Cordura y rebeldía

En clave mamífera, humana, protectora, dispuesta a prevenir y detener daños, a reconocer vulnerabilidades, es casi imposible no notar el aire enrarecido en estos días.

A cierta edad tenemos la capacidad de distinguir entre claridades –seguridad, riesgo, buen trato, maltrato, amor, no amor- que nos ayudan a orientarnos, a decidir cómo querríamos vivir, y cómo no querríamos.

A cierta edad, también, podríamos tener la capacidad de distinguir entre heridas accidentales y deliberadas. La indiferencia, la negligencia, la omisión de otros que sufren, son formas de herir y son deliberadas.

Desde que se anunció la visita del máximo líder del Estado Vaticano –entre confusiones acerca del carácter político o pastoral del evento- el malestar ha mutado semana a semana. Ciudadanos, felibreses, pacientes, sobrevivientes. Tanto sufrimiento que ha sido ignorado deliberadamente. Barrido bajo la alfombra que recibirá a Francisco I. Corresponsable de abusos sexuales. 

Evitar sufrimientos que sí sean evitables. ¿Es acaso tan difícil situarse desde esa disposición, tan sacrificado pensar en las víctimas de abuso sexual?

Aunque desconocemos las cifras completas de abuso infantil –sexual, psicológico, moral– a nivel mundial y por denominación religiosa (ni monjes budistas ni hindúes se eximen, y la propia Madre Teresa jamás intuyó los abusos cometidos por su consejero espiritual, el sacerdote Donald McGuire), sobrecoge y escandaliza su alcance en la Iglesia Católica, así como la feroz indiferencia que ésta ha demostrado. ¿Cómo puede hablar del amor de Cristo, o de nadie? Aquí no. Quizás en otras esferas. Pero aquí NO

No quiero volver a lo que ya sabemos: las estadísticas inasimilables de cientos de miles de niños, niñas y jóvenes abusados sexualmente por miles de religiosas y sacerdotes (en Australia, durante 2017 se compartió un informe que cubre 90 años de abusos y señala, por ejemplo, que las víctimas demoran un promedio de 33 años para poder verbalizar lo vivido, y que uno de cada catorce religiosas/os ha cometido abusos).

Tampoco debería hacer falta repasar las incontables y vergonzosas estrategias de silenciamiento y ocultamiento de información en las que han incurrido integrantes de diversas diócesis y de las más altas autoridades eclesiales (en Bélgica, el 2010l, la policía llegó al extremo, muy desesperado, de buscar documentos en tumbas y ataúdes de obispos). Los datos –aunque incompletos- ya están disponibles hace mucho, han sido validados, reconocidos hasta por el propio Vaticano ante las Naciones Unidas, y a contrapelo, por autoridades locales también.

Pocos podrían decir que no saben. Es una manada de elefantes en medio de toda habitación. Nos aplastan.

Si algo he aprendido del trabajo de dos décadas ya en la esfera del abuso sexual infantil, es que la distracción, el desconocimiento, son una desventaja tanto en nuestra experiencia reverente ante la vida, como en nuestra capacidad de respuesta ante el horror. No querer ver, no poder ver, desistir de ver, “hacer la vista gorda”, invalidar lo visto: conjuguemos de mil formas las ausencias pero al final del día, no olvidemos que siempre habrán sido ellas las responsables de tanta salvaje y triste herida en cuerpos inocentes.

“No saber” ya no es el problema, sino qué hacer con lo sabido. La claridad no es sólo una secuela del abuso sexual (luego de años de aprender a distinguir qué, quién cuida, y quién abusa). La claridad es asimismo una secuela cuando escuchamos –a otro, a nosotros mismos- y nos abrimos a verdades cruciales, transformadoras. No quedamos intactos. Podríamos auto engañarnos después, elegir conscientemente negar aquello conocido, escuchado, pero intactos: ya no.

¿Cómo respondemos en presencia de esas verdades? ¿Damos crédito y apoyo a quienes han rendido testimonio? ¿Solidarizamos? ¿Seguimos como si nada? ¿Qué nos está pasando? No se entiende. Quizás no quiero entender

Los estragos insoportables, el consenso en torno a violaciones de derechos humanos graves, como el abuso sexual infantil: ¿qué insumisión y qué amor por la vida desentrañan en medio de tanta mentira y confusión con que se intenta desdibujar estos delitos? ¿Qué contradicciones maravillosas, y hasta dolorosas, movilizan nuestros cuerpos en defensa de lo cuerdo, lo vital?

