con nosotros por el resto de nuestras vidas. Algunos acurrucados en lo más profundo, hexagramas en la sangre, la piel, iniciales adoradas, escudos de armas. Ecos sanos de voces y risas capaces de salvarnos de todo. Honor y amor, a manos llenas.

Otros quedarán grabados a fierro caliente y estocadas salvajes, con clavos y corchetes, con pedazos de carne menos, rotas las rodillas. Nuestros Frankenstein, nuestros verdugos,  espectros horripilantes a los que jamás queremos despertar (como si dependiera de nosotros).

Nos hablan de “superar” dolores y traumas, pero no sirve ese verbo. No se “supera” la muerte de alguien amado, una violación, un hogar arrasado, las desapariciones de niños o adultos. Las pérdidas, las heridas morales, necesitan otros verbos.

“Love betrayals” en clave de cuidado ético. Alguien me dijo hace unas semanas, bisturí en mano,“pero yo te quiero mucho”. “También yo”, y aquí me despido. En el abuso, la voz -diga lo que diga, implore lo que implore- es inútil. Cuando llega a serlo en el cariño, en la amistad, ya sé qué debo hacer. Adiós. Primero la cordura. Adiós. Después la gasa, el agua con azúcar. Sollozar. Todos los adioses del mundo. Sin olvidar, sin retroceder, poder descansar.

Me urge descansar. No más alarmas encendidas día y noche; ese peligro que se siente terminal, aun sabiendo que ya no lo es. Pero es el cuerpo. Sus recodos. Sus grutas. Terminaciones nerviosas que se sueltan de la mano, mientras otras se afirman a la vida con sus uñas y dientes de leche. Me han arrebatado las palabras más sagradas, pero no mi grito de guerra en la peor pesadilla. La bocanada que quiere ahora anticipar el grito de una mujer adulta, con la fuerza de mis cincuenta años, radicales en su amor y la consciencia que han ganado frente a los abusos. Carbón en la cara, arcilla, pintura combatiente. I am at war. Ninguna niña, ningún niño, ningún instante en el mundo debe existir en que un cuerpo pequeño sufra esos segundos dedicados por un cuerpo enorme a desabotonar, desvestir. Cuánto terror cabe en un ojal, un cierre. Saber, por el resto de la vida que eso no lo quiero para nadie. Ninguna de mis hijas. Ningún hijo.

El estupor que vuelve. Su descarga séptica.

Invierno infame, rompemariposas. Nos dejó sin tiempo suficiente para agradecer ni asimilar ceremonias que debieron ser inolvidables; hitos históricos que sucumbieron a vendettas imposibles de borrar. Tanto pedazo de máscara en el suelo, tanto recuerdo empañado. Tanta elegía inerme.

Una traición puede desordenarlo todo. Dañar tanto. Dejar sueltas a las ánimas que más nos asustan (el padre, los hunos, sus amigos), a paso de zombie por la casa, la calle, en pactos deplorables y hermosos libros infantiles, en medio de cerezos floridos y árboles a medio talar. No saben a qué vienen: no tenían que venir. Llegaron de la mano de personas que eran queridas. Y no alcanzamos a escondernos bajo los muebles (no cabemos ya).

La memoria atravesada en el pecho.

La última cueca de mi hija menor en Chile, su vestido floreado y un ensayo final la noche anterior (“no entiendo la vueeeeelta”, dice). Puedo derretirme de ternura con sus festejos escolares, y no perder atención solemne en la Cueca Sola que se escucha y baila el mismo día, en las afueras del palacio de gobierno, por la agrupación de familiares de detenidos desaparecidos. Ambas cuecas son tan necesarias como agua y pan, amor, aire. Despiertan la vida, de distintas maneras, pero la despiertan.

El cuidado en movimiento, love like law. Buscar puertas, ventanas, lo justo y lo bello. Buscar también en el moho, la niebla, en códigos severos, entre ruinas, remordimientos, en historias de horror e injusticia, en medio de la fatiga y la angustia. Lo marchito y derrotado, si respira todavía, merece atención, compasión. Un pulso quebrado sigue siendo un pulso (no lo sabremos bien luego de todo lo que hemos vivido). Sacar adelante una ley, un poema, el hogar. Todo es importante. Los vínculos y la mortaja, los laureles enterrados. Todo.

