puede ser difícil, puede ser distinto (día de la madre)

Existe una flor cuyos pétalos son tan sensibles que cuando llueve o entran en contacto con el agua se vuelven transparentes (video). Su nombre es Diphylleia grayi, pero es más conocida como “flor de cristal” o “flor esqueleto”, y crece en las montañas boscosas y húmedas de las regiones más frías de Japón y China, y en mis amadas Apalaches en Georgia. No sé si en contacto con lágrimas humanas se volvería cristalina, pero me rondó esa idea todo el día de ayer, un día de flores, muchas flores que se regalan por el día de la madre. Pienso en un niño en particular. En otras flores a su lado.

En marzo recién pasado, murió una querida amiga. Ayer en casa la recordamos mis hijas y yo, más que por ella, por su niño que enfrentaría un primer día de la madre sin tenerla cerca. En su colegio no realizaron mayores actividades ni escribieron tarjetas, menos mal. Sin embargo, no sólo por él, o por otros hijos e hijas que han perdido a sus madres, es necesaria la reflexión sobre el rol de todos, y especialmente de la escuela en días como éste (o como el día del padre, y quizás otras fechas también).

Encontramos un gesto de cuidado en la consideración de las diversas historias y sentimientos que pueden estar viviendo niños y adolescentes, y que podrían sustentar la decisión –desde el mundo adulto, en familias o escuelas u otras instituciones- de no intencionar ni forzar ceremonias o agasajos que para algunos podrían resultar especialmente complejos o dolorosos. La memoria de la niñez podría ser boreal, llena de rocíos, o muy oscura y sofocante. También para algunos adultos puede ser difícil un día de la madre. Escucho a pacientes sobrevivientes de abuso sexual intrafamiliar recordar de su niñez tantas tarjetas escritas entre lágrimas y furias para el día del padre, y de la madre también (una presencia que para muchas mujeres es un duelo en vida).

En tiempo presente, niños y niñas en Sename, o separados de sus familias en medio de procesos de migración o consecución de la residencia en un país que será el nuevo hogar. Niños viviendo batallas campales entre sus padres y madres que se separan, o tratando de entender una enfermedad terminal que no saben a ciencia cierta, pero intuyen, podría dejarlos huérfanos. Cada año, además, un grupo de mamás y papás comparten su angustia y la de sus hijos e hijas por negarse a pintar, en el colegio, un saludo para el progenitor/a que los abusó o maltrató gravemente. Recuerdo mi propia época escolar, con rabia y pena en clases de arte, siendo muy chica, y luego un poco más grande, con un sentimiento rebelde y culpable, a medias convencida de destinar mi alcancía a algún regalo que mi abuela nos llevaba a comprar en días previos a celebraciones de la semana del niño, o los cumpleaños de mis padres. La tensión del amor, no amor, puede ser difícil de sortear para un adulto. Para un niño es invivible.

No pienso en los casos de abuso solamente, ni en los silenciamientos que hacen tan difícil para un niño o niña declinar su participación en las típicas actividades de artes manuales o desayunos y actos especiales que se realizan en estas fechas, ya sea en jardines infantiles o escuelas, o en espacios laborales. Hay tantas historias: hijos cuyas relaciones con sus madres o padres, sin ser abusivas ni vulneradoras, son confusas o tristes, o tensas, o tan llenas de soledad. O simplemente contemplar estaciones afectivas donde el cuerpo siente más alas y cauces, y otras en las que hay más cansancio, o todo anda un poco trémulo, o agrisado, sin saber bien por qué, o sabiéndolo muy bien y de ahí que necesitemos cuidar nuestros límites. Darles cobijo, también. El autocuidado se cultiva desde pequeños, pero necesita poder practicar en el tiempo.

Hay días mejores, días más ásperos. ¿Se puede de todos modos presionar al cariño, su voz, o gobernar la gratitud según términos ajenos? Podría haber motivos, me lo pregunto, quiero contemplarlos; ir a ese lugar para entender de posibilidades que ignoro todavía. Quizás situaciones extremas, fuera de lo ordinario; momentos de fragilidad en los que concedemos lo inimaginable, pero porque elegimos conceder. En la deliberación está toda la diferencia. Nuestro ser: acto de decidir. En la infancia no está a nuestro alcance.