No basta condenar esporádicamente los hechos y luego dejar la carne ciega, la piel, el alma vendada. Fugarse, y más tarde condonar nuestras ausencias. Veo los afiches por la ciudad “mi paz les doy” y no puedo mirar hacia el lado ni permanecer indiferente. No es un estímulo neutro. No son palabras ligeras. ¿De qué paz me hablan?

No hay paz cuando un país festeja haciendo “como si” desaparecieran víctimas, abusadores y cómplices (en su mayoría libres). Tantas consecuencias de un daño no asumido todavía, y que por momentos pareciera flotar en el espacio –como si sus agentes fueran fuerzas sobrenaturales, o habitantes de otra dimensión-, ajeno a la Iglesia y las manos que lo perpetraron.

Francisco habla de coherencia, pero puede desdoblarse, negar abusos, decir una cosa  y hacer otra, velar u homenajear a perpetradores y encubridores de crímenes, mientras abandona o desprecia a las víctimas. Es confuso. Es demasiada disociación. Hace mal.

Nos confunden, como en tantas historias de violencia y perversión psicológica donde se termina convenciendo a las víctimas de ser “culpables de algo”. Algo que las hizo “merecer” uno o más vejámenes por los que “reclaman” injustamente, “majaderas, quejosas, inestables”. Por estos días no faltan quienes acusan resentimientos, actitudes profanas o desquiciadas en sobrevivientes de ASI eclesiástico y ciudadanos -católicos también- que se resisten a participar acríticamente de la visita papal;  que no pueden dejar de resonar con el espanto que sigue develándose.

En Chile estamos recién conociendo los testimonios de víctimas de los maristas. Francisco I insultó a feligreses de Osorno –mil veces gracias por no sucumbir, por insistir- quienes desde un comienzo rechazaron el nombramiento de un obispo involucrado en abusos. El Papa defendió su inocencia y hoy sabemos -gracias a una carta filtrada por la prensa- que estaba en pleno conocimiento de sus faltas (ver nota).

Los acontecimientos se van tomando las calles (que sigo añorando vacías y llenas de cercos blancos sin propósito), las ciudades, la prensa, el ánimo de una parte importante del colectivo. Mientras todo esto acontece, mujeres, hombres, jóvenes, sufren y recuerdan lo que padecieron de niños y adolescentes a manos de “representantes de Dios”, o de cualquier abusador/a.

Alguien me dijo hace unas semanas “ustedes –víctimas y profesionales de la esfera del abuso- están arruinando el momento, despertando odiosidades, por último si la gente no quiere ver es su prerrogativa”. Pero la resistencia no es caprichosa ni malintencionada, ni es contra un papa, una religión o una visita de Estado simplemente.

La resistencia es contra el abuso sexual infantil crónico, organizado, avalado por instituciones (y podrían ser religiosas, políticas, del Estado, como el caso de Sename) que siguen ignorando y descuidando a quienes ya vulneraron, mientras sí protegen a sus abusadores. Participar de esa energía, así fuera por una hora, me parece no menos que colusión, que endoso. No podría. Y duele ver que todavía tanta disociación sea posible en nuestro país.

Un país que cuida necesitaría considerar –para evitar- las posibles heridas que la negación de justicia inflige a sus ciudadanos. Un país que quiere actuar justamente, debería considerar las necesidades y demandas del cuidado como un asunto central de su vida y de su  democracia. No hay justicia, trato justo, sin cuidado.

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“Que los niños vengan a mí”, pero no para abusarlos. Esas palabras que vuelven y vuelven

Me sirve mirar con ojos de cotidiano, casi domésticos, para cuidar, para no perderme. Si supiéramos de un vecino que ha sido responsable, cómplice o encubridor de abusos sexuales a niños y jóvenes, ¿lo invitaríamos a comer a nuestro hogar, con nuestros hijos?, ¿le permitiríamos salir con ellos sin nosotros, medio día, o media hora? NO. Sería descabellado.

Tampoco incurriríamos en gastos millonarios para un festejo equis, si tenemos otras deudas, o imperativos como gastos médicos de nuestros hijos, de padres ancianos, en nuestras familias. El desembolso para la visita papal pudo venir del Estado (laico) o sólo depender de aportes de privados. Cualquiera su procedencia, el hecho es que se han destinado miles de millones de pesos a la realización de una sola actividad, sin segundas consideraciones frente a necesidades vitales que tenemos como país: la situación infernal en Sename, la salud de la niñez, el suicidio infantil, la pobreza y hacinamiento en la infancia temprana. No sería insensato haber esperado que el propio Francisco I, ejemplarmente, nos hubiese propuesto, o emplazado como país, a destinar lo que cuesta su visita en favor de los más pequeños o los más necesitados.