No hay brío que perder, que despreciar. Todo puede servir en el deseo de una vida vivible, una vida mejor. Podemos inventar, transformar, con tantos elementos. Reciclar basura no es sólo una urgencia ecológica, sino una acción que se nutre del ingenio y nuestros juegos durante siglos. También en este milenio:  Richard Turere, un niño en Kenya, salvó a su aldea –y muchas más- armando y desarmando viejos artefactos y baterías para entretenerse, y luego crear algo que sirviera al cuidado de todos. Un sistema de luces titilantes que evitara ataques nocturnos al ganado, y a los propios leones a quienes se solía exterminar para proteger a la tribu. No dañar, no abandonar.

No victimizar. No re-victimizar. ¿Se entiende o no todavía? ¿Qué más necesitamos explicar?

Seis mil millones de palabras y las necesitaría todas, en todos los idiomas. ¿Cómo volver a enunciar “confiar”, confianza? No habrá pegamento para lo que ha estallado en pedazos minúsculos e incontables (un abusador habla de “cuidar el corazón de los niños” urbi et orbe, pero el mensaje es para Chile). Aquí es sólo duelo. Sólo nunca más. Sin estridencia, sin soberbia, sólo un derecho ejercido. Un alivio noble. El calendario necesita estirar horas y días para vivir todo lo que falta. No queremos perder ese tiempo. No en el odio. No en el replay de tanta trasgresión.

“Lo barbárico resplandece bajo la superficie de toda piel humana” escribió Jorie Graham. No descartemos crueldades posibles; ajenas ni propias. Seguirán existiendo situaciones en las que no nos conocemos todavía (ojalá jamás). He debido repetírmelo como nunca en estas semanas. A merced de. Al cuidado de. La distancia insalvable entre uno y otro vínculo con mis semejantes. ¿Y el perdón?

La voz toma su lugar a empellones. El lápiz clavado en la cabeza, flecha de grafito que  yo misma podría partir en dos para que se calle, me deje en paz. Pero prefiero esperar, preguntar más. Preguntarme.

Qué rabia es ésta. Sólo a mí me importa la distinción: desesperación o esperanza. Para que pueda quedarse en mi cuerpo, respirando urgente y serena, mi rabia digna, su frente en alto, su pecho en alto. En alto mi amor, cada día tan mayor (como escribió Cecilia Casanova). A pesar de todo.

Un halcón mira de frente, se sostiene íntegro pese a la flecha que lo horada.

Cada año, las aves heridas. Patos silvestres, lechuzas, águilas, halcones. Cazadores miserables las crucifican en pleno vuelo, de lado, por la espalda. El año pasado, uno disparó a un halcón colirrojo cuya imagen se viralizó en días previos al huracán Florence. Nada impidió el llamado de las autoridades en Alabama -y estados vecinos- a la búsqueda del agresor. Nunca supe si tuvo el final esperado (si alguien que lee tiene noticias, le agradecería tanto contarme).

Me doy cuenta que al escribir “final esperado” no sé bien a qué me refiero. Divago entre la cárcel, una golpiza, una flecha inclusive y me perturba mi mal deseo. Que no sea físicamente capaz de defender la moción e irme con un arco improvisado o una ballesta a perseguir cazadores, no me absuelve. He sentido algo parecido antes, con otros agresores, con sus cómplices, sus encubridores, sus portadores de panderos y candelabros, la comparsa macabra que festeja destruir al más indefenso, u olvida que existe, una y otra vez.

Un denominador común se repite: y sé que decir hombres podría sonar demasiado, demasiado resentido, amargado, demasiado todo. Eso diría la voz patriarcal -no la voz relacional del cuidado- que es la voz de las pérdidas, de los fragmentos. La razón disociada de emoción, los peldaños que nos separan, la autoridad impune, el espejismo de méritos y privilegios irreconciliables con el derecho humano al cuidado, a la vulnerabilidad, esa que niegan fuertes y déspotas a “otros” dispensables, silenciables. Violables. Niñas, niños, mujeres y también hombres, los heridos de un orden que nos confunde y desampara. “No es para tanto”. Pero es.

En estos días afónicos, busqué la foto del halcón. Ha pasado un año y todavía querría haber sido yo quien lo encontrara. Una experta explicaba que el colirrojo podía continuar vivo –si la flecha no había comprometido órganos vitales- pero sólo hasta que se enredara en la copa de algún árbol y ahí muriera. En el mismo lugar del nido. Paradojas desgraciadas. Quienes debían cuidarte, tratarte con decencia humana si no pudo ser con amor, te dañan deliberadamente. Bastaba ser el prójimo, el vecino, uno más en la humanidad. Pero fue el violador. Y violar no es siempre en carne y hueso (pero es). Se violan posibilidades, lealtades, empeños, latidos, pueblos enteros. La confianza.