Vuelvo a los niños, al respeto incondicional, el margen tanto más diminuto de elección del que podrían disponer y ahí cobra sentido poner energía en al menos pensar cómo hacerlo de tal forma que el mensaje ojalá nunca llegue a ser “no tienes espacio ni el derecho a la emoción, al sentimiento que te nace”, del mismo modo que tanto hemos invocado el derecho a no forzar la expresión del cuerpo y a honrar sus límites, sus preferencias, por ejemplo, en cómo saludar, cómo vincularse desde ese hogar primario, con el hogar-cuerpo de los otros, su integridad, el  paisaje que puede llevar consigo cada ser humano. Nuestra delicadeza. Si los niños fueran como la flor de la que hablaba, tal vez entenderíamos. Veríamos mejor.

En algunos países como Canada y EEUU se ha discutido la cancelación de toda actividad escolar de día de la madre o del padre por respeto a la esfera de los afectos y preferencias personales de los estudiantes -y ésta es una razón esencial-, y por respeto a sus familias, a las historias, a la experiencia que vive cada ser humano niño o niña, muchas de las cuales no serán del todo conocidas por sus maestros. Las muertes son casi siempre un desgarro conocido. Ese motivo podría ser suficiente. Pero hay otras cicatrices, que sin ser la muerte, llevan el potencial de abrirse y volver a sangrar, a doler, hasta que se complete una vez más la tarea de cerrar (aunque nunca definitivamente).

He leído argumentos en columnas de medios extranjeros sobre todo, escritas generalmente por educadores y profesionales de salud mental, en favor de separar totalmente la celebración del día de la madre de la escuela, y también en defensa de conservar la actividad artística pero sin apelar al deber de saludar o agradecer y expresar afecto, e inclusive omitiendo mencionar el “día de”, para dejar que el azar y la libre inclinación sigan su curso: quizás algunos estudiantes, como iniciativa personal, usarán su creación como saludo o regalo, y otros, sencillamente la abordarán como un ejercicio más, en el aula. Alternativas que cuiden, puede haber muchas más. Cada tiempo, cada ser.

Estoy muy consciente (y lo he disfrutado por 31 años) de que en la experiencia personal de cada mujer y cada hombre, de cada persona que ha estado comprometida con el maternaje, se recibe con amor y alegría todo regalo y gesto de cariño de parte de los niños, desde una mirada o palabra al pasar, hasta las obras realizadas con sus propias manos. En nuestros hogares, lugares de trabajo, en nuestras agendas, mochilas o carteras, recordamos esas ofrendas: cajitas hechas de palos de helado, muñecos de pompones, los dibujos (tantos dibujos), las fotos en marcos de goma eva o papel de aluminio, los porta-lápices de greda.

Regalos adorables, amados, que en realidad ni siquiera necesitan de un día especial porque pueden llegar en cualquier momento por un impulso, o un deseo de los niños de manifestar su afecto de una manera preferida (algunos a través de las artes plásticas, otros cantando o invitado a sus papás o mamás a caminar, o a leer un cuento por enésima vez). Pero creo que, en relación al espacio del jardín o la escuela, ahí donde se encuentran los hijos e hijas de todos, hay una oportunidad para la reflexión o la creatividad en la forma de plantearnos estas fechas. Hace años viene siendo un pedido, al menos en asesorías a colegios y encuentros con docentes y familias –y con el propio ministerio de educación en años anteriores- lo he compartido.

Sé de lugares donde ha surgido la misma necesidad de revisión, pero recién este año me ha llamado la atención, con significativa mayor frecuencia, el relato de las propias familias sobre jardines y colegios donde no se celebró el día de la madre, o en los cuales se realizó alguna celebración por “la familia” en toda su maravillosa diversidad. Se me llenó el cuerpo de alegría imaginando estas ceremonias de homenaje a la actividad del cuidado, comunitarias, inclusivas. Hermosas.

Todavía no he sabido en Chile, de instancias en las cuales también se comparta o recuerde el origen del día de la madre (ver historia aquí) en el activismo de mujeres del siglo pasado, comprometidas con el pacifismo, el fin de las guerras, y el cuidado de los hijos de todas y todos (incluidos estados enemigos en tiempos de guerra), o que abran la conversación acerca de la actividad del cuidado de las nuevas generaciones, del maternaje (en la noción de Sara Ruddick, que no distingue entre géneros para cuidar) y su portentosa y emocionante responsabilidad colectiva. Pero hay signos ya de otro tiempo. Y la esperanza tiene porfía e imaginación de sobra.

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Fotografía: Diphylleia grayi 

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