Aunque sean excesivos, los costos materiales siguen siendo muy inferiores a los costos morales de esta visita. Ahí no hay cómo realizar estimaciones (y es inconcebible que no haya cruzado por la mente de ninguno de los creativos que organizaron esta actividad). ¿Importa?

Sigo preguntándome, como muchos, si era la visita del Papa algo constructivo a propiciar, lo más saludable cívicamente. ¿Una necesidad nacional?. La presidenta señala que es un honor para ella presentar a Francisco un Chile más justo e inclusivo. ¿Es que olvida a Sename? ¿A las víctimas de ASI eclesiástico? ¿A los 53 niños y niñas que diariamente viven abusos sexuales en nuestro país, todavía? Tanto el Estado Vaticano como CHile suscribieron -el mismo año- la Convención Internacional de derechos del niño. Ambos son imputables, de ambos es exigible el cumplimiento de compromisos de justicia y cuidado, indivisiblemente.

Mientras más envejezco, más respeto me provocan las palabras, más asombro, más pudor en mis intentos por valerme de su ayuda. No entiendo de qué “honor” hablan nuestras autoridades, menos cuando muchas de ellas han construido sus trayectorias políticas y de vida en torno a “la defensa de los DDHH”. ¿Dónde está aquí esa defensa?, ¿su consistencia?

Nada en relación al abuso sexual da para celebraciones en un país donde una y otra vez hay que sobreponerse a la frustración de que los mayores dolores infantiles sean tratados con una negligencia que se ha ido volviendo patéticamente esperable.

Sumando tensiones a nuestro sentido común, se ha publicado esta semana un registro nacional de 80 sacerdotes, religiosas/os (no más “hermanas”, “hermanos”, por favor) y diáconos denunciados por abusos sexuales (ver aquí la nómina y las fotografías). No están todos los nombres, pero nos debería permitir dimensionar –así sea en una mínima parte- la magnitud de los daños, y de nuestras omisiones, todavía  (de otro modo nadie estaría en ánimo de festejo).

Espero que como cualquier registro de ofensores sexuales, el de la Bishop Accountability permita a tantas víctimas que aún no pueden hablar, reconocer a sus abusadores en la lista y encontrar la fortaleza y el apoyo para realizar sus denuncias. Espero, asimismo, que no sigamos leyendo equívocamente estas trasgresiones como “debilidad” sino como delitos resultantes de patrones de conducta que se han perpetuado en la Iglesia Católica. Espero, sobre todo, que nosotros adultos pongamos grabemos esos rostros y protejamos a nuestros niños y niñas con la mayor atención. ¿Qué ha dicho el Estado de Chile ahora que esta nómina es nuevamente pública? Nada.

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El aire enrarecido del que hablaba al comienzo, es más que la soledad de muchos en el país que nos vio nacer: es la constancia sofocante de tanta impunidad en relación al abuso sexual infantil. Esta impunidad en tiempo pasado y presente que parece ser siempre menos importante que otras que sí se declaman “intolerables”. ¿Cuánto ha demorado, cuántas objeciones insidiosas ha enfrentado el proyecto de ley #derechoaltiempo, por ejemplo? Los plazos de prescripción del ASI sólo benefician a los abusadores y su impunidad.

La impunidad es la segunda pluma con que se escriben innumerables historias de abuso sexual infantil (la pluma principal es el horror). Miles recordamos años de años siendo testigos del afecto, admiración y confianza ciega que se prodigaba a nuestros abusadores: “qué buen padre/madre, qué abuelo/a más tierno, qué excelente marido, qué apoderado más colaborador, qué profesor más destacado, qué sacerdote más bondadoso”. Desde un código intraducible, intentábamos dar señas de una historia distinta de la oficial; desenmascarar la contradicción espeluznante: esa capacidad de lastimar, tan desmedida, de personas de quienes dependíamos y que contaban con nuestro afecto (más allá de cuán sórdidas y crueles se hubiesen revelado ante nosotros).

“No es quién ustedes creen”, “no es cómo ustedes dicen”. Esa rebelión íntima, cinco palabras repetidas al infinito, en tantos lugares y situaciones (silentes, pero a todo volumen en lo más profundo del cuerpo), son las mismas palabras que podrían describir una sensación visceral, abrumadora, que se reactiva viendo cómo se despliegan homenajes o agasajos a personas o grupos que han ocasionado daños inenarrables.