Nos sentimos seguros con algunas personas, por la sangre, las luchas de vida, aunque nunca fue escrito que entre heridos debían correr otras consideraciones, otras solidaridades –nunca menos que con cualquier ser humano. Y no las hubo. Lanzan la flecha y esconden el arco, la mano: eso no se hace, no entre veteranos de ciertos caminos (nunca héroes, nunca santos), no, mil veces no, a nadie. No me urge definir mi error -¿exceso de cariño, de ingenuidad, negligencia?- no ahora. Quizas mañana.

Hoy quiero aprender otras cosas: de los árboles, de los humanos niños. De animales y sus crías. En centros conservacionistas del estado de Georgia, hemos compartido con el lobo, la madre venado, los gansos de ala rota, las crías extraviadas. También los halcones. En mitos que se asumen cherokee, nos contaron que ante el acoso de otros pájaros, los halcones no desviaban su atención y seguían volando porque defender la propia ruta es siempre más importante. La caza es distinta; otras esperas y vigías desde lo más alto del bosque: no vuelan para cazar, sino sólo por volar. Un albedrío que sí puede interrumpir la amenaza a los suyos (sus polluelos, su pareja que es una sola en la vida). Eso puedo entenderlo. Agradecerlo.

El año pasado, manejé horas en medio de sirenas y noticias del huracán Florence que se aproximaba a la costa este. Sin ver halcones. Pensando en el de la flecha. Quizás los vientos lo obligaron a guarecerse, y es lo que debimos haber hecho también. Pero no pude sentir miedo, no allá, no si cada árbol del camino me abraza como jamás una madre, un padre. En la antesala de este penúltimo viaje, antes del regreso definitivo a casa (al fin), me salta el corazón esperando ese abrazo, su efecto sanador.

Un pasillo verde, honorable, que te ve pasar con tus cortes, hematomas, llantos de triunfo y derrota, el barro y el polvo de estrellas pegados a la piel. Un pasillo interminable, bien dispuesto, que sólo declara su presencia incondicional.

Ando con pasillos a flor de piel hace mucho.

En julio, días antes de la promulgación de la ley por la imprescriptibilidad, debía comentar una nueva edición de la serie BASTA! +100 escritores contra el abuso sexual infantil. Hubo dos presentaciones brillantes, genio literario puro. Confieso que lo que llevaba escrito me pareció muy poco y decidí improvisar. Vino a mi mente el episodio de Grey’s Anatomy que había visto apenas hace unos días. Uno donde sólo las mujeres del hospital acompañaban a una paciente víctima de violación en su trayectoria a pabellón. Un pasillo seguro, solidario, nada que decir, todas sabemos, todas podríamos ser parte de ese pasillo. O lo hemos sido ya.

“Si todavía tenemos que enfrentar estos fracasos, necesitamos que así –como en este pasillo- acompañe la sociedad toda a los niños, niñas, jóvenes, mujeres y hombres víctimas de violencia sexual”, digo mirando a los ojos a Pía Barros, maestra, mientras me pregunto si le parecerá que el último discurso de la velada aluda a la televisión. Asiente. Los nervios se esfuman. Y encuentra cauce la voz que invoca al colectivo, su presencia, un pasillo donde nadie hace como que no ve ni se habitúa a ver el horror, ni lo relativiza (dependiendo de quién cause los daños, quién los reciba). Recuerdo ese día y me emociona, creer a mis años que todavia pueda haber cielos donde no podría tumbarte ninguna flecha ni palito de helado siquiera.

Caer al suelo. Levantarse. Reconocer la crisis, el quiebre final. No me consuelo ni racionalizo hablando de “oportunidad”: creo en ellas con todo mi ser, en las lecciones ganadas con cada experiencia, tanto como creo en las nubes, mis hijas, el olor a ropa recién tendida, a leche asada, mis defectos, mi derecho al tiempo.

Tiempo para aflicciones y gozos. Tiempo para terminar de formar un pulmón, los oídos; para curar un resfrío o una fractura; para acompañar a alguien a morir, y a nosotros más de una vez: cuando niños, cuando grandes. Tiempo de supervivencias. De añorar y desplegar el vivir. Crecer y envejecer, conociendo y reconociéndose en el placer. Negarnos a su expropiación. Alegrarnos si puede ser compartido.