Aferrarse a la cordura a como dé lugar. Entender que esto no tiene nada que ver con “el amor al prójimo”. Nada.

Una paciente, muchos años atrás, enfrentó uno de sus más graves relapsos traumáticos con ocasión de la muerte de su abusador y de la concurrencia de toda la familia a su funeral. Y sí: todos sabían de los abusos. Traición del amor, del cuidado. Ni de niña ni de adulta hubo solidaridad. Ella fue la única que se restó de la despedida. El abusador, jamás pasó un día en la cárcel, o en tribunales siquiera. Después de la develación, nadie lo encaró, nadie le quitó el saludo ni dejaron de invitarlo o de permitir que otros niños pasaran tiempo con él. Nadie…nada. A la víctima, en cambio, le reprocharon su “falta de perdón”, su “quedarse pegada” en el tiempo. Después del funeral, ella rompió con su familia extendida. “Puedo perdonar, pero no puedo seguir con ellos”. Cómo no entenderla.

Una puede abrirse al perdón no como sinónimo de exoneración, olvido, o reconciliación, sino como una forma de liberación. Pero una cosa es la reflexión sobre lo inexpiable, o el perdón a nuestra condición humana inescapable, o la contemplación de diversas versiones de una persona (quien para algunos fue verdugo, para otros fue “ser querido”, capaz de “buenas obras” inclusive), y otra muy distinta es la renuncia a la consciencia personal, al autocuidado.

Si alguien sufrió de cáncer, no va de paseo a Chernobyl. Y Si alguien sobrevivió un terrible accidente automovilístico, no le regalamos entradas para ver carreras de fórmula uno o cuatro o mil (soy una ignorante en materia de autos). El sentido común nos ayuda a protegernos, a prevenir daños, a mitigar secuelas con afán de repararnos, de ayudar a restablecer equilibrios, lograr justicia, no olvidar a otros.

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Conozco a una señora en EEUU que tenía una foto de Juan Pablo II autografiada (lo conoció en persona) en la entrada de su casa. Cuando Francisco I visitó el país, me contó que el retrato estaba en bodega. “Son demasiadas las víctimas”, demasiada la ignominia. Gesto pacífico de reproche, de cuidado ético.

Luego de los abusos que comenzaron a develarse desde fines de la década de los ochenta, en EEUU se han cerrado capillas, colegios, el diezmo se redujo a niveles siderales y se dejó sentir la mengua en la feligresía así como el reproche ciudadano a una Iglesia que todavía parece más empeñada en ocultar y negar sus patrones de conducta más destructivos (ver “El abuso nuestro de cada día”). Quizás no le importa, o no lo suficiente, que la continuemos asociando con “abuso sexual”, “redes de pedofilia”, “perversión”, y “peligro”. Porque es un peligro convivir con instituciones que habilitan abusos y a abusadores (que mayoritariamente siguen en el sacerdocio o bien gozando de prolongados períodos de “retiro espiritual”).

¿Qué consecuencias ha enfrentado la iglesia Chilena, los abusadores, sus encubridores? ¿Qué cambios radicales ha vivido en su ética del cuidado para con las nuevas generaciones? Todavía no existe obligación de denunciar los abusos definidos como “debilidad”, “pecado o acto impuro” y no como el crimen y vulneración de DDHH infantiles que son.

No es toda la Iglesia, por cierto. Pero aunque reconozcamos un trabajo que sí refleja los valores de la compasión, el auxilio, el amor al prójimo, y valoremos a comunidades de personas justas y lúcidas –sacerdotes y religiosas también-, todas ellas no alcanzan para revertir los daños ni para devolver la confianza, o para impedir nuevos abusos. No alcanzan.

“Se necesita de toda una aldea, todo un pueblo, para criar a un niño”. Para abusarlo también: inolvidable el refrán africano y las líneas del film Spotlight. Podríamos agregar, todo el tiempo, “para hacer justicia, para ayudar a reparar, también se necesita de todo un pueblo”.

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Lucha sorda entre las heridas y el peligro, estos días. Las células vivas, la vida, su compañía infatigable. La rebelión, el disenso, la desobediencia con una realidad imposiblemente festiva: no es amargura, no es resentimiento, sino todo lo contrario. Se lo he dicho a varios pacientes y sobrevivientes con quienes hemos conversado estas semanas: el ruido interno es una invocación de amor a la vida, a la vida vivible, a la restauración del orden después del daño. Al autocuidado.

La reparación pasa por restituir un sentido de eficacia o agencia personal, de poder (autogobierno, autocuidado, una vida preferida), de seguridad consigo y en relación a los otros y al entorno. Un principio o cometido ineludible de las intervenciones terapéuticas en violencia sexual es que el cuerpo pueda aprender que el peligro ha pasado y vivir en la realidad presente, sin la constante sensación de indefensión, de “a merced de”, o de que el abuso sexual poco y nada importa. Ni sus heridas.

La herida moral del abuso sexual y otros traumas no necesita ser escarbada ni puede ser borrada a punta de papel lija o ácido. No por su carácter “moral” o “psicológico” se puede descuidar: rasmillarla, pasarla a llevar, se siente en todo el cuerpo (que codifica el ataque, ineludiblemente, en clave física). Ahí la memoria.

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Un neurobiólogo escribió “recordar no es menos que re-encarnar”. Para sobrevivientes de trauma severo, las señales de peligro –que para otros hasta pasarían desapercibidas o pueden ser irrelevantes- pueden desencadenar estrés tóxico, irrupciones dolorosas de la memoria, sin que la señal necesite ser semejante o comparable a algún dato o detalle de la propia historia: basta que algo se sienta amenazante para la integridad (rota muchas veces, reconstruida otras tantas).

El sufrimiento psicológico activado -una vez más- no cederá hasta que el riesgo de desintegración desaparezca; hasta que un sentimiento de seguridad pueda ser recobrado de alguna manera. ¿Necesitamos explicar más?

Seis mil millones de palabras dicen que existen en el mundo y todavía faltan tantas (para el amor, la belleza, el tormento, las pérdidas). No habrá jamás cómo explicar todo; cómo anticiparnos o contener todo. Nunca contaremos con relatos realmente completos del abuso sexual. Nadie quiere escucharse, ni en el fondo de su alma, detallando todo lo vivido, y las versiones, de alguna forma, siempre rasarán lo telegráfico (en comparación al volumen real de la experiencia). No hay un idioma para traducir el cuerpo violado. No hay cómo describir lo que es vivir en ese cuerpo algunos días.

Me cuesta escribir, decir. Son días rasantes en la alexitimia, el silencio, el desconcierto de una memoria que rechaza procesar la imagen y presencia de un pontífice, obispos, tantos otros que acompañarán sin mayor contrición. Podrían encarnar a todas, todos los abusadores en esta hora.

Querría equivocarme, sorprenderme, y alegrarnos juntas en unos días por la noticia de algún gesto verosímil -y con sosporte en actos concretos- que comience a dar cuenta de una sensibilidad y voluntad por fin diferentes e ininterrumpidas, de parte de la Iglesia en relación al abuso sexual. La esperanza es cauta. Escasa. Pero si no hay gestos de la Iglesia o de su líder, entonces sueño que ojalá seamos nosotros los que contribuyamos a escribir un guión más conectado con la realidad, sin disociaciones, sin negaciones, durante estos días. Por ejemplo, acompañando actividades como el encuentro-seminario al que invitó Fundación Para la Confianza (representante además de SNAP, Survivors network of those abused by priests, en Chile) para mañana lunes 15 de enero en Santiago. O de otras formas que –en privado o en público, en soledad o junto a otros- reflejen nuestro lugar en esta historia.

Las presencias, los gestos, los actos de apoyo -no creamos que nada es pequeño o demasiado modesto-, una palabra, todo suma. Todo puede ayudar a sanar, a reescribir este tiempo, a desacatar tanto daño, con ojos claros, con amor a firme.

Soy pésima para recordar autores (desde joven), pero no olvido versos, frases radicales, capaces de cambiar un momento o la vida de ahí en adelante. Alguien dijo, una mujer estoy casi segura, que si bien no podíamos “causar” la luz, al menos podíamos tratar de situarnos en la trayectoria de su haz. La rebeldía estos días, es cuidar ese lugar: en medio de la luz…en medio de nuestra cordura

(inconcluso)

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Lecturas complementarias, abuso sexual infantil e iglesia

1. La mala espera  , 2014 (patrones de conducta y dinámica ASI eclesiástico)

2. Guiar pero en serio,  2015 (crítica a protocolos de denuncia de abuso sexual, iglesia de Chile)

3. Vaticano y abuso sexual, 2016 (compromisos incumplidos, injusticia)

4. El abuso nuestro de cada día, 2017  (abuso crónico, encubrimiento sistemático, fracaso del cuidado, estadísticas ASI eclesiástico)

5. Carta abierta de James Hamilton a Francisco I, 2018

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