Tiempo para contemplar progresos y lentitudes. Para escuchar la voz y no la turba. Para tratar de no perderse en la desazón ni en la gloria ni en falsos altares. Levantar casas y nidos (y elegir no hacerlo sobre escombros y mentiras). Tiempo para decidir qué, quiénes, y declarar sí con todo aplomo, o NO, con esas personas no (las que pueden sonreír mientras te rompen las alas, y peor, las de tantas niñas). Ni un centímetro concedido.

Otras deliberaciones sí. Qué cuida más, qué no cuida. Qué puede sostenerse: solos: nada. Juntos, podríamos. Basta una persona querida cerca, y la calle tétrica y oscura gana algo de lumbre. Basta una persona dispuesta a escuchar lo magnífico y lo horrible con igual respeto: para los niños, un adulto sensible, estimulante –conocemos decenas de historias-, uno al menos, para cambiar completamente un destino. Y con cada vida, la de toda una comunidad.

Qué necesito, qué consiento, cómo cuidamos de un niño, una amistad, un paciente, los bienes de todos, las etapas iniciales y finales de una vida, todos los seres. Qué hay de la dignidad, la integridad; de los posibles efectos –benéficos y no- de nuestras decisiones. Qué hay de nuestras voces (“We have a duty to act as reverberators by writing the history of this century’s pain and sorrow” dijo Helene Cisoux), nuestros susurros e invocaciones a todo volumen. Nuestras insistencias hasta lograrlo.

Escuchar con todo el cuerpo.

Alguien me dijo que el margen de atención actual para relatos de la realidad –escritos o audiovisuales- no superaba los seis minutos y no sé cuántas palabras (muy pocas). ¿Será así? Con razón, me digo. Tantas cosas: con razón. La violencia. El poder. Tanto de su lado. Tan poco del nuestro. Hay que aprender de los niños. ¿Por qué siguen haciendo guerras?, nos preguntan. ¿Por qué incendian los bosques, por qué secan el agua, por qué atacan los adultos a una niña como Greta Thunberg? Cómo si no supiéramos a quiénes y a qué sistema debemos el grueso de las pérdidas en el único hogar que tenemos. Y a pesar de nuestro pasmo o nuestra vergüenza, también sabemos de quién somos hijos. Ahí estamos todos, en la bolsa de canguro de la tierra, intentando aferrarnos a su vientre, su regazo, su espalda, cachorros todavía en medio de milenios. Tratando de entender, de actuar, aunque apenas si hemos dilucidado qué significa ser responsables, o ser libres. It takes a village.  Para perder el miedo, para defender el vivir. Podríamos no hacerlo solos, solas. Ya no.

Qué cuida. Qué no. Millones de veces la misma pregunta, el desacato que encarna. Toda su esperanza.

Acompañados, atrevernos a preferir, declarar ese deseo. No más robo de energía, dijo mi hija mayor el 11 de agosto pasado. “Ya no puedes borrar lo que has visto, lo que sabes”. Sus ojos no perdonan el periódico que sostiene frente a los míos. No transa su protesta de cuidado. Tampoco su respeto por mi luto. Eso es amor. La advertencia. La dulzura. Los límites cristalinos de una voz que libera a la mía. Escucho más alto y claro, semanas después, cuando me doy cuenta de otras omisiones.

He leído decenas, quizás cientos de veces la obra de Mary Oliver. También A thousand mornings. Pero sólo hace muy poco me di cuenta que visité estos versos como si hubiesen sido escritos en blanco: He wanted a body/so he took mine./Some wounds never vanish/Yet little by little/I learned to love my life. El poema, HUM, HUM, dividido en siete partes. La  número 4: “OF THE FATHER”.

Lo vi después de encuentros con mujeres amigas, hermanas (y algunos hombres hermanos del mismo modo). Las experiencias más reparadoras del último tiempo. Some wounds never vanish/Yet little by little/I learned to love my life. Sanar con trocitos de pizza, con mensajes y fotografías a cualquier hora, con verdades difíciles, llanto y risas francas a plena luz. La promesa de protegerse unas a otras, otros, toma tantas formas. No dejarse amilanar. No abandonarnos. Así podemos volver una noche cualquiera a casa y encontrar en nuestros libros antiguos, los versos que antes no pudimos ver, los pasillos que hemos debido cruzar. Vacíos algunos (escaras, desechos; las tiras de uniformes y sotanas, los arsenales malogrados). En otros: bandadas, con y sin flechas en el pecho, las presencias que  nos cuidan y que juramos, aun al fragor de nuestras peores pérdidas y duelos, también cuidar.